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	<title>Sada y el bombón &#187; Rodrigo Suárez</title>
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	<description>revista independiente de cultura urbana en el centro de México.</description>
	<lastBuildDate>Wed, 17 Dec 2014 16:40:30 +0000</lastBuildDate>
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		<title>Brasil 2014, ¿será el mejor Mundial de futbol de la historia?</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Jun 2014 14:34:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Rodrigo Suárez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 22]]></category>
		<category><![CDATA[Eventos y festivales]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Del 12 de junio al 13 de julio, la FIFA y todos sus fieles celebrarán la vigésima Copa Mundial de Futbol. Por la tradición futbolística de Brasil, su reciente crecimiento económico y porque la FIFA reúne a más países que la ONU, éste promete ser el mejor evento del año. Puede serlo. Pero también puede [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>Del 12 de junio al 13 de julio, la FIFA y todos sus fieles celebrarán la vigésima Copa Mundial de Futbol. Por la tradición futbolística de Brasil, su reciente crecimiento económico y porque la FIFA reúne a más países que la ONU, éste promete ser el mejor evento del año.</em></p>
<p><em>Puede serlo. Pero también puede ser un chasco. El futbol nunca ha sido tan burocrático como ahora: tácticas, reglas, discusiones, compromisos, tecnología, acuerdos. Este será el primer Mundial, por ejemplo, que se juegue con un «balón inteligente», una pelota que estará mandando mensajes a diestra y siniestra.</em></p>
<p><em>En lo que llega el Mundial –y mientras terminamos nuestro Panini–, Rodrigo Suárez esboza aquí su esperanza para que este sea, de menos, un Mundial memorable.</em></p>
<p>En el 2006 tenía yo una camisa de Brasil firmada por Ronaldo «el fenómeno», un par de pósters de Ronaldo y Ronaldinho, una bandera de Brasil, el álbum Panini abierto en la página de la selección brasileña. También un par de veladoras que encendía cada vez que jugaba el <em>Scratch du Oro</em>. Tenía un altar a Brasil y una enorme afición al juego. Pensaba que sería indigno que el Mundial lo ganara otro equipo distinto que éste, plagado de prodigios. El altar era una broma, pero era verdad que me resultaba indispensable que resultara campeón Brasil. Ganó Italia. Me pareció algo así como el «Dios ha muerto» de Nietzsche. Pero aquí no era siquiera una muerte, era que Dios abandonaba el cargo.</p>
<p>El Mundial de Sudáfrica lo vi por inercia y lo ganó España. Dicen algunos entendidos que «La Roja» del «tiqui-taca» es quizá el mejor equipo de la historia. Si se puede hablar de justicia o méritos, ganaron la copa. Aún así, no recuerdo ni un solo partido de España que no me pareciera un soporífero tormento. El futbol tiene algo parecido a eso que dicen del amor de pareja: no se puede si uno de los dos no quiere. El Mundial de 2010 fue así: un amante empecinado y una seguidilla de desdenes. El futbol se volvió el diálogo entre un filósofo y una turba de necios. Y como en tiempos de filósofos y sofistas, el futbol ahora se trata de no tener virtud, sino de tener razón. Ganar se volvió la única razón y la gente lo creyó y se hizo devota de quienes tienen razón. Yo entonces, de forma más sensata que herética, me olvidé de aficiones y desmonté todos los altares.</p>
<p>No puedo hablar del Mundial sin antes hablar del juego. En algún momento, la persona más abominable de la historia descubrió que con el suficiente ejercicio de táctica y orden la Armada Invencible sería incapaz de hundir un barco de papel. Así fue que el futbol se volvió una guerra de trincheras: Suiza le ganó a España y Brasil apenas encontró modo de vencer a Corea del Norte.</p>
<p>Decía Dante Panzeri, un periodista argentino: «El fútbol fue un juego que resultaba buen negocio; hoy es el negocio de un mal juego». Por razones evangelizadoras (léase: económicas), el futbol se llevó por todo el mundo, y como la explanada del Vaticano, la Copa Mundial abrazó a todos los hombres y a todas las patrias. La competencia se llenó de barcos de papel. El formato que sigue un Mundial de futbol hace que el margen de error se vuelva nulo, el miedo a perder lo oscurece todo y el juego se vuelve un suplicio rutilante. Entonces las televisoras nos ofrecen repeticiones utilizando una tecnología confusa, panorámicas de la tribuna y publirreportajes de lo que sucedió en los vestidores, en las inmediaciones del estadio antes y después del partido, en la casa de los abuelos del jugador tal. Los resúmenes del partido duran, en el mejor de los casos, un par de minutos porque no tienen nada qué ofrecer.</p>
<p>Los organizadores dicen que éste será el mejor Mundial de la historia. ¿Qué supone decir que este Mundial será mejor que otros, o siquiera decir que será bueno? Hay una presunción de que el ambiente brasileño puede infundir cierta inspiración en cada uno de los equipos, pero con toda claridad esto es perfectamente absurdo. Brasil es Brasil, los carnavales son los carnavales, y los partidos de futbol son partidos de futbol.</p>
