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	<title>Sada y el bombón &#187; LF Niño</title>
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	<description>revista independiente de cultura urbana en el centro de México.</description>
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		<title>Días fuera, días dentro</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Jun 2014 13:40:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[LF Niño]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 22]]></category>
		<category><![CDATA[Vida urbana]]></category>

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		<description><![CDATA[Las impresiones de alguien que se va de México, vive fuera y regresa al país cada tanto, después de varios años. Una «visión pseudoextranjera», dice L.F. Niño, quien en esta reflexión es juez y parte, como cuando escribimos sobre el lenguaje. Hace unas semanas vi el tuit desesperado de una amiga. Su decepción con el [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>Las impresiones de alguien que se va de México, vive fuera y regresa al país cada tanto, después de varios años. Una «visión pseudoextranjera», dice L.F. Niño, quien en esta reflexión es juez y parte, como cuando escribimos sobre el lenguaje.<br />
</em></p>
<p>Hace unas semanas vi el tuit desesperado de una amiga. Su decepción con el país estaba a tope. Le respondí: habla con un extranjero y pregúntale qué piensa de México.</p>
<p>La visión de un extranjero casi siempre alivia momentáneamente nuestra desolación. El residente en México, ya sea como trabajador expatriado o como <em>hippie</em> en Oaxaca está vacunado contra la creencia de que «todo está mal».</p>
<p>Su idea del país es opuesta a la nuestra. Y sí, uno puede alegar que un extranjero no sufre la vida en México porque los mexicanos tienden a tratarlos muy bien. (Siempre y cuando vengan del norte o del otro lado del atlántico. Del sur, es otra cosa.) Tendemos a rodarles la alfombra roja, les hablamos del país como si fuera el paraíso, les pintamos todo lo malo con tintes de comedia y nos enorgullecemos de las idiosincrasias, las curiosidades, los extremos, las incongruencias y hasta de las estadísticas más trágicas: México es el mayor consumidor de Coca Cola, el de mayor índice de obesidad infantil. En México los narcos tienen cuentas Instagram y Twitter, el presidente en turno es…</p>
<p>De esta visión extranjera y su beneficio estoy plenamente convencida porque mi laboratorio personal y mis notas de campo acumuladas durante los últimos 2,555 días fuera de México me lo demuestran.</p>
<p>En los primeros 700 días fuera fui de visita a México dos veces. La primera vez, «el sujeto», es decir, yo misma, recolecté nostalgia y cursilería, pero también un suave alivio de haberme ido.</p>
<p>Dicen los diarios:<br />
&nbsp;</p>
<blockquote><p>
La República Mexicana es difícil de abandonar. Se cuela por todos lados, impone su presencia con todo lo que tiene. Hace uso de los lazos más íntimos y frágiles para no dejarse olvidar.</p>
<p>Me preguntaron si sentía como si llegara a casa o si me «iba de casa». No supe responder.</p>
<p>Mi hermana enumeró: «En esta vida te quedan como unas veinte o 25 visitas solamente…». Me tomó un rato antes de comprender que se refería al intervalo de dichas visitas, suponiendo una anual como máximo.
</p></blockquote>
<p>&nbsp;<br />
Esas cuentas uno no las hace cuando decide expatriarse definitivamente.</p>
<p>Hubo dos interludios largos entre mis viajes al país. El primero de un año y medio, el<br />
segundo de dos años. Eso me redujo el número de visitas a 21 y media.</p>
<p>Tras el primero volví a sentir la apretada trenza de emociones: el terror de visualizarme en México de forma permanente y la agonía de no querer irme nunca. Fue una suspensión de tiempo, el clásico cántico de «no soy de aquí ni soy de allá».</p>
<p>Los circuitos lingüísticos interferían dolorosamente en mis conversaciones, provocaban la mofa de mis interlocutores y en algunos casos su desdén. La misma reacción recibida por los chicanos con su spanglish yo la causaba con mi frangolish.</p>
<p>De los diarios:<br />
&nbsp;</p>
<blockquote><p>
Me da miedo volver. Me da miedo irme. Me siento como una tela fina que podrían rasgar con un tirón. Pensar en no venir en mucho tiempo me aflige, pero en estos días la remota posibilidad de quedarme me aterra casi tanto como morirme. No sé explicarlo. Sentí el vacío, el aislamiento y la lejanía de entonces. Me hace querer correr hasta la frontera y no mirar atrás.
