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	<title>Sada y el bombón &#187; Cristina Bringas</title>
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	<description>revista independiente de cultura urbana en el centro de México.</description>
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		<title>Cinefilia</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Oct 2014 18:54:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Cristina Bringas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>

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		<description><![CDATA[Mi vida nunca ha sido una película, pero desde que tengo uso de razón han circulado en mi familia títulos de historias fantásticas como Rapsodia, Algo para recordar o La princesa que quería vivir. Todos clásicos románticos, con las más grandes estrellas de cine de todos los tiempos. Mis tías y mi mamá crecieron en [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Mi vida nunca ha sido una película, pero desde que tengo uso de razón han circulado en mi familia títulos de historias fantásticas como <em>Rapsodia</em>, <em>Algo para recordar</em> o <em>La princesa que quería vivir</em>. Todos clásicos románticos, con las más grandes estrellas de cine de todos los tiempos.</p>
<p>Mis tías y mi mamá crecieron en Querétaro, que tenía en su momento un par de salas de cine con horarios continuos de programación. Para ellas, acudir a las funciones era un entretenimiento que no se despreciaba nunca: podían gozar del cine gratuito gracias a un beneficio que tenían los trabajadores de ferrocarriles mexicanos y que mi abuelo y su familia disfrutaban. Se pasaban los días enteros en la permanencia voluntaria, viendo película tras película, sin importar la clasificación, el género o el idioma. (Es más, una de mis tías, aprendió a hablar inglés viendo películas en el cine.) Esa sed de filmes fue tan explotada en la familia que desarrolló un gusto por el cine tan profundo y no sólo como entretenimiento. Se convirtió en una actividad compartida y plática obligada en la sobremesa. Mi mamá y sus hermanas desarrollaron en su momento —porque ahora es diferente— una cinefilia natural, justo en el período cuando los clásicos aún no eran clásicos sino la única opción de diversión a mediados del siglo XX. También vivieron la plenitud y apogeo del cine de oro mexicano y se regocijaban con los estrenos multitudinarios que se convertían en el evento social más importante de la ciudad.</p>
<p>Todos sus hijos crecimos escuchando las historias del Cine Plaza o del Teatro de la Ciudad, de cuando mi mamá fue levantada por la multitud en el estreno de <em>Marcelino, pan y vino</em> o aquella ocasión en que las vecinas de mi abuela la cuestionaban porque permitía que sus hijas vieran una película clasificación Z como <em>Por siempre Ámbar</em>, en donde una mujerzuela trataba de robarle el marido a una señorita decente</p>
<p>Como no queriendo, ese fervor cinematográfico se heredó y —sin darnos cuenta— permeó hasta nuestra generación, una nueva camada de cinéfilos que presenciamos cambios trascendentales como la clausura de los cines del centro de la ciudad (el Reforma, el Plaza, el Premiere 70 o hasta los Alameda), la llegada del video BETA, el VHS, el DVD y el Blu-ray, pasando por la televisión por cable, el PPV, los Multicinemas y el <em>streaming</em>.</p>
<p>No obstante, todas estas posibilidades tecnológicas sólo han permitido dos cosas: (1) que tengamos al alcance muchos más títulos de películas de los que podríamos imaginar ver —¡vaya! más opciones que en el Videocentro— y (2) recordarnos que aún nos sigue encantando ir a una oscura sala de cine a desconectarnos del mundo por un par de horas.</p>
<p>Pero formar parte de una familia de cinéfilos genéticos no nos convierte a todos en apasionados del cine, ni en hipsters, estudiosos de la materia o puristas de la <em>alta</em> cinematografía. Al contrario, nos hace aún más humanos y nos recuerda la diversidad de nuestras personalidades; porque así como mi prima no puede vivir sin ir al cine una o dos veces por semana a ver los estrenos del momento —y comprar películas con el mismo fervor que hay memes en Facebook—, yo, por ejemplo, trato de ver veinte películas al mes y me receto churros contemporáneos, cine mexicano, documentales, palomeras; prácticamente, veo la cartelera completa sin discernir o despreciar el género, país, año o tema. Vemos mucho, pero observamos diferente y siempre desde lugares tan distintos.</p>
