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	<title>Sada y el bombón &#187; Jorge Degetau</title>
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	<description>revista independiente de cultura urbana en el centro de México.</description>
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		<title>Reaccionarios</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Feb 2014 17:22:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Jorge Degetau]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 20]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Somos en gran parte las ideas ante las que reaccionamos; nuestra personalidad se dibuja en la negación. El famoso respondió al entrevistador: «Mi ateísmo es riguroso porque así me enseñaron los jesuitas a hacer las cosas». Por todos los canales y a todas horas, a partir de entonces se acusó al famoso de incinerador y [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>Somos en gran parte las ideas ante las que reaccionamos; nuestra personalidad se dibuja en la negación.<br />
</em><br />
El famoso respondió al entrevistador: «Mi ateísmo es riguroso porque así me enseñaron los jesuitas a hacer las cosas». Por todos los canales y a todas horas, a partir de entonces se acusó al famoso de incinerador y reaccionario.</p>
<p>La Real Academia de la Lengua Española establece como reaccionario a todo aquel «opuesto a las innovaciones». Reaccionario es también quien desea «reestablecer lo abolido» (bajo esta luz imagino a un mexicano de filiación monárquica en pleno siglo XXI). Estas definiciones parecen cargadas de tendencia, como si reaccionario no pudiera ser también el sensato sino sólo quien se opone al avance, quien es conservador en lo político o, peor –pensarán los de avanzada–, en lo económico. Se entiende por reaccionario lo contrario a progresista, y ya puede verse en el contraste de estas palabras que nuestra contemporaneidad prefiere ser calificada de lo segundo que de lo primero. Si no me cree, mire cómo en la jerga periodística y pública la palabra <em>reaccionario</em> forma parte del catálogo de insultos.</p>
<p>Si calificar a uno de reaccionario por su apego a lo pasado representa un juicio de valor negativo, es fácil no caer en cuenta que al tiempo se denosta un término que en otro contexto no recibe sino vítores: el de la tradición. Reaccionario y tradicionalista parecen más o menos intercambiables, pero el término tradicionalista está cargado, las más de las veces, de atributos positivos; la alternancia en el uso de ambos términos depende, casi exclusivamente, del juicio de valor que queramos emitir sobre una forma de pensar o actuar.</p>
<p>Hay otra posible acepción más sencilla y quizá por eso más verdadera. Si reaccionario es quien reacciona, y si esto significa resistirse u oponerse a otra acción, queda claro que usado como insulto no es sino otra forma de señalar y deslegitimar a quien se nos opone, y por lo tanto dice más del que lo esgrime como argumento que de quien lo recibe como pretendida ofensa. Entendido así, el término pertenece a la familia de la palabrería maniquea, aquella que se encarga de dividir al mundo en gamas perfectamente claras de buenos y malos. Mírese como ejemplo a otro integrante de esta familia: la palabra Pueblo, con mayúscula. Uno siempre es el Pueblo, los enemigos nunca son Pueblo; el Pueblo goza de legitimidad absoluta, los no-Pueblo no; el Pueblo y su voluntad son la santa palabra, etcétera.</p>
<p>Aún si entendiéramos como reaccionario al «que resiste o se opone», a quien dice no, ello tampoco exime de su mala fama al término, pero sobre eso hay algo qué decir. Las reuniones de intelectuales católicos son un semillero de quienes dicen que los ateos (a, sin; teo, dios: sin dios) son un absurdo, pues se definen mediante la negación de algo que el lenguaje presupone como positivo o verdadero. En otras palabras: los ateos, para descreer de dios, deben negar a dios, lo que presupone existencia. Esto es, por un lado, una falacia semántica, y por el otro un absurdo: todos nos definimos en el enfrentamiento con el mundo, y de este choque surgen lealtades y discrepancias por el hecho simplísimo de que uno no puede estar en acuerdo o desacuerdo con todo. El no no sólo es posible, es inevitable y nos conforma.</p>