</p></blockquote>
<p>&nbsp;<br />
El invierno del 2014 fue de los más crudos en la historia de Quebec y ha sido la primera visita larga. Cinco semanas en total. Había vivido 2,150 días fuera.</p>
<p>De ahí vino mi conclusión sobre el extranjero y su visión benévola de la vida allá.</p>
<p>Encontré otro México.</p>
<p>A la segunda semana pensé: si hubiera que volver, sería posible encontrar mi sitio.</p>
<p>El viejo terror ya no estaba ahí.</p>
<p>Desde mi llegada, intenté tomar notas pero rápidamente desistí. La estimulación no tenía ángulos de donde asirla, era un torbellino. De las notas de campo elegí tres observaciones. Atribuyo mi elección a la visión sin influencias que me acompañó, pues llevo más de 1,000 días sin leer noticias sobre México y he perdido la comunicación con la mayoría de las viejas amistades a fuerza de rechazar Facebook.</p>
<p>Mis amistades nunca fueron de escribir cartas, y yo dejé de escribir a quien no escribe de vuelta. No llevé expectativas, sólo llevé las ganas de recuperar mi propio fantasma.</p>
<p>Estas son las tres cosas que más me asombraron (de entre muchas otras):</p>
<ol>
<li>La gente joven no tiene miedo de trabajar. Lo vi en cada esquina, en cada comercio, en cada restaurante, en cada tienda. Un contraste con mi mundo diario del <em>do what you love</em>.</li>
<li>Por primera vez vi mujeres haciendo jogging y transportándose en bicicleta en las calles de mi ciudad. El significado de esto no pasa desapercibido por alguien que sufrió la otra cara: el acoso callejero.</li>
<li>La oferta cultural en México incrementa año con año. Festivales de cine, diseño, de todos los géneros musicales. A veces me da envidia.</li>
</ol>
<p>En el lado negativo también enumero tres cosas. De no tenerlas en cuenta, cancelan las tres anteriores.</p>
<ol>
<li>Observé mucha imitación, la cual es innecesaria. Internet es el culpable. México es un país con retraso tecnológico, copia cosas hechas en otros lugares una y otra vez, desde la estética hasta la fraudulenta cultura del emprendedor solitario.</li>
<li>Consumismo rampante, deuda personal incontrolable. Quebec le llama el Tigre Azteca. El mensaje a los inversionistas es: «Es un país donde la edad promedio es de 29 años y el poder adquisitivo aumenta; millones de consumidores en potencia».</li>
<li>El culto al automóvil. Cuando de calidad de vida se habla, liberarse del auto debería estar en primer o segundo lugar después de las necesidades básicas.</li>
</ol>
<p>Llevé una mirada exterior, limpia de noticias, prejuicios, cinismo y memoria: como una extranjera. Encontré un país sorprendente e interesante.</p>
<p>De entre las maravillas en cada esquina, encontré, me atrevo incluso a decir, cierta felicidad de baja intensidad pero más durable. Inexistente en un país como Canadá donde los First World Pains se vuelven insoportables y la búsqueda de la felicidad es como darle a la piñata con pañoleta en los ojos.</p>
<p>No creo estar equivocada en mis percepciones. Si lo estoy no me corrijan. Me gusta mi visión pseudoextranjera.</p>
<p>Yo sigo renovando mi pasaporte mexicano cada cinco años mientras sigo contando los días fuera y los días dentro.<br />
&nbsp;</p>
<hr />
<address><span style="color: #808080;"><em>Luis Fernanda Niño es mexicana. Vivió mucho tiempo acá y ahora vive en Montreal. Puedes leer otro artículo escrito por ella y publicado en esta revista aquí: <a href="http://sadabombon.com/author/luisa/" target="_blank"><span style="color: #808080;"> sadabombon.com/author/luisa.</span></a></em></address>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Que se haga el silencio</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Oct 2013 06:33:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[LF Niño]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 18]]></category>
		<category><![CDATA[Vida urbana]]></category>

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		<description><![CDATA[Toda mi vida he sido cazadora del silencio. Dicen mis padres que cuando era pequeña estaba prohibido, bajo pena de muerte, hacer ruido: «la niña está durmiendo». Aprendí que el espacio ocupado por el silencio podía ser vasto. Mis mejores amigos siempre han sido los audífonos. Desde aquellas tardes en las que pasaba enchufada a [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Toda mi vida he sido cazadora del silencio. Dicen mis padres que cuando era pequeña estaba prohibido, bajo pena de muerte, hacer ruido: «la niña está durmiendo». Aprendí que el espacio ocupado por el silencio podía ser vasto.</p>
