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	<title>Sada y el bombón &#187; Literatura</title>
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	<description>revista independiente de cultura urbana en el centro de México.</description>
	<lastBuildDate>Wed, 17 Dec 2014 16:40:30 +0000</lastBuildDate>
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		<title>Hongosto —crónica alucinógena</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Aug 2014 16:40:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Horacio Lozano W]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Viajes y paseos]]></category>
		<category><![CDATA[Vida urbana]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando era niño me preocupaba que lloviera en mis cumpleaños; es más arriesgado que los invitados se lancen a la fiesta si está cayendo una tormenta. De cualquier manera, siempre llegaban —y siempre llovía. Por esta zona del Bajío, junio, julio y agosto suelen ser meses húmedos y de neblinas mañaneras. Esas nubes en los [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando era niño me preocupaba que lloviera en mis cumpleaños; es más arriesgado que los invitados se lancen a la fiesta si está cayendo una tormenta. De cualquier manera, siempre llegaban —y siempre llovía. Por esta zona del Bajío, junio, julio y agosto suelen ser meses húmedos y de neblinas mañaneras. Esas nubes en los bosques de coníferas —desde el Cerro del Zamorano hasta Pinal de Amoles— convierten a la región en una granja de hongos alucinógenos refugiados en la mierda de caballo o reposando tranquilos en la corteza de algún árbol. Es la época del Hongosto queretano, cuando varios citadinos se ponen sus botas para el lodo y viajan en auto hacia una alocada expedición en búsqueda del milagro de la percepción. Por eso ya no me preocupa que llueva en mi cumpleaños. Ahora reconozco en el agua dulce el alimento de los equinos, el olor de los musgos jóvenes que empiezan a crecer en las caballerizas de Santo Domingo. </p>
<p>La recolección de hongos comenzó para mí hace apenas siete años. Había escuchado de los «champis» que crecían allá por Huimilpan y Amealco, donde algunos intrépidos iban y llenaban bolsas enteras. Mi amigo Berna fue el que me convenció de ir. Él ya tenía experiencia en la cacería fungi: sabía dónde crecían con mayor plenitud, conocía algunos potreros y era experto en remover el estiércol de caballo sin dañar los hongos —el año pasado había recolectado tantos que los usó hasta en las quesadillas.</p>
<p>Un sábado tomamos su auto y nos dirigimos a los montes. Pasó temprano por mí, cuando el sol apenas hurgaba en la punta del Cimatario. Nos detuvimos a comprar unas donitas Bimbo y café de máquina. La carretera se perdía en la niebla púrpura. Me sentía bien, confiaba en Berna, en su pose de micólogo. Pasamos Huimilpan y nos acercamos a los límites del Cerro de Brava, cerca de Amealco. Como el resto del camino era a pie, dejamos el auto en un vado de espigas cubierto por algunos cactus. Agarramos las mochilas vacías y las botas de plástico —Berna llevaba una navaja en su chamarra de mezclilla—, forjamos varios porros y nos introducimos en el bosque del Bajío como si fuera un portal hacia otra dimensión. La naturaleza de inmediato nos recordó que aquel santuario no era nuestro territorio. Llovía. Ambos seguíamos un pequeño camino de lodo donde el bosque se pronunciaba y algunos silencios parecían latidos. La miel de las plantas silvestres entraba por nuestros poros. </p>
<p>El primer hongo que encontramos brotaba del tronco de un encino. Berna tomó su navaja y lo quitó con delicadeza. Era grande y suave, tenía una línea azul claro que rodeaba a la perfección su circunferencia. Pensé en los pitufos. Luego Berna señaló un prado solitario donde pastaban algunas vacas y ovejas. Nos acercamos, removimos un poco de estiércol y aparecieron varias setas que comenzamos a guardar en las mochilas. A lo lejos del prado estaban las caballerizas. Un hombre salió a darnos los buenos días. Berna le dijo que éramos estudiantes de Botánica de la UAQ y pidió permiso para buscar hongos en su establo con fines investigacionales. El hombre aceptó y de inmediato nos invitó un pulque recién raspado. Cuando terminen de buscar, dijo el ranchero, les doy otro pulquito para llevar porque al rato hará bochorno.  </p>
<p>En el estiércol se veían los cascos delirantes de cientos de hongos. Removimos la mierda suavemente y en cada excavada seguían apareciendo otros de distintos tamaños. ¡Acá hay varios derrumbes!, gritó Berna desde el cubículo rural de un hermoso caballo pinto. Eran fantásticos, casi llenamos las dos mochilas; reíamos como desquiciados. Le pregunté si estaba seguro que eran de los buenos y dijo que si no le creía que comiera algunos. Tomé un puño sin pensarlo, los remojé en agua y luego directo a mi boca. Sabían a tierra y alquitrán. Terminé por pasármelos con pulque, parecían enredaderas apretando mi garganta. Después agradecimos al hombre por dejarnos entrar a su establo. Nos regaló una botella de Coca-Cola de tres litros llena de pulque y dijo que tuviéramos cuidado porque a la policía no le gusta que los jóvenes anden recolectando hongos (aunque sean estudiantes).</p>
<p>Subimos al auto y almorzamos en Amealco. Gorditas de maíz quebrado, sopes verdes, mole, jugo de naranja, verde, rojo, violeta, salsita para la quesadilla, señoras con las manos llenas de masa, sombrerudos bebiendo refresco, pulque y cerveza, dejando una línea de almíbar sobre sus bigotes. Apenas habían pasado unos cuarenta minutos y le dije a Berna que los hongos ya habían hecho efecto. Me tomó de los hombros y </p>
<p>dijo: te voy a llevar a nadar a la pileta del Diablo, ahí te vas a sumergir en el útero del bosque.</p>
<p>Berna condujo por carreteras de doble sentido, comíamos hongos sumergidos en pulque, enterrados en un Gansito o así como estaban, silvestres y maníacos. Nos detuvimos a vomitar, así estuvimos por horas, años, siglos. La cabeza de mi padre revoloteaba en el aire, como un murciélago atormentándome con su terrible estática. Al final, cuando el vómito y las alucinaciones paternales cesaron, el cielo se encendía y la rotación de la Tierra llegaba hasta las suelas de mis botas, como en las películas rusas. Somos terrícolas, le dije a Berna mientras lo abrazaba y seguíamos el camino hasta la pileta del Diablo: un salto de agua rodeado de enormes y ancestrales árboles; los guardias supremos del monte, reptiles de la noche. Entramos a la pileta como recién bautizados. Un fino vaho emanaba de nuestros pulmones y colapsaba con el agua cristalina. Los niños de la localidad llegaron aventándose clavados; párvulos de la tierra y el campo, niños-árbol. Nadamos, aullamos, caminamos entre las plantas y los insectos. Comimos elotes asados, tacos de canasta y más hongos. La luz del día comenzaba a desaparecer y emprendimos nuestro regreso. El punto más alto de nuestras alucinaciones ya había pasado y sólo nos quedaba la resaca de los cromatismos y sus refracciones metálicas. Dejamos el pueblo de Escolásticas con el agua mística escurriendo por nuestros cuerpos.  </p>
<p>La carretera se deformaba como plastilina, las luces de los autos eran naves espaciales trasladándose en órbitas atómicas. Varios kilómetros antes de llegar a Querétaro, nos detuvimos en un atasco de autos; era un retén de la policía estatal. Berna se puso muy nervioso y sugirió que tiráramos los hongos que sobraban (casi la mitad de la mochila). En un acto desesperado devoramos los que pudimos y el resto fueron arrojados hacia el campo —ahora que lo pienso, sentí mucha tristeza. Habremos comido unos veinte cada uno, de todos los tamaños. Bebimos agua, encendimos cigarros, pusimos música e intentamos parecer normales. Me miré en el espejo retrovisor con las pupilas dilatadas. Parecía un extraterrestre, mi cuerpo era carne de otro plano. Las sirenas de las patrullas me deslumbraron con dolor y un par de oficiales armados pidieron que nos orilláramos; apuntaban con las armas cargadas mientras revisaban el auto y nos hacían preguntas. En el cateo exigieron que vaciáramos los bolsillos —Berna había olvidado que traía su navaja y algo de marihuana. Ya valieron madres, dijo el policía quitándole la bolsa de hierba y guardándose la navaja. Podía sentir a los policías como centauros deformes: las metrallas como cuernos, sus babas callendo sobre mis botas y un intenso olor a fermentado. Era el infierno. ¿Cómo le podemos hacer?, dijo Berna con su último ápice de lucidez. Nos amenazaron, especularon que traíamos más sustancias; uno de ellos, el más desagradable, alumbró mi cara con una lámpara y le dijo al otro: éste anda hasta la madre, a ver cómo le va en los separos. Al final, después de varias amenazas, nos quitaron las botas y celulares, una mochila, doscientos pesos y la medalla de San Francisco que colgaba del pecho de Berna. Tuvieron suerte cabrones, dijo el centauro uniformado antes de liberarnos. </p>
