<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Sada y el bombón &#187; Horacio Lozano W</title>
	<atom:link href="http://sadabombon.com/author/horacio/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://sadabombon.com</link>
	<description>revista independiente de cultura urbana en el centro de México.</description>
	<lastBuildDate>Wed, 17 Dec 2014 16:40:30 +0000</lastBuildDate>
	<language>es-ES</language>
		<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
		<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
	<generator>http://wordpress.org/?v=3.8</generator>
	<item>
		<title>Hongosto —crónica alucinógena</title>
		<link>http://sadabombon.com/hongosto/</link>
		<comments>http://sadabombon.com/hongosto/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 01 Aug 2014 16:40:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Horacio Lozano W]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Viajes y paseos]]></category>
		<category><![CDATA[Vida urbana]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://sadabombon.com/?p=6050</guid>
		<description><![CDATA[Cuando era niño me preocupaba que lloviera en mis cumpleaños; es más arriesgado que los invitados se lancen a la fiesta si está cayendo una tormenta. De cualquier manera, siempre llegaban —y siempre llovía. Por esta zona del Bajío, junio, julio y agosto suelen ser meses húmedos y de neblinas mañaneras. Esas nubes en los [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando era niño me preocupaba que lloviera en mis cumpleaños; es más arriesgado que los invitados se lancen a la fiesta si está cayendo una tormenta. De cualquier manera, siempre llegaban —y siempre llovía. Por esta zona del Bajío, junio, julio y agosto suelen ser meses húmedos y de neblinas mañaneras. Esas nubes en los bosques de coníferas —desde el Cerro del Zamorano hasta Pinal de Amoles— convierten a la región en una granja de hongos alucinógenos refugiados en la mierda de caballo o reposando tranquilos en la corteza de algún árbol. Es la época del Hongosto queretano, cuando varios citadinos se ponen sus botas para el lodo y viajan en auto hacia una alocada expedición en búsqueda del milagro de la percepción. Por eso ya no me preocupa que llueva en mi cumpleaños. Ahora reconozco en el agua dulce el alimento de los equinos, el olor de los musgos jóvenes que empiezan a crecer en las caballerizas de Santo Domingo. </p>
<p>La recolección de hongos comenzó para mí hace apenas siete años. Había escuchado de los «champis» que crecían allá por Huimilpan y Amealco, donde algunos intrépidos iban y llenaban bolsas enteras. Mi amigo Berna fue el que me convenció de ir. Él ya tenía experiencia en la cacería fungi: sabía dónde crecían con mayor plenitud, conocía algunos potreros y era experto en remover el estiércol de caballo sin dañar los hongos —el año pasado había recolectado tantos que los usó hasta en las quesadillas.</p>
<p>Un sábado tomamos su auto y nos dirigimos a los montes. Pasó temprano por mí, cuando el sol apenas hurgaba en la punta del Cimatario. Nos detuvimos a comprar unas donitas Bimbo y café de máquina. La carretera se perdía en la niebla púrpura. Me sentía bien, confiaba en Berna, en su pose de micólogo. Pasamos Huimilpan y nos acercamos a los límites del Cerro de Brava, cerca de Amealco. Como el resto del camino era a pie, dejamos el auto en un vado de espigas cubierto por algunos cactus. Agarramos las mochilas vacías y las botas de plástico —Berna llevaba una navaja en su chamarra de mezclilla—, forjamos varios porros y nos introducimos en el bosque del Bajío como si fuera un portal hacia otra dimensión. La naturaleza de inmediato nos recordó que aquel santuario no era nuestro territorio. Llovía. Ambos seguíamos un pequeño camino de lodo donde el bosque se pronunciaba y algunos silencios parecían latidos. La miel de las plantas silvestres entraba por nuestros poros. </p>
<p>El primer hongo que encontramos brotaba del tronco de un encino. Berna tomó su navaja y lo quitó con delicadeza. Era grande y suave, tenía una línea azul claro que rodeaba a la perfección su circunferencia. Pensé en los pitufos. Luego Berna señaló un prado solitario donde pastaban algunas vacas y ovejas. Nos acercamos, removimos un poco de estiércol y aparecieron varias setas que comenzamos a guardar en las mochilas. A lo lejos del prado estaban las caballerizas. Un hombre salió a darnos los buenos días. Berna le dijo que éramos estudiantes de Botánica de la UAQ y pidió permiso para buscar hongos en su establo con fines investigacionales. El hombre aceptó y de inmediato nos invitó un pulque recién raspado. Cuando terminen de buscar, dijo el ranchero, les doy otro pulquito para llevar porque al rato hará bochorno.  </p>