<p>Lo que heredamos no ha sido un gusto específico por un tipo de película. No. Nuestro patrimonio es poder disfrutar del acto cinematográfico de una forma tan única en la que hemos descubierto el impacto y la fuerza que tiene en nuestras vidas y el mundo entero. Hemos hallado una pausa ante la realidad, una válvula de escape, una posibilidad de reflexión, una proyección de nuestros propios problemas, un tema de conversación, una cita para el momento indicado, una anécdota vivida a través de la pantalla, una experiencia multisensorial, incluso unas buenas palomitas. Para nosotros, el cine es una cita perfecta, un martes por la noche, un montón de recuerdos, un pasatiempo y una colección; una forma de vida.</p>
<p>Dicen por ahí que —como en casi todo— un cinéfilo no nace, se hace; y no puede haber nada más cierto, la vida nos conduce por caminos. Sin embargo, en nuestro caso así nacimos; el celuloide corre por nuestro sistema nervioso y se convierte en pulsaciones, que se traducen en emociones y sentimientos ante el fenómeno óptico que sucede en ese cuarto oscuro con aroma a «cine nuevo».</p>
<p>Vamos por la vida dando recomendaciones a quien pregunta, leyendo libros de cine o revistas de chismes de los actores de Hollywood; vemos los premios de la Academia y estamos pendientes del simbólico cartel de la última edición del Festival de Cannes; hablamos, enseñamos y escribimos sobre cine porque, queremos compartirlo con tanto fervor, que buscamos la manera de enamorar al mundo entero con su magia.</p>
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<address><em>Este artículo es parte del suplemento especial de otoño 2014, <a href="http://sadabombon.com/?s=suplemento+especial+cine+2014"><span style="color: #808080;">El cine</span></a>.</address>
<p></em></p>
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		<title>La gran belleza</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Apr 2014 19:48:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Cristina Bringas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Edición 21]]></category>

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		<description><![CDATA[La constante búsqueda de la inasequible belleza. Una lectura de la última película de Paolo Sorrentino. &#160; Cuando leí sobre La grande bellezza la busqué y traté de verla cuanto antes en casa, pero pronto me topé con un par de fotogramas alucinantes y decidí esperar a que llegara a la cartelera local. Ahora que [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>La constante búsqueda de la inasequible belleza. Una lectura de la última película de Paolo Sorrentino.</em><br />
&nbsp;<br />
Cuando leí sobre <em>La grande bellezza</em> la busqué y traté de verla cuanto antes en casa, pero pronto me topé con un par de fotogramas alucinantes y decidí esperar a que llegara a la cartelera local. Ahora que he tenido oportunidad de apreciarla en pantalla grande, sé que ha valido la pena cada día de espera por ver cada segundo del metraje de la última cinta de Paolo Sorrentino (<em>Las consecuencias del amor</em> 2004, <em>Il divo</em> 2008).</p>
<p>Muchos críticos han explorado la polisemia y el sinnúmero de referencias que todos parecen observar en la película: visiones que van desde la similitud con el cine de Fellini –su figura, sus formas y contenido– hasta la revisión de los espacios más cotidianos y bellos de Roma; el estilo de vida caótico y opulento, y una fotografía que da un sentido nuevo a cada lugar que retrata.</p>
<p><em>La gran belleza</em> muestra la vida de un crítico y escritor italiano: Jep Gambardella (interpretado por la recurrente mancuerna de Sorrentino: el actor Toni Servillo), quien vive la <em>vie boheme</em> de excesos y mundanidad en Roma, con sus amigos artistas, librepensadores e intelectuales. Al cumplir 65 años, Jep decide que ya no hará nada que no le plazca, puesto que la vida es demasiado corta como para desperdiciarla. Pero esta cinta, pese a su historia, no habla sobre aprovechar la vida y ser feliz; habla sobre la belleza.</p>