<p>La noche ya había caído en el Cimatario y sus antenas refulgían como electrodomésticos olvidados. Después de un silencio sepulcral —que duró mientras se nos pasaba el miedo—, comenzamos a reír a carcajadas, a burlarnos de los policías, a mentarles la madre a gritos. Antes de introducirnos en la ciudad, Berna paró el auto en un mirador de Centro Sur. La ciudad se deslizaba como una marea de luces. Buscamos nuestras casas. Encontramos satélites abandonados. El Estadio Corregidora se iluminaba como una estación espacial soviética y los dragones de la urbe vibraban desde la Cuesta China. Comenzó a llover. Nos purificamos.<br />
&nbsp;</p>
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		<title>Siempre nos quedará Belice</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Jul 2014 21:18:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Daniel Saldaña París]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Eventos y festivales]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Se terminó el Mundial. Se precipitó durante los últimos días, cada vez a una velocidad mayor, hacia su propia desaparición. Se disolvió en el ruido que los derrotados emiten cuando se arrodillan en el pasto mojado y ya lodoso de la cancha. El Mundial se fue en los gritos y las lágrimas y las muecas [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Se terminó el Mundial. Se precipitó durante los últimos días, cada vez a una velocidad mayor, hacia su propia desaparición. Se disolvió en el ruido que los derrotados emiten cuando se arrodillan en el pasto mojado y ya lodoso de la cancha. El Mundial se fue en los gritos y las lágrimas y las muecas de frustración y miedo. De los jugadores, de los aficionados, de los propios árbitros, quizá.</p>
<p>Tras el entusiasmo inicial por los países insólitos, que justificó la multiplicación repentina de los seguidores de Belice, vino la imposición del realismo, la vuelta silenciosa y ordenada a las expectativas de siempre, el eterno retorno de los bicampeones, tricampeones, pentacampeones y los consabidos subcampeones y tercerlugaristas del mundo conocido.</p>
<p>Me identifico con este movimiento, este reacomodo general de fuerzas espirituales. Mi vida también presenta cada tanto (podría decir que cada cuatro años, incluso) una promesa de redención, un vislumbre de ascenso, un horizonte de posibilidad que me engalana el ánimo. Y luego, poco a poco, se desinfla esa promesa; me vencen los vencedores de siempre y regreso a mi rutina de pánicos y semáforos. El Mundial, metáfora de casi todo.</p>
<p>Para cuando llegaron los cuartos de final, Belice, como sabemos, estaba fuera, pero la derrota de Alemania sobre Brasil, con una goleada inédita, nos hizo soñar brevemente con el repechaje, el karma o algún otro mecanismo de postrera venganza cósmica que aupase a la Escuadra de Mimbre de regreso a la cúspide. Pero el curso de la Historia es unidireccional, amén de ojete. Hubo, pues, que escoger nuevos caballos negros, que improvisar nuevas aficiones y <em>googlear</em> rápidamente datos sobre los delanteros costarricenses o colombianos para corear sus goles con mayor aplomo. No sirvió de nada. Cada equipo al que decidí irle perdió en el exacto partido en el que le declaraba mi apoyo. Ahora bien: no voy a esconder que mi megalomanía quiso ver un patrón en esta concatenación de derrotas. ¿Conspiraba la FIFA contra mí personalmente? O peor aún, ¿conspira el mundo mismo, con su aceitada máquina de desengaños, para quebrarme? Apegándome lo más posible a la razón, y dejando fuera mi tendencia a la hipérbole, sólo puedo concluir que sí, que el mundo conspira para chingarme y el Mundial entero fue una puesta en escena en ese sentido: una coreografía de mil millones de personas, dos papas de la iglesia romana, un millar largo de balones, cientos de páginas de <em>streaming</em> desesperante, restaurantes con promociones de cerveza al 2&#215;1 durante los partidos, vuelos internacionales, azafatas, niños ignorados por superestrellas, peinados absurdos para detonar recuerdos puntualísimos… todo para joderme a mí personalmente. (Es una hipótesis de trabajo disparada por el shock de que todo esto se haya terminado apenas ayer, no me juzguen).</p>
<p>Y ahora, a esperar cuatro años. A conformarme con seguir al Atlante, el Belice de la Liga de Ascenso Mexicana. A teclear textos sobre deportes menos obvios, como lanzamiento de enanos o nada sincronizada (el nado sincronizado de los nihilistas).</p>
<p>Pero los finales exigen conclusiones, sobre todo en la página. ¿Qué me llevo de todo esto? Para empezar, una cosa: que la afición beliceña puede contra todo. Somos tercos, invisibles, literarios, descabellados. Escribí sobre Belice durante todo el Mundial porque me niego a aceptar las condiciones del realismo. Belice no acepta las condiciones del realismo, ni de la FIFA, ni de nadie. El próximo Mundial se jugará en una de las ciudades invisibles de Calvino y Belice se coronará campeón y fundirá la horrenda copa mundialista para fabricar anzuelos de oro que repartirá gratuitamente en sus costas. Y con esos anzuelos pescaremos animales transparentes que merecerían un capítulo entero en un libro sobre desviaciones geniales. Y masticaremos esa carne liviana mientras el aburrido Caribe nos regresa una imagen de postal de la que a veces renegamos, porque preferimos mirar hacia tierra, hacia donde la mula se deshidrata y el patrón ordena desmontar pirámides para construir carreteras que no van a sacarnos de la miseria.</p>
<p>Alemania es campeón del mundo. Y además son los dueños de Europa y hasta les concedo que fabrican cervezas deliciosas. Pero son un país que existe demasiado y eso los pone en desventaja. Lejos de los reflectores, de las páginas centrales de la prensa, Belice se columpia en el filo de la desaparición junto a naciones igualmente dignas y simpáticas. Desde aquí, el futbol es un ruido blanco que cada cuatro años ocupa las televisiones comunitarias y nos pone a bailar el baile del serrucho durante un mes entero. Pero la urgencia del anonimato nos nimba. Todos los Messis de Belice dejaron el negocio para escribir églogas. Todos los Müller de Belmopán se juntan en el mismo local inmundo a provocarse el vómito y a torcer las palabras para que suenen más rotas. Vamos a conquistar los países limítrofes con motos de agua. Vamos a poner de moda una variante del balompié que no busca el lucro. Vamos a hibernar cuatro largos años para llegar a Rusia con el alma afinada en un Do perfecto.</p>
<p>A todos los que leyeron esta columna (por error, por compasión, para enfurecer, por aburrimiento, en el celular, en Santiago de Querétaro, sin entender un carajo, como sea) les agradezco la deferencia. Cuando empezó el Mundial no sabía nada de futbol. Hoy sé todavía menos, así que todo esto valió la pena.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: right;"><span style="color: #999999;"><em>Colonia Narvarte, Belmopán, Planeta Tierra.<br />
16 Tammuz, año 5774 del calendario hebreo.<br />
Aniversario de la Toma de la Bastilla.<br />
«Someone who loves me very much went to Belice and bought me this t-shirt».</em></span></p>
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<hr />
<address><span style="color: #808080;"><em>Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) es novelista, ensayista y poeta. El año pasado la editorial Sexto Piso publicó su novela <a href="http://sextopiso.mx/5967-en-medio-de-extranas-victimas/" target="_blank">En medio de extrañas víctimas</a>. <a href="http://sadabombon.com/author/daniel-saldana-paris/">Lee aquí las entregas pasadas de esta columna</a>. Y síguelo acá en tuiter: <a href="https://twitter.com/ds_paris" target="_blank"><span style="color: #808080;"> @ds_paris.</span></a></em></span></address>
<hr />
<address><span style="color: #808080;"><em>La genial viñeta que ilustra la columna «Vamos, Belice» en nuestra página de inicio es cortesía de Ros, el cartonista humorístico más fino e inteligente de México –y Belice. <a href="http://sadabombon.com/bajar-la-guardia/">Aquí una entrevista que le hicimos</a> a propósito de su último libro de cartones <span style="color: #808080;"><a href="http://www.tumbonaediciones.com/tumbona/titulos/anfibios-col/bajar-la-guardia" target="_blank">Bajar la guardia</a>.</span></em></span></address>
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		<title>Paréntesis exaltado (o Las fuerzas de la ebriedad)</title>
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		<pubDate>Thu, 03 Jul 2014 18:33:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Daniel Saldaña París]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ha sucedido: Belice está fuera del Mundial. Nuestras ilusiones son los ríos que van a dar al mar, que son los octavos. Lo único cierto es esto: hay más días que lentejas. Es decir: todo plazo se cumple. O mejor: toda hora, por funesta que parezca, llega. Llegó ésta: la hora triste, la que se [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Ha sucedido: Belice está fuera del Mundial. Nuestras ilusiones son los ríos que van a dar al mar, que son los octavos. Lo único cierto es esto: hay más días que lentejas. Es decir: todo plazo se cumple. O mejor: toda hora, por funesta que parezca, llega. Llegó ésta: la hora triste, la que se alarga y reblandece la materia del tiempo; la hora que se estanca en la garganta de los aguerridos; la hora crüel, con diéresis.</p>