<p>Brasil es por méritos propios el país del futbol. No el padre biológico, pero sí una especie de padre adoptivo. Un padre responsable, comprometido y cariñoso. Un padre generoso, virtuoso y sensato, que ha sabido como ninguno legar de generación en generación los valores fundamentales del juego. Al escribir esto, empiezo a imaginar que Brasil 2014 será una fiesta infantil en la que el festejado no es el niño malcriado y petulante que quiere para él toda la atención, sino el que ofrece su casa sin saber que tal vez le arruinen la fiesta. Nadie ha ganado más veces la Copa del Mundo que ellos, y quizá ninguna otra entidad política o geografía haya sido cuna de tantos talentos y leyendas de este juego.</p>
<p>Sin embargo, la cancha es siempre la misma. Determinadas medidas de largo y de ancho, las líneas que establecen los territorios particulares del campo. Y de modo fundamental, dos porterías. Esto será así en Brasil, como lo fue en Corea, en Alemania, en Inglaterra o como lo será en Catar. Si se presume que este Mundial será bueno por ser en Brasil, puedo decir que una voz angelical se escucha tan bien en las llamas del infierno como en la Scala de Milán. Y lo mismo sucede si se trata de un agónico alarido.</p>
<p>A pesar de todo lo dicho, tengo algo qué decir a favor de Brasil 2014. Tengo la esperanza de que, si se presentan lluvias torrenciales y amazónicas en medio de cada juego, es posible que, no la cultura futbolística o el ánimo carnavalesco, sino la geografía, permita que haya buenos partidos. Me parece haber observado que los hombres, los grandes atletas, los profesionales millonarios y deificados que se enfundan las casacas nacionales, se vuelven como niños cuando llueve. Cuando la cancha se empantana, se diluyen todas las tácticas, y el futbol vuelve a ser un juego de niños. Y como todo juego de niños, merecerá ser observado.</p>
<p>Así que volvamos a los altares y, si creen en el juego igual que yo, pidan que llueva.<br />
&nbsp;</p>
<hr />
<address><span style="color: #808080;"><em>Rodrigo Suárez colabora regularmente en esta revista desde 2012. Con su equipo de futbol, Koalas Enardecidos FC, ganó incontables torneos regionales. Lee más artículos de él en <a href="http://sadabombon.com/author/rodrigo/" target="_blank"><span style="color: #808080;"> sadabombon.com/author/rodrigo.</span></a></em></address>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Residuos prescindibles; ruidos redundantes</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Oct 2013 06:36:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Rodrigo Suárez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 18]]></category>
		<category><![CDATA[Vida urbana]]></category>

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		<description><![CDATA[Atento, o sin estarlo –con una consigna–, llevo un tiempo pensando en los ruidos urbanos. A veces como si estuviera sentado en la banqueta de la avenida más transitada de la ciudad, y a veces a punto de dormir escuchando el trrrtrrrtrrrrt lejano de algún camión cuyo conductor hizo caso omiso del letrero que rezaba, [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Atento, o sin estarlo –con una consigna–, llevo un tiempo pensando en los ruidos urbanos. A veces como si estuviera sentado en la banqueta de la avenida más transitada de la ciudad, y a veces a punto de dormir escuchando el <em>trrrtrrrtrrrrt</em> lejano de algún camión cuyo conductor hizo caso omiso del letrero que rezaba, que imploraba: «Zona urbana, utilice silenciador». Escribir sobre los ruidos urbanos, eso me ocupa. Podría elogiar al ruido y embellecerlo o al menos defenderlo –si es que estuviera calificado para ello. La escritura podría ser melódica, armónica, bien acompasada, fluida y disfrutable, pero no sé si puede serlo tratándose del ruido, teniendo que hablar de él, ubicuo e impersonal, con multitud de caras desagradables, que son todas la misma, punzantes como aristas. Que parece no hablar, pero al que escucho perpetuamente en un lenguaje incomprensible; diciendo nada. Ruido es <em>trrrtrrrtrrrt</em>, esa vibración que captan <em>trrrtrrrt</em> nuestros oídos, que nos <em>trrrtrrrtrrrrt</em> invade sin que lo hayamos<em> trrrtrrrtrrr</em> solicitado, y podría <em>píííípíííp</em> seguir escribiendo <em>uíuíuíuuú</em> onomatopeyas cada vez que se cuela un ruido aquí en donde escribo, como ahora que <em>trrrtrrrtrrrrtrrrrt</em> se estaciona un coche. Sería elocuente y desagradable. Podría seguir hasta que el lector diera vuelta a la página. Eso es el ruido, lo que no queremos escuchar. Urbano es aquello que se refiere a la ciudad, aquello que está dentro de su entorno, de su perímetro, ¿pero no es lo urbano exclusivo del Hombre? ¿No son entonces los ruidos urbanos los ruidos del hombre donde quiera que éste se halle? Bueno, miremos la urbe. La ciudad es, en primera instancia, el caldo que nutre las ambiciones y propósitos del Hombre. Aquí, en esta organización social, en este contrato producto de multitud de dinámicas ignotas y designios, habita el Hombre, constructor de máquinas e ideas, la escandalosa bestia de voz discreta.</p>
