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	<title>Sada y el bombón</title>
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	<description>revista independiente de cultura urbana en el centro de México.</description>
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		<title>«El año de Ricardo» en La Fábrica</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Nov 2014 18:34:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Luis Bernal]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Artes]]></category>
		<category><![CDATA[Eventos y festivales]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>En <i>Instrucciones para John Howell</i>, Julio Cortázar resume que el teatro no es más que un pacto con el absurdo, su ejercicio eficaz y lujoso. Absurdo en el sentido de la extravagancia, la sinrazón o, más bien, el exceso de razón. <i>El año de Ricardo</i> comienza desde su primer diálogo bajo esa sensación de disparate: Ricardo, diminuto y jorobado, chilla y grita en un hospital. A su lado está Catesby, una especie de mayordomo mudo, sin lengua. Ambos avanzan por el escenario entre movimientos de brazos y piernas. Ricardo a mitad del fastidio: «No sé, Catesby, no sé. No sé cómo hacerlo. Esto de coger en brazos a una cría sin piernas». Dos cuerpos en traje sastre, casi caricaturas, intentan burlonamente levantar a la niña sin piernas. «¿Cómo lo hago? ¿De rodillas, de pie? De rodillas tiene un aspecto más religioso, de sacrificio. Sí, sí, sí, de rodillas es mejor».</p>
<p><i>El año de Ricardo</i>, la desbocada historia de un empresario que escala al poder en forma de dictadura, se estrenó en el 2007 como uno de los primeros proyectos de la dramaturga <a href="http://artesescenicas.uclm.es/index.php?sec=artis&amp;id=33">Angélica Liddell</a>, actual referente del teatro español contemporáneo y ganadora del León de Plata en la Bienal de Venecia del 2013. Entre el performance y las puestas en escena oscuras y mórbidas, Liddell ha montado una veintena de obras alrededor del sexo, la muerte, la violencia, el poder y la locura. Con ese, digamos, repertorio artístico, el texto de <i>El año de Ricardo</i> llegó siete años después al foro de <a href="http://lafabrica.org.mx/">La Fábrica</a> y su director Alonso Barrera.</p>
<p>Además de la tropicalización del texto —pasar de España a México y añadir los guiños de nuestra ridícula política nacional—, <em>El año de Ricardo</em> es, en su primera lectura, una obra de proporciones minúsculas: dos actores, menos de cuatro muebles que se intercambian entre escenas (capítulos) y el vertiginoso monólogo de Ricardo que, entre periodos de euforia y depresión, construye la historia y el escenario. En su segunda lectura, la obra es explosiva, barroca, recargada, cuidadosamente inestable; una vaga versión contemporánea del Ricardo III de Shakespeare: deforme, bufón, infantil y siniestro. Lo mismo hace un berrinche a un grupo de niños —«¡El carro de combate es mío! ¡Mío! ¡Mío! ¡Mío!»—, demanda ante un auditorio infestado de políticos de izquierda y derecha —«Entonces, ¿merezco un partido o no lo merezco? ¿Qué partido me vais a dar?»— o explica con rabia a unos espías —«Sólo os acordáis de los judíos porque los muy cretinos se pusieron a escribir. Sobrevivieron y se pusieron a escribir»—; todo un lenguaje basado en la violencia verbal y gestual, encarnada por la actriz María Aura que, entre la locura y la certeza, interpreta a Ricardo como un hombre voluble hasta los huesos, de furia irrisoria, a punto de estallar en una mirada o una mueca prolongada, falsa y agresiva.</p>
<p><i>El año de Ricardo</i> es para el foro de La Fábrica el resultado de una clara obsesión con los textos de Angélica Liddell, la culminación de un proyecto personal, cuidado hasta el más mínimo detalle: desde el vestuario y maquillaje hasta luces y sonido. Una inesperada vomitada de palabras bestiales, entretenidas, humanas y con potencia política. De esas veces que estallas en risa sin darte cuenta que la tragedia del chiste es uno mismo.</p>
<p><span style="font-size: 14px; line-height: 1.5em;"> </span></p>
<hr />
<address><em>El año de Ricardo se presenta todos los jueves, viernes y sábado de noviembre a las 9:00 pm en el foro de La Fábrica en Querétaro (Av. Industrialización 4, Alamos 2da. sección). Reservaciones <em>al (442) 245 1978 y <em>en info@lafabrica.org.mx.</em></em></em></address>
<p><em> </em></p>
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		<title>Shakespeare en la pantalla</title>
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		<pubDate>Fri, 31 Oct 2014 00:27:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Giacomo d'Alelio]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Edición 24]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>Han pasado 450 años desde el fallecimiento de William Shakespeare el 26 de abril de 1564 —una fecha incierta, como su nacimiento o su mismísima existencia. Los eventos organizados para celebrarlo atraviesan el globo terráqueo, desde México con el Cervantino hasta llegar a Italia con el Festival de Cine de Venecia. Los textos que se le han atribuido —de la comedia a la tragedia— primero invadieron los palcos de todo el mundo con esa capacidad de poder hablar de las múltiples facetas y distorsiones del ánimo humano, sus alegrías y dolores. Luego llegaron al cine para permitirle al público —cada vez más amplio— comparar la tragicomedia que le pertenece al hombre. En su eterna necesidad de encontrar una válvula de escape, de rememorar la catarsis de la tragedia griega que solía llenar los antiguos teatros, el ser humano siguió a Shakespeare con gran atención hasta las salas cinematográficas.</p>
<p>En el lanzamiento de las primeras películas históricas italianas, una casa productora estadounidense (American Vitagraph Company) empezó a comisionar películas inspiradas en las obras del dramaturgo inglés. Una de las primeras cintas, la tragedia de <em>Julio César</em>, fue filmada en 1914 por el director Enrico Guazzoni en el mejor escenario: Roma. Y aunque al principio el séptimo arte era mudo, Guazzoni fue capaz de dar voz a los diálogos escritos por Shakespeare. Luego, con la introducción del sonido, se volvieron legendarios los alucinantes encuadres en blanco y negro de Orson Welles en sus <em>Macbeth</em>, <em>Falstaff</em> y <em>Othello</em>. También están las películas de Laurence Olivier que, con su adaptación de <em>Enrique V</em> en 1946 y <em>El mercader de Venecia</em> en 1970, pasó a la tragedia del blanco y negro al color. Después, el mismo Olivier inspiró al irlandés Kennet Branagh con su magnífica interpretación en la versión de 1989 de <em>Enrique V</em>.</p>
<p>Shakespeare también fue parte de la inspiración cinematográfica fuera de Inglaterra. En Japón, Akira Kurosawa filmó su propia versión de <em>Macbeth</em> con la película <em>El trono de sangre</em>. Por su parte, el alemán Ernst Lubitsch dirigió <em>Ser o no ser</em> que, bajo el pretexto de una puesta en escena de <em>Hamlet</em>, hace una sátira de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.  Y en México, la ligera adaptación de <em>Romeo y Julieta</em>, dirigida por Miguel M. Delgado y protagonizada por Cantinflas.</p>
<p>Además del cine clásico, las obras del dramaturgo inglés también inspiraron otros proyectos como el musical <em>West Side Story</em> de Jerome Robbins y Robert Wise que, partiendo de <em>Romeo y Julieta</em>, ofrecieron su propia interpretación al drama de amor por excelencia. También encontramos a Shakespeare en el cine de ciencia ficción con <em>Forbidden Planet</em> de Fred M. Wilcox, donde vemos una variante de la obra <em>La tempestad</em>; y en una de las películas más experimentales de Gus Van Sant, <em>My Own Private Idaho</em> con Keanu Reeves y River Phoenix. Otro caso son los cuadros de <em>La Tempestad</em> de Peter Greenaway con la música obsesiva de Michael Nyman para embellecerlos.</p>
<p>La obra de Shakespeare también es capaz de introducir la vida en el arte; o viceversa: el arte que se infiltra en la vida, donde un actor es capaz de interpretarse a sí mismo, en el drama y la verdad que se reconstruye en el escenario. Por ejemplo, el sorprendente <em>Ricardo III</em> de Al Pacino, con el cual el actor indaga sobre la vida a través de la ficción. Incluso la representación no acepta ser relegada en la simple bidimensionalidad de la pantalla grande: empuja, lucha, se agita. Lo demuestra <em>La rosa púrpura del Cairo</em> de Woody Allen con una Mia Farrow que huye del blanco y el negro de la ficción para entrar al color de la realidad. Lo mismo sucede con la tragedia: supera los límites del final feliz y se encuentra con las almas frágiles de grandes actores. Nos lo han enseñado Philip Seymour Hoffmann, Robin Williams y hasta Heath Ledger. ¿Cuántos más faltarán? Cada muerte como un recordatorio del hombre que puede convertirse en víctima de sí mismo al no poner fronteras entre la vida y la ficción; una demostración de la crueldad del ser humano ante la tragedia ajena, utilizando instrumentos como las redes sociales y el poder de la web para transformarse en directores cobardes y atacar las memorias de los actores. </p>