<p>No pude sustraerme a la congoja, al espanto, a la ira. Porque el asunto es este: fuera del Mundial, lo que hay es el mundo. El pinche mundo. Grisáceo, cotidiano, predecible, lleno de vendedores de seguros y de gente que te dice «Le pido de favor que no diga tanta cochinada frente a mis niños» cuando citas a Kierkegaard en la cola del súper. Ver a Belice fuera es un primer atisbo de lo que se viene: el final del Mundial, pero también otros finales: el de la juventud, el de la salud, el de la vida sentida y sensible.</p>
<p>He tardado algunos días en escribir esta entrada porque las palabras se enquistan ante la injusticia. Ya lo he dicho: injusticia. Inclinación de la balanza a favor —de quién sería— de los de siempre. Me duele Belice.</p>
<p>La Serenísima República de San Marino ganó con el más viejo de los trucos, el Matusalén de las estafas, el decano de los agravios: el chapuzón, el salto al vacío que Yves Klein perfeccionara <a href="http://www.retronaut.com/wp-content/uploads/2013/03/Saut.jpg" target="_blank">en el Mundial del 50</a>.</p>
<p>Y ante ese atropello a la razón, frente a esa ruptura unidireccional y malintencionada del contrato social, los beliceños no pudimos sino tragarnos la rabia, como venimos haciendo desde casi siempre. </p>
<p>O más o menos: hubo protestas, conatos de insurrección en los camellones de Belmopán… y la válvula de escape de las redes sociales, ajonjolí de todos los caldos beliceños. Yo mismo me sumé a esta turba: arengué a las masas enfurecidas y las convoqué a destruir los productos lácteos que importamos de San Marino. Mi condena: me hicieron caso. «Los disturbios de julio», le dicen ahora a las tristes consecuencias de mi público llamado a la desobediencia. «La guerra del penalti», titulan los amarillistas.</p>
<p>No escribo esto para ganarme el favor de los lectores del presente, pero sí para que mis biógrafos sepan que en la lucha por la reivindicación de Belice estuve dispuesto a todo —menos a la modosita estrategia de conformarme. </p>
<p>¡Desconozco el Mundial, sus turbios métodos! ¡Renuncio al dictado de lo aparente! ¡Viva el mole de guajolote! Debemos ganar las fuerzas de la ebriedad para la revolución, decía Walter Benjamin. Y en Belmopán las fuerzas de la ebriedad son más constantes que las de la física, así que tomen pan y mojen, vecinos de arrebatados bríos.</p>
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<address><span style="color: #808080;"><em>Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) es novelista, ensayista y poeta. El año pasado la editorial Sexto Piso publicó su novela <a href="http://sextopiso.mx/5967-en-medio-de-extranas-victimas/" target="_blank">En medio de extrañas víctimas</a>. Daniel colaborará con ésta, su revista de confianza, hasta el final de Brasil 2014, cuando Belice alce la copa, el trofeo o lo que sea que ofrezca este Mundial. <a href="http://sadabombon.com/author/daniel-saldana-paris/">Lee aquí las entregas pasadas de esta columna</a>. Y síguelo acá en tuiter: <a href="https://twitter.com/ds_paris" target="_blank"><span style="color: #808080;"> @ds_paris.</span></a></em></address>
<hr />
<address><span style="color: #808080;"><em>La genial viñeta que ilustra la columna «Vamos Belice» en nuestra página de inicio es cortesía de Ros, el cartonista humorístico más fino e inteligente de México –y Belice. <a href="http://sadabombon.com/bajar-la-guardia/">Aquí una entrevista que le hicimos</a> a propósito de su último libro de cartones <span style="color: #808080;"><a href="http://www.tumbonaediciones.com/tumbona/titulos/anfibios-col/bajar-la-guardia" target="_blank">Bajar la guardia</a>.</span></a></em></address>
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		<title>No morderás</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Jun 2014 16:45:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Daniel Saldaña París]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[La mordida fue la prohibición primera, y la primera transgresión también. No se sabe si Eva hizo algo más con aquel fruto, pero es seguro que le hincó el diente: fatal asunto. Los expulsaron del paraíso durante nueve partidos, cuatro meses, al cabo de los cuales ya sólo podían pensar en aventar el chivito al [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La mordida fue la prohibición primera, y la primera transgresión también. No se sabe si Eva hizo algo más con aquel fruto, pero es seguro que le hincó el diente: fatal asunto. Los expulsaron del paraíso durante nueve partidos, cuatro meses, al cabo de los cuales ya sólo podían pensar en aventar el chivito al precipicio (o según la Biblia, conocerse) y en llegar más o menos enteros al final de la quincena. Y así desde entonces. </p>
<p>Conviene recordar las primeras líneas del <em>Manifiesto antropófago</em> de Oswald de Andrade, texto de 1928 (por cierto brasileño) que ya anticipaba las bajas pasiones mundialistas: «Sólo la antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente». Y más adelante desliza una declaración propia del célebre uruguayo: «Pregunté a un hombre lo que era el Derecho. Él me respondió que era la garantía del ejercicio de la posibilidad. Ese hombre se llamaba Galli Mathias. Lo devoré». Contra la garantía de lo posible, el mordisco. Contra la instauración de la norma, incluso a costa de sí mismo, el colmilludo arremete. Dijo Mujica: «No lo elegimos para filósofo». Sabio, como siempre, el presidente charrúa: el filósofo es el que le pone a la Ley una palabra anterior al Derecho. El filósofo es el anti-Suárez.  </p>
<p>Pero hay maneras. La selección de Belice no se va a levantar de ésta. Las fotos del delantero con la pierna amputada, del defensa sangrando junto a la mancha penal, los rostros hieráticos en la tribuna. «Masacre en la cancha», tituló <em>El Centinela de Belmopán</em>; «Lluvia de sangre», remató, más lírico, <em>El Tiempo de Belize City</em>. «Si el mundial anterior pareció escrito desde el minuto cero por Del Bosque, éste parece pintado en cada partido por El Bosco», apuntaba un agudo comentarista de Ladyville.</p>
<p>Con cinco extremidades menos y una moral recortada con marcas de dentadura, la Escuadra de Mimbre debe medirse en octavos contra la Serenísima República de San Marino (es el nombre oficial, no lo achaquen a mi cursilería), favorita para campeona en las casas de apuestas de la Tercera Avenida de Belize City.</p>
<p>«Absorbiendo por la ingestión partes del cuerpo de una persona, se apropia el caníbal las facultades de que la misma se hallaba dotada», nos dice Freud en <em>Tótem y tabú</em>. De ser eso cierto, aunque sea un poco, la determinación de la selección de Belice, la precisión de sus pases en las inmediaciones del círculo central y la oportunidad providencial de su portero, están siendo lentamente digeridas por los uruguayos, mientras los héroes del Caribe se cambian las vendas en el hospital de campaña que se ha levantado junto al estadio amazónico.</p>
<p>Un jueves de luto.</p>
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<address><span style="color: #808080;"><em>Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) es novelista, ensayista y poeta. El año pasado la editorial Sexto Piso publicó su novela <a href="http://sextopiso.mx/5967-en-medio-de-extranas-victimas/" target="_blank">En medio de extrañas víctimas</a>. Daniel colaborará con ésta, su revista de confianza, hasta el final de Brasil 2014, cuando Belice alce la copa, el trofeo o lo que sea que ofrezca este Mundial. <a href="http://sadabombon.com/author/daniel-saldana-paris/">Lee aquí las entregas pasadas de esta columna</a>. Y síguelo acá en tuiter: <a href="https://twitter.com/ds_paris" target="_blank"><span style="color: #808080;"> @ds_paris.</span></a></em></address>
<hr />
<address><span style="color: #808080;"><em>La genial viñeta que ilustra la columna «Vamos Belice» en nuestra página de inicio es cortesía de Ros, el cartonista humorístico más fino e inteligente de México –y Belice. <a href="http://sadabombon.com/bajar-la-guardia/">Aquí una entrevista que le hicimos</a> a propósito de su último libro de cartones <span style="color: #808080;"><a href="http://www.tumbonaediciones.com/tumbona/titulos/anfibios-col/bajar-la-guardia" target="_blank">Bajar la guardia</a>.</span></a></em></address>
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		<title>Estampa alegórica en un aeropuerto</title>
		<link>http://sadabombon.com/vamos-belice-6/</link>
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		<pubDate>Mon, 23 Jun 2014 15:23:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Daniel Saldaña París]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Dicen que la esperanza muere al último, pero no es cierto; cuando la esperanza es alimento de gusanos, la costumbre baila fox trot un par de metros arriba, saludando hacia las gradas con su tricornio. Una primera etapa del mundial llega a su fin con esta semana. Simultáneamente, comienza el verano, la temporada de lluvias [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Dicen que la esperanza muere al último, pero no es cierto; cuando la esperanza es alimento de gusanos, la costumbre baila <em>fox trot</em> un par de metros arriba, saludando hacia las gradas con su tricornio.</p>