<p>La búsqueda y persecución de la belleza es un tema frecuente en el arte y la filosofía. Estudios, debates, ensayos, obras… La conclusión de todos es más o menos la misma: la belleza es una cuestión de percepción y el placer de su búsqueda «deriva de la aprehensión y el reflejo de cada individuo sobre un objeto» (Levinson, <em>A companion to Aesthetics</em>).</p>
<p>Jep es nuestro guía contemporáneo que desde su universo «banal» o «mundano» recorre las calles, cena con amigos, hace fiestas multitudinarias y trabaja como periodista mientras está en ese afán por hallar aquello que le dé la satisfacción que sólo la belleza otorga al espíritu del ser humano. La belleza como un amplificador de otras emociones, como un factor que enaltece el alma y que puede menguar las deficiencias que día a día aquejan a la humanidad.</p>
<p>Así, el protagonista se convierte en la representación de la sociedad actual que hace un recorrido por toda la historia de la belleza: el arte, lo efímero, lo sublime, lo terrible y lo grotesco. La belleza, regularmente asociada a lo bueno y positivo, al placer, a la motivación y el amor, pero también la belleza como algo trágicamente inasequible, es lo que Jep trata de hallar en cualquiera de sus posibles manifestaciones mientras observamos episodios de su rutina diaria, en los que sostiene debates con él mismo y con sus amigos e interlocutores.<br />
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<p><img class="size-full wp-image-7427 aligncenter" src="http://sadabombon.com/wp-content/uploads/22.jpg"></p>
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La película comienza con la Fontana dell’Acqua Paola mientras un coro de mujeres entona <em>I lie</em> de David Lang que entre su minimalismo musical remite a los motetes de la Edad Media, cuya armonía y complejidad musical hablan de una belleza intelectual, como la poesía misma y los debates filosóficos que se sostienen durante la película. Todo mientras la cámara ilustra el espacio con elaborados movimientos que muestran su magnificencia en todo su esplendor mientras una reflexión sobre el síndrome de Stendhal –la exuberancia del placer artístico y la fugacidad y mortalidad de las emociones– se hace presente para introducir lo que será un recorrido inigualable.</p>
<p>Así continúa toda la cinta con una larga lista de lugares que Jep recorre casualmente como las Termas de Caracalla, el Lungotevere, la Via Veneto, el Palazzo Spada, el Tempietto de Bramante, entre otros, mientras la arquitectura y la escultura se contraponen a los excesos mundanos, la música comercial, la comida y los fetiches que produce el placer que el hombre busca continuamente.</p>
<p>Mientras tanto, surgen episodios donde la imposible preservación de la belleza cobra mayor importancia. Y lo grotesco de la forma humana se hace presente en la pantalla, pero no desde un sentido impenetrable y desagradable, sino atractivo. Cómo olvidar <em>Freaks</em> (Todd Browning, 1932) o cualquier película de Jodorowsky donde los enanos, las mujeres gordas, la gente físicamente diferente o los amputados no aparecían sino como muestras de una belleza olvidada. Junto a estos personajes, los tatuajes y otras laceraciones al cuerpo se hacen parte de la búsqueda para tratar de alcanzar –o recordar– algo superior.</p>
<p>Jep sigue su empresa de encontrar la gran belleza y se topa con el amor, aquel que es libre de obsesiones y que también es fugaz y cambiante. Se tropieza en la calle con la representación de la belleza femenina mientras choca con una Fanny Ardant radiante. Más adelante todo lo conduce a encontrarse con la representación de algo aún más grande: la Verdad, Dios mismo manifestado en un Cardenal ilusorio, banal, terrenal y mortal. La verdad parece estar más apegada al amor que a lo espiritual. La desilusión sigue reinando, mientras lo sublime de las imágenes penetra en nosotros –los espectadores– que estamos deseosos de sentir la satisfacción de cada encuadre y de cada nota musical.</p>