<p>Parece ser que la única forma de sobrevivir con la tragedia es regresando a la catarsis que nos enseñaron los antiguos griegos, entregados a la representación, ayudándose a enfrentar sus demonios. Nos lo muestra el documental <em>César no debe morir</em> realizado por Paolo y Vittorio Taviani en 2012, donde un grupo de encarcelados ensayan una representación dramática de <em>Julio César</em> en una prisión de Roma. Condenados de por vida a permanecer en su jaula de concreto, el teatro se convierte en una forma de soportar el destino (y quizás salvarse). Algo así nos pasa a nosotros con el cine, salimos más ligeros de la tragedia, de la oscuridad de la sala, para volver a nuestras simples vidas. Y eso también hay que agradecérselo a Shakespeare.</p>
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<address><em>Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2014, <a href="http://sadabombon.com/?s=suplemento+especial+cine+2014"><span style="color: #808080;">El cine</span></a>, dentro de la edición 24 de </em>Sada y el bombón<em>.</address>
<p></em></p>
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		<title>A ciegas</title>
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		<pubDate>Fri, 31 Oct 2014 00:22:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Jacobo Zanella]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Edición 24]]></category>

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		<description><![CDATA[Siempre soy un invitado al cine. Sé que vamos un día a cierta hora, pero no sé nada más. Nunca selecciono la película, nunca sé que voy a ver: voy porque respondo a una invitación, a una especie de blind date. (Hay algunas películas muy esperadas y famosas; de esas por supuesto que sé algo [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Siempre soy un invitado al cine. Sé que vamos un día a cierta hora, pero no sé nada más. Nunca selecciono la película, nunca sé que voy a ver: voy porque respondo a una invitación, a una especie de <em>blind date</em>. (Hay algunas películas muy esperadas y famosas; de esas por supuesto que sé algo antes, pero son casos raros.)</p>
<p>Tampoco me interesa leer reseñas antes ni necesito conocer al director: creo que le agrega mucha emoción ir descubriendo todo mientras sucede en la oscuridad. Si los créditos salen hasta el final, como es común ahora, la sensación se multiplica.</p>
<p>Me parece extrañísimo documentarse antes de ir al cine, conocer los puntos de vista que se contraponen, saber cuánto costó el rodaje, si es la primera película que usa no-sé-qué-tencología. Todo eso yo nunca lo haría, creo que diluye la experiencia dentro de la sala. Después de verla, es posible que investigue o quiera leer algo, pero casi nunca lo hago.</p>
<p>A las librerías o bibliotecas uno puede entrar vagamente, sin grandes ánimos, y recorrer los volúmenes a ver cuál nos llama… o podemos ir con una lista en la mente y dedicarnos ávidamente a encontrar esos títulos. Al cine yo prefiero ir desprovisto de todo, sin cosas en los bolsillos, sin conocimientos previos. Al cine y a las librerías podemos ir con la mente en blanco; a un viaje tal vez no.</p>
<p>A veces creo que cuanto más sabemos de cine menos lo disfrutamos. Cuando el espectador deja de ser sólo un espectador —y todo lo sabe y todo lo piensa—, comienza a ver las películas desde un lugar distante, y así cualquier cosa se aprecia de manera distinta. (Nunca he podido apreciar <em>Sada y el bombón</em> como un lector más, por ejemplo, así que encontrarme de sorpresa con una revista nueva de la que no sé nada —o con una película— me causa una alegría relajada y desenfadada.)</p>
<p>Saber poco sobre algo también implica un acercamiento con los sentidos mucho más receptivos. Si voy mañana al cine a ver una nueva película mexicana, la veré de manera muy distinta a como la vería mi doble australiano o uruguayo, simplemente porque estoy dentro del contexto en que la película sucede y se presenta. Este cambio geográfico hace toda la diferencia porque podemos ser más críticos —incluso sin desearlo. Y creo que pasa lo mismo con los actores, directores, productores, guionistas: saber poco de ellos te lleva a conocerlos más profundamente durante la proyección de sus películas, sacar propias conclusiones, quererlos —o no— de manera espontánea.</p>
<p>Me emociona mucho estar sentado ahí, en la sala del cine, esos segundos antes de que inicie la proyección misteriosa. ¿Me gustará lo que voy a ver? ¿Será este momento previo uno que recordaré durante muchos años porque habrá un antes y un después de esa película? ¿Se escribió la historia hace tres años, cincuenta, quinientos? ¿Cuántos meses pasó el libreto en una oficina anónima, cuántos cientos de miles de horas-hombre están condensadas en los siguientes 120 minutos que estoy a punto de ver? ¿Cuántos años desde la primera idea hasta este momento? Es una emoción tan exquisita y lujosa: soy el destinatario final de algo que no sé qué es, de una obra de la creación humana.</p>
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<address><em>Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2014, <a href="http://sadabombon.com/?s=suplemento+especial+cine+2014"><span style="color: #808080;">El cine</span></a>, dentro de la edición 24 de </em>Sada y el bombón<em>.</address>
<p></em></p>
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		<title>Cinco escenas</title>
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		<pubDate>Fri, 31 Oct 2014 00:00:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Luis Bernal]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Edición 24]]></category>

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		<description><![CDATA[Plano cerrado, Adéle sumergiéndose en el mar de Lille. La piel bronceada y el bañador completo bajo el cielo acuático. Es ella en el azul, en el calor ultramarino que es Emma; flotando con los ojos bien cerrados, reencontrándose con ella, meciéndose juntas por última vez. La sal en los labios y la marea en [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Plano cerrado, Adéle sumergiéndose en el mar de Lille. La piel bronceada y el bañador completo bajo el cielo acuático. Es ella en el azul, en el calor ultramarino que es Emma; flotando con los ojos bien cerrados, reencontrándose con ella, meciéndose juntas por última vez. La sal en los labios y la marea en sus mechones castaños. Adéle en el azul, en Emma. Cuerpo contra agua, la carne que se inunda; dos entes traspasándose. Yo te sigo hasta las profundidades del océano. En mi cabeza Karen O cantando «Turn into / Hope I do / Turn into you».</p>
<p style="text-align: center;">*</p>
<p>Durante los noventa, una parte de mi familia —acérrimos comerciantes— encontró una minita de oro en los videoclubs. Más de ocho sucursales del Video Compacto distribuidas en Xalapa (a.k.a. Estridentópolis), una ciudad donde la lluvia y la neblina hace del cine y el café una necesidad básica. El negocio fluyó junto con el cambio de formato: del VHS al DVD y la eventual decadencia de los videoclubs. La crisis del Blockbuster fue, también, una crisis familiar. Aún quedan las torres de películas amontonadas en bodegas, estudios, salas y cuartos. Una inmensa cineteca regada en casas, cajas, personas y sobremesas.</p>
<p style="text-align: center;">*</p>
<p>Un plano secuencia: Edith (nunca Marion), yendo y viniendo por su departamento en París. Alucinando a Marcel, reviviéndolo del Atlántico. Los gritos que se ahogan: ¡Marcel!, ¡Marcel!, ¡Marcel! y la penumbra, el amor arrebatado. Y uno viendo la tragedia, fulminado por la teatralidad. El gorrión se levanta y avanza por el vestíbulo, envuelto en las tinieblas del escenario. Las manos contrayéndose, el llanto que se ahoga en trompetas y tambores; la gran actuación. <em>Dieu réunit ceux qui s’aiment</em>.</p>
<p style="text-align: center;">*</p>
<p>Pablo murió hace seis años. Tres (o cuatro) años antes de eso —en plena pubertad—, su tía dirigió una película con Ana de la Reguera. Él anduvo en el set un verano y regresó contándonos cómo se hace una película y presumiéndonos su logro: salió en una escena. Hace unos días volví a ver la película y, sin acordarme de nada, me encontré con Pablo en la pantalla. Por cinco segundos aparece un primer plano de su cara. Pausé. Era extrañísimo, ahí estaba él, inmortalizado en una secuencia de fotogramas, encerrado en el 2006, resucitado en un cameo. Y yo del otro lado del vidrio, tan ficticio.</p>
<p style="text-align: center;">*</p>
<p>La película que más he visto —arriesgándome a la cursilería— es <em>Eterno resplandor de una mente sin recuerdos</em>. Siempre me ha fascinado la idea de alguien viendo la misma película más de diez veces, repitiendo los diálogos hasta volverlos suyos. En mi caso: Jack y Clementine escondiéndose en el interior de sus memorias, la casa en la playa despedazándose con una despedida inventada, Montauk. <em>This is it, Joel. It’s going to be gone soon</em>. Hay guiones que te entumen los huesos. Tal vez eso es el cine: un temblor que va de la espalda al estómago, como un cosquilleo de luz y celuloide.</p>
<p>&nbsp;</p>
<hr />
<address><em>Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2014, <a href="http://sadabombon.com/?s=suplemento+especial+cine+2014"><span style="color: #808080;">El cine</span></a>, dentro de la edición 24 de </em>Sada y el bombón<em>.</address>
<p></em></p>
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		<title>Los grandes actores</title>
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		<pubDate>Thu, 30 Oct 2014 23:55:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Juventino M]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Edición 24]]></category>