<p>Una primera etapa del mundial llega a su fin con esta semana. Simultáneamente, comienza el verano, la temporada de lluvias en esta Belmopán devastada por la euforia. La lluvia, como el pase a octavos, arrastra hacia la oscuridad de las coladeras a las materias que no habrán de recordarse: los fragmentos de muñecos olvidados por los niños en la banca de un parque, las hojas secas, los sueños de miles o millones que corearon himnos con la esperanza henchida, para finalmente verse restaurados a la triste costumbre del fracaso, del día a día, la humillación nuestra de cada tarde.</p>
<p>¿Quiénes son los desairados? Más o menos los que se esperaba, equipos débiles como Inglaterra o España, en donde el futbol es sólo un pasatiempo hasta que empieza la gloriosa temporada del juego de petanca. Sobreviven, en cambio, los escudos de abolengo y cornucopia, de estandarte y apellido: los costarricenses de perenne sonrisa, los chilenos de insondable idioma, los gramáticos colombianos, que supieron conjugar una temporada de ensueño, como en los tiempos idos. Y los beliceños, los belicienses, los belisaurios: los dueños de lo posible, los albañiles de su destino, los tocados por dioses menos mezquinos que el cabrón de los cristianos.</p>
<p>En un par de casos, el hado ha extendido prórrogas para aquellos que se debaten en el filo de la derrota. Croacia o México, Uruguay o Italia, Luxemburgo o San Marino… disyuntivas que espolvorean angustia en las adustas jetas de los aficionados.</p>
<p>En pleno solsticio de verano, el sábado 21, tuve la dicha de pasar un par de desvalidas horas en el Aeropuerto Internacional de Belmopán, donde el trasiego humano parecía deletrear la palabra «triunfo» por todas partes. Ciudadanos vestidos con los colores patrios partían inocentes y decididos, como en una Cruzada infantil, hacia el Brasil que ya los considera invitados célebres. Y desde las históricas tribunas del Maracaná gritarán ese lema que tanta polémica ha despertado en los medios beliceños, y que incluso nos ha valido una inédita felicitación de la FIFA; desde la Amazonía hasta Rio Grande do Sul se escuchará el bélico canto de la afición beliceña, el melódico «Próooooojimo» que nuestros más osados hinchas le asestan al guardameta contrario para desconcertarlo, para partirle la confianza en dos mitades putrefactas de miedo a la Alteridad.</p>
<p>En el aeropuerto, mientras miraba a todos esos embajadores de la esperanza partir con la firme misión de derrotar la costumbre y, de paso, dejar maniatada a la mismísima Historia, divisé de pronto una pareja de altos y saludables homosexuales sordomudos que se despedían con señas frente al control de seguridad de los vuelos internacionales. Uno había ahorrado dinero durante un año para mandar al otro, en un giro sorpresa (los entrevisté a posteriori), al esperado encuentro de Belice en los octavos de final. El otro, agradecido hasta el vómito, agitaba sus manos en un frenético baile que iba tejiendo frases de una alegría casi estúpida. Muy cerca, un grupo de amigos ataviados con el sombrero típico del Belmopán antiguo disparaban <em>vivas</em> contra los sordomudos, que agradecieron el gesto con una mímica más transparente que el aire.</p>
<p>Sólo una estampa, ésta, del ánimo jovial y la energía cívica que el futbol ha propulsado en Belice. </p>
<p>Venga la nueva etapa de este mundial de la gente, y que la tiranía de la costumbre, por una jodida vez, acabe derrocada.</p>
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<address><span style="color: #808080;"><em>Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) es novelista, ensayista y poeta. El año pasado la editorial Sexto Piso publicó su novela <a href="http://sextopiso.mx/5967-en-medio-de-extranas-victimas/" target="_blank">En medio de extrañas víctimas</a>. Daniel colaborará con ésta, su revista de confianza, hasta el final de Brasil 2014, cuando Belice alce la copa, el trofeo o lo que sea que ofrezca este Mundial. <a href="http://sadabombon.com/author/daniel-saldana-paris/">Lee aquí las entregas pasadas de esta columna</a>. Y síguelo acá en tuiter: <a href="https://twitter.com/ds_paris" target="_blank"><span style="color: #808080;"> @ds_paris.</span></a></em></address>
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<address><span style="color: #808080;"><em>La genial viñeta que ilustra la columna «Vamos Belice» en nuestra página de inicio es cortesía de Ros, el cartonista humorístico más fino e inteligente de México –y Belice. <a href="http://sadabombon.com/bajar-la-guardia/">Aquí una entrevista que le hicimos</a> a propósito de su último libro de cartones <span style="color: #808080;"><a href="http://www.tumbonaediciones.com/tumbona/titulos/anfibios-col/bajar-la-guardia" target="_blank">Bajar la guardia</a>.</span></a></em></address>
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		<title>Esplín e ideal</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Jun 2014 00:16:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Daniel Saldaña París]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Todo el ingenio y la mejor prosa de Juan Villoro no alcanzarían para describir la actuación de Belice en esta tarde epifánica; sus citas de la generación de Contemporáneos palidecerían ante la evidencia de la superioridad trans-verbal de la Escuadra de Mimbre. Me duele reconocerlo, pero hay experiencias cardinales que no muerden el anzuelo del [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Todo el ingenio y la mejor prosa de Juan Villoro no alcanzarían para describir la actuación de Belice en esta tarde epifánica; sus citas de la generación de Contemporáneos palidecerían ante la evidencia de la superioridad trans-verbal de la Escuadra de Mimbre. Me duele reconocerlo, pero hay experiencias cardinales que no muerden el anzuelo del lenguaje, que espejean un segundo frente a nuestros ojos y se disuelven en el curso irrefrenable del río de los instantes. En ese contexto, perdonarán que parafrasee a Wittgenstein, pero de lo que no puede hablar Villoro más vale callar.</p>
<p>Más accesible al entendimiento, más cercano a las posibilidades metafóricas de este triste escribano, el partido de ayer entre Irán y Nigeria merece el comentario que casi todos le han escamoteado. Es ahí, en los encuentros futbolísticos que transcurren discretos y sin exabruptos —como un día de campo en una colina inglesa— que el espectador se ve confrontado con sus propios demonios y se obliga a reconocer su soledad ontológica. Mientras el barullo de la masa arrebatada lo rodea por los cuatro costados y la ola caribeña del estadio lo mece en la fantasía de un océano de gloria, el aficionado no entiende la complejidad del fenómeno que contempla, ni cómo se relaciona éste con su lugar en el mundo. Si, en cambio, un partido como el Irán-Nigeria le roba tiempo al tiempo en la pantalla de una taquería mientras él espera una orden de chuleta con queso, y la tarde se pinta con ese tono atemporal de las cosas que duelen, quizá el frenesí no cuaje en grito, pero es seguro que alcanzará un hallazgo más hondo: la náusea, el <em>ennui</em>, el sentimiento que la RAE consigna con la ridícula ortografía de «esplín», restándole todo el garbo a la voz inglesa.</p>
<p>El partido que enfrentó a esas dos enanas blancas (por ponerlo en términos astronómicos) fue un curioso y muy disfrutable paréntesis en el calendario mundialista. Noventa minutos de recogimiento, de silencio, de mirar de nuevo al vecino y comprender el sentido de su turbio semblante: la expectativa ante el desempeño de la Belice Dorada, ese caballo de flamígeras crines que habiendo cojeado en los primeros metros de la pista hoy resopla a centímetros de los favoritos: el caballo alemán, el purasangre holandés, el cuarto de milla argentino y el más gallardo de todos, el querubín de la charrería: el caballo mexicano, cabalgado por la escaramuza de turgentes trenzas que unos llaman Victoria.</p>
<p>Pero divago. El Irán-Nigeria, no voy a engañarme, será olvidado —si no es que lo fue ya— por los que escriben la historia. Solamente un loco, que arrastrará sus <em>crocs</em> destrozadas por las plazoletas de cualquier Babilonia, murmurará dentro de algunos lustros el nombre de los jugadores que sostuvieron ese gélido envite en contra de la presión teleológica. Valga esta melancólica entrega de <em>Vamos Belice</em> para acompañar a aquel loco en su errático balanceo, a la espera de otro partido que, como ese de ayer, nos recuerde el verdadero tamaño de nuestras ilusiones.</p>
<p>Pero no te acongojes, querido lector: la actuación de Belice —perla de la CONCAKAFKA— en esta heroica tarde merece el más infantil de nuestros furores, amén del denodado esfuerzo de nuestros juglares, que cantarán éste y los venideros triunfos.</p>