<p>En el estiércol se veían los cascos delirantes de cientos de hongos. Removimos la mierda suavemente y en cada excavada seguían apareciendo otros de distintos tamaños. ¡Acá hay varios derrumbes!, gritó Berna desde el cubículo rural de un hermoso caballo pinto. Eran fantásticos, casi llenamos las dos mochilas; reíamos como desquiciados. Le pregunté si estaba seguro que eran de los buenos y dijo que si no le creía que comiera algunos. Tomé un puño sin pensarlo, los remojé en agua y luego directo a mi boca. Sabían a tierra y alquitrán. Terminé por pasármelos con pulque, parecían enredaderas apretando mi garganta. Después agradecimos al hombre por dejarnos entrar a su establo. Nos regaló una botella de Coca-Cola de tres litros llena de pulque y dijo que tuviéramos cuidado porque a la policía no le gusta que los jóvenes anden recolectando hongos (aunque sean estudiantes).</p>
<p>Subimos al auto y almorzamos en Amealco. Gorditas de maíz quebrado, sopes verdes, mole, jugo de naranja, verde, rojo, violeta, salsita para la quesadilla, señoras con las manos llenas de masa, sombrerudos bebiendo refresco, pulque y cerveza, dejando una línea de almíbar sobre sus bigotes. Apenas habían pasado unos cuarenta minutos y le dije a Berna que los hongos ya habían hecho efecto. Me tomó de los hombros y </p>
<p>dijo: te voy a llevar a nadar a la pileta del Diablo, ahí te vas a sumergir en el útero del bosque.</p>
<p>Berna condujo por carreteras de doble sentido, comíamos hongos sumergidos en pulque, enterrados en un Gansito o así como estaban, silvestres y maníacos. Nos detuvimos a vomitar, así estuvimos por horas, años, siglos. La cabeza de mi padre revoloteaba en el aire, como un murciélago atormentándome con su terrible estática. Al final, cuando el vómito y las alucinaciones paternales cesaron, el cielo se encendía y la rotación de la Tierra llegaba hasta las suelas de mis botas, como en las películas rusas. Somos terrícolas, le dije a Berna mientras lo abrazaba y seguíamos el camino hasta la pileta del Diablo: un salto de agua rodeado de enormes y ancestrales árboles; los guardias supremos del monte, reptiles de la noche. Entramos a la pileta como recién bautizados. Un fino vaho emanaba de nuestros pulmones y colapsaba con el agua cristalina. Los niños de la localidad llegaron aventándose clavados; párvulos de la tierra y el campo, niños-árbol. Nadamos, aullamos, caminamos entre las plantas y los insectos. Comimos elotes asados, tacos de canasta y más hongos. La luz del día comenzaba a desaparecer y emprendimos nuestro regreso. El punto más alto de nuestras alucinaciones ya había pasado y sólo nos quedaba la resaca de los cromatismos y sus refracciones metálicas. Dejamos el pueblo de Escolásticas con el agua mística escurriendo por nuestros cuerpos.  </p>
<p>La carretera se deformaba como plastilina, las luces de los autos eran naves espaciales trasladándose en órbitas atómicas. Varios kilómetros antes de llegar a Querétaro, nos detuvimos en un atasco de autos; era un retén de la policía estatal. Berna se puso muy nervioso y sugirió que tiráramos los hongos que sobraban (casi la mitad de la mochila). En un acto desesperado devoramos los que pudimos y el resto fueron arrojados hacia el campo —ahora que lo pienso, sentí mucha tristeza. Habremos comido unos veinte cada uno, de todos los tamaños. Bebimos agua, encendimos cigarros, pusimos música e intentamos parecer normales. Me miré en el espejo retrovisor con las pupilas dilatadas. Parecía un extraterrestre, mi cuerpo era carne de otro plano. Las sirenas de las patrullas me deslumbraron con dolor y un par de oficiales armados pidieron que nos orilláramos; apuntaban con las armas cargadas mientras revisaban el auto y nos hacían preguntas. En el cateo exigieron que vaciáramos los bolsillos —Berna había olvidado que traía su navaja y algo de marihuana. Ya valieron madres, dijo el policía quitándole la bolsa de hierba y guardándose la navaja. Podía