<p>Imagino a hombres anteriores peregrinando para ver pasar y escuchar una locomotora. Visitando las primeras fábricas con una mezcla de temor y magnificencia, asomándose a la azotea para ver pasar al Concorde, todos ellos testigos de la modernidad y de su ruido, como si éste fuera un vibrante alimento. Sé que hoy existen hombres que compran motores escandalosos y, ante el estrépito de la máquina, avanzan con el martilleo que les repiquetea la glándula suprarrenal estimulándoles la liberación de adrenalina. Con ello se solazan y se conflagran en su gozo: el ilusorio logro humano. Así, en medio de ese estruendo incesante, se entrelazan íntimamente con su especie.</p>
<p>Y yo aquí escucho un ruido y quiero volver atrás porque antes dije que podría defender al ruido con una escritura armónica, pero quiero cuestionarme. Podría borrar lo escrito y dejar sólo lo nuevo, pero eso no cumpliría mi propósito; quiero desmentirme. Tal vez alguna vez haya escrito algún texto rimado, algo que a los oídos del lector fue casi melódico, ligero y saltarín, agregaré que el texto además fue bello, exageraré pensando que fue, quizá, sublime. Tal vez como una orquesta en medio de la plaza, y al doblar la esquina, un café, donde la cuchara toca a la taza para invocar las infusiones, un café con charlas íntimas y moderadas. Luego, en el balcón de una callejuela, una mujer abriendo las ventanas y batiendo con pericia las sábanas que ondearán al ritmo del viento, y un niño pateando una pelota y un bebé en una cuna mirando sobre su cabeza un móvil que tintinea. En esta escena, como en alguna poesía, parece no haber ruido, pura musicalidad y cadencia; inspiración y armonía. Pensemos en algún escritor consagrado, un poeta lejano o próximo, algún vate místico. Recorramos sus páginas pensando que el lenguaje y su sustancia pueden ser sí, armoniosos y dulces, pero cerremos el libro y miremos al hombre: ¿no es todo un delicioso embuste? ¿Cuántas palabras, ideas, remordimientos y angustias; cuántas cacofonías, disonancias y correcciones habrán existido en ese hombre entre la primera letra y la última del más excelso de sus textos? Y aún si de un tirón ha escrito toda su poesía, luego vendrá una relectura que presente dudas, que sugiera correcciones, ¿y no es todo eso también ruido, el mismo ruido de los hombres? ¿Alguna vez, en medio de un mercado, una avenida o algún convite notaron uno de esos extraños momentos en que todo el fragor y el ajetreo se calla?</p>
<p>Hemos encontrado el modo de sobreponernos al ruido: nos colocamos unos audífonos y caminamos en medio del bullicio sin enterarnos de nada. Silenciar un ruido con uno más agradable, quizá, pero también más ensordecedor; combatir el fuego con fuego. Qué fácil sería dejar que la música lo inunde y lo ocupe todo, la Obertura 1812, su motivo triunfal y sus cañones de artillería. Mero artificio.</p>
<p>No dudo que habrá suelto en el mundo algún sofista que halle argumentos para elogiar o defender el ruido de una ciudad –sé que hay quienes lo disfrutan–, o algún otro que aprecie sus significados y sus connotaciones, su encanto y su folclor. Yo no puedo hacerlo. La primera utopía que yo habitaría sería la del completo silencio. No sé del todo cómo sería, pero no harían falta reyes sabios, legislaciones excelsas y prudentes, ni igualdad, progreso y fraternidad. Nunca he escuchado a un político ofrecer ciudades más silenciosas; sí, en cambio, industrias, eliminar tenencias para coches y etcétera. La utopía del completo silencio: una urbe donde, por ejemplo, los asesinos caminen de puntitas, con armas que disparan en silencio, y donde cada detonación ahora ausente ratifique mudamente que todo ruido es un residuo prescindible. Una utopía donde las víctimas cayeran silentes, sin alaridos, sin respiraciones agitadas, donde incluso las superficies más sólidas recibieran a los cuerpos abrazándolos en su caída. Donde las ambulancias fueran como esas enormes máquinas quitanieve que con una pala en V hicieran a un lado todos los autos que se interpusieran en su camino. Sí, esta mole mecánica, únicamente para poder dejar a un lado las desquiciantes sirenas, <em>uíííuíííu uíííuíííu</em>. ¿Lo coches arrojados por los costados? Daños colaterales en aras del silencio. Porque si toda la dinámica e interacción humana es irrefrenable e insalvable, y si todo ha de persistir como es, y si persiste la máquina, el caos y lo violento, al menos que persistan en silencio. Habrá seguro quien piense que en el cielo se escucharán harpas celestiales, que si algún día el Hombre ha de hallar en algún progreso quimérico la paz, a ésta la acompañara el silencio, bellas voces, un delicado susurro del viento y los dulces cantos de la aves. Porque sé que una vez habité en un doble escándalo, me parece, pues, que los ruidos urbanos, las ciudades y su caos son una fiel extrapolación, una materialización de la mente humana, que no calla, que no cesa, y que sólo de vez en cuando logra urdir alguna trama medianamente armónica. Así que por atroz que se presente esta utopía, por violenta que sea, lleva en sí un mensaje que no se puede defender con palabras: el silencio antecede a la paz.<br />