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<address><span style="color: #808080;"><em>Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) es novelista, ensayista y poeta. El año pasado la editorial Sexto Piso publicó su novela <a href="http://sextopiso.mx/5967-en-medio-de-extranas-victimas/" target="_blank">En medio de extrañas víctimas</a>. Daniel colaborará con ésta, su revista de confianza, hasta el final de Brasil 2014, cuando Belice alce la copa, el trofeo o lo que sea que ofrezca este Mundial. <a href="http://sadabombon.com/author/daniel-saldana-paris/">Lee aquí las entregas pasadas de esta columna</a>. Y síguelo acá en tuiter: <a href="https://twitter.com/ds_paris" target="_blank"><span style="color: #808080;"> @ds_paris.</span></a></em></address>
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<address><span style="color: #808080;"><em>La genial viñeta que ilustra la columna «Vamos Belice» en nuestra página de inicio es cortesía de Ros, el cartonista humorístico más fino e inteligente de México –y Belice. <a href="http://sadabombon.com/bajar-la-guardia/">Aquí una entrevista que le hicimos</a> a propósito de su último libro de cartones <span style="color: #808080;"><a href="http://www.tumbonaediciones.com/tumbona/titulos/anfibios-col/bajar-la-guardia" target="_blank">Bajar la guardia</a>.</span></a></em></address>
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		<title>Los consejos del hincha</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Jun 2014 16:27:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Daniel Saldaña París]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Con cada cosa que emprendo me pasa más o menos lo mismo: envidio la pasión incombustible, el compromiso, la dedicación autista con que algunos se entregan, en cuerpo y alma, a ese aspecto de lo humano que yo sólo toco tangencialmente. Cierto autor me interesa. Leo uno, dos, tres libros suyos. Consigo por internet la [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Con cada cosa que emprendo me pasa más o menos lo mismo: envidio la pasión incombustible, el compromiso, la dedicación autista con que algunos se entregan, en cuerpo y alma, a ese aspecto de lo humano que yo sólo toco tangencialmente.</p>
<p>Cierto autor me interesa. Leo uno, dos, tres libros suyos. Consigo por internet la edición bonita de sus cartas y la hojeo a medias. Alguien me recomienda una biografía del susodicho y la apunto como un <em>must</em> de mis próximas lecturas. Leo un cuarto libro, quizás empiezo un quinto. Y luego me distraigo. La brújula que orienta mis pasiones se desquicia bajo la influencia del imán de las circunstancias: ahora lo que quiero es hacer origami. Veo videos de origami, descargo tutoriales, adiestro mis dedos y, con menor fortuna, intento domeñar mi impaciencia crónica, mi intolerancia al fracaso. Después de pergeñar cuatro palomas contrahechas, abandono el origami: lo que me arrebata es la obra de cierto documentalista. Y luego otro escritor, que nada tiene que ver con el primero. Mi cultura en cualquier área, en consecuencia, tiene la apariencia de un gruyere mordisqueado.</p>
<p>El Mundial no es la excepción. Me propuse ver cada partido, consultar las estadísticas, llenar quinielas contradictorias para cubrir varios ángulos y memorizar el nombre de los delanteros estrella. Pero al cabo de sólo tres días mi entusiasmo y mi voluntad se divorciaron. Alcancé a ver el partido entre Colombia y Grecia. Entendí o creí entender la diferencia de estilos. Celebré el triunfo de los colombianos porque tengo un amigo en Bogotá al que supuse contento. Me tomé una cerveza y moví unos muebles a la espera del Uruguay-Costa Rica. Mientras Uruguay llevaba ventaja creí que lograría permanecer fiel a la idea, pero luego la debacle: el sinsentido, la maldita sorpresa –que nunca ha sido niña de mis ojos. Soy un tipo al que le molesta que cambien la receta de la salsa en su puesto de tacos: no estoy hecho para giros imprevisibles. Costa Rica le arrebató a Uruguay el triunfo y asimilar ese duelo me llevó varias horas. Para cuando me repuse, ya había empezado el Italia-Inglaterra y yo estaba tan hambriento de Significado, que busqué en otros rumbos. Con el Japón-Costa de Marfil ya sólo vigilé el resultado.</p>
<p>Le hablé a un amigo que entiende del Mundial y de la renuncia. «A mí me empieza a angustiar la exigencia de presente a partir de cuartos de final, pero no te desanimes: es un músculo que se entrena», diagnosticó entre hipos alcohólicos. «¿Pero lo estoy haciendo bien?», pregunté, ansioso de aprobación como siempre. «Pues mira, si todavía te desvela el destino de tu Belice vas por buen camino». Su sabio consejo me salvó la noche: la sola mención de mi equipo le devolvió fluidez a mi sangre. Si yo no estoy ahí para corear los milagros de la Escuadra de Mimbre, ¿entonces quién? Y aunque hubiera alguien más, ¿no revela un alma pusilánime la escasa coherencia de mis voliciones?</p>
<p>Recobré la entereza. Acudí a un local con televisión para repasar las jugadas estelares de la jornada. Me vestí con la camiseta del astro beliceño (ese número 10 que está haciendo Historia mientras yo me corto las uñas) y me propuse lucirla hasta que apestara. Esto apenas empieza, señores. Nunca he terminado nada en la vida (más que una novela, de pura chiripa) pero 2014 quedará registrado como el año en que aprendí a poner la necedad por encima del origami. Voy a llegar a la final con el corazón afónico. Échenme otro partido, hijos de su pinche madre. Mientras Belice siga dando patadas, allí estaré yo para hacerlas mías, karateka con cerveza en la mano.<br />
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<address><span style="color: #808080;"><em>Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) es novelista, ensayista y poeta. El año pasado la editorial Sexto Piso publicó su novela <a href="http://sextopiso.mx/5967-en-medio-de-extranas-victimas/" target="_blank">En medio de extrañas víctimas</a>. Daniel colaborará con ésta, su revista de confianza, hasta el final de Brasil 2014, cuando Belice alce la copa, el trofeo o lo que sea que ofrezca este Mundial. <a href="http://sadabombon.com/author/daniel-saldana-paris/">Lee aquí las entregas pasadas de esta columna</a>. Y síguelo acá en tuiter: <a href="https://twitter.com/ds_paris" target="_blank"><span style="color: #808080;"> @ds_paris.</span></a></em></address>
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<address><span style="color: #808080;"><em>La genial viñeta que ilustra la columna «Vamos Belice» en nuestra página de inicio es cortesía de Ros, el cartonista humorístico más fino e inteligente de México –y Belice. <a href="http://sadabombon.com/bajar-la-guardia/">Aquí una entrevista que le hicimos</a> a propósito de su último libro de cartones <span style="color: #808080;"><a href="http://www.tumbonaediciones.com/tumbona/titulos/anfibios-col/bajar-la-guardia" target="_blank">Bajar la guardia</a>.</span></a></em></address>
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		<title>Belmopán era una fiesta</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Jun 2014 19:38:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Daniel Saldaña París]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[No los culpo, fatuos lectores, por desatender el partido de Belice, primer encuentro del Grupo J, pues entiendo que una filiación nacional los obligó a contemplar con el corazón en la mano, a esa misma hora, el debut mundialista de la selección mexicana ante un rival imperioso, de gran tradición futbolística, favorito para campeón, subcampeón [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>No los culpo, fatuos lectores, por desatender el partido de Belice, primer encuentro del Grupo J, pues entiendo que una filiación nacional los obligó a contemplar con el corazón en la mano, a esa misma hora, el debut mundialista de la selección mexicana ante un rival imperioso, de gran tradición futbolística, favorito para campeón, subcampeón y tercer lugar, que se llevara varias medallas de plata y alguna de latón en el Mundial de Invierno de Xóchitl 2012: Camerún.</p>
<p>No los culpo, digo, pero sí me veo obligado a amonestarlos por su estrechez de miras, esa afición con anteojeras que les impide disfrutar con el mismo entusiasmo los encuentros que no tienen al tricolor por protagonista. De no ser ustedes tan obtusos, le habrían cambiado de canal al menos incidentalmente para seguir la intachable actuación de Belice ante un rival cuyas siglas eran RHF y del que nunca pude descifrar nombre o geografía, pero que intentó las más rastreras estrategias para segar los sueños de una nación que, pese a sostenerse en el filo de la ficción narrativa, ha cosechado admiradores discretos en las más improbables regiones del mundo al unánime clamor de «Vamos Belice».</p>