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		<description><![CDATA[Hay algo que hace tiempo pensé sobre el cine, bueno, no sobre el cine, sino sobre los actores, esencialmente, sobre nosotros. Cuando miramos una película, ¿qué sabemos de un personaje cuando lo miramos por primera vez? Evidentemente, nada; los actores dan vida a los personajes que desconocemos, sin embargo, al final de la historia, el [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Hay algo que hace tiempo pensé sobre el cine, bueno, no sobre el cine, sino sobre los actores, esencialmente, sobre nosotros. Cuando miramos una película, ¿qué sabemos de un personaje cuando lo miramos por primera vez? Evidentemente, nada; los actores dan vida a los personajes que desconocemos, sin embargo, al final de la historia, el público (nosotros) juzgará si la interpretación ha sido buena o mala. No es solo que si nos gusta está bien y si no nos gusta está mal. No existe tal cosa como una epistemología de la actuación. No hay elementos objetivos que nos permitan determinar si una actuación es buena o mala.</p>
<p>Tomaré el siguiente ejemplo: veía una película en clase cuando el profesor, sin previo aviso, le puso pausa y dijo: «Esto es una mala actuación»; luego la volvió a dejar correr y, en el transcurso de la misma escena, puso de nuevo pausa y dijo: «Esto es una buena actuación». De aquí quiero partir, ¿qué es una buena actuación?, ¿qué es una mala actuación? Tenemos estándares, parámetros, expectativas de cómo las cosas <em>deberían ser</em>, de cómo las personas tienen que comportarse para creerles. Sabemos de convincentes charlatanes, pero no es hasta que cotejamos sus verdades y mentiras con la realidad que las interpretaciones nos deslumbran. En el caso de las dos pausas, no había modo de decir que aquel mal actor era un mal actor, ni que aquel buen actor era un buen actor, o todo lo contrario. Mi profesor esperaba que el buen actor se desenvolviera de una manera y el <em>mal actor</em> de otra. Pensemos en esto: ¿qué pasa si llorar de un modo poco convincente es el llanto genuino de alguien?, ¿nos resulta algo inconcebible?</p>
<p>Alguna vez en la escuela fui obligado a tomar un taller de Corporalidad, que bien pudo haberse llamado «Sobre cómo hacer que nuestras expresiones sean elocuentes con nuestras palabras». Tal vez lo sabíamos desde siempre, pero el propósito de quien lo impartía era enseñarnos a actuar para la vida diaria, aprender el dominio del lenguaje corporal en pos de algún propósito (algo razonable en un mundo de actores). Aristóteles dijo que el hombre es un animal político; antes de eso, creo yo, el hombre es un animal histriónico. Para hacer política, lo primero que hay que hacer es fingir un interés en los demás, actuar con algún propósito. Si las palabras están completamente desposeídas de verdad, tenemos que gesticular y representar algún papel para ser convincentes. Y si logramos convencer, o ser convencidos, es porque sabemos qué esperan ver los demás —y nosotros. Lo mismo pasa cuando miramos una película. Decía el instructor del curso: «Vamos al cine y pagamos para ser engañados»; y así asumía la naturaleza ficticia del cine, al tiempo que nos instruía para una realidad calculada y fingida. Toda expectativa es una maldad, una perversión, y, sin embargo, lo asumimos con total ingenuidad. Pagamos para ser engañados y pagamos, también, por ser engañados.</p>
<p>Cuando mi mamá se inquieta o conmueve con el cine, le digo que es una película. Mientras ella sigue en la pantalla, pongo una pausa imaginaria y doy un paseo por el set, miro enfrente de los actores a un tipo con un micrófono, otro con una cámara, algunos más con luces. Seguramente, un tipo habrá repetido esa misma escena tres veces hasta identificarla como verosímil y convincente; hasta que, de acuerdo a sus estándares, crea que eso es lo que la gente va a creerse. En medio de esta película, de esta historia, hagamos una pausa. Somos buenos y malos actores, lo hemos aprendido; mentimos piadosa y despiadadamente, actuamos con algún propósito, escribimos con algunas palabras y modos particulares para presentarnos como buenos escritores, nos comportamos y vestimos de cierto modo para parecer respetables e importantes, decimos lo que otros quieren escuchar para no quedarnos solos, para salirnos con la nuestra y sentir que nos llevamos a la casa una estatuilla de oro. Somos artificiosos y, más triste aún, de vez en cuando el miedo y el pudor nos contienen y actuamos con esforzada indiferencia; porque también el recogimiento y la contención son una actuación, nos convertimos en personajes indispuestos a sufrir. Tal vez por eso nos sentamos con devoción a mirar dos horas de alguna película, pasando de largo toda la gente y todas las historias que se nos cruzan cada día. Aún en las tragedias fílmicas, podemos lidiar con la muerte del héroe o la historia de amor que termina en alguna distancia infranqueable o desengaño porque, a fin de cuentas, sabemos que al final pasarán los créditos y podremos decir que fue una buena película, un gran engaño.</p>
<p>A mí, que no me interesa el cine, me olvidaría de las grandes actuaciones y preferiría que nos bastaran las palabras; creo que nos sobran los actores y escasean los buenos personajes, los buenos hombres. Nos deslumbran tanto los grandes montajes que pasamos por alto las verdades más naturales, las más próximas y simples.</p>
<p>&nbsp;</p>
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<address><em>Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2014, <a href="http://sadabombon.com/?s=suplemento+especial+cine+2014"><span style="color: #808080;">El cine</span></a>, dentro de la edición 24 de </em>Sada y el bombón<em>.</address>
<p></em></p>
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		<title>El cine vacío</title>
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		<pubDate>Thu, 30 Oct 2014 23:53:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo de la Garma]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Edición 24]]></category>

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		<description><![CDATA[Debo mi primera noción del «cine vacío» al ensayo sobre un cineasta húngaro que me regaló un taxista potosino. Tengo la costumbre de fingir nacionalidades extrañas cada vez que me subo a un taxi. Lo hago porque me parece aburridísimo hablar del clima y el tráfico, pero sobre todo porque al simular ser lituano, armenio, [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Debo mi primera noción del «cine vacío» al ensayo sobre un cineasta húngaro que me regaló un taxista potosino. Tengo la costumbre de fingir nacionalidades extrañas cada vez que me subo a un taxi. Lo hago porque me parece aburridísimo hablar del clima y el tráfico, pero sobre todo porque al simular ser lituano, armenio, tasmaniático o, en este caso, húngaro, me obligo a inventar una historia más o menos verosímil sobre mi supuesto origen y mi paradero en México, y eso me entretiene. El punto, pues, es que un día me subí a un taxi, recordé más o menos cómo hablaba el futbolista Ferenc Puskás y —con una imaginación deslumbrante— me cambié el nombre a Ferenc Gulash. Cuando el taxista supo que su «56» (es decir, yo) era húngaro, frenó de sopetón, se bajó, consultó extravagantemente «la cajuela de los objetos perdidos» y me regaló un libro titulado <em>Üres mozi</em>. «Quizá no le guste, pero por lo menos usted sí lo va a entender».</p>
<p>Fuera del cañoncito Puskás y de la sopa Gulash, no sé nada de húngaro. Pero sé, eso sí, algo de Google Translate. Traduje «Üres mozi» y me salió «cine vacío». Traduje un poco más y me salió el manifiesto cinematográfico de un tal László M. Tót, firmado en 2003 (un número primo). Ahí comencé de veras a interesarme: ¿quién escribe un manifiesto —de lo que sea— en 2003? <em>Üres mozi</em> es una monografía de 761 páginas (otro primo) sobre el, digamos, cine conceptual de László M. Tót. Según investigué, está muerto: para empezar. Murió en 2011 (otro más). Pero lo importante —dice el libro— no es su vida, sino su obra. A saber.</p>
<p>Como bien supone el lector perspicaz, László M. Tót se dedicó al cine vacío. En otras palabras, al cine sin cine. Por ejemplo, escribió guiones imposibles de producir, editó cientos de secuencias con negativos en blanco, subtituló películas ficticias, diseñó pósters de festivales hipotéticos, clasificó material cinematográfico de películas inexistentes y organizaba cada tanto cástings para supuestas producciones. Tiene por ahí un cortometraje, si es que lo podemos llamar así; se trata de los créditos de una película imaginaria.</p>
<p>En su manifiesto, László M. Tót dice que lo que le interesa es el cine independientemente del cine: «Cualquier producto cinematográfico es el testimonio de la lucha entre la luz y la oscuridad, entre el sonido y el silencio; a mí me interesa la lucha, no su testimonio». Irónicamente, el libro entero es la suma de testimonios. Más adelante, en una de las entradas de su diario, leo: «[…] y vi esa extraordinaria película con el sometimiento a un abismo entre lo que es y lo que sería si no tuviera que pasar por el cine mismo». László M. Tót confeccionó una ideología elocuente acerca de la negación del cine.</p>