&nbsp;</p>
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		<title>Basura</title>
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		<pubDate>Thu, 30 May 2013 23:40:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Rodrigo Suárez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Vida urbana]]></category>

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		<description><![CDATA[Existe un sentimiento «espontáneo» en la mayoría de las personas saludables que les provoca repulsión, indignación y cierta tristeza cada vez que caminan por una playa plagada de botes de plástico, zapatos viejos, redes de pesca, boyas carcomidas o cualquier otra basura humana. Lo mismo sucede cuando navegan en una balsa turística en cualquier paraíso [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Existe un sentimiento «espontáneo» en la mayoría de las personas saludables que les provoca repulsión, indignación y cierta tristeza cada vez que caminan por una playa plagada de botes de plástico, zapatos viejos, redes de pesca, boyas carcomidas o cualquier otra basura humana. Lo mismo sucede cuando navegan en una balsa turística en cualquier paraíso natural y en algún recodo del río se topan con una alfombra de botellas plásticas de todo tipo y alguna otra escoria flotante. En esos momentos surge, como dije antes, un sentimiento instintivo de rechazo; se ha vulnerado el paraíso primigenio, se le ha contaminado.</p>
<p>Se constituyen organizaciones no gubernamentales, grupos ecologistas, se crean campañas de concientización e incluso se hacen planes de estudio a todos los niveles académicos en los que desde bien pequeños aprendemos a no tirar basura, no contaminar y otras conceptualizaciones similares. Es un problema apremiante, estamos ensuciando nuestro hogar, la Madre Tierra.</p>
<p>La contaminación es un problema de categorías semánticas que trastocan la estética. Es decir, hay una categorización producto de una idea o un concepto, que no es otra que «un conocimiento». Sabemos que la basura es basura, y por tanto desagradable, temible y execrable, pero ¿qué más podemos decir sobre ella? Esta llamada «contaminación» no lo es tal por ser un desecho, o por algún juicio sobre su cualidad de agradable o desagradable. Un caracol puede ser repugnante, pero no es basura. Un cangrejo ermitaño puede adoptar un trozo de plástico como caparazón y por ello será una criatura depravada. Si el cangrejo tuviera un cúmulo de conocimientos y una desarrollada conciencia ecológica, se echaría una lata de aluminio al lomo e iría en pos de una recolectora de materiales reciclables. Luego tendría que conseguir un caparazón en el que pudiera cargar las monedas que le dan por sus latas, o le daría sus monedas a un pobre. Sería un cangrejo ecologista y filántropo.</p>
<p>Cuando en alguna senda hallamos una osamenta animal, a priori categorizamos y encuadramos a la osamenta como un residuo natural, lo cual permite cierta sensación de alivio. Clasificamos lo que es basura y lo que no lo es. Las bolsas de basura colgadas de los árboles son basura, pero si hubiera una telaraña inmensa de las que se asemejara a una maraña de nylon, y a la distancia que la observamos nos pareciera una maraña de nylon, nos bastaría acercarnos un poco para descubrir que se trata de un objeto natural y devolverlo a la categoría de lo natural, cosa que supondría un categórico alivio categórico. Lo mismo sucede con la osamenta, que si ocupa un lugar en el paisaje junto a una bicicleta herrumbrada, le otorgaríamos a la primera el derecho de piso y a la segunda no, aún cuando no sabemos si los elementos naturales ocultarán o desintegrarán primero a la bicicleta que al espécimen animal. ¿Qué sucedería si hubiera un especie animal cuyo esqueleto se asemejara considerablemente a la figura de una bicicleta o de algún otro objeto humano? Posiblemente nos incomodaría que al morir permaneciera insepulto. ¿O si sobre algún prado yaciera un gato de escayola, o en la sabana africana una réplica de un rinoceronte hecha de acero? ¿Qué sucedería si halláramos en una isla desierta el cadáver de un hombre con una prótesis de cadera? Los 205 huesos de «hueso», o sea colágeno, calcio y fósforo esencialmente, tendrían legítimo derecho a descansar sobre la playa, porque «polvo somos y al polvo volveremos»; la aleación de titanio sería removida y reciclada.</p>