<p>Los minaretes del centro histórico de Belmopán repetían el heroico resultado alargando las vocales de ese inglés remojado en sudores caribeños. La Escuadra de Mimbre, el Telón de Chakira, La Coja, el Inclemente Huracán, es decir la selección beliceña, dominó a un tiempo al incógnito contrincante, al clima agresivo de la Amazonía y a su propio Destino, para imponerse en los alrededores del medio tiempo con un empate a ceros del cual ni los más osados habrían podido arrancarla. El empate es celebrado en cada tienda de ultramarinos de esta ciudad que parece arrasada por un Dios de la quebradita, por una guerra de vítores o un tsunami de serpentinas cuidadosamente caligrafiadas con la leyenda que propios y extraños, perros y gatos multiplican por las arenosas calles: «Vamos Belice»; una pura afirmación que no se cuestiona el adónde, pues lo primero es llegar y ya luego veremos.</p>
<p>Mientras a Giovani le privatizaban dos goles en aras de un progreso intangible, Belice demostraba su grandeza empatando con un marcador nihilista que, por azares del tardocapitalismo, abarató el aguardiente en la costa de cierta región del Caribe. En la rueda de prensa, la elocuencia del abanderado de la Escuadra de Mimbre fue la de un Pericles en anfetaminas: desgranó las oportunidades que su equipo tuvo el tino de considerar insulsas cerca del arco de ese rival críptico y malintencionado al cual todos se referían por las siglas, o como «los de albaricoque» –en obvia referencia a la tintura de su uniforme.</p>
<p>Hasta ahí la crónica de nuestro irrefrenable éxito.</p>
<p>En otras noticias, el otrora campeón del mundo, la escuadra postnacional que en citas internacionales juega bajo el nombre de España, sufrió un revés a la altura de su retaguardia, merced a la propensión de su portero a salir del área chica como si hubiera un incendio. De ahí que el barrio neerlandés de Belmopán se haya visto inundado por miles de tulipanes y ondeen en sus calles las banderas con reproducciones de Vermeer y de Holbein el Viejo.</p>
<p>Vaya desde aquí un caluroso saludo a toda la comunidad flamenca de Belice.<br />
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<address><span style="color: #808080;"><em>Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) es novelista, ensayista y poeta. El año pasado la editorial Sexto Piso publicó su novela <a href="http://sextopiso.mx/5967-en-medio-de-extranas-victimas/" target="_blank">En medio de extrañas víctimas</a>. Daniel colaborará con ésta, su revista de confianza, hasta el final de Brasil 2014, cuando Belice alce la copa, el trofeo o lo que sea que ofrezca este Mundial. <a href="http://sadabombon.com/author/daniel-saldana-paris/">Lee aquí las entregas pasadas de esta columna</a>. Y síguelo acá en tuiter: <a href="https://twitter.com/ds_paris" target="_blank"><span style="color: #808080;"> @ds_paris.</span></a></em></address>
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<address><span style="color: #808080;"><em>La genial viñeta que ilustra la columna «Vamos Belice» en nuestra página de inicio es cortesía de Ros, el cartonista humorístico más fino e inteligente de México –y Belice. <a href="http://sadabombon.com/bajar-la-guardia/">Aquí una entrevista que le hicimos</a> a propósito de su último libro de cartones <span style="color: #808080;"><a href="http://www.tumbonaediciones.com/tumbona/titulos/anfibios-col/bajar-la-guardia" target="_blank">Bajar la guardia</a>.</span></a></em></address>
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		<title>Elogio del streaming</title>
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		<pubDate>Fri, 13 Jun 2014 14:03:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Daniel Saldaña París]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[La oficina en la que trabajo es de ritmos lentos cuando se trata de implementar cualquier cambio, sobre todo si el cambio implica alguna mejoría. Una vez, abrumado por los calores del verano, quise pedir un ventilador y el responsable del área de Recursos Materiales (así se llama, disculpen) me explicó que si se hacía [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La oficina en la que trabajo es de ritmos lentos cuando se trata de implementar cualquier cambio, sobre todo si el cambio implica alguna mejoría. Una vez, abrumado por los calores del verano, quise pedir un ventilador y el responsable del área de Recursos Materiales (así se llama, disculpen) me explicó que si se hacía el pedido en ese momento el ventilador llegaría, aproximadamente, un año y medio más tarde. La perspectiva de que para entonces el calentamiento global hubiera acabado con la vida en la Tierra tal y como la conocemos me hizo desistir y conseguir el aparato por otros medios.</p>
<p>Sirva la anécdota anterior para contextualizar mi sorpresa al encontrarme, en mitad de un pasillo de la oficina, una mesita de madera encima de la cual había sido dispuesta, con una eficiencia inédita y en un tiempo récord, una estupenda pantalla plana con acceso a un sistema de televisión por cable. ¡Auténtico milagro de la religión futbolera! Pero la decepción, no debí olvidarlo nunca, es el patrono de estos predios: la pantalla estaba ahí como simple recordatorio de que el Mundial transcurre, o quizás a modo de incomprensible amuleto: no la prendieron para la ceremonia inaugural ni para el primer partido.</p>
<p>Tuve que recurrir al <em>streaming</em>. Y en realidad lo celebro, porque el <em>streaming</em> le restituye al futbol una dignidad audiovisual que no tenía desde 1950. A mitad de camino entre lo radiofónico, la pintura impresionista y el teatro kabuki, el <em>streaming</em> en una PC no demasiado actualizada convierte el Mundial en una experiencia artesanal, casi rústica. Los jugadores son manchas de color en movimiento –no siempre en movimiento, a decir verdad– y no esos maniquíes de ceja depilada y peinado <em>villacoapo</em> que tienen que tolerar los pobres que disponen de HD. El <em>streaming</em>, además, acentúa el factor sorpresa: las jugadas no se construyen con esa morosidad cansina que los entendidos aplauden, sino que aparecen, como por generación espontánea, frente al portero atónito. Mientras que la televisión genera espectadores pasivos –que previsiblemente lo serán también en lo político–, el <em>streaming</em> obliga a una actividad incesante: hay que cerrar los miles de anuncios de pésima factura que cada tanto invaden la pantalla, «refrescar» la página cuando se pasma la imagen con la pixeleada jeta del director técnico y, lo más importante, llenar con la imaginación los huecos narrativos que la tecnología le impone a la «justa deportiva» –como le dicen los comentaristas. Esto me recuerda: favorece el <em>streaming</em> el aprendizaje de idiomas y, con él, la amistad entre las naciones: el segundo tiempo del Brasil-Croacia me tocó narrado en lo que una compañera de oficina identificó de inmediato como «dothraki».</p>
<p>En cuanto al partido, que otros se entretengan con vanas polémicas sobre la actuación del árbitro, a mí lo que me interesa es el autogol primero. Que un Mundial comience con un autogol es signo inequívoco de que va a ser grande. Tengo un amigo –cuyo nombre reservo– que, poco antes de conocer a la mujer de su vida, tuvo la desgracia de defecarse encima, por culpa de un desbarajuste de sus esfínteres –del cual se repuso, no hay final trágico. La coincidencia, a fortiori, lo llevó a asociar el accidente con la buena fortuna.</p>
<p>Pero esta metáfora, que pinta un futuro dorado para el país anfitrión en la Copa, no debe arredrarnos: Belice continúa invicto y el tipo del exoesqueleto que dio la patada inicial ha sido fichado como portero suplente. Tiemblen, orates.<br />
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<address><span style="color: #808080;"><em>Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) es escritor. El año pasado la editorial Sexto Piso publicó su novela <a href="http://sextopiso.mx/5967-en-medio-de-extranas-victimas/" target="_blank">En medio de extrañas víctimas</a>. Daniel colaborará con ésta, su revista de confianza, hasta el final de Brasil 2014, cuando Belice alce la copa, el trofeo o lo que sea que ofrezca este Mundial. <a href="http://sadabombon.com/author/daniel-saldana-paris/">Lee aquí las entregas pasadas de esta columna</a>. Y síguelo acá en tuiter: <a href="https://twitter.com/ds_paris" target="_blank"><span style="color: #808080;"> @ds_paris.</span></a></em></address>
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<address><span style="color: #808080;"><em>La genial viñeta que ilustra la columna «Vamos Belice» en nuestra página de inicio es cortesía de Ros, el cartonista humorístico más fino e inteligente de México –y Belice. <a href="http://sadabombon.com/bajar-la-guardia/">Aquí una entrevista que le hicimos</a> a propósito de su último libro de cartones <span style="color: #808080;"><a href="http://www.tumbonaediciones.com/tumbona/titulos/anfibios-col/bajar-la-guardia" target="_blank">Bajar la guardia</a>.</span></a></em></address>