sentir a los policías como centauros deformes: las metrallas como cuernos, sus babas callendo sobre mis botas y un intenso olor a fermentado. Era el infierno. ¿Cómo le podemos hacer?, dijo Berna con su último ápice de lucidez. Nos amenazaron, especularon que traíamos más sustancias; uno de ellos, el más desagradable, alumbró mi cara con una lámpara y le dijo al otro: éste anda hasta la madre, a ver cómo le va en los separos. Al final, después de varias amenazas, nos quitaron las botas y celulares, una mochila, doscientos pesos y la medalla de San Francisco que colgaba del pecho de Berna. Tuvieron suerte cabrones, dijo el centauro uniformado antes de liberarnos. </p>
<p>La noche ya había caído en el Cimatario y sus antenas refulgían como electrodomésticos olvidados. Después de un silencio sepulcral —que duró mientras se nos pasaba el miedo—, comenzamos a reír a carcajadas, a burlarnos de los policías, a mentarles la madre a gritos. Antes de introducirnos en la ciudad, Berna paró el auto en un mirador de Centro Sur. La ciudad se deslizaba como una marea de luces. Buscamos nuestras casas. Encontramos satélites abandonados. El Estadio Corregidora se iluminaba como una estación espacial soviética y los dragones de la urbe vibraban desde la Cuesta China. Comenzó a llover. Nos purificamos.<br />
&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://sadabombon.com/hongosto/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Mapa de los sonidos del IDM[1] ancestral</title>
		<link>http://sadabombon.com/mapa-de-los-sonidos-del-idm1-ancestral/</link>
		<comments>http://sadabombon.com/mapa-de-los-sonidos-del-idm1-ancestral/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 01 Oct 2013 06:24:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Horacio Lozano W]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 18]]></category>
		<category><![CDATA[Vida urbana]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://sadabombon.com/beta/?p=806</guid>
		<description><![CDATA[Nos advierten: no se asusten, los muertos emiten a veces ruidos primitivos confusos. ~Gerardo Deniz &#160; En la memoria de algunos hombres, vibran con simetría presagios primitivos y espantosos, melodías tan antiguas como el mundo mismo, dijo el brujo tocándose la frente y evocando un profundo suspiro seco y terroso. El latido es el compás [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Nos advierten: no se asusten, los muertos emiten a veces ruidos primitivos confusos. ~Gerardo Deniz</p></blockquote>
<p>&nbsp;<br />
En la memoria de algunos hombres, vibran con simetría presagios primitivos y espantosos, melodías tan antiguas como el mundo mismo, dijo el brujo tocándose la frente y evocando un profundo suspiro seco y terroso. El latido es el compás de la vida; al final, la medida se desgasta esfumándose en un silencio definitivo, la composición biológica del cuerpo se expande para reconocer en el tiempo evolutivo los sonidos esenciales y errantes del universo, nada –y aquí se quedó mirando fijamente a Big Bang como si estuviera sentenciándolo a la vida en mutismo– es hueco como la cabeza, cualquier acorde repercute en nuestro plexo solar y desde allí los apagados cantos ancestrales evocan a los espectros para que nosotros bailemos perecederamente con ellos: el baile de la muerte. El brujo, empapado en sudor por el calor de las llamas, sacó de una cubeta varias piedras blancas, Big Bang y yo nos miramos intensamente, conmovidos e iluminados. Decidimos pasar allí el resto de la noche. El frío ya se nos había quitado.</p>
<p>Llevaba conociendo lo suficiente a Big Bang como para dejarme llevar junto a él por las sonoridades mágicas del brujo contemporáneo. Recién lo acabábamos de conocer. Un día antes, Big Bang llegó por la tarde a mi casa, iba muy nervioso y excitado, me dijo que acababa de tener un encuentro directo con el núcleo de la ciudad, que había escuchado cómo las entrañas de las calles se retorcían provocando retumbos y chirridos atemorizantes, escuchó cánticos guardados de mujeres y hombres sufriendo, pudo oír al concreto partiéndose en dos y ritmos provenientes de la antigüedad. Lo miré realmente conmocionado. Forjé un porro de prisa e inmediatamente después me confesó lo de la nota y el brujo.</p>
<p style="text-align: center;"><em>Big Bang somos todos nosotros, mis amigos y tus amigos.</em></p>