<p>Ocupó su todavía millonaria herencia restante y siete años de vida a rodar una película al estilo de Ambrosio y su carabina: sin nada dentro. Es decir, filmó cientos de escenas ¡sin carrete en la cámara! Escribió un guión titulado <em>Quiero la cabeza de Sergio Leone</em>, dibujó un storyboard, contrató a docenas de artistas y técnicos, construyó maquetas y escenarios, iluminó cuartos y esperó la luz precisa en exteriores, repitió (según leo) por lo menos 17 veces cada toma, se puso durante dos años a editar algo inexistente e incluso firmó contratos para distribuir su <em>película</em>. Cuando en el festival regional de cine de Kecskemét se proyectó aquella <em>nada</em> y los 23 asistentes exigieron inútilmente sus 191 minutos de vuelta (porque la función era gratis), nuestro anticineasta húngaro, borrachísimo por la angustia del estreno, se defendió con argumentos de inercias visuales y persistencias retinianas: «El cine está siempre, en todos lados, y sobre todo fuera del cine; y si no, ¡resistan al tiempo sin ese soporte, cobardes!».</p>
<p>«El cine es como los sueños, y los sueños son, quizá, la expresión estética más antigua», hubiera dicho Borges. «Las palabras ya fueron escritas, los silencios no», hubiera dicho Mallarmé. László M. Tót decidió vivir en un sueño para producir solo silencios.</p>
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<address><em>Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2014, <a href="http://sadabombon.com/?s=suplemento+especial+cine+2014"><span style="color: #808080;">El cine</span></a>, dentro de la edición 24 de </em>Sada y el bombón<em>.</em></address>
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		<title>El método Tarantino (para acabar con el mundo real en cinco simples pasos)</title>
		<link>http://sadabombon.com/el-metodo-tarantino/</link>
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		<pubDate>Thu, 30 Oct 2014 23:44:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[César García]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Edición 24]]></category>

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		<description><![CDATA[Quentin Tarantino es un cineasta sutil para temas brutales. No, un momento, tal vez sea, más bien, un cineasta brutal para temas sutiles. La incertidumbre a su alrededor no daña en lo más mínimo su enorme capacidad para desarrollar un método de análisis de la cultura popular, para liquidar de una vez por todas al [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Quentin Tarantino es un cineasta sutil para temas brutales. No, un momento, tal vez sea, más bien, un cineasta brutal para temas sutiles. La incertidumbre a su alrededor no daña en lo más mínimo su enorme capacidad para desarrollar un método de análisis de la cultura popular, para liquidar de una vez por todas al mundo tal como aparece en CNN y colocar en su lugar una eterna pelea con katanas.</p>
<p>Ya escucho algunas voces indignadas declarando: «¡Tarantino es un cineasta desestructurado, caótico, violento y con muy mal gusto para mezclar música!». Odio sonar cínico, pero esa gentil y generosa reacción me inquieta. El método Tarantino no es ignorar la realidad y sustituirla con una fantasía desarticulada, sino su particular interés en reintroducirla y, en el mejor de los casos, narrarla de tal forma que se despoje por completo del rostro aburrido y repetitivo.</p>
<p>Para demostrar lo anterior, he aquí los cinco pasos del método Tarantino para acabar con el mundo real:</p>
<h3>PASO UNO: SUPERMAN</h3>
<p>Durante los últimos minutos de <em>Kill Bill Vol. 2</em> podemos ver a David Carradine (Bill) dialogando con mucho entusiasmo mientras espera que el «suero de la verdad» haga efecto en Beatrix Kiddo: «Como sabes, soy bastante aficionado a los cómics. Especialmente a los de superhéroes. Encuentro fascinante toda la mitología que envuelve a los superhéroes. Elijamos a mi superhéroe favorito, Superman. No es un gran cómic. No está especialmente bien dibujado. Pero la mitología no es solamente grandiosa, es única. Uno de los elementos principales de la mitología del superhéroe es que hay un superhéroe y hay un alter ego. Batman es en realidad Bruce Wayne, Spiderman es en realidad Peter Parker. Cuando ese personaje se levanta por la mañana, es Peter Parker. Tiene que ponerse un disfraz para convertirse en Spiderman. Y es ahí, en esa característica, donde Superman es único. Superman no se convirtió en Superman. Superman nació Superman. Cuando Superman se levanta por la mañana, él es Superman. Su alter ego es Clark Kent. Su traje con la gran <em>S</em> roja es la manta que le envolvía siendo un bebé cuando los Kent lo encontraron. Esa es su ropa. Lo que lleva Kent —las gafas, el traje de negocios— es el disfraz. Es el disfraz que Superman lleva para integrarse entre nosotros. Clark Kent es tal como Superman nos ve a nosotros. ¿Y cuáles son las características de Clark Kent? Es débil, es inseguro, es un cobarde. Clark Kent es la crítica de Superman a toda la raza humana». Tarantino, muy proclive a las conversaciones erráticas y sincopadas, establece un profundo análisis alrededor del universo de los superhéroes y demuestra poseer un gran dominio para el análisis de la cultura popular: Superman, el superhéroe por excelencia, el mismo que usa los calzones sobre los pantalones, es elevado a la categoría de Personaje-Concepto —no solo es capaz de salvar al mundo varias veces al día antes de la hora de la comida, sino también de ser su más acérrimo crítico e íntimo enemigo.</p>
<h3>PASO DOS: MACGUFFINS</h3>
<p><em>Pulp fiction</em> es un film que presenta una de las mejores ofertas de MacGuffins en la historia del cine. (Para quienes no saben qué es un MacGuffin, me permito hacer un paréntesis recordando la mítica entrevista que François Truffaut le hizo a Alfred Hitchcock. Truffaut dice: «El MacGuffin es el pretexto, ¿no?», Hitchcock responde: «Es un rodeo, un truco, una complicidad, lo que se llama un <em>gimmick</em>. Es algo vacío. No necesita ser serio, sino que, además, es mejor que sea algo irrisorio».)</p>
<p>Y lo irrisorio tiene muchas representaciones según Tarantino: (1) el maletín que con inusual torpeza recuperan Vincent Vega y Jules Winnfield en más de una ocasión —y previa iluminación bíblica; (2) el reloj de bolsillo que Butch recibe como único legado de su padre muerto en la guerra, gracias al empeño anal del Capitán Koons; y (3) la caja con café y donas que carga Marsellus Wallace cuando se topa con Butch a mitad de la calle.</p>
<h3>PASO TRES: NO POLICE</h3>
<p>La absoluta ausencia de policías, en todas las masacres escenificadas a lo largo y ancho de su obra fílmica, le permite a Tarantino presentar un mundo sin más justicia que la poética. (Nota: <em>Reservoir dogs</em> está plagado de policías desde el principio —Mr. Orange es un policía encubierto—, pero en mi defensa diré que la policía siempre está vestida de delincuente y, cuando llega a capturar a los malos, lo hace en voice-over; es decir, en realidad nunca la vemos.)</p>
<h3>PASO CUATRO: SANGRE</h3>
<p>La estilización máxima de la sangre y la violencia en los filmes de Tarantino puede parecerse más —según el ojo conservador— a la primera plana del <em>¡Alarma!</em> que a los ríos de sangre en <em>El resplandor</em>. Pero Tarantino no está más que ejecutando la premisa «No es sangre, es rojo» (<em>Ce n’est pas du sang, mais du roug</em>) de ese Godard que tanto admira. Incluso la lleva a otro nivel cuando Beatrix Kiddo pelea con los Crazy 88 y la segunda parte de la secuencia va del color al blanco y negro. El rojo, que antes era sangre, ahora es pura composición en elaboradas coreografías de lucha.</p>
<h3>PASO CINCO: RESURRECCIÓN</h3>
<p>En este punto, la consistencia del método nos cuenta un chiste aun más espléndido: ningún personaje tarantinesco parece estar en condiciones de aparecer en cualquier historia, pero sí están en todas esas historias como resurrectos. <em>Reservoir Dogs</em>: Laurence Tierney, <em>Pulp fiction</em>: John Travolta, <em>Jackie Brown</em>: Pam Grier, <em>Kill Bill</em>: David Carradine, <em>Death Proof</em>: Kurt Rusell, <em>Bastardos sin gloria</em>: Brad Pitt, <em>Django sin cadenas</em>: Don Johnson. Todas, estrellas en <em>fade out</em> que recibieron una segunda oportunidad para regresar a la vida (actoral).</p>
<hr />
<p>&nbsp;</p>
<p>El método Tarantino añade al sustraer: elimina un superhéroe (Superman) y arroja un extraterrestre cínico a un mundo confundido; cambia los motivos profundos de sus personajes y añade los mejores pretextos (MacGuffins) para la carnicería; resta la sangre de la última colecta de la Cruz Roja y suma todo el rojo que jamás pudo imaginar Rothko en una composición a blanco y negro; detrae las fuerzas del orden y agrega la justicia explícita; aparta prejuicios de glorias pasadas y retorna viejos rostros con nuevas expresiones; sustrae la melancolía de nuestro mundo y nos añade otra realidad, en donde todas nuestras preocupaciones se resuelven con el filo de la katana de Hattori Hanzo.</p>
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<address><em>Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2014, <a href="http://sadabombon.com/?s=suplemento+especial+cine+2014"><span style="color: #808080;">El cine</span></a>, dentro de la edición 24 de </em>Sada y el bombón<em>.</em></address>
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		<title>Tener un cine club —entrevista a Gabriel Hörner</title>
		<link>http://sadabombon.com/cine-club/</link>
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		<pubDate>Thu, 30 Oct 2014 00:04:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Mauricio Sánchez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Edición 24]]></category>
		<category><![CDATA[Entrevista]]></category>