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		<title>Así es una columna mundialista</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jun 2014 17:30:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Daniel Saldaña París]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Las formas son finitas, incluso acotadas. No puede uno reinventar el molde de la columna mundialista por puro ánimo iconoclasta. Hay un código, unos lugares comunes, un léxico y un arsenal de metáforas de los que no es conveniente salirse. Esta exigente tradición prescribe: antes de que haya partidos, rememora: el futbol y la infancia, [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Las formas son finitas, incluso acotadas. No puede uno reinventar el molde de la columna mundialista por puro ánimo iconoclasta. Hay un código, unos lugares comunes, un léxico y un arsenal de metáforas de los que no es conveniente salirse. Esta exigente tradición prescribe: antes de que haya partidos, rememora: el futbol y la infancia, la relación con el Padre, el tiempo escanciado en los cuatrienios de la hipercitada cita. Empezando por ahí estoy jodido: tengo una memoria francamente mediocre para lo relacionado con los deportes. Incluso a corto plazo: en las cascaritas de la primaria podía olvidar cuál era mi portería antes del medio tiempo. Pero ya dije: no voy a defraudar al lector hipotético: <em>Vamos Belice</em> se aferra al cliché con las pinches uñas.</p>
<p>Por el lado afectivo, mi relación con el futbol queda debiendo. Evoco con ataques de ansiedad el páramo terregoso y sembrado de piedras, en algún cerro de Cuernavaca, donde entrenaba mi equipo de la secundaria, el Etailil –nombre impronunciable que ni siquiera arroja resultados en Google. El uniforme era, o así lo hubiera clasificado Bob Ross, color verde vejiga. La ansiedad da paso a un fastidio que raya en lo rencoroso cuando recuerdo los entusiastas consejos del padre: «tienes que correr más por la banda», «mira a tus compañeros», «aguas con el defensa de labio leporino». Una vez metí un gol contra los blandengues del Jean Piaget porque todos podemos equivocarnos con suerte de vez en cuando.</p>
<p>En cuanto al muy comentado «Estado de excepción» que el Mundial instaura, ese «paréntesis» o «tiempo sagrado» que columnistas más agudos que yo refieren con solvente prosa y media puta tonelada de cursilería, sólo voy a conceder una cosa: tiene cierto encanto que todas las conversaciones converjan en un mismo tema, sobre todo para los que quedamos al margen, contemplando desde un silencio bovino la camaradería que se tiende sobre todos los comensales de cierta cantina cuando alguien enuncia con impostada sapiencia una opinión sobre la tibia de Messi, el metatarso del Maza o la pasión de Marchisio. La fraternidad de los otros, de todos esos que saben, disfrutan y hablan de futbol, me retuerce de envidia. Quiero ser parte de algo, de eso. Quiero invitar una ronda cuando el equipo al que le voy pare un penalti imposible. Quiero ondear una bandera y dar siete vueltas a una glorieta simbólica tocando el claxon como un primate en un Chevy. En ese sentido, esta columna, que dará seguimiento puntual aunque siempre fallido (no tengo ni remota idea de lo que estoy hablando) a la Copa del Mundo, es mi modesto intento por pertenecer a algo, mi chato y acrítico modo de sumarme al grito de la época, el apasionado gesto de llevar mi copa hacia el brindis colectivo –casi puedo anticipar el estrépito de vidrio roto.</p>
<p>Finalmente, esto: toda columna previa al Mundial (aunque a estas horas, según me dice alguien en la oficina, ya debe estar empezando) debe posicionarse en el abanico de las expectativas. Los más romos columnistas conciben sólo dos posibilidades: el pesimismo con respecto al papelón de la escuadra patria o el optimismo aderezado de datos. No me interesa esa falsa disyuntiva: yo estoy convencido de que ganará Belice.<br />
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<address><span style="color: #808080;"><em>Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) es escritor. El año pasado la editorial Sexto Piso publicó su novela <a href="http://sextopiso.mx/5967-en-medio-de-extranas-victimas/" target="_blank">En medio de extrañas víctimas</a>. Daniel Saldaña París colaborará con ésta, su revista de confianza, hasta el final de Brasil 2014, cuando Belice alce la copa, el trofeo o lo que sea que ofrezca este Mundial. Síguelo también en tuiter: <a href="https://twitter.com/ds_paris" target="_blank"><span style="color: #808080;"> @ds_paris.</span></a></em></address>
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<address><span style="color: #808080;"><em>La genial viñeta que ilustra la columna «Vamos Belice» en nuestra página de inicio es cortesía de Ros, el cartonista humorístico más fino e inteligente de México –y Belice. <a href="http://sadabombon.com/bajar-la-guardia/">Aquí una entrevista que le hicimos</a> a propósito de su último libro de cartones <span style="color: #808080;"><a href="http://www.tumbonaediciones.com/tumbona/titulos/anfibios-col/bajar-la-guardia" target="_blank">Bajar la guardia</a>.</span></a></em></address>
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		<title>Brasil 2014, ¿será el mejor Mundial de futbol de la historia?</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Jun 2014 14:34:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Rodrigo Suárez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 22]]></category>
		<category><![CDATA[Eventos y festivales]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Del 12 de junio al 13 de julio, la FIFA y todos sus fieles celebrarán la vigésima Copa Mundial de Futbol. Por la tradición futbolística de Brasil, su reciente crecimiento económico y porque la FIFA reúne a más países que la ONU, éste promete ser el mejor evento del año. Puede serlo. Pero también puede [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>Del 12 de junio al 13 de julio, la FIFA y todos sus fieles celebrarán la vigésima Copa Mundial de Futbol. Por la tradición futbolística de Brasil, su reciente crecimiento económico y porque la FIFA reúne a más países que la ONU, éste promete ser el mejor evento del año.</em></p>
<p><em>Puede serlo. Pero también puede ser un chasco. El futbol nunca ha sido tan burocrático como ahora: tácticas, reglas, discusiones, compromisos, tecnología, acuerdos. Este será el primer Mundial, por ejemplo, que se juegue con un «balón inteligente», una pelota que estará mandando mensajes a diestra y siniestra.</em></p>
<p><em>En lo que llega el Mundial –y mientras terminamos nuestro Panini–, Rodrigo Suárez esboza aquí su esperanza para que este sea, de menos, un Mundial memorable.</em></p>
<p>En el 2006 tenía yo una camisa de Brasil firmada por Ronaldo «el fenómeno», un par de pósters de Ronaldo y Ronaldinho, una bandera de Brasil, el álbum Panini abierto en la página de la selección brasileña. También un par de veladoras que encendía cada vez que jugaba el <em>Scratch du Oro</em>. Tenía un altar a Brasil y una enorme afición al juego. Pensaba que sería indigno que el Mundial lo ganara otro equipo distinto que éste, plagado de prodigios. El altar era una broma, pero era verdad que me resultaba indispensable que resultara campeón Brasil. Ganó Italia. Me pareció algo así como el «Dios ha muerto» de Nietzsche. Pero aquí no era siquiera una muerte, era que Dios abandonaba el cargo.</p>
<p>El Mundial de Sudáfrica lo vi por inercia y lo ganó España. Dicen algunos entendidos que «La Roja» del «tiqui-taca» es quizá el mejor equipo de la historia. Si se puede hablar de justicia o méritos, ganaron la copa. Aún así, no recuerdo ni un solo partido de España que no me pareciera un soporífero tormento. El futbol tiene algo parecido a eso que dicen del amor de pareja: no se puede si uno de los dos no quiere. El Mundial de 2010 fue así: un amante empecinado y una seguidilla de desdenes. El futbol se volvió el diálogo entre un filósofo y una turba de necios. Y como en tiempos de filósofos y sofistas, el futbol ahora se trata de no tener virtud, sino de tener razón. Ganar se volvió la única razón y la gente lo creyó y se hizo devota de quienes tienen razón. Yo entonces, de forma más sensata que herética, me olvidé de aficiones y desmonté todos los altares.</p>
<p>No puedo hablar del Mundial sin antes hablar del juego. En algún momento, la persona más abominable de la historia descubrió que con el suficiente ejercicio de táctica y orden la Armada Invencible sería incapaz de hundir un barco de papel. Así fue que el futbol se volvió una guerra de trincheras: Suiza le ganó a España y Brasil apenas encontró modo de vencer a Corea del Norte.</p>
<p>Decía Dante Panzeri, un periodista argentino: «El fútbol fue un juego que resultaba buen negocio; hoy es el negocio de un mal juego». Por razones evangelizadoras (léase: económicas), el futbol se llevó por todo el mundo, y como la explanada del Vaticano, la Copa Mundial abrazó a todos los hombres y a todas las patrias. La competencia se llenó de barcos de papel. El formato que sigue un Mundial de futbol hace que el margen de error se vuelva nulo, el miedo a perder lo oscurece todo y el juego se vuelve un suplicio rutilante. Entonces las televisoras nos ofrecen repeticiones utilizando una tecnología confusa, panorámicas de la tribuna y publirreportajes de lo que sucedió en los vestidores, en las inmediaciones del estadio antes y después del partido, en la casa de los abuelos del jugador tal. Los resúmenes del partido duran, en el mejor de los casos, un par de minutos porque no tienen nada qué ofrecer.</p>
