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	<title>Sada y el bombón &#187; En peligro de extinción</title>
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	<description>revista independiente de cultura urbana en el centro de México.</description>
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		<title>La última y nos damos</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Oct 2014 19:56:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[La redacción]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 24]]></category>
		<category><![CDATA[En peligro de extinción]]></category>

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		<description><![CDATA[Tras publicar 24 ediciones, hemos decidido decir: «ahorita volvemos, vamos por cigarros». En mayo de 2010 comenzamos a discutir la idea de publicar una revista que hablara sobre el estilo de vida en las ciudades del Bajío. En diciembre de ese mismo año salió el primer número de Sada y el bombón. Después de cuatro [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><em>Tras publicar 24 ediciones, hemos decidido decir: «ahorita volvemos, vamos por cigarros».</em></p>
<p>En mayo de 2010 comenzamos a discutir la idea de publicar una revista que hablara sobre el estilo de vida en las ciudades del Bajío. En diciembre de ese mismo año salió el primer número de <em>Sada y el bombón</em>. Después de cuatro años, 24 ediciones, ocho suplementos especiales, más de 500 artículos y dos rediseños editoriales, la revista –ay, cómo decirlo– entregó la herramienta. Dobló la esquina. Se nos fue. <em>Sada y el bombón</em> estiró la chalupa.</p>
<p>«No llore comadre, el compadre sabe lo que hace».</p>
<p>Y es que todo pasa. Hasta la ciruela pasa. Editamos esta revista porque fue la mejor forma que encontramos para abarcar y comprender y de veras sentir el paso del tiempo. Con <em>Sada y el bombón</em> tratamos de entender, interpretar e integrar la cultura urbana que vivimos en el Bajío. Una revista es una especie de testimonio; a la larga, un vestigio.</p>
<p>Editar es, pues, comprender para conversar. En la versión impresa y en la web propusimos distintas conversaciones. Algunas, como las que trataban sobre el tema del transporte y la movilidad en las ciudades, por ejemplo, obtuvieron cierta resonancia entre nuestros lectores. Publicamos varios artículos contra la cultura automotriz, contra el valet parking, contra la idea provinciana de vivir —¡for pavor!— en el siglo pasado; artículos a favor del transporte colectivo, el peatón, la bicicleta, la calle, el diálogo con los vecinos. Publicamos incluso un suplemento especial que elogiaba esos dos verbos que para nosotros son centrales: pasear y conversar. «Estamos hechos de pasos y palabras», escribimos por ahí.</p>
<p>Escribimos muchas cosas, y tratamos de presentarlas de la forma más clara y sencilla posible. La revista fue muchas veces reconocida por su diseño. Y diseñar, a fin de cuentas, se trata de eso: de facilitar la lectura. Entre cientos de revistas <em>socialité</em> que se dedican a imprimir el Facebook, nosotros quisimos una que se leyera. Y más: que se discutiera. En algunos momentos, en ciertos artículos, lo conseguimos.</p>
<p>Otras veces solamente compartimos hallazgos. Los reunimos, los mezclamos. Publicamos textos —tanto en web como en la edición impresa— que nos parecían interesantes, conmovedores o graciosos. Tuvimos así decenas de colaboradores. Por ejemplo, compartimos un gran cuento de Gonçalo M. Tavares, una simpatiquísima columna mundialista de Daniel Saldaña París y varios textos de nuestra colaboradora más asidua: Julieta Díaz Barrón.</p>
<p>Editar: leer en compañía.</p>
<p>Y escribir también en compañía. Sobre todo de los lectores. En estos cuatro años, no nos importó tanto lo que nosotros escribimos, sino lo que el otro leyó, pues lo que el otro leyó es en realidad lo que escribimos.</p>
<p>En estas 24 ediciones de <em>Sada y el bombón</em> nos llenamos de palabras, diseños, ideas, conversaciones: formas de relacionarnos con el mundo. Ahora, cual señor que sale por cigarros y nomás no regresa a casa —aunque en cualquier momento puede volver, y ese es justo el temor—, nos vamos.</p>
<p>Muchas gracias por la atención dispensada —o como se diga— a lo largo de todas estas páginas. Fuímonos. El último que apague la luz.<br />
&nbsp;</p>
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		<title>Los vecinos, en peligro de extinción –¿qué significará ahora la palabra coincidencia?</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Oct 2013 21:17:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo de la Garma]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 18]]></category>
		<category><![CDATA[En peligro de extinción]]></category>