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		<description><![CDATA[Este año, el Cine Club del Museo de la Ciudad de Querétaro cumple 20 años. A propósito del aniversario, entrevistamos a Gabriel Hörner, director del museo y principal impulsor del proyecto desde 1994. Podríamos decir que el Cine Club es Gabriel: él ha sido el motor de la idea, ha puesto infinidad de veces el [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Este año, el Cine Club del Museo de la Ciudad de Querétaro cumple 20 años. A propósito del aniversario, entrevistamos a Gabriel Hörner, director del museo y principal impulsor del proyecto desde 1994. Podríamos decir que el Cine Club es Gabriel: él ha sido el motor de la idea, ha puesto infinidad de veces el proyector, los DVDs, las relaciones con cinetecas y mucho más para proyectar cientos de películas que de otra manera no hubiéramos podido ver en Querétaro.<br />
&nbsp;<br />
<span style="color: #008080;"><em>¿Con qué película comenzó el Cine Club del Museo de la Ciudad?</em></span></p>
<p>La primera proyección fue en el auditorio del Museo Regional, el 2 de febrero de 1994, una copia en 16 milímetros de <em>Las noches de Cabiria</em> de Fellini. Llegaron poco más de 400 espectadores.<br />
&nbsp;<br />
<span style="color: #008080;"><em>¿Cuál era el panorama cinéfilo de Querétaro en 1994? ¿Cómo ha cambiado?</em></span></p>
<p>Ha cambiado mucho. Justamente en 1994 se privatizaron los cines de COTSA —la compañía estatal que manejaba casi todos los cines del país— y eso aceleró su decadencia: casi todos acabaron en cines porno. En Querétaro quedaban cuatro cines de COTSA en el centro y había tres Cinemas Gemelos de la Organización Ramírez (que luego se convirtió en Cinépolis). Incluso como cartelera comercial, el panorama era muy pobre. El único refugio del cinéfilo en esa época eran los video clubs, que para entonces ya no tenían un catálogo tan amplio como cuando empezaron, a mediados de los ochentas. Ahora es muy diferente, por un lado cada vez hay más pantallas comerciales y por otro puedes acceder a casi cualquier película desde tu computadora.<br />
&nbsp;<br />
<span style="color: #008080;"><em>¿Cuál es la diferencia entre el «buen» y el «mal» cine? ¿Qué películas definitivamente no se proyectarían en el Cine Club?</em></span></p>
<p>El propósito del Cine Club es ofrecer al público otras opciones a la cartelera comercial y promover películas con valor artístico o histórico o con algún otro tipo de interés. Me resultaría muy difícil establecer una diferencia entre el «buen» y el «mal» cine a la hora de programar. En términos estrictamente históricos toda película es importante, aunque sólo sea por el hecho de que retrata su época de una u otra forma —esa es un poco la idea detrás de las cinematecas y los archivos fílmicos. No se me ocurre qué películas definitivamente no programaría; si algún título «malo», digamos, fuera relevante al tema de un ciclo, no dudaría en ponerlo; o incluso un ciclo completo programado con criterios distintos a la calidad. Hace unos años programé un ciclo de comedias de los ochenta y, un poco para que no pensaran mal de mí, le puse «Cine de horror de los ochenta». Eran bastante malas casi todas, pero el valor nostálgico era muy alto. Fue un ciclo muy exitoso. Podría decir que no programaría películas aburridas, pero ese también sería un buen ciclo: «Las películas más aburridas de la historia» (y ahí lo divertido sería poner títulos muy prestigiosos).</p>
<p>Otro factor es que no nos dirigimos a un público homogéneo sino a públicos muy diferentes. Desde hace un tiempo, procuro que el cine club tenga otros programadores para atender esta diversidad y ofrecer un servicio más amplio. Los lunes por la tarde, «Otro Cine Querétaro» programa películas de carácter social y político, y por la noche Manuel Oropeza ofrece un programa extraordinario de ópera en video. Los martes ponemos la programación, digamos, <em>oficial</em>, que en su mayoría es cine de autor. Los miércoles son para el «Freak Show», un grupo de jóvenes interesados en el cine de culto. Y también están los ciclos que se programan en el Cine-Teatro Rosalío Solano y otros que solicitan escuelas o instituciones.<br />
&nbsp;<br />
<span style="color: #008080;"><em>¿Cuál ha sido el ciclo más exitoso?</em></span></p>
<p>Hemos tenido bastantes, veinte años son muchos años. Recuerdo uno de cine de horror extremo que tuvimos que mover a una sala más grande porque el público ya no cabía. La última película del ciclo era <em>Ichi, el asesino</em> en función de medianoche; había personas sentadas hasta en el suelo. Otro que funcionó muy bien era de clásicos excéntricos del cine norteamericano, que iban desde <em>La emperatriz escarlata</em> hasta <em>Miedo y asco en Las Vegas</em>, pasando por <em>Pink Flamingos</em> y <em>Eraserhead</em>.<br />
&nbsp;<br />
<span style="color: #008080;"><em>¿Cuántas películas se han proyectado sin absolutamente nadie en la audiencia?</em></span></p>
<p>Tiene que llegar por lo menos una persona para que se proyecte la película; no recuerdo ni una sola función cancelada porque no llegó nadie. Uno o dos por lo menos sí llegan. A veces se suspende la función porque se van todos antes de que se acabe, eso sí. Me gusta cuando programo cosas que exigen mucho del espectador, en tiempo o complejidad. Hemos hecho varios maratones; el primero fue una función continua de <em>Berlin Alexanderplatz</em>, la serie de televisión de Fassbinder de 15 densas horas de duración. La proyectamos en el auditorio de Bellas Artes en una copia en 16 milímetros. Al principio estaba llena la sala, al final quedaban como veinticinco personas. En ese tiempo todavía había prostitutas en la Plaza Constitución, y como regalábamos café y empanadas, en los intermedios se juntaban en el vestíbulo y entraban a ver a las prostitutas alemanas de la República de Weimar&#8230; fue muy especial.<br />
&nbsp;<br />
<span style="color: #008080;"><em>¿Tiene el Cine Club alguna pretensión social; crecer la audiencia, motivar ciertas conversaciones, reunir distintos grupos de personas?</em></span></p>
<p>Siempre ha cumplido una función social importante: el Cine Club amplía horizontes, crea conciencia, crea comunidad. Durante muchos años estuvimos exhibiendo películas y series de televisión en la cárcel de San José el Alto con frecuencia semanal. Les mandábamos cuestionarios encaminados a que reflexionaran sobre sus vidas a partir de la selección de películas que hacíamos. Nos daban una libertad increíble, podíamos programar lo que quisiéramos. (Fue la época en que producían musicales adentro.)Ahora me gustaría trabajar en asilos de ancianos: aunque tienen televisiones y reproductores de DVD, es difícil que accedan a las películas que vieron en su juventud; creo que eso podría darles mucho placer.<br />
&nbsp;<br />
<span style="color: #008080;"><em>Recomiéndanos un ciclo de películas infalible.</em></span></p>
<p>Lo que sea de Alfred Hitchcock. Godard dijo alguna vez que las películas que Hitchcock realizó para Universal Pictures eran tan importantes en la historia de la civilización como la Capilla Sixtina, con la diferencia de que aquéllas habían sido vistas por decenas de millones de personas y ésta por un número mucho más reducido. Es algo infalible, Hitchcock siempre te llenará la sala y no estás haciendo ninguna concesión. La última vez que lo programé llegó un público muy joven a verlo. Cuando pasamos <em>Psicosis</em>, no tenían ni idea de que asesinaban a la protagonista a los quince minutos de empezada la película. Fue muy emocionante ver su desconcierto y envidiarlos. ¿Qué no daríamos por recuperar esa sorpresa? Billy Wilder también es infalible pero el público novel no lo ubica tanto como a Hitchcock.<br />
&nbsp;<br />
<span style="color: #008080;"><em>¿Cuál ha sido tu motivación a lo largo de estos años?</em></span></p>
<p>Cuando era niño, y a pesar de que en mi casa se iba mucho al cine, siempre quería ver más películas pero el principal obstáculo era el costo de las entradas. Para el niño que fui, una función de cine gratis era la dicha absoluta; a lo mejor por eso me he pasado la vida organizando funciones gratuitas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<hr />
<address><em>Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2014, <a href="http://sadabombon.com/?s=suplemento+especial+cine+2014"><span style="color: #808080;">El cine</span></a>, dentro de la edición 24 de </em>Sada y el bombón<em>.</address>
<p></em></p>
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		<title>La última y nos damos</title>
		<link>http://sadabombon.com/adios/</link>
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		<pubDate>Tue, 28 Oct 2014 19:56:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[La redacción]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 24]]></category>
		<category><![CDATA[En peligro de extinción]]></category>

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		<description><![CDATA[Tras publicar 24 ediciones, hemos decidido decir: «ahorita volvemos, vamos por cigarros». En mayo de 2010 comenzamos a discutir la idea de publicar una revista que hablara sobre el estilo de vida en las ciudades del Bajío. En diciembre de ese mismo año salió el primer número de Sada y el bombón. Después de cuatro [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>Tras publicar 24 ediciones, hemos decidido decir: «ahorita volvemos, vamos por cigarros».</em></p>