<p>Hasta que un nuevo personaje aparece, la bondad personificada en una monja iluminada, capaz de entregar su vida entera por algo aún más profundo que la belleza. He ahí aquello que se busca y que no siempre se encuentra, aquello que rebasa el límite del placer y lo mundano. La capacidad de amar y de entregar la vida misma, de dejarse llevar por los momentos de mayor plenitud y sacrificar el cuerpo por la satisfacción de algo poderoso.</p>
<p><em>La gran belleza</em> es un título ilustrativo que se refiere al placer audiovisual que provoca, pero también a la permanente búsqueda del Hombre por encontrar la máxima expresión que será capaz de transformar su vida: «los escuálidos caprichosos destellos de belleza».</p>
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<address><span style="color: #808080;"><em>Cristina Bringas es productora, crítica de cine y gestora de proyectos culturales. Puedes leer sus críticas de otras películas en <a href="http://www.elespectadorimaginario.com/" target="_blank"><span style="color: #808080;">elespectadorimaginario.com</span></a> y en <a href="http://filmefilia.tumblr.com/" target="_blank"><span style="color: #808080;">filmefilia.tumblr.com.</span></a></em></address>
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		<title>La voluntad del amor</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Dec 2013 23:54:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Cristina Bringas]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Edición 19]]></category>

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		<description><![CDATA[Una crítica de Los insólitos peces gato, la ópera prima de la mexicana Claudia Sainte-Luce. Cuando uno sale del cine sintiendo bienestar y paz, se agradece. Este fenómeno catártico es invaluable y difícil de encontrar en la cinematografía nacional, dadas las producciones recientes, en las que las películas poseen una alta calidad fílmica, pero hablan [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>Una crítica de Los insólitos peces gato, la ópera prima de la mexicana Claudia Sainte-Luce.<br />
</em><br />
Cuando uno sale del cine sintiendo bienestar y paz, se agradece. Este fenómeno catártico es invaluable y difícil de encontrar en la cinematografía nacional, dadas las producciones recientes, en las que las películas poseen una alta calidad fílmica, pero hablan sobre el violento contexto actual. A veces lo último que queremos es ver un film que nos refleje la cruda realidad a la que nos enfrentamos día a día; buscamos, por el contrario –y quizá sin saberlo– entretenimiento, no banalizando nuestras circunstancias, sino tratando de mirarlas desde una perspectiva diferente.</p>
<p>La ópera prima de la mexicana Claudia Sainte-Luce lleva por nombre Los insólitos peces gato y es justamente una comedia dramática del tipo feeling good que es capaz de conectar con nosotros de manera simple y natural y, mejor aún, de permitir adentrarnos en la vida de una familia que está pasando por un momento difícil, pero que supera las adversidades.</p>
<p>Claudia (Ximena Ayala) es una joven solitaria que trabaja en un supermercado. Tras un fuerte dolor abdominal tiene que ir al hospital donde conoce a Martha –una esquelética y convincente Lisa Owen– que es madre de familia con cuatro hijos y enferma de SIDA en etapa terminal. Las circunstancias acercan a ambos personajes y «obligan» a Claudia a convivir un poco más con todos en la familia.</p>
<p>Poco a poco Sainte-Luce va explorando a cada uno de los miembros de la casa: Alejandra, Wendy, Mariana y Armando, y por supuesto Martha y Claudia. De conocerlos de manera muy superficial vamos acercándonos y entablando una relación empática con cada uno de ellos, mientras acompañamos a la joven solitaria en la nueva dinámica familiar. Al mismo tiempo, ella va descubriendo sentimientos y emociones que seguramente no pensó jamás percibir en su interior. Su vacío se va llenando lentamente con el calor de un hogar que la recibe con desconfianza, pero que al mismo tiempo descubre que la necesita.</p>