<p>El desarrollo de los niños –mis sobrinos– siempre me ha sorprendido, pues en ellos se ve claramente una evolución en cómo van apareciendo, sin demasiado desorden, las primeras palabras: dicen, primero, <em>mamá</em> y <em>papá</em>, y <em>pan</em> o <em>más</em> o <em>popó</em> luego, pero siempre se cuela, en algún estadio temprano, el <em>no</em> como forma de contraponerse a alguna de las facetas de su realidad. Casi podría asegurar que sólo en ese momento el crío abandona su estado larvario y comienza a desenvolverse una personalidad que con los años se irá volviendo nítida en sus preferencias y disgustos.</p>
<p>En estos tiempos prodemocráticos, tan afines a la corrección política y a la moda, tan apegados a la voluntad de la masa, decir <em>no</em> es casi un acto heroico que marca la diferencia entre pertenecer al rebaño o forjarse una personalidad, cosa que equivale a ser –o volverse– persona (alguien ya decía que no se nace humano, sino que se llega a serlo). La verdadera anomalía es no reaccionar: al mundo, a su estandarización apabullante, a las hordas de zombis incapaces de una opinión fuera de norma.</p>
<p>&nbsp;</p>
<hr />
<address><span style="color: #808080;"><em>Jorge Degetau es un escritor reaccionario y un empresario progresista. Su trabajo ensayístico y narrativo se ha publicado en revistas como Letras Libres, Este País y, evidentemente, Sada y el bombón.</em></span></address>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Alguien se lo tiene que decir</title>
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		<pubDate>Wed, 26 Jun 2013 16:00:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Jorge Degetau]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Juan Manuel Villalobos Alguien se lo tiene que decir Tumbona Ediciones, 2013 132 pp. &#160; Sugerir es el arte de sacrificar la literalidad en aras de que cierta sutileza hable. Alguien se lo tiene que decir, de Juan Manuel Villalobos (ciudad de México, 1972), explota bien esa estrategia. Evoca, nunca explica: son las pequeñeces las [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<address style="padding-left: 30px;">Juan Manuel Villalobos<br />
<em>Alguien se lo tiene que decir</em><br />
Tumbona Ediciones, 2013<br />
132 pp.</address>
<p>&nbsp;<br />
Sugerir es el arte de sacrificar la literalidad en aras de que cierta sutileza hable. <a href="http://www.tumbonaediciones.com/tumbona/titulos/prosas-col/alguien-se-lo-tiene-que-decir" target="_blank"><em>Alguien se lo tiene que decir</em></a>, de Juan Manuel Villalobos (ciudad de México, 1972), explota bien esa estrategia. Evoca, nunca explica: son las pequeñeces las que nos murmuran algo.</p>
<p>No se trata de un libro de cuentos; es más bien una colección de estampas que comprueban la maleabilidad de las circunstancias, la fiereza del tiempo, y de cómo estamos obligados a optar por una vida u otra con cada golpe de timón que nos atisba el destino. La acción se finca en momentos clave de la vida de sus protagonistas, momentos destemplados, muchas veces crisis descomunales que se dan de puertas hacia dentro. Por ello los personajes aparecen desencajados de su normalidad, incómodos hasta el extremo: un aspirante a periodista es puesto a prueba por la mezquindad del oficio en su primera misión; dos remotos amigos se reencuentran justo antes de que desaparezca la hija del anfitrión; un heterosexual es cándidamente invitado por otro hombre a dejarse querer; dos amantes que no se atrevieron a llegar a más manejan hacia una ominosa consulta con el médico. Algunos amplían el área de lo que son al decidir algo que en otras condiciones les hubiera resultado ajeno. Otros caen en cuenta de que ya es demasiado tarde para recuperar la vida que hubieran querido tener. <em>Alguien se lo tiene que decir</em> descree de la identidad como algo inamovible, demuestra nuestra constante indefinición y la de nuestra vida.</p>
<p>Aunque la ejecución de estas estampas a veces queda corta a sus pretensiones, el libro se lee bien y trabaja temas atípicos en nuestra literatura. También reflexiona y observa, cosas que siempre se agradecen («Y yo me quedé con un gesto de impotencia en mis labios… como si fuera parte yo también de la estupidez del mundo, de su crueldad, como si fuera su cómplice»). Recomendado para curiosos de todo tipo, estudiosos de casos raros y gente que veranea en la playa con ganas de una lectura que no se interponga entre siesta y siesta.</p>