<p>En mayo de 2010 comenzamos a discutir la idea de publicar una revista que hablara sobre el estilo de vida en las ciudades del Bajío. En diciembre de ese mismo año salió el primer número de <em>Sada y el bombón</em>. Después de cuatro años, 24 ediciones, ocho suplementos especiales, más de 500 artículos y dos rediseños editoriales, la revista –ay, cómo decirlo– entregó la herramienta. Dobló la esquina. Se nos fue. <em>Sada y el bombón</em> estiró la chalupa.</p>
<p>«No llore comadre, el compadre sabe lo que hace».</p>
<p>Y es que todo pasa. Hasta la ciruela pasa. Editamos esta revista porque fue la mejor forma que encontramos para abarcar y comprender y de veras sentir el paso del tiempo. Con <em>Sada y el bombón</em> tratamos de entender, interpretar e integrar la cultura urbana que vivimos en el Bajío. Una revista es una especie de testimonio; a la larga, un vestigio.</p>
<p>Editar es, pues, comprender para conversar. En la versión impresa y en la web propusimos distintas conversaciones. Algunas, como las que trataban sobre el tema del transporte y la movilidad en las ciudades, por ejemplo, obtuvieron cierta resonancia entre nuestros lectores. Publicamos varios artículos contra la cultura automotriz, contra el valet parking, contra la idea provinciana de vivir —¡for pavor!— en el siglo pasado; artículos a favor del transporte colectivo, el peatón, la bicicleta, la calle, el diálogo con los vecinos. Publicamos incluso un suplemento especial que elogiaba esos dos verbos que para nosotros son centrales: pasear y conversar. «Estamos hechos de pasos y palabras», escribimos por ahí.</p>
<p>Escribimos muchas cosas, y tratamos de presentarlas de la forma más clara y sencilla posible. La revista fue muchas veces reconocida por su diseño. Y diseñar, a fin de cuentas, se trata de eso: de facilitar la lectura. Entre cientos de revistas <em>socialité</em> que se dedican a imprimir el Facebook, nosotros quisimos una que se leyera. Y más: que se discutiera. En algunos momentos, en ciertos artículos, lo conseguimos.</p>
<p>Otras veces solamente compartimos hallazgos. Los reunimos, los mezclamos. Publicamos textos —tanto en web como en la edición impresa— que nos parecían interesantes, conmovedores o graciosos. Tuvimos así decenas de colaboradores. Por ejemplo, compartimos un gran cuento de Gonçalo M. Tavares, una simpatiquísima columna mundialista de Daniel Saldaña París y varios textos de nuestra colaboradora más asidua: Julieta Díaz Barrón.</p>
<p>Editar: leer en compañía.</p>
<p>Y escribir también en compañía. Sobre todo de los lectores. En estos cuatro años, no nos importó tanto lo que nosotros escribimos, sino lo que el otro leyó, pues lo que el otro leyó es en realidad lo que escribimos.</p>
<p>En estas 24 ediciones de <em>Sada y el bombón</em> nos llenamos de palabras, diseños, ideas, conversaciones: formas de relacionarnos con el mundo. Ahora, cual señor que sale por cigarros y nomás no regresa a casa —aunque en cualquier momento puede volver, y ese es justo el temor—, nos vamos.</p>
<p>Muchas gracias por la atención dispensada —o como se diga— a lo largo de todas estas páginas. Fuímonos. El último que apague la luz.<br />
&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Cine para sentir</title>
		<link>http://sadabombon.com/cine-para-sentir/</link>
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		<pubDate>Tue, 21 Oct 2014 22:42:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Francisco Bernal]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cine]]></category>
		<category><![CDATA[Edición 24]]></category>

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		<description><![CDATA[Prefiero que la gente sienta una película antes que entenderla. ~Robert Bresson &#160; Una fuerte influencia que proviene de Hollywood —y la mayoría del cine de todo el mundo— tiene al espectador promedio demasiado acostumbrado a la estructura narrativa lineal, la rápida edición, el lenguaje fácilmente digerible y la evolución constante e ilimitada de los [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>Prefiero que la gente sienta una película antes que entenderla.</p>
<p>~Robert Bresson</p></blockquote>
<p>&nbsp;<br />
Una fuerte influencia que proviene de Hollywood —y  la mayoría del cine de todo el mundo— tiene al espectador promedio demasiado acostumbrado a la estructura narrativa lineal, la rápida edición, el lenguaje fácilmente digerible y la evolución  constante e ilimitada de los efectos (cada vez más y más) especiales.</p>
<p>La manera en que consumimos películas también evoluciona. Las vemos a través de todos los medios electrónicos a nuestro alcance y, por eso, encontramos cine prácticamente a cualquier hora y en cualquier lugar. Esto nos lleva a otro fenómeno: la volatilidad de las imágenes; ver cine para matar tiempo en lugar de apartar tiempo para ver cine.</p>
<p>El ritual de asistir a una sala de cine prevalece, y seguramente perdurará muchos años más. Sigue siendo la mejor forma de disfrutar al máximo una película, sea buena o mala. El público sigue pagando por disfrutar el gran formato, los vanguardistas sistemas de audio, la sorprendente calidad de las proyecciones (alguna vez leí en un blog que cada vez están más cerca de reinventar el teatro).</p>
<p>Pero, ¿y los contenidos o la retención de los mismos? Para eso la edición es fundamental. Hace 50 años el corte final de las películas de Hollywood se montaba con un promedio total de 500 tomas, cada una con una duración promedio de 10 segundos. Hoy existe una gran cantidad de películas construidas por más de 4000 tomas, cada una con una duración de menos de 2 segundos —y la velocidad sigue aumentando.</p>
<p>Luego está el abuso de los recursos espectaculares que terminan minimizándose a sí mismos: tantas grúas, tomas aéreas y cámaras en movimiento convierten a las imágenes en algo habitual y normal. La consecuencia: el espectador ya no se sorprende fácilmente, no tiene tiempo de reflexionar, de evaluar, de realmente adentrarse en los personajes, en las situaciones, en los lugares; no tiene tiempo de gozar. Es como conducir un automóvil a una velocidad cada vez más alta y solamente estar concentrado en ir más y más rápido, cuando tal vez lo divertido sería disfrutar el paisaje durante el recorrido. Lo contemplativo y orgánico está a la baja mientras que la velocidad y lo sintético a la alta. </p>
<p>Una película promedio de Hollywood es como una relación fugaz, una noche de fiesta con acostón incluido donde, al día siguiente, la pareja se acuerda de poco o de algunos pasajes medio borrosos. Prevalece la sensación de que tal vez se la pasaron bien pero sin recordar exactamente qué sucedió, ni en dónde, ni cómo. Las películas de Stanley Kubrick, Terrence Malick o Bernardo Bertolucci son lo opuesto: una larga y duradera relación sentimental, donde se disfruta de un cortejo, un tiempo a solas, y los silencios que pueden ser reflexivos. Son películas pensadas, planeadas y producidas para audiencias sin prisas, con tiempo y, sobre todo, con ganas de disfrutar, de sentir.</p>
<p>Existe mucho cine para sentir pero nunca ha sido el más popular. Muchas veces es criticado por incomprensible, porque no le ofrece al público ni la espectacularidad ni la fácil digestión a la que está habituado.</p>
<p>Para sentir está —a parte de las cintas de Malick y Kubrick— lo de Nicolás Winding, Paolo Sorrentino o lo que hacen los mexicanos Amat Escalante y Carlos Reygadas; directores que  provocan sensaciones profundas con sus películas, ese mismo tipo de películas que, si ponemos atención, pasaremos días, semanas y años recordándolas, analizándolas y reflexionando sus contenidos.</p>
<p><em>El árbol de la vida</em>, esa maravillosa película de Malick (y que, cabe mencionar, fue fotografiada por el mexicano Emmanuel Lubezki), se estrenó en Cannes el 2011. La película recibió la Palma de Oro, el máximo galardón del festival, junto con otros múltiples reconocimientos y nominaciones al Óscar. Digno de análisis: cuando la proyección estaba a punto de terminar en Cannes, algunos sectores del público comenzaron a abuchear en el interior de la sala. ¿Será que ya no sabemos, no podemos o no tenemos tiempo de contemplar, de sentir?</p>
<p>&nbsp;</p>
<hr />
<address><em>Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2014, <a href="http://sadabombon.com/?s=suplemento+especial+cine+2014"><span style="color: #808080;">El cine</span></a>, dentro de la edición 24 de </em>Sada y el bombón<em>.</address>
<p></em></p>
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		<title>Museos y galerías, espacios de arte contemporáneo y exhibición en el Bajío</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Oct 2014 13:00:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[La redacción]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 24]]></category>
		<category><![CDATA[Top 10]]></category>

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		<description><![CDATA[Dicen que la provincia se nos está rezagando en cuanto a espacios culturales se refiere, que ahora todo el jaleo artístico se concentra en las grandes metrópolis (?). Todo lo contrario: en los últimos años, las ciudades del Bajío se han convertido en el escenario de nuevos proyectos y artistas emergentes. Desde pequeños catálogos digitales [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Dicen que la provincia se nos está rezagando en cuanto a espacios culturales se refiere, que ahora todo el jaleo artístico se concentra en las grandes metrópolis (?). Todo lo contrario: en los últimos años, las ciudades del Bajío se han convertido en el escenario de nuevos proyectos y artistas emergentes. Desde pequeños catálogos digitales hasta monumentos históricos intervenidos por muestras itinerantes.</p>