<p>Las vivencias compartidas y las situaciones dolorosas van fortaleciendo los lazos entre los hermanos y Claudia, mientras desaparecen las fronteras de las diferencias y la desconfianza. Es la comunicación continua y la apertura –aunque lenta– de cada uno para con el otro, lo que permite que esto suceda. Es gracias a que cada uno accede a conocer sin juzgar a otro ser humano, que es posible que se establezca una relación como la que se gesta al interior de ese núcleo familiar. Claudia crece a través de la aceptación de los demás, y de entregar amor a todos ellos, mismo que manifiesta a través de pequeñas –pero sustanciales– acciones y gestos.</p>
<p>Pero si la familia fuera perfecta, como lo es en películas como Mientras dormías (Jon Turteltaub, 1995) o The Blind Side (John Lee Hancock, 2009), sería obvio comprender la fórmula de «familia redentora» y «personaje solitario a la deriva». No obstante, el núcleo retratado por Sainte-Luce es más bien realista y lleno de adversidad (sin ser fatal), así es más bien un modelo familiar del tipo Little Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris 2006) con dudas, defectos, carácter y compuesta enteramente por seres humanos imperfectos. Por tal razón, la evolución de la relación entre todos no es fácil ni mágica, sino creada con paciencia y amor honesto.</p>
<p>Así, una de las principales virtudes de la película: el guión, realista y sincero, que se nota como un trabajo ya no sólo personal, sino íntimo de su guionista y directora. Sin ser una comedia hilarante, Los insólitos es una cinta que avanza como si pisara terreno desconocido, con un cadencioso y sutil ritmo; poco a poco desvela momentos frescos y sumamente graciosos que rompen con la tensión generada por la preocupación de la enfermedad, el letargo de la sociedad, la incertidumbre, la espera y la soledad.</p>
<p>Además, Sainte-Luce ha atinado a una estética mayormente realista pero salpicada de colores brillantes, que resaltan la esperanza y la belleza que se oculta en las cosas más simples de la vida: el encanto de un vocho amarillo, la sutileza de una pecera, la relevancia de una mochila o el desfile de tonos en los envases de una tienda de autoservicio.</p>
<p>Aunado a esto, una reflexión profunda ante la realidad inminente de las familias diferentes que cada vez son más comunes en nuestra sociedad, pero que no son sinónimo de malestar o deficiencia, sino que en medio de su prejuzgada disfuncionalidad, sus dinámicas sobrepasan los estándares sociales para consolidar lazos a través de algo más grande que no siempre se refiere a la sangre, sino al cariño y el respeto por el otro.</p>
<p>El amor es entonces la raíz vital de la familia representada en Los insólitos, pero también es el motivo para la unión de cada elemento; es el pretexto para acercarse al otro, es la razón para mantenerse con vida y luchar con las uñas por sobrevivir a una enfermedad terminal; es la venda para las heridas profundas y la única opción para conciliar las diferencias. La película misma es un acto de amor, es un homenaje a una mujer y a su familia que abrió las puertas de su casa y de su corazón.</p>
<p>Los insólitos peces gato es por mucho una de las mejores películas mexicanas de este 2013, que no sólo ha representado al cine nacional con una lección de cariño desinteresada, sino que además lo ha hecho sin exhibir pretensiones y sin encontrar el «hilo negro perdido» en la inmensidad del celuloide. Claudia Sainte-Luce se estrena en la taquilla nacional con una película completa que es capaz de desgarrarnos las venas, sacarnos una carcajada y dejarnos con un buen sabor de boca, una extraña –pero gratificante– sensación de paz interior, y una sonrisa dibujada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<hr />
<address><em>Cristina Bringas es productora, crítica de cine y gestora de proyectos culturales. Actualmente dirige DocumentaQro, donde proyecta, todos los martes, de forma pública y gratuita, un documental. Puedes leer sus críticas de otras películas en <a href="http://elespectadorimaginario.com" target="_blank"><span style="color: #808080;">elespectadorimaginario.com</span></a> y en <a href="http://filmefilia.tumblr.com" target="_blank"><span style="color: #808080;">filmefilia.tumblr.com</a></em></span></address>
<p>&nbsp;</p>
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