<p>¿Quién era Big Bang? Big Bang era mi mejor amigo. Cuando lo conocí se presentó como Big Bang, me pareció razonable ya que de alguna forma extraña tenía el físico para ser un Big Bang. Le dije que yo era Kash, el hijo de Wárdok, él tampoco preguntó nada y con eso deduje su interés por la música. Con los años, nos reducimos a fumar, caminar, jugar Super Nintendo y, sobre todo, a la música. Estábamos obsesionados con la electrónica experimental, el IDM, <em>minimal</em>, <em>maximal</em>, <em>nitropop</em>, poesía sonora, <em>Detroit techno</em>, <em>ambient</em>, <em>drumb &amp; bass</em> y otros géneros desconocidos, géneros que encontrábamos en lo más profundo del internet. Los mejores buscadores eran <em>Audio Galaxy</em> y <em>Emule</em>, todavía no había <em>YouTube</em> ni mucho menos<em> Spotify</em>. Normalmente, Big Bang llegaba a mi casa, armábamos varios porros, poníamos algo de <em>To Rococo Rot</em> y nos sumergíamos en murmullos sintetizados y estructuras trastornadas. Nuestro trance sobre el sofá era real. Comenzaba con un hormigueo en las piernas, los cartílagos vibraban suavemente, los párpados temblaban, uno a la vez, y en mi cerebro las representaciones y la señalética del inconsciente se convertían en matemáticas y poesía. Big Bang y yo creíamos que a través del IDM se podía llegar a un estado de conciencia similar al de la meditación crónica. Pensábamos que podíamos abrir un portal sonoro. Lo más importante era salir a transitar por las calles de la ciudad y crear una metástasis entre los ruidos urbanos y los <em>beats</em> espectrales generados por softwares místicos.</p>
<p>Para adentrarnos en la ciudad usábamos peyote. Lo comíamos una hora antes de clavarnos en la urbe, seleccionábamos el CD que cada uno iba a escuchar y, por si las dudas, llevábamos nuestro estuche de discos. Cuando los efectos de la mezcalina comenzaban a palpitar en nuestro pecho, nos lanzábamos a las calles del centro y algunas veces hasta la zona industrial. Se encendía de pronto el imaginario disonante. Cada quien con sus audífonos, uno detrás del otro, peregrinos alucinados. Generalmente salíamos por la calle Felipe Luna y nos quedábamos frente al templo del Calvarito electrizados. Los motores de los taxis y las cadenas de las motocicletas se sentían en las suelas de los tenis. Big Bang siempre terminaba poniendo el mismo disco: <em>LP5</em> de Autechre. Podía darme cuenta de que lo iba escuchando al contemplar su caminar numérico y espiriforme. Mis peregrinajes, eran muy diferentes a los de Big Bang, él estaba buscando el sonido biológico. Varias veces se tumbaba en alguna jardinera del Jardín Zenea y proclamaba que podía escuchar al cosmos, que sus composiciones eran como mil granos de arena cayendo sobre el cristal. En cambio, yo me tenía que enfrentar con coyotes rabiosos que salían de los callejones, con sus aullidos y su rabia, sentía unas fuertes pulsaciones en el estómago y creía que allí estaba la entrada al portal. Me gustaba pararme frente a las estatuas, desarmarlas y volverlas a armar, pieza por pieza. Era un ejercicio meticuloso pero perfectamente simétrico y memorizado. La música en mis oídos eran golpes de bronce y minerales chocando entre ellos.</p>
<p>La noche antes de que Big Bang llegara a mi casa para platicarme lo del brujo, nos habíamos aventurado a la ciudad bajo los efectos de un licuado de peyote con piña. Big Bang le dio play al <i>Pin Skeeling</i> de Mira Calix y, como yo sentía una fuerte taquicardia, decidí sumergirme en los océanos sagrados de B12. Un auto, dos camiones, voces, gira, retorna, neón, mantente, impalpable, el vacío, un coyote, Plaza de Armas, la noche y, como por acto de magia, Big Bang se quitó los audífonos y me indicó con señas que me quitara los míos. Mis tímpanos compactados sintieron las pulsaciones de la atmosfera, como si un par de almohadas estuvieran atadas a mi cabeza. Tardé en asimilar los sonidos de las calles, de la realidad, del tiempo presente. La ciudad es el cuerpo de la música. Intenté comprender lo que Big Bang quería decirme, pero solo escuchaba tambores tribales y susurros muy graves. Distinguía su boca moviéndose y podía sentir los impulsos sonoros retumbando en mi rostro. Entonces advertí, mirando los ojos desorbitados de Big Bang, que me estaba hablando en Esperanto[2].</p>