<p>¿Qué pasa con los derrames de petróleo que mueven a millares de voluntarios de todo el mundo, denodados ecologistas que tallan con un cepillo de dientes una piedra en una playa y avanzan en procesión portando letreros condenatorios y fotos de aves blancas teñidas de óleo? ¿Por qué no hacemos brigadas de limpieza para secar y limpiar el lago Guanoco o algún otro depósito natural de asfalto o petróleo? Aprendimos lo que el cangrejo ermitaño no sabe: que la basura es basura.</p>
<p>¿Por qué nos trastornan de tal modo algunas de las obras humanas que creamos planes de estudio para que todas las generaciones de hombres sepan que una botella navegando un río es algo intolerable? ¿Por qué, cuando alguien pinta con óleo un rostro con una sonrisa «misteriosa» y lo exhiben en una galería, se cobra por pasar a mirarlo? Si en la piedra que se embadurnó de petróleo en la playa del derrame algún voluntario se figurara ver un Cristo, llegaría un panel de expertos en un helicóptero y luego tendríamos a la piedra exhibida en la catedral más próxima, y cobrarían por pasar a verla. Y si el voluntario no conociera la forma de Cristo, la removería con su profano cepillo de dientes. ¡Alabadas sean las formas!</p>
<p>Reflexionará el filósofo diciendo que todos los objetos y sustancias que más allá de sus cualidades y formas, que parecen apuntar a la degradación del hombre, en un sentido meramente material, todas las que nos hacen creer que algún solo material u objeto del mundo es creación nuestra, nos hacen sentir y contemplar una aversión inconsciente hacia nosotros mismos. De ello son verdaderamente inocentes las botellas de PET.</p>
<p>Ahora, vamos a imaginar por un momento que caminamos por una playa y de repente vemos salir del mar, un objeto de 20 o 25 cm de alto, constituido de un material transparente y flexible, con una cabeza blanca y una banda de colores en el torso que, según estuviera descrito en algún tratado científico, sirviera para atraer a ciertos bípedos que beben su contenido.</p>
<p>Si nos informáramos más sobre esta criatura u objeto, conoceríamos que su existencia se debe a procesos más complejos que la misma evolución natural. Tal vez nos maravillaría el brillo del sol sobre su húmedo costado. Pensaríamos en todo el camino que va desde ser una idea y una ciencia, una materia prima, su proceso de creación, su nacimiento, su vida útil y su muerte. Entonces lo miraríamos como una osamenta, como un resto mortal, lo cambiaríamos de categoría y podríamos caminar tranquilos, incluso maravillados por nuestras playas pobladas de estos despojos. Quizá conociendo su verdadero valor, podríamos prescindir de las campañas de recolección y limpieza, amenazaría su reposo en playas, ríos y lagos, la gente que quisiera colocar en su casa una pequeña pecera de vidrio, mitad arena y mitad agua, con una colección de botellas plásticas que ahora mismo reposan en algún llamado paraíso.</p>
<p>Si esto no funciona, la otra cosa que se me ocurre es que las botellas de refresco se fabriquen con formas de tortugas o delfines; igual así, en vez de verlas flotar de modo vil e inanimado, las veríamos «nadar de muertito». O hagámoslas en formas de lagartijas y mirémoslas «reptar» en la playa.<br />
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		<title>Pasear es disolverse</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Oct 2012 19:37:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Rodrigo Suárez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Viajes y paseos]]></category>
		<category><![CDATA[Vida urbana]]></category>

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		<description><![CDATA[Me ha tocado vivir en un lugar en el que me encapsulo para trasladarme, y me muevo por rutas y caminos que exigen mi atención y demandan todos mis sentidos. Por si eso no fuera suficiente, me desplazo únicamente para ir a lugares determinados y voy siempre por el camino más eficiente; es cuestión de [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Me ha tocado vivir en un lugar en el que me encapsulo para trasladarme, y me muevo por rutas y caminos que exigen mi atención y demandan todos mis sentidos. Por si eso no fuera suficiente, me desplazo únicamente para ir a lugares determinados y voy siempre por el camino más eficiente; es cuestión de economía. En respuesta a esto, y en la medida de lo posible, he intentado viajar, y lo he hecho porque es ahí donde he podido situar el paseo.</p>
<p>El traslado a pie estuvo íntimamente ligado a las necesidades fundamentales del hombre. El hombre como cazador no podía llevarse las manos a la boca, emitir un sonido gutural y esperar a que un ave se desplomara del cielo a su plato. Si quería alimentarse, tenía que caminar; con arma en mano, atento a los peligros y a los alimentos potenciales. Yo nunca me he detenido a pasear mis ojos por el delicado bordado de las toallas o las exóticas flores que adornan el baño cuando lo que me apura es poder llevar a cabo alguna necesidad fisiológica. No sé si lo mismo le sucedía a los hombres primitivos; desplazándose por necesidad, se movían, pero prescindían del movimiento solaz o quizá incluso lo desconocían. El que iba por el camino perdiéndose, regodeándose y paseando, moría devorado o por inanición. Eran caminantes, nómadas; no paseantes. Si la caminata es algo tan antiguo y primitivo, ¿cuándo empezó entonces el paseo como tal? No lo sé, pero asumamos de una vez que si estuviéramos inmovilizados de las piernas por alguna discapacidad física, algún experimento absurdo, o incluso si decidiéramos deslizarnos como gusanos por el mundo, nos encontraríamos igualmente con la posibilidad de pasear. Por esa razón quisiera dejar de lado la idea de la caminata como la única posibilidad de paseo.</p>