<p>Los organizadores dicen que éste será el mejor Mundial de la historia. ¿Qué supone decir que este Mundial será mejor que otros, o siquiera decir que será bueno? Hay una presunción de que el ambiente brasileño puede infundir cierta inspiración en cada uno de los equipos, pero con toda claridad esto es perfectamente absurdo. Brasil es Brasil, los carnavales son los carnavales, y los partidos de futbol son partidos de futbol.</p>
<p>Brasil es por méritos propios el país del futbol. No el padre biológico, pero sí una especie de padre adoptivo. Un padre responsable, comprometido y cariñoso. Un padre generoso, virtuoso y sensato, que ha sabido como ninguno legar de generación en generación los valores fundamentales del juego. Al escribir esto, empiezo a imaginar que Brasil 2014 será una fiesta infantil en la que el festejado no es el niño malcriado y petulante que quiere para él toda la atención, sino el que ofrece su casa sin saber que tal vez le arruinen la fiesta. Nadie ha ganado más veces la Copa del Mundo que ellos, y quizá ninguna otra entidad política o geografía haya sido cuna de tantos talentos y leyendas de este juego.</p>
<p>Sin embargo, la cancha es siempre la misma. Determinadas medidas de largo y de ancho, las líneas que establecen los territorios particulares del campo. Y de modo fundamental, dos porterías. Esto será así en Brasil, como lo fue en Corea, en Alemania, en Inglaterra o como lo será en Catar. Si se presume que este Mundial será bueno por ser en Brasil, puedo decir que una voz angelical se escucha tan bien en las llamas del infierno como en la Scala de Milán. Y lo mismo sucede si se trata de un agónico alarido.</p>
<p>A pesar de todo lo dicho, tengo algo qué decir a favor de Brasil 2014. Tengo la esperanza de que, si se presentan lluvias torrenciales y amazónicas en medio de cada juego, es posible que, no la cultura futbolística o el ánimo carnavalesco, sino la geografía, permita que haya buenos partidos. Me parece haber observado que los hombres, los grandes atletas, los profesionales millonarios y deificados que se enfundan las casacas nacionales, se vuelven como niños cuando llueve. Cuando la cancha se empantana, se diluyen todas las tácticas, y el futbol vuelve a ser un juego de niños. Y como todo juego de niños, merecerá ser observado.</p>
<p>Así que volvamos a los altares y, si creen en el juego igual que yo, pidan que llueva.<br />
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<address><span style="color: #808080;"><em>Rodrigo Suárez colabora regularmente en esta revista desde 2012. Con su equipo de futbol, Koalas Enardecidos FC, ganó incontables torneos regionales. Lee más artículos de él en <a href="http://sadabombon.com/author/rodrigo/" target="_blank"><span style="color: #808080;"> sadabombon.com/author/rodrigo.</span></a></em></address>
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		<title>Charlatanerías</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Jun 2014 13:32:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo de la Garma]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 22]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Dumbo, el arte y el futbol; sobre la fascinación que tenemos con los fraudes, las farsas y la ilusión de realidad. Creo que comencé a interesarme en los charlatanes cuando dejé de creer en Dios. Cuando mis propias mentiras dejaron de ser verosímiles, sobre todo para mí. O quizá fue al revés y me sucedió [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>Dumbo, el arte y el futbol; sobre la fascinación que tenemos con los fraudes, las farsas y la ilusión de realidad.</em></p>
<p>Creo que comencé a interesarme en los charlatanes cuando dejé de creer en Dios. Cuando mis propias mentiras dejaron de ser verosímiles, sobre todo para mí. O quizá fue al revés y me sucedió lo que a Dumbo: preferí creer en la ridícula pluma que me ofrecía un ratón antes que en mis orejotas. De ese tamaño es mi zoquetería. Elefantesca.</p>
<p>Es como un falso candor o una necia ingenuidad. Más que engañar, me gusta sentirme ligeramente timado. El pintor británico Lucian Freud decía que «la promesa de la felicidad se siente en el acto de creación, pero desaparece antes de finalizar la obra, pues es cuando el pintor se da cuenta que es tan solo una pintura lo que está haciendo; hasta entonces casi se había atrevido a esperar que la pintura podría brotar en vida». Esa ilusión-desilusión que creo conforma el trabajo de cualquier artista la veía de forma clarísima, casi vívida, en algunas charlatenerías.</p>
<p>Empecé así a coleccionar imposturas, fraudes y todo tipo de farsas. En mi casa tengo una caja más o menos grande con notas periodísticas, libros, películas, fotos de pinturas, reportes financieros, récords olímpicos… Cualquier timo con el que me topo va a dar a esa caja. Eso sí, antes de echar el material ahí, le saco una copia. Tengo, pues, puras copias originales. Algunas son más elaboradas que otras. Por ejemplo, para <em>F for Fake</em>, el antidocumental de Orson Welles, conseguí una copia pirata y mandé a hacer una cajita de madera y un folleto especial para que pareciera la edición de lujo de la película. Colecciono falsificaciones auténticas.</p>
<p>Hace cuatro años, durante el Mundial en Sudáfrica, me di cuenta que a mi caja le faltaba un tipo de embuste que hasta entonces no había considerado: la copia que se forma y aparece antes que el original. Lo auténtico no existe sin su contraparte falsa, eso ya me había quedado claro, pero lo que todavía no sabía era que esa sentencia funciona también a la inversa: existen posibles fraudes en busca de algo real y verdadero que los defina. Hay por ahí un montón de esperanzas esperándonos.</p>
<p>La copia esperanzada que pedía mi caja de farsas consistió en <a href="http://sadabombon.com/jugadas-de-pared/">un libro sobre el Mundial</a>. Durante Sudáfrica 2010, el escritor mexicano Juan Villoro y el argentino Martín Caparrós intercambiaron de forma pública cartas para comentar cada partido. Al ritmo de los pases, de los goles, al ritmo de las expectativas y los resultados, Villoro y Caparrós se enviaron impresiones sobre el Mundial, se dirigieron cizañas, esbozaron gambetas lingüísticas para intensificar ese juego que sucede en la memoria de las tribunas. Durante un par de meses copié esas cartas, las edité, me pirateé otros textos para tener algún prólogo y epílogo, me inventé una editorial, un ISBN, un depósito legal, le pedí a un amigo que me ayudara con el diseño e hicimos un libro. Imprimí ocho ejemplares: seis para mis amigos (reales e imaginarios), uno para Villoro y otro para Caparrós.</p>
<p>Como no expliqué el embuste, recibí a cambio una amenaza real de demanda por violación de derechos de autor. Lo bueno es que como la editorial, el número de ejemplares y casi todo lo que tiene el libro es falso, la demanda, de existir, se convertiría en una cotorra contrademanda. Grítale al vacío y obtendrás tu propio eco. Sucede como en <em>Fight Club</em>: si te peleas con algo o alguien imaginario, sólo (y solo) terminarás peleándote contra ti mismo.</p>
<p>Dos años después del, digamos, Villorogate, la editorial Planeta publicó el libro original. Se llama <em>Ida y vuelta</em> y se vende casi en cualquier librería. En las primeras páginas hay una brevísima nota donde se menciona el libro pirata que –no olvidemos– se formó y se publicó dos años antes.</p>
<p>Lo que me interesa de este caso –que bien podría ser imaginario– es la conversación que puede generar sobre el concepto de autenticidad. Pensamos que quien pega primero pega dos veces, pero luego se mete a la pelea un Goliat editorial llamado Planeta y hace que la primicia sea irrelevante. Hay copias que existen antes que su original.</p>
<p>La realidad, en el fondo, es sólo un truco. O tal vez no. Pero lo que sí es cierto es que lo falso contamina lo auténtico. Lo ensalsa, lo suaviza y lo intensifica. Todo al mismo tiempo. Así, defraudándola, es como la realidad se vuelve quizá no infinita, pero sí mucho más potente. Si ponemos una manzana imaginaria dentro de la canasta de manzanas reales, la manzana imaginaria obtendrá ciertas cualidades reales, pero también sucederá el proceso contrario: las manzanas reales se tornarán un poco difusas, levemente imaginarias. Lo mismo, creo, sucede con las ideas y con los sentimientos.<br />
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<address><span style="color: #808080;"><em>Eduardo de la Garma de la Rosa es el editor de esta revista. Lee más artículos firmados por él en <a href="http://sadabombon.com/author/eduardo/" target="_blank"><span style="color: #808080;"> sadabombon.com/author/eduardo.</span></a></em></address>
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