<p>Al día siguiente, Big Bang se levantó aturdido y cuando se miró en el espejo reparó en que todavía podía escucharse a sí mismo bajo un halo de armonías desconocidas. No era nada similar a lo que había escuchado hasta ahora. Eran tambores tribales y cantos antiguos, como si su ADN los reconociera por instinto y necesitara de ellos. Parecidos a ritmos africanos que alguna vez había escuchado en un programa de televisión. Provenían de dentro de su ser, los podía sentir en su mente, en su pecho, en sus rodillas y en sus tobillos. Intentó recostarse, pero el canto aumentaba. Su fuerza era sorprendente. Cerró los ojos y vio líneas rectas, microorganismos, agua furiosa, poco a poco se fue formando un mapa. Sintió que se asfixiaba y salió aprisa de su casa. Necesitaba aire, aire silencioso y fresco. No llevaba audífonos, no había fumado marihuana, no había comido peyote, sin embargo, sentía en la planta de sus pies un temblor de fuego, un latido, un corazón gigante. Los cánticos se extendían con rabia y, cuando sintió que se desvanecía bajo un árbol, un silencio monstruoso se apoderó de todo y todas las cosas. Después de un rato, abrió los ojos y escuchó los ruidos de la calle, no sabía cuánto tiempo había transcurrido. Sintió algo entre sus manos, era un pequeño papel con algo escrito:</p>
<p style="text-align: center;"><em>Lo escuché todo.</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>Camino de San Jerónimo, Km ***. Salida a Cadereyta. Rancho </em><em>el C**********. Carretera México, Querétaro.</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>Lleguen antes de que acabe el siglo. M**** K*********</em></p>
<p style="text-align: left;">La caligrafía era excepcional, vi la nota cuando Big Bang llegó a mi casa atónito a contármelo todo.</p>
<p style="text-align: left;">—Vamos mañana temprano—, le dije sin titubear.</p>
<p style="text-align: left;">Llegar fue sencillo. El nombre del rancho estaba escrito sobre una tabla con pintura roja. Cruzamos una pequeña cerca de alambre y seguimos el camino que llevaba hacia dentro. Era un camino de terracería, como de unos 200 metros. Alcanzamos a distinguir entre los espejismos una casa grande, moderna, reluciente. Se alzaba como un templo entre los cactus. En la entrada colgaba otro letrero que tenía escrito con una hermosa caligrafía:</p>
<p style="text-align: center;"><em>Dejar en la canasta teléfonos celulares y cualquier aparato electrónico. Queda estrictamente prohibido el acceso a cualquier tecnología.</em></p>
<p style="text-align: left;">Big Bang vacío inmediatamente sus bolsillos. Dejamos dentro de la cesta nuestros Nokia, los Discman, audífonos y relojes.</p>
<p style="text-align: left;">Mientras nos acercábamos por un camino de arbustos y nenúfares, pudimos percibir una bella terraza y una alberca clara y limpia. Alguien estaba nadando. Llegamos hasta el borde del agua, pero el hombre que nadaba estaba tan concentrado en su crol que no nos advirtió. Esperamos 15 minutos hasta que terminó su rutina y entonces salió de la piscina dejando un rastro de huellas de agua que inmediatamente se evaporaban con el calor. Mientras se secaba con una enorme toalla blanca nos dijo que nos estaba esperando. Big Bang y yo teníamos las mismas preguntas, pero ninguno de los dos dijo nada. Pasen, nos dijo, vamos a beber un té y a platicar.</p>
<p style="text-align: left;">El brujo tenía alrededor de 40 años, pero se veía más joven y a veces más viejo; no supimos deducir con exactitud su edad. Estaba perfectamente afeitado y tenía un enorme tatuaje que le cubría todo el pecho, una especie de mapa, sin nombres o números; era un laberinto de líneas. En varios cruces estaba tatuado con delicadeza un punto rojo. Vivo aquí solo, dijo el brujo todavía con el traje de baño puesto y la toalla sobre los hombros, pero esta no es mi casa, es prestada. La nota, dijo mirando a Big Bang, la escribí yo para silenciar tu caos.</p>
<p style="text-align: center;"><em>Se acabó el siglo XX en la densa oscuridad de un temazcal.</em></p>