<p>¿Pasear es una decisión? Y si lo es, ¿cuándo empieza el paseo y cuándo termina? Lin Yutang decía que podíamos ir a algún paraje descubierto con la intención de leer un libro excelente y en vez de ello terminar leyendo las nubes en el cielo. Corremos siempre el riesgo de pasear, pero también el riesgo de dejar de hacerlo. Miguel de Unamuno creía que es en el dolor cuando con mayor certeza cobramos consciencia de nosotros mismos. A muchos nos habrá pasado que diciendo que nos duele la cabeza alguien nos responde: «pero si hace cinco minutos no te dolía». Puede ser verdad, pero en algún momento tiene que empezar el dolor. En este caso, el inicio puede ser fijado en el primer atisbo consciente de la molestia. Cuando nos referimos al paseo sucede todo lo contrario: si podemos decir que estamos paseando, entonces se rompe en ese mismo instante el hechizo y dejamos de pasear. No importa que sigamos caminando, el paseo no es como el mecanismo de aquellos relojes que recargan su cuerda con el simple movimiento de quien lo porta.</p>
<p>Tengo la certeza de haber paseado un día en el que había caminado 300 metros para poder ver de cerca una torre, un minarete. Cuando llegué a la mencionada torre, me pareció ver a la distancia otra torre idéntica desde la cual un hombre se asomaba y me llamaba a mí, por lo que avancé hacia esa otra torre. Me consta que paseé no sólo porque caminé una larga distancia, sino porque nunca encontré la otra torre. No creo que se haya desmoronado y se haya metamorfoseado en hojas muertas, coches, ruidos, voces, olores, pájaros, flores y hombres diversos. Aunque posiblemente el hombre que me llamaba era imaginario, la torre tenía que estar algún lugar. Pondré así la primera torre como la salida y la segunda como la meta, el principio y el fin del paseo. Nunca encontré la segunda torre, pero en el momento en que me detuve a otear el horizonte y pensar en dónde estaría esa torre, había ya dejado de pasear. Había insertado ya el dardo en la cerbatana e iba a dispararle una foto a mi presa –quería poder llevarme algo sólido a la boca. Fue entonces que descubrí que el paseo no tenía nada que ver con lo aprehensible, lo sólido y lo permanente, sino con todo aquello que se disgrega, que ahora está y luego ya no estará. Por esa misma razón el paseo no puede ser medido, acotado o planeado.</p>
<p>Imagino un vaso y en su interior un líquido en el que todo lo accesible a los sentidos está disuelto y contenido. Pasear es caminar verticalmente por el costado del vaso e ir sumergiéndose en sus infinitas sustancias pasajeras. Poco a poco, sin notarlo, deslizarse y llegar al fondo del vaso y verse reflejado en él, y asustado volver corriendo a la superficie, de forma opuesta a la disolución, es decir, rumbo a la materialización. O, por contrario, permanecer absorto y maravillado ante la visión de uno mismo. Pasear es disolverse en lo intermitente.</p>
<p>Recientemente pensaba que cuando planeara un viaje o eligiera algún destino que quisiera recorrer, había que considerar no qué cosa quería conocer, ver o fotografiar, sino en dónde quería conocerme o verme  a mí mismo. En el paseo uno se encuentra a sí mismo fuera de sí.</p>
<p>Hay veces en las que es conveniente levantar la vista y buscar torres, creer que en ellas habita un hombre que nos habla y dirigirnos a ellas con el firme propósito de que, en algún momento de lucidez, caigamos en cuenta de que no vamos nunca a encontrarlas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<hr />
<address>Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2012, <a href="http://issuu.com/sadabombon/docs/s04_caminante" target="_blank"><em><span style="color: #808080;">El caminante</span></em></a>, dentro de la edición 12 de <em>Sada y el bombón</em>.</address>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Pensar lectores, imaginar librerías</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Mar 2012 23:04:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Rodrigo Suárez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace poco me dijo un muchacho que, si pudiera, entre todas las cosas que hay por elegir, tendría una librería. Entonces le hice una pregunta que me pareció sagaz: y si eso es lo que más quieres, ¿por qué tienes barba y no una librería? Su respuesta fue quizá más astuta aún: «No lo sé, [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace poco me dijo un muchacho que, si pudiera, entre todas las cosas que hay por elegir, tendría una librería. Entonces le hice una pregunta que me pareció sagaz: y si eso es lo que más quieres, ¿por qué tienes barba y no una librería? Su respuesta fue quizá más astuta aún: «No lo sé, la barba va saliendo todo el tiempo, no me tengo que esforzar para que salga, y ni siquiera puedo detenerla. Las librerías no van saliendo así, de los folículos de la tierra. El comercio de libros no funciona así; no es como la barba». Aunque pareció tajante en su contestación –y mientras yo le miraba la barba– procedió a decirme:</p>