<p>Al arte contemporáneo podemos definirlo como una expresión donde el contexto supera al objeto: las piezas no son la escultura o fotografía enmarcada, sino los conceptos que se desprenden más allá del área de exhibición; los museos del presente como una colección de pensamientos en constante actualización.</p>
<p>¿Qué proyectos podrían definir al presente en el Bajío? A continuación mostramos cinco espacios en el centro de México que descentralizan la creación y exposición del arte contemporáneo.</p>
<h3><span style="color: #ff0000;">1 &gt;</span> Galería Libertad</h3>
<p><em>Querétaro</em></p>
<p>En 1987, la Galería Libertad abrió sus puertas como el primer espacio de arte contemporáneo en Querétaro, una ciudad que en ese entonces se abría a la industrialización y mantenía una cartelera cultural predominantemente folclórica e histórica. A lo largo de más de 25 años —y establecida en el interior de una casona reformada, a unos pasos de Plaza de Armas—, la galería se ha dedicado a introducir el arte contemporáneo en provincia y los diálogos entre pieza, artista y visitante.</p>
<p>Tras una remodelación de sus instalaciones y museografía, el último año de la Galería Libertad ha ido in crescendo. Tan sólo en estos meses hemos visto una exposición sobre el exvoto mexicano de los siglos XX y XXI, un taller de poesía y no poesía impartido por Luis Felipe Fabre y la memorable curaduría <em>Acerca de lo que podría no ser</em> sobre el concepto de la nada interpretado por distintos artistas (como Andy Warhol, Francis Alÿs, Luis Felipe Ortega, Virginia Colwell, entre otros) y con formatos tan diversos como escultura, fotografía y videoinstalación.</p>
<p><a href="http://galerialibertad.mx/" target="_blank">galerialibertad.mx</a><br />
<span style="color: #008080;">Entrada libre.<br />
Lunes a domingo de 10:00 a 20:00 hrs.<br />
Plaza de Armas, Andador Libertad 56, Centro Histórico de Querétaro.</span></p>
<h3><span style="color: #ff0000;">2 &gt;</span> Museo de la Ciudad</h3>
<p><em>Querétaro</em></p>
<p>Bien podríamos decir que el Museo de la Ciudad es un museo comunitario, un lugar donde realmente la preposición de indica que el espacio pertenece a algo en específico. En este caso, a la ciudad y sus habitantes. El resultado es un museo que funciona como el foro artístico de Querétaro, incluyente y abierto a cualquier expresión: música, danza, teatro, nuevos medios, literatura, talleres y salas de exposiciones temporales invadiendo al antiguo Convento de San José de Gracia de las Pobres Capuchinas, donde la penumbra se atiborra de cuadros y expresiones culturales.</p>
<p>En una ciudad donde los museos y los proyectos culturales se multiplican cada año, reconforta encontrarse con un espacio vivo y múltiple pero consciente de su labor público: exhibir a los talentos emergentes y acercar el arte a sus habitantes. En el Museo de la Ciudad hemos visto <em>Leer la mente</em>, la exposición-debut de nuestra colaboradora Rocío Soto, <em>Obstrucción y referencia</em> con tres obras de Enrique Ježik, la exposición colectiva <em>Ser o no sur </em>con artistas argentinos radicados en México, algunos eventos anuales del CutOut Fest y un maratón de la serie Twin Peaks con muchísimo David Lynch, donas y Laura Palmer.</p>
<p><a href="http://museodelaciudadqro.org/" target="_blank">museodelaciudadqro.org</a><br />
<span style="color: #008080;">Entrada: general $5, entrada libre para estudiantes, maestros e INAPAM con identificación.<br />
Martes a domingo de 11:00 a 19:00 hrs (los domingos son de entrada libre general).<br />
Vicente Guerrero 27, Centro Histórico de Querétaro. </span></p>
<h3><span style="color: #ff0000;">3 &gt;</span> Galería Jesús Gallardo</h3>
<p><em>León</em></p>
<p>León es el monstruo industrial del Bajío, una ciudad íntimamente relacionada con los parques industriales y la inversión extranjera. En medio de ese panorama de fábricas y acuerdos corporativos (y muchos zapatos), la oferta cultural de León es la contraparte del arte universitario en la vecina ciudad de Guanajuato. De todos los espacios, la Galería Jesús Gallardo sobresale desde el 2000 como un área de exhibición concentrada en las artes visuales locales y regionales.</p>
<p>Ubicada en el interior del Teatro Manuel Doblado (un monumento leonés construido entre 1869 y 1880), la galería es reconocida por su trabajo curatorial con exposiciones colectivas como <em>Mañana fue ayer</em>, una recopilación de «testimonios arqueológicos del futuro» que rondan en la ciencia ficción y la estética futurista con obras de Daniela Edburg, Sebastián Beltrán, Stanley Kubrick, Iván Puig, piezas del Museum of Obsolete Objects en Hamburgo, entre otros; o <em>La fuerza domesticadora de lo pequeño</em>, una muestra de 16 artistas contemporáneos aproximándose al concepto de la naturaleza muerta.</p>
<p><a href="http://institutoculturaldeleon.org.mx/" target="_blank">institutoculturaldeleon.org.mx</a><br />
<span style="color: #008080;">Entrada: general $10, estudiantes e INAPAM $5.<br />
Martes a domingo de 10:00 a 18:30 hrs, jueves de 10:00 a 20:00 hrs.<br />
Pedro Moreno 202, Centro Histórico de Léon.</span></p>
<h3><span style="color: #ff0000;">4 &gt;</span>Galería Kunsthaus Santa Fé</h3>
<p><em>San Miguel de Allende</em></p>
<p>A mediados de los noventa, Kunsthaus Santa Fé nació como una nueva propuesta de arte emergente que descentralizara al mercado del arte contemporáneo en México. Y vaya que lo ha hecho, su catálogo de artistas contemporáneos es uno de los más relevantes en el Bajío, promueve el talento latinoamericano en ferias de arte internacionales y hasta tiene una galería hermana en el Wynwood Art District de Miami con la que rota el trabajo regional en la costa de Florida.</p>
<p>Ubicada en las afueras de San Miguel de Allende —lejos de las galerías turísticas y las tiendas de chucherías—, Kunsthaus Santa Fé es un espacio periférico interesado en exhibir propuestas más arriesgadas y contemporáneas en video, escultura, pintura, arte conceptual y performance. Dentro de su espacio de exposición ha presentado el trabajo de artistas como Ana Quiroz, Daniela Edburg, Iván Puig, Rafael Rodríguez, Dulce Pinzón y Marta Palau.</p>
<p><a href="http://www.kunsthaussantafe.com/" target="_blank">kunsthaussantafe.com</a><br />
<span style="color: #008080;">Entrada libre.<br />
Lunes a viernes con previa cita.<br />
Santa Fé 22-A, Colonia Allende.</span></p>
<h3><span style="color: #ff0000;">5 &gt;</span> Museo Amparo</h3>
<p><em>Puebla</em></p>
<p>Puebla no será parte del Bajío pero su importancia cultural e histórica la coloca más cerca de Querétaro que de la Ciudad de México (aunque la geografía difiera). Con la maravilla del Arco Norte, en tres horas uno llega al centro de Puebla. Ese pequeño viajecito vale toda la pena para comer unas chalupas y visitar el Museo Amparo, todo un ejemplo de la descentralización del arte en México y la inversión privada en organismos culturales —todo lo contrario al Museo Soumaya.</p>
<p>Aunque el proyecto se creó en 1991, el Museo Amparo completó hasta el 2011 su área de exposición dual (pasado y presente) con las salas de arte prehispánico, virreinal y contemporáneo alrededor de una cuidadísima construcción museográfica. Por ejemplo, hace poco visitamos una exposición de Marcela Armas alrededor de los libros de texto gratuitos y su impresión en el papel que reciclan las oficinas gubernamentales; el conocimiento que nace de nuestra entramada burocracia. Todo un agasajo pasearse por sus patios y pasillos.</p>
<p><a href="http://museoamparo.com/" target="_blank">museoamparo.com</a><br />
<span style="color: #008080;">Entrada: general $35, estudiantes y maestros $25.<br />
Miércoles a lunes de 10:00 a 18:00 hrs, sábados de 10::00 hrs.<br />
2 sur 708, Centro Histórico de Puebla.</span></p>
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		<title>El coleccionismo, sobre los objetos-tótem y el inventario personal</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Oct 2014 13:00:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[La redacción]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 24]]></category>
		<category><![CDATA[Medios y entretenimiento]]></category>

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		<description><![CDATA[Formamos colecciones. Algunas son tangibles (postales, muñequitos de porcelana), otras no (viajes, experiencias). A veces lo hacemos a propósito, otras veces el proceso es más espontáneo: comprarse un reloj, luego otro y otro. Hay algo en la acción de conservar algo, de juntar un cúmulo de objetos que nos mantiene husmeando en el mercado de [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Formamos colecciones. Algunas son tangibles (postales, muñequitos de porcelana), otras no (viajes, experiencias). A veces lo hacemos a propósito, otras veces el proceso es más espontáneo: comprarse un reloj, luego otro y otro. Hay algo en la acción de conservar algo, de juntar un cúmulo de objetos que nos mantiene husmeando en el mercado de pulgas, pujando en Ebay y convirtiendo casas en museos. La plasticidad de los objetos que trasciende en un plano más abstracto. </p>
<p>¿Por qué coleccionamos? ¿De dónde nace la urgencia por adherirle emociones a un plato o una llave del siglo XX? A continuación exploramos la idea del coleccionismo y la tenencia de objetos en nuestras vidas. Desde la pomposa figura del millonario en Zona Maco hasta los boletos del cine o la biblioteca personal. </p>