<p style="text-align: left;">Enseguida comenzamos a sentirnos resguardados y nos dejamos llevar. Después del té, nos pidió que nos pusiéramos unos taparrabos negros que había sacado de un closet y entramos a un temazcal que él mismo había construido en un bello jardín al fondo de la casa. Fueron cuatro puertas. Cada una más poderosa y más oscura que la otra. Las piedras calientes eran volcanes activos; nuestro sudor se metamorfoseaba con el agua herbal; el origen de la tierra zumbaba sin compasión. El brujo hablaba y deliraba en lenguas extrañas: otomí, etrusco, germano, no lo sabemos. Tocaba de pronto instrumentos prehispánicos que en el trance me parecieron muy cercanos al IDM. El útero de piedra comenzó a pulsar y contraerse. Después de la negrura y la magia fuimos expulsados del vientre con la violencia y la sangre y la viscosidad de la naturaleza. El agua helada nos regresó lentamente a la vida. Sentí la luz y el color. Nos quedamos en silencio un largo rato y, cuando comenzaba a atardecer, el mago encendió un fuego con madera de pino y ocote. El cielo estaba despejado y las estrellas latían con la misma velocidad que las llamas. Nos sentamos alrededor del calor y nos ofreció un brebaje verduzco y espeso. Amargo. Entonces comenzó a predicar:</p>
<p style="text-align: left;">—En la memoria de los hombres con honor quedan presagios primitivos y espectrales de melodías tan antiguas como el mundo mismo.</p>
<p style="text-align: left;">Acomodó unas piedras blancas en forma de triángulo para que nosotros quedáramos en el centro. El cielo azul marino estaba radiante. Unas ligeras convulsiones se apoderaron de nuestra materia. Los sonidos recónditos y arcaicos comenzaron a salir de nuestro pecho, podíamos verlos como llamaradas y como relámpagos y como luces de camiones.</p>
<p style="text-align: left;">—Tu cuerpo es el único instrumento vivo—, decía el brujo entre nubarrones y danzantes del inframundo que se iban congregando, poco a poco, a sus espaldas.</p>
<p style="text-align: left;">Una armonía profunda comenzó a nacer, era el segundo cuerpo. Por reflejo empecé a producir sonidos con mi boca, me golpeaba el pecho, Big Bang hacía lo mismo, éramos reaccionarios descubriendo la música del mundo y el desgaste de la naturaleza. Brincábamos y nos agitábamos dentro del triángulo. Eran los ecos de los años, era un experimento sonoro claro y puro.</p>
<p style="text-align: left;">De pronto, en una claridad borrosa, vi al brujo desnudo, o eso creí, los puntos rojos de su tatuaje latían con fuerza, se proyectaron como puntos láser sobre el cielo registrando varios objetivos específicos. Intenté seguir las líneas, trazar el mapa, abrir de lleno el portal y traspasarlo con mi organismo. Los ritmos ancestrales comenzaron a transmutarse con sonidos de autos, cláxons, campanas, motocicletas, ambulancias, gatos, acero y voces humanas. El mapa del brujo siguió resplandeciendo hacia el espacio. Era un mapa de los sonidos. El portal. Sentí mi cuerpo como una gelatina. El IDM se detuvo, el fuego se fue extinguiendo, y por fin llegó el silencio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<hr />
<address style="text-align: left;"><a title="" href="#_ftnref"><em>[1]</em></a><i> </i><em>Intelligent Dance Music</em> (IDM) describe un género de música electrónica que surgió a principios de los años 1990 en Gran Bretaña en el contexto del final de la escena rave. Este género toma elementos de diferentes estilos musicales, especialmente del <i>Detroit techno</i> y del <i>ambient</i>. Estilísticamente, la IDM se caracteriza más por la experimentación individual que por estar dotada de un conjunto de características musicales fijas. De ahí que pueda abarcar música y músicos muy dispares. El término <i>Intelligent Dance Music</i> ha sido criticado por el uso de la palabra «inteligente», en el sentido de considerar que puede dar lugar a una interpretación elitista frente a otros estilos. Otra crítica habitual proviene de los propios músicos, que rechazan esta etiqueta como poco o nada representativa. (Wikipedia) <a title="" href="#_ftnref">[2]</a> El Esperanto es una lengua auxiliar artificial creada por el oftalmólogo polaco de origen judío Lázaro Zamenhof  en 1887 como resultado de una década de trabajo, con la esperanza de que se convirtiera en la lengua auxiliar internacional. (Wikipedia). <i>Esperanto</i>, 1995 (Mondadori), primera novela del escritor argentino Rodrigo Fresán.</address>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://sadabombon.com/mapa-de-los-sonidos-del-idm1-ancestral/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>De calle Pez al cerro del Sangremal –repaso a recorridos urbanos</title>