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		<title>Nuestra vaguedad esencial</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Oct 2011 16:54:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Jorge Degetau]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Conocemos sólo a través de lo que ya está en nosotros: cuando Borges leyó sobre la estepa en Dostoievski, reconoció su pampa. Idéntico impulso explica que visitemos el fin del mundo: tras los balbuceos, resulta que lo hacemos para tropezar con algo que vagamente intuíamos en nosotros y cuya concreción verbal se nos escapaba; el [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Conocemos sólo a través de lo que ya está en nosotros: cuando Borges leyó sobre la estepa en Dostoievski, reconoció su pampa. Idéntico impulso explica que visitemos el fin del mundo: tras los balbuceos, resulta que lo hacemos para tropezar con algo que vagamente intuíamos en nosotros y cuya concreción verbal se nos escapaba; el descubrimiento consiste en apresar esa intuición en un bloque limitado de palabras luego de reconocernos en algo o alguien. Así como en los viajes, mientras leemos comprobamos cuánto hay de nosotros en la Antigua Grecia, cuánto de nosotros tributa en las tierras nórdicas, cuanto en alguna tradición de la que nos pensábamos completamente ajenos. Y sólo en la medida en que entendemos que lo visible lo es porque ya existe en nosotros es que, reflejados, percibimos nuestras líneas. De otra forma, un alma primera necesitaría de un alma segunda para conocerse, y ésta de otra más; si, en cambio, nuestro espíritu se refleja en cada una de las cosas que roban su atención, podemos seguir la pista de nosotros mismos.</p>
<p>Una biblioteca es, en tanto refleja las aficiones de su compilador, la cartografía de un alma particular. Los ríos que se deslizan por el centro de cada espíritu encuentran su correlación exacta en la selección bibliográfica. Nuestra filia por cada tomo, débase a las respiración de sus páginas o al sabor de su nombre, o la fobia que lo eligió como uno de nuestros enemigos dilectos, representa una parcela de lo que más profundamente somos. Tan salvajemente se relaciona la configuración de la biblioteca a nosotros que, en realidad, ha sido cada tomo el que nos ha encontrado: es una nota que nos habita y a la que estamos ligados desde siempre. Su sumatoria, la orquestación de esas notas –un singular constituido por singulares, un sistema de sistemas que se interrelaciona y se torna infinito en su incesante mutación–, será la edición que cuidadosa o descuidadamente, según seamos, dará testimonio de lo que fuimos: los mudos libros que contienen formas notables, de tal o cual suerte dispuestos en una biblioteca, compondrán otra forma nueva: la de nuestra vaguedad esencial.</p>
<p>Así como la biblioteca configura lo que tenemos de singular con respecto al todo, también menta lo que tenemos de humanos. Toda biblioteca trata sobre una colección de asombros que se vuelven contorno, arquetipos de algo: en tanto lo reconozcamos, nos perteneceremos. Participamos de la telaraña de sueños que ha gobernado a los hombres cuando en nuestra biblioteca hibernan un Homero o un Rulfo, un Montaigne o un De Quincey, cuando abrevamos de los limitados temas que nos han bastado siempre: la eternidad está englobada allí porque el resumen de todo lo que pueda ocurrir y sus ecos reverberan silenciosamente entre los tomos. Será en la biblioteca bañada por todas las épocas y estéticas donde veremos la constelación de los hombres y nos reconoceremos entre ellos. Si el Espíritu habita en cada cosa, como dicta el panteísmo, una biblioteca muestra el modo en que su compilador participa del Espíritu, y en la medida en que nos reconozcamos en el Espíritu, seremos el Espíritu; en tanto nos manifestemos en Virgilio, Virgilio será en nosotros.</p>
<p>Seductora, cada biblioteca lo es sutilmente porque promete la felicidad de ser otros y serlo en todas las épocas, y al tiempo la de ser radicalmente nosotros. En su condición de larva que eclosiona ante el roce de los ojos, sus tomos habitan la impiedad del silencio, tendiéndonos sigilosamente los recuerdos de la humanidad, su conversación del hombre que ya fue añejada por las lunas. Dormida en los estantes, tatuada con símbolos preciosos en cada una de sus mil y un caras, la biblioteca hiberna paciente hasta que nos miramos en alguno de sus mutables espejos: en ella definimos lo que nos es propio y encontramos también el legado de los nuestros: participamos así de la serena memoria de los muertos.<br />
&nbsp;</p>
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