<p>Coleccionar es acumular objetos similares, todo un entretenimiento de formas, texturas y acabados. Pero el placer no está en la admiración del plástico o los materiales, sino en la experiencia de poseer algo, de saberse coleccionista, poseedor de todos esos objetos. </p>
<p>A partir de 1600, en los Países Bajos se comienza a poner de moda el armario de curiosidades, un sofisticado antecedente del coleccionismo: un mueblote construido por maestros ebanistas con múltiples puertas que resguardaban cajones de distintos tamaños, depósitos y dobles fondos donde se almacenaban objetos de otros países, joyas, manuscritos, animales disecados, monedas, papeles, antigüedades y otras tantas piezas portadoras de significado. </p>
<p>Luego vino la llustración y estas barrocas colecciones privadas mutaron en el museo público. Aunque los primeros museos se construyeron durante los antiguos imperios mediterráneos, no fue hasta el siglo XIX que el colonialismo propagó por toda Europa la creación de grandes colecciones, siguiendo el modelo que Dominique Vivant impuso como primer director en el Museo de la República (más tarde el Louvre): un contenedor de botines de guerra, expediciones arqueológicas en el Nuevo Mundo y compra-venta de bienes privados que convirtieron al armario de curiosidades en una sala de exposición al alcance de toda la sociedad; el coleccionismo como institución.</p>
<p>Pero, ¿por qué coleccionamos objetos?, ¿para sentirnos dueños de algo?, ¿para llenar un vacío? Tal vez es eso, cosificar los huecos, rellenarlos. El placer de la conquista y la sensualidad de la posesión que se convierte en la suma de cuerpos, en un símbolo. Decía Walter Benjamin que, para el coleccionista, «el objeto poseído es la relación más íntima que se puede tener con las cosas». No es lo mismo una piedra cualquiera, abandonada en el camino, que la misma piedra colocada en una estantería y acompañada de una nota: «Oporto, 1985, hacía frío». La primera es una piedra, la segunda son los aires de Oporto, el viaje trasatlántico a Portugal, el paseo y las sensaciones marítimas; el principio de una novela.</p>
<p>Casi siempre comenzamos una colección por pura casualidad: a veces por mero sentimiento —«¡Mira, yo tenía uno igual cuando era niño!»— o por el <em>souvenir</em> exótico de algún viaje. Otras veces, la colección comienza por el irresistible impulso de comprar algo que se considera bello o interesante, luego aparece un segundo similar que causa el mismo efecto que el primero. En ese momento nace el impulso del coleccionista, motivado por otros factores como la antigüedad de la pieza, su procedencia, el tamaño, sus dueños anteriores, los materiales de elaboración, el autor y otras tantas cualidades reales o imaginarias. </p>
<p>Coleccionamos según nuestros gustos y posibilidades. Algunos caen en el cliché: timbres, imanes, monedas, tazas, muñecas, carritos de carrera. Otros se van por la hazaña de la compilación musical, literaria o audiovisual. También están los que coleccionan objetos de valor: pinturas, automóviles antiguos y, tirándole a lo más extravagante: un billonario en posesión de la mayor cantidad de huevos de Fabergé (porque sí existe). Diferentes objetos, mismo fin: recopilar en un solo tiempo y espacio cachitos de memoria —ya sea histórica o personal. </p>
<p>En su versión más contemporánea, las emociones del coleccionismo se traducen en los objetos de deseo. Por ejemplo, <em>el art toy</em> de edición limitada, firmado por el diseñador, seriado (05/30), jamás abierto para incrementar su valor. Toda una industria dedicada a crear cosas que solo están ahí decorando. Y sin embargo desprenden emociones. En esta era del consumismo y la industria de los artículos de deseo, todos somos coleccionistas, poseedores de objetos-tótem. «Lo quiero».</p>
<p>Pero más allá del deseo —o incluso de la autoridad curatorial que reside en la elección y el rechazo de nuevos ejemplares—, el coleccionismo aspira más hacia nuestros ¿delirios? de inmortalidad. Nuestra fugacidad temporal contra la estabilidad de una obra. La transitoriedad carnal versus la permanencia de los objetos. Reunir «chucherías» —Hot Wheels o esculturas de arte contemporáneo— para engañar al tiempo y el olvido. Tal vez a eso se reduce el placer del coleccionista: contraatacar la angustia de nuestra mortalidad con la materialidad del armario de curiosidades. Trascender. </p>
<p>&nbsp;<br />
<h3>El coleccionista profesional</h3>
<p>De todos los tipos de colecciones, la que más sobresale es la artística —y más si es privada. A simple vista: un círculo ostentoso regido por frases como «¡Este Picasso es impresionante!» o «Todas las piezas se venden en libras». En una segunda lectura: inversiones estratosféricas en la cultura y el patrimonio de la humanidad (a veces superiores al gasto gubernamental).<br />
Gran parte de los hallazgos arqueológicos del pasado fueron gracias al espíritu aventurero de algunos millonarios —y la Iglesia. Lo mismo sucede ahora: las nuevas expresiones artísticas impulsadas por mecenas contemporáneos en una época donde las piezas de arte también son ingresos e inversiones. Lucrar con la tenencia: comprar un Miró para venderlo en el futuro a un precio triplicado (o más). </p>
<p>Partamos brevemente de una idea: el coleccionista profesional dedica su vida a los objetos, tal como el inversionista en bienes raíces lo hace con los departamentos, casas y terrenos. La colección profesional como una sala de exhibición permanente. Algunos recopilan bocetos inéditos de Andy Warhol, otros pinturas neoclásicas. Lo importante aquí es el mercado que se genera. Ya no solo se hacen colecciones para trascender sino para generar activos, mover dinero, ganar capital. Nada mal: el arte se mueve, los artistas generan ingresos, los museos multiplican sus acervos. Podríamos aventurarnos a decir que el coleccionista profesional es el inversionista menos comprendido, pero uno de los más importantes en un mundo donde nadie apuesta al gasto cultural y la preservación patrimonial (porque las colecciones requieren mantenimiento y procesos de restauración). Algunas son hasta importantes cápsulas del tiempo donde cada dueño atesora cuidadosamente las obras, los artistas y hasta las épocas que adquiere. </p>
<p>Más o menos las etapas de un coleccionista profesional se dividen en la búsqueda, el hallazgo, la recopilación y compra-venta. El coleccionista acude con regularidad a los lugares más inusuales: barrios sospechosos, locales donde venden cosas usadas, mercadillos, ferias y comercios especializados, anticuarios, la herencia material de la abuela, casas de subasta y empeño, sitios web y hasta colecciones ajenas. Luego está el hallazgo, el enamoramiento visual que antecede la revisión exhaustiva (verificar la autenticidad), el regateo, la puja y, finalmente, la adquisición de la obra. Mantenerla intacta para proseguir con la siguiente búsqueda y reiniciar el ciclo. Todo un extenuante proceso para saciar la posesión de objetos, el deseo. </p>
<p>Hace poco prendimos la tele y nos topamos con un comercial que buscaba opacar al coleccionista profesional: mejor usa tu dinero en un fondo de inversión. Lo que en Roma solía ser prestigio, ahora es un pasatiempo poco entendido, casi efímero. Al contrario: esas pocas personas que buscan constantemente aumentar su colección de piezas son, más que fetichistas de objetos, el eslabón comercial de la cultura y las artes, sus más acérrimos promotores. Ya sea a grande o pequeña escala, convertirse en un coleccionista profesional es recopilar y proteger nuestro patrimonio tangible. La colección que supera sus significados personales hacia un panorama más histórico y de relevancia pública. </p>
<p>&nbsp;<br />
<h3>El no coleccionismo</h3>
<p>Hay quienes coleccionamos sin saber que estamos coleccionando. Compramos pares de zapatos, agregamos sellos aduanales en el pasaporte, acumulamos fiestas de cumpleaños sin buscar la posesión en serie. Son esas colecciones improvisadas —amores fallidos, cicatrices en la piel, fotografías de Instagram— las que construyen nuestra memoria, la extienden en otros planos fuera del cerebro. En algunos casos la cosifican. </p>
<p>Cada objeto, persona y experiencia es un pedazo de nosotros como colección, el resultado de las recopilaciones que jamás planeamos. Somos las credenciales olvidadas en el cajón, los boletos del metro, las cartas recibidas, los regalos que se multiplican en la habitación, las personas que agregamos a nuestro interior. </p>
<p>&nbsp;<br />
<h3>El próximo objeto</h3>
<p>El coleccionismo establece siempre un paso hacia adelante, una ruta emocional: el objeto más importante de toda la colección es el próximo, el que no se posee todavía. La ansiedad del siguiente ejemplar que comparten por igual el coleccionista profesional o el propietario de tazas y llaveros. </p>
<p>Todo acto de coleccionismo se motoriza por la pieza futura, el pendiente constante; los proyectos interminables que crecen sus metas una tras otra. En el coleccionista está siempre una amenaza latente: toda colección advierte su final. Quizás por eso las colecciones son casi siempre inacabadas, postergadas. ¿Qué caso tiene completar algo? La pasión del coleccionista está en la siguiente pintura por comprar, en el figurín pendiente que hace tanta falta. Coleccionar es combatir el finito.<br />
&nbsp;</p>
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