		<link>http://sadabombon.com/recorridos-urbanos_hl/</link>
		<comments>http://sadabombon.com/recorridos-urbanos_hl/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 01 Oct 2012 19:54:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Horacio Lozano W]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Viajes y paseos]]></category>
		<category><![CDATA[Vida urbana]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://sadabombon.com/?p=3191</guid>
		<description><![CDATA[Antes de irme a Madrid solía moverme en un espacio en concreto. No sufría de las displicencias del colectivo, no tenía necesidad de experimentar rutas, me faltaba valoración urbana, energía para estimular mi cuerpo y sobre todo sensibilidad al movimiento. Tenía un Topaz &#8217;82 que se llamaba Miguel Ángel. Gastaba mucha gasolina, se descomponía mínimo [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Antes de irme a Madrid solía moverme en un espacio en concreto. No sufría de las displicencias del colectivo, no tenía necesidad de experimentar rutas, me faltaba valoración urbana, energía para estimular mi cuerpo y sobre todo sensibilidad al movimiento. Tenía un Topaz &#8217;82 que se llamaba Miguel Ángel. Gastaba mucha gasolina, se descomponía mínimo una vez por mes, tardaba en encender y le faltaba una placa. Le tomé mucho cariño a Miguel Ángel porque me transportó miles de kilómetros: del Sangremal a La Cañada, de Juriquilla a Tejeda, de una fiesta a otra siempre protegidos por una luz luciferina. Alguna vez El Coronel me propuso llevarlo por barco a Madrid. Llegaría a Barajas después de un tormentoso viaje con escala en Ámsterdam, lo recibirían en aduanas y lo conduciría suavemente desde el aeropuerto hasta mi piso en Calle Ercilla. Lo tendría por ocho años más, recorreríamos Cantabria y El País Vasco cuando en un viaje a Yugoslavia me dejaría tirado sobre la carretera. En un impulso de ira lo vendería a unos macedonios por 60 euros. No sabría nada de él hasta diez años más tarde, en un café de Nueva York; abriría el periódico y en primera plana aparecería Miguel Ángel montado por docenas de revolucionarios mongoles. Celebrando la victoria, anunciando el nuevo imperio. Era un final digno para Miguel Ángel. Sin embargo, cuando volví a Querétaro lo vendí y ahora solo espero que esté en algún desierto encabezando a los bárbaros de alguna región olvidada.</p>
<p>Así eran los traslados en Querétaro, el Topaz se encargaba de todo y a pesar de no tener las comodidades del auto moderno para mí era suficiente. Cuando comencé a planear mi partida a Europa pensé en miles de cosas que podrían sucederme, profeticé enfermedades, imaginé triunfos y estaba embebido con la sensación de cambio. Era un hechizo. Todo parecía ir tomando forma. A los dos días que llegué comprendí, mientras viajaba en tren ligero, que no iba a conducir por mucho tiempo. Me sentía feliz. Compré abonos mensuales para el metro y descubrí después de un mes que no importaba a dónde me moviera, siempre terminaría caminando.</p>
<p>Caminar era la nueva consigna, no importaba la hora, el clima o los zapatos. Tuve varias rutas, pero mi favorita sin duda fue la que tomé por dos años seguidos. Vivía en Embajadores, cerca de Atocha, en calle Ercilla, justo arriba del teatro La Cuarta Pared. Salía del piso y doblaba en la panadería, de ahí hasta los kebabs y esa calle llegaba a la glorieta. Subía por Lavapiés, en donde casi siempre me detenía a beber un café, hasta Tirso de Molina. Cruzaba la plaza y bajaba por Carretas hasta Sol, Callao, Gran Vía y de ahí hasta Plaza España. Después tenía que cruzar y subir algunas calles más para llegar al trabajo. Era un camino lleno de neón, ruido, caos y belleza. Algunas veces subía por Montera para ver a las prostitutas polacas o rumanas. En verano me desviaba por Plaza Santa Ana y de ahí callejeaba por el barrio de las letras. Siempre había fiesta y risas. El calor lo hacía todo más eléctrico, más inclemente. Pensaba que en algún momento del día me uniría a ellos y celebraría hasta el amanecer. ¿Qué celebraríamos? Cualquier cosa. Un día soleado era más que suficiente.</p>