<blockquote><p>Una vez pensé que si pusiera una librería la pondría toda rodeada con cristales; como una pecera. En vez de poner los libros en los estantes ordinarios, los colgaría del techo, de tal manera que el libro más alto quedara apenas por encima de la cabeza del usuario promedio. Suponiendo que la repisa más alta quedara muy arriba para alguien pequeño o no muy alto, habría un carrito en cada pasillo con una buena dotación de <em>best-sellers</em> insípidos; el usuario podría tomar unos cuantos de estos, apilarlos y elevarse para ver algunos libros que valieran más la pena. Los libros más bajos estarían cuando mucho a la altura de la parte media del fémur, a unos 80 centímetros del suelo. En las librerías comunes resulta bastante engorroso ver los libros que rozan el piso. Desde afuera de la tienda sólo podrías ver las piernas de los clientes paseándose, las cabezas y los torsos aparecerían ocultos detrás de una multitud de estantes y libros. Tal vez no necesito decirlo, pero la metáfora consiste en esconder las cabezas y los cuerpos detrás de los libros, de las historias y las ideas, y los pies en la tierra como único asidero a la realidad.</p>
<p>Como suelo leer acostado, y creo que la mayoría de la gente sentada, eso sería otra cosa que podría aprovechar: el reposo físico como aliado de la lectura. He conocido gente que camina mientras lee, pero igual que cuando al dar un paso se intenta tomar agua de un vaso –el líquido se tira, se escurre por el vaso, por la cara y hasta la camisa– así se les van chorreando primero las letras, luego las palabras, luego los párrafos, luego las hojas, y antes que todo esto las ideas, y luego mueren atropellados. Eso ya ha pasado, pero nunca nos enteramos, porque cuando atropellan a la gente por ir leyendo siempre llega un duende que se lleva el libro para que el libro no sea inculpado. Bueno, esto no tiene nada que ver con lo que quería decir.</p>
<p>La experiencia de esta librería tendría que ser de absoluto reposo, cómodamente acostado, con el torso más o menos a 30 grados. Las secciones de ficción, historia, filosofía y poesía tendrían por ahí algunas camas. Sobre el sujeto acostado habría una banda sin fin con los libros sujetados dando vueltas. Para acrecentar la experiencia, sobre cada cama habría un marco entornando los libros. En la sección de filosofía podría verse pasar los libros a través de la cabeza de Platón, Hegel o Schopenhauer. En la de historia los clientes verían los libros a través de un escudo romano, una bomba atómica o una rueda. En un pequeño buró contiguo, el lector tendría un vaso de agua y una libreta para anotar los títulos de su interés. Igualmente contaría con un botón para detener la banda, descolgar el libro y echarle un vistazo, siempre con la promesa de regresarlo después de que esta banda infatigable, cargada de ideas infinitas, hubiera dado un ciclo completo. Al final toda la experiencia sería como un sueño. El momento de pagar sería el retorno a la realidad: funcionaría como un pellizco en los huevos.</p>
<p>Bueno, también los que caminan mientras leen o leen mientras caminan han de merecer una librería, esperando que les caminen los ojos sobre las letras al menos de manera tan sólida y continuada como los pies sobre el piso. De otro modo, si lo suyo es caminar y no leer, que se inscriban a un gimnasio o que vayan al parque. Si lo suyo es aparentar, les propongo un libro con fondo de vidrio con el cual puedan ir viendo el camino mientras simulan leer. Es más, les ofrezco una librería con la condición de que si dejan de caminar, dejen de leer. ¿Por qué razón? Porque si han de ser acreedores de este esfuerzo, al menos debieran estar comprometidos en empeñarse en esta disciplina. O sea que si dejaran de caminar, sobrarían los espacios vacíos, que para eso son.</p>