<p>Mis mejores amigos siempre han sido los audífonos. Desde aquellas tardes en las que pasaba enchufada a un sistema de sonido inamovible hasta estos días afortunados en los que tengo la posibilidad de encontrar escapatoria en el fondo de mi bolsa. Me hago de silencios controlados <em>au besoin</em>.</p>
<p>Tiendo a sufrir microcolapsos nerviosos cortesía de cualquier vehículo equipado con sirena. Norteamérica es fanática de esos. Soy, también, la única persona adulta que va a ver los fuegos artificiales y se sale de ahí desestructurada e hipersensible. En las películas de acción voy a murmurar tres o cuatro veces «está muy fuerte». Y durante un concierto seguramente descansaré del escándalo incrustándome unos tapones de esponja en las orejas.</p>
<p>Igual sucede en los bares. Pasé mi vida estudiantil siendo de las pocas personas alérgica a los bares. La densidad del ruido, esas capas sonoras formadas con todas las voces, con todos los timbres, con todos los matices, más el propio volumen de uno mismo, estridente y roto, luchando por llegar a los oídos de un interlocutor fingiendo escucharte, son ambientes que me hacen huir al baño y encerrarme, taparme las orejas y escuchar mi voz emitir un hilo formado por el fonema U, el más dulce de todos: «uuuuuuu», me digo. Luego salgo al caos otra vez. Y así es como enfrento a los altos decibeles.</p>
<p>La cuidad es un monstruo aparte. Pero antes, debo hacer un paréntesis donde indico que haber vivido en México durante treinta y tres años, menos tres de los cuales viví en EEUU, más los siete que llevo en Montreal, no me han vuelto más resistente a la constante carraspera de una ciudad.</p>
<p>La ciudad en la que vivo tiene cuatro distintos <em>soundtracks</em>. Mi favorito es el del invierno. La vida durante el invierno es fría y penosa, difícil y obscura, pero es silenciosa. Cuando nieva los carros parecen gatos caminando sobre una alfombra. Cuando obscurece –a las cuatro–, el murmullo vehicular se ahoga con el <em>slush</em> de la nieve gris. La gente lleva las bufandas por encima de la boca, los fumadores platican en las calles en voz baja. No hay terrazas de donde el ruido de los bares se desparrama. Salir a caminar a las temperaturas groseras de estas partes del mundo es para mí un deleite mudo. Se rompe a la llegada de las máquinas que levantan la nieve, pero al pasar la mayor parte del tiempo en interiores su rugido casi es un mero murmullo.</p>
<p>El contraste con verano es justamente el volumen descontrolado de la humanidad en la calle. En México así es, siempre. Yo huía de eso pasando la vida en mi carro con ventanas cerradas, AC y música elegida por mí con todo el cuidado del mundo.</p>
<p>Desde hace siete años dejé de manejar y ahora camino a todas partes o ando en bicicleta; estoy a la intemperie en una ciudad con una mínima ventana de tiempo para autoregenerarse. Por esta razón, la maquinaria de la construcción opera durante los meses sin nieve. Me siento parte de la historia de Gulliver mirando al gigante dormido y roncando cuando estoy en pleno centro de la ciudad. Las grúas, las excavadoras, tractores y camiones llegan desde principios de abril y se quedan hasta la primera nevada. Las calles, autopistas, túneles, callejones y demás arterias de la ciudad se anestesian con el calor y con el rítmico <em>beep beep beep, beep beep beep</em> de los sensores de reversa.</p>
<p>Y luego están los vecinos. El que corta el pasto, arregla su balcón, instala un nuevo motor a la piscina, o el vecino que repara su <em>deck</em>. Todos trabajan dignamente acompañados de martillos, taladros y sierras. Y los amantes del <em>boombox</em>, aquel enorme jeep con dos negros bien enjoyados que llevan no cualquier rap francés, con las ventanas abiertas agregando un par de palpitaciones a quienes nos encontramos a la redonda. O los señores en plena crisis de los setentas con sus descapotables y su rubia a un lado escuchando a Aznavour en sistemas de sonido perfectamente ecualizados.</p>
<p>El respiro llega durante las famosas «vacaciones de la construcción». Un buen día de julio salí en la bicicleta y durante todo mi trayecto no escuché ni el más mínimo martillo. Me sentí en una película de zombies: todo parecía abandonado.</p>
<p>En cualquier situación en que la urbe me ataca con sus gritos recurro a mis audífonos, rápido, como quien pide Gravol en un barco. Reconozco en mí cierta intolerancia, o tal vez sólo una mala costumbre. Así llego al otoño y cambia la banda sonora. En ese momento el ambiente se acompaña de un ruido sutil de hojas muertas. Un preludio al silencio.<br />
&nbsp;</p>
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