<p>La mejor experiencia era en invierno. El vaho me parecía un lujo. Era cuando más latinoamericano me sentía. Fumar por Calle Pez hasta el bar Palentino y subir de rigor a Malasaña para tomar una copa en el Garage Sónico o en la Vía Láctea. Caminar a otro bar en Chueca y comprarle una cerveza a un chino sobre calle Montera. Y así, toda la noche, de un lugar a otro. Sacando y poniendo bufandas, guantes, abrigos. Un baile de guardarropas nocturno en donde el alcohol y el frío son dos grandes aliados. Al llegar a casa traes una chaqueta que no es tuya, aúllas en el balcón y fumas el último cigarrillo viendo cómo amanece y cómo todos salen a sus trabajos o a sus colegios. Fue el primer <em>flâneur</em> de mi vida, mi <em>spleen</em>; por fin era un noctámbulo.</p>
<p>Extraño muchas cosas de mi experiencia allá, pero caminar es la que más me hace falta. Volví a Querétaro después de casi cuatro años en los cuales jamás tuve problemas para trasladarme. Era más delgado y tenía mejor condición física a pesar de todo el alcohol y las drogas que consumí. Renté un departamento en el centro, en Felipe Luna. Bautizamos el lugar como Villa Oporto ya que después llegaron a vivir ahí mismo mi chica y dos neónidas (Saúl Galo y El Coronel K). No iba a vivir en otro lugar que no fuera el centro de Querétaro. Además Villa Oporto tenía una ubicación privilegiada. Para llegar a mi trabajo tenía que salir por Felipe Luna hasta la 5 de Mayo y bajar a Plaza de Armas. De ahí tomaba el Andador Libertad hasta Jardín Zenea y me iba por la izquierda para agarrar Madero. Pasaba la fuente del Neptuno y el Jardín Guerrero, topaba con Ezequiel Montes, compraba una empanada de jamón recién hecha, cruzaba a Avenida del 57 y llegaba radiante a la escuela. Caminar muy temprano en el centro puede ser una experiencia revitalizadora. Regresar de Madrid y tener esa nueva ruta no estaba nada mal. De nuevo todo parecía acomodarse hasta que me fui a vivir al campo; el auto es de suma importancia para moverme de un lugar a otro. Salir del centro fue extremo y estar en la montaña me ha vuelto estático. La naturaleza a diferencia de las ciudades me produce quietud, estadía, hermetismo. No me gusta enfrentarme a la naturaleza; me impone su fuerza, y sus misterios no es algo que quiera descifrar en estos momentos. Podría decirse que lo que más añoro es caminar, pero en la ciudades. El urbanismo me parece ágil, dilatado, posiblemente un extraño gusto; aunque bien estilizado. Pronto regresaré a la ciudad, es inevitable para mi formación. Extraño las distancias, el concreto, los gatos callejeros y los mercados, entre otras cosas.</p>
<p>La última vez que tuve una experiencia <em>flaneurística</em> en Querétaro fue con mi buen amigo El Coronel. Se dice que los jueves en esta ciudad son peligrosos, y es cierto. Comenzamos a beber unas cervezas y de ahí comenzó una marcha que terminaría hasta las seis de la mañana. Con nosotros estaba Saúl Galo; en ese entonces pintaba los murales de Villa Oporto, donde El Coronel aún vive. A las cuatro de la madrugada El Coronel nos invitó a su ruta nocturna. Era a pie. En un principio Galo y yo nos sentimos cansados pero, con la persistencia de un gitano ebrio, El Coronel nos convenció para partir. Tomamos Reforma y, entre andadores, casas místicas, templos paganos, mujeres atrapadas en sótanos, aullidos de coyote, demonios barrocos, desconocidos vampíricos y fuentes secas, el efecto de la noche se apoderó de nosotros. Terminamos bailando una <a href="http://neonidas.blogspot.mx/2008/07/warpola-biografa-no-autorizada.html" target="_blank">marcha kgargariana</a> en las cornisas de Santa Rosa de Viterbo. La ciudad había tomado posesión de nosotros. Era un ritual magnífico. La fuente danzante estaba apagada y se convirtió en una plataforma espacial. La nave estaba a punto de despegar. Un vagabundo se nos unió desquiciado y hubiéramos en ese momento quemado muebles y libros al centro de nuestra danza. Estábamos dispuestos a rendir culto a la oscuridad, hacer una hoguera, bailar alrededor de ella hasta desvanecernos, entregarnos a la noche y dejar que la vida y la muerte tomaran tranquilamente su curso.</p>
<p>&nbsp;</p>
<hr />
<address>Este artículo forma parte de una colección especial de otoño 2012, <a href="http://sadabombon.com/?s=oto%C3%B1o+2012+especial+caminante"><span style="color: #888;">dedicada al caminante</span></a>.</address>
<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://sadabombon.com/recorridos-urbanos_hl/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>