<p>Para esta clase de lectores podría haber una librería dispersa en un edificio grande con caminos bien señalizados, sonidos de claxon, motores, pájaros y personas. Quizá este edificio podría ser como un campo de entrenamiento en el arte de la lectura andante. Las repisas con libros estarían a muchos metros de distancia una de otra y cuando menos dos estantes a modo de espejo, distantes uno de otro. Si el cliente toma un libro de cuentos del estante A y quiere otro del mismo autor, tiene que ir caminando hasta el estante B, que se encuentra en otro lugar de la librería. Durante el trayecto puede leer o releer la contraportada y hojear el interior. Una vez cubierta la distancia, estará obligado a depositar el libro en el mencionado estante B. Si quiere todavía otro libro del mismo autor, tendrá que hacer el recorrido en sentido contrario, siendo esta vez pertinente acelerar o disminuir la marcha de acuerdo a la necesidad. Desconocemos si existe alguna relación directa y proporcional entre la velocidad de la caminata y la de la lectura, sólo la experiencia y la intuición permitirán al lector adecuar sus lecturas a sus recorridos.</p>
<p>Cubierta esta fase de entrenamiento, la librería entonces podrá estar compuesta por no solo uno sino varios edificios, en no una sino varias ubicaciones. Como sería bastante complicado estar rentando edificios por toda la ciudad, una opción podría ser que se solicitaran voluntarios dispuestos a albergar alguna sección particular.</p>
<p>En este caso no se requerirían secciones espejo. Digamos que los libros de poesía están ubicados en Gutiérrez Nájera 70, entonces el lector se presentaría en dicha ubicación y se vería forzado a subirse en una banda eléctrica y caminar en ella para siquiera poder echar un vistazo a los títulos. Elegido algún libro, entonces podría caminar hasta la caja, que por cuestiones administrativas sería una para todas las secciones, y que estaría, digamos, en Altamirano 36. Habiendo tenido el tiempo suficiente para escudriñar el libro, tomaría uno de los dos caminos posibles: comprarlo o no comprarlo. En esta modalidad de librería dispersa el lector, asumiendo la responsabilidad de sus propios pasos, estaría siempre en riesgo de: pisar algún excreción canina, ser defecado por un ave, atropellado por un vehículo de combustión interna, ser despojado de sus pertenencias sin siquiera notarlo y, óptimamente, de toparse con otro distraído lector andante.</p></blockquote>
<p>Cuando terminó su discurso, tuve la impresión de que la barba casi le salía de la boca, de la lengua y le llegaba, casi, al suelo.</p>
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		<title>Las rutas a la memoria</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Jan 2012 23:37:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Rodrigo Suárez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Vida urbana]]></category>

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		<description><![CDATA[La Copa Intercontinental del 2000. Larga y frágil la asistencia de Riquelme. Expedito y definitivo el zurdazo de Palermo. La víctima se recuerda; es el Real Madrid. Y cuando se hace memoria, se habla del Boca de Riquelme. Las Súper Chivas del ‘97, los cuatro goles del «Gusano» Nápoles abultan el marcador, sólo para que [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La Copa Intercontinental del 2000. Larga y frágil la asistencia de Riquelme. Expedito y definitivo el zurdazo de Palermo. La víctima se recuerda; es el Real Madrid. Y cuando se hace memoria, se habla del Boca de Riquelme. Las Súper Chivas del ‘97, los cuatro goles del «Gusano» Nápoles abultan el marcador, sólo para que Ramón Ramírez sea campeón y portada. Méritos compartidos, pero siempre hay un nombre que prevalece sobre los demás.</p>
<p>Se dice que son los hechos, los acontecimientos, los conjuntos, las instituciones… «los que están por encima de cualquier individualidad»… o quizá no.</p>
<p>Existen personajes icónicos y representativos, que casi siempre por su carisma, mérito y liderazgo, pero más allá de su aportación decisiva o su talento insuperable, se colocan en el ideario y el recuerdo colectivo como los referentes no solo inolvidables, sino obligados de algún equipo particular. Los hay de la gloria, y los hay de la infamia. La volea de Iniesta o la patada artera de Comizzo a Hermosillo. Vale la pena notar la ambivalencia de las patadas. Las hay de la tenacidad y el aplomo, y de la casualidad y la fortuna. La ardorosa constancia de Puyol, o el inexplicable conjuro de Solksjaer con los astros. Uno siempre en el mismo lugar, y otro siempre en el lugar preciso; dos rutas a la memoria.</p>
<p>Los Bulls de Jordan, los Delfines de Dan Marino, el Toros Neza de Mohamed, el León de Tita; la lista podría volverse interminable, incluso para los no aficionados.</p>
<p>Y así como existen las figuras y los estandartes, existe otro grupo de individuos –verdaderamente individuos e individuales– repelentes al conjunto, que pudiendo tener más o menos cualidades que los primeros, por alguna razón inasible tienen negado el pasaje a la memoria. Son aquellos que incluso el más estudioso cronista es incapaz de recordar y el más acérrimo hincha se resiste a creer que alguna vez vistieron la casaca de su equipo. Son los que empeñándonos en reconstruir aquel 11 mítico de la ‘93-‘94, dejan descubierta la portería o despoblada la banda derecha.</p>
<p>En este caso, no podemos enlistarlos; sería negarlos.</p>
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