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		<description><![CDATA[Según nuestros vecinos los periódicos, en Querétaro recibimos 40 familias nuevas cada día. (Otra cifra alusiva: seis de cada diez empleos son solicitados por personas recién llegadas a este lugar de piedras y peñascos.) Si la familia mexicana está conformada, según el INEGI, por cuatro integrantes, eso quiere decir que en esta ciudad recibimos diariamente [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Según nuestros vecinos los periódicos, en Querétaro recibimos 40 familias nuevas cada día. (Otra cifra alusiva: seis de cada diez empleos son solicitados por personas recién llegadas a este lugar de piedras y peñascos.) Si la familia mexicana está conformada, según el INEGI, por cuatro integrantes, eso quiere decir que en esta ciudad recibimos diariamente a 160 personas; casi 5 mil al mes; más de 50 mil al año.</p>
<p>Con un poco de retórica, las cifras podrían decir justo lo opuesto que este artículo: tenemos un superávit de vecinos. Nada más falso. Jorge Ibargüengoitia decía que León es una ciudad «donde hay muchísima gente, pero muy pocas personas». La frase aplica para casi cualquier ciudad. El que mucho abarca poco aprieta; o, en otras palabras, entre más juntos, más desconectados.</p>
<p>Frente a nuestras casas y nuestros trabajos hay cada día más personas, pero también cada día menos vecinos. El vecino es aquel que habita <em>con</em> su coincidente. Con el que vive enfrente intercambiamos miradas y quizá algún saludo, pero ha dejado de habitar <em>en</em> nosotros, para bien y para mal.</p>
<p>Y para peor. Pues no sólo nos hemos quedado sin el pastel de bienvenida a la colonia y el recurso del «vecina, me regala un poco de azúcar», sino que hemos reducido nuestro marco identitario. Nos construimos a partir del otro. Solos, en nuestras casas y oficinas, hemos dejado de existir <em>en</em> los otros. Somos menos, pues.</p>
<p>Como diría el subtítulo de una gran película de Werner Herzog: «cada quien para sí y Dios contra todos». Pfff, pues desde hace mucho nos quedamos también sin Dios.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><a href="http://sadabombon.com/category/en-peligro-de-extincion/">Esta sección está en peligro de extinción</a>. Si estás de acuerdo y quieres que desaparezca, tuitea «sí»; de lo contrario, tuitea «¡nooo!»: <a href="https://twitter.com/SadaBombon" target="_blank">@SadaBombon</a><br />
&nbsp;</p>
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		<title>Robarse a la novia –Sobre placeres deshonestos y deseos terrenales. Ah, la concupiscencia</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Aug 2013 19:05:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo de la Garma]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 17]]></category>
		<category><![CDATA[En peligro de extinción]]></category>

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		<description><![CDATA[No ha existido un robo de novia más dramático y estremecedor que aquel escrito por Federico García Lorca en Bodas de sangre. En plenos festejos nupciales, después de casarse pero antes de que el matrimonio entre la Novia y el Novio fuera «consumado» (gran eufemismo), Leonardo agarra a la Novia, la trepa a su brioso [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>No ha existido un robo de novia más dramático y estremecedor que aquel escrito por Federico García Lorca en <em>Bodas de sangre</em>. En plenos festejos nupciales, después de casarse pero antes de que el matrimonio entre la Novia y el Novio fuera «consumado» (gran eufemismo), Leonardo agarra a la Novia, la trepa a su brioso caballo y se escapa con ella al bosque.<br />
&nbsp;</p>
<blockquote><p>Que yo no tengo la culpa<br />
que la culpa es de la tierra<br />
y de ese olor que te sale<br />
de los pechos y las trenzas.</p></blockquote>
<p>&nbsp;<br />
Así justifica Leonardo su pasión desbocada. Mientras tanto, <a href="http://sadabombon.com/boda/">en la boda</a>, la Sonora Dinamita: ♫ Es-can-da-lo ♪ es un escándalo ♫</p>
<p>Algunos pueblos del Bajío siguen representando, a su modo, esta obra de Lorca. En Apaseo el Grande, por ejemplo, es algo común –y bastante corriente– que en plena fiesta de XV años el Chambelán se escape con la Quinceañera. Tras el vals, el Tímido niño que desde la primaria estuvo enamorado de la ahora quinceañera exclama: «¡Han huido! ¡Han huido! Ella y su Chambelán pelafustán. En la bici. Van abrazados, como una exhalación». ♫ Es-can-da-lo ♪</p>
<p>Esto sucede en nuestros pueblos, aunque cada vez con menos frecuencia. En nuestras ciudades sucede todo lo contrario. Para empezar, ya nadie se escandaliza de nada. Luego, si acaso alguien se deja robar, ese es el novio. Y, por último, ya no hay robos, sino puras devoluciones.</p>
<p>Hemos dejado de ser robables, ya no damos el ancho. Nos hemos vuelto correctitos, de nuestros pechos y nuestras trenzas ya no sale otro olor que el del bótox y el champú. Nos hemos vuelto cosmopolitas. Hemos perdido la tierra.<br />
&nbsp;</p>
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		<title>La poda figurativa, en peligro de extinción</title>
		<link>http://sadabombon.com/poda-figurativa/</link>
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		<pubDate>Sat, 01 Jun 2013 18:48:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo de la Garma]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 16]]></category>
		<category><![CDATA[En peligro de extinción]]></category>

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		<description><![CDATA[Se extinguen los animalitos y figurines hechos con las hojas del ficus, el ciprés y el laurel. Un parabién más de esta todavía tierna región. &#160; Aunque nuestra infinita cursilería quisiera hacer de la jacaranda el árbol representativo de la región, el ficus se sobrepone (¡y de qué forma!) en nuestros jardines urbanos. La jacaranda [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="padding-left: 30px;"><span style="color: #999999;"><em>Se extinguen los animalitos y figurines hechos con las hojas del ficus, el ciprés y el laurel. Un parabién más de esta todavía tierna región.</em></span></p>
<p>&nbsp;<br />
Aunque nuestra infinita cursilería quisiera hacer de la jacaranda el árbol representativo de la región, el ficus se sobrepone (¡y de qué forma!) en nuestros jardines urbanos. La jacaranda sólo es visible durante las primeras y remilgadas semanas primaverales; es algo así como la versión ingenua del pino navideño.</p>
<p>El mezquite es otro árbol característico del Bajío. Pero ese no cuenta, pues, para empezar, es más un arbustote que un árbol. No confundamos. Además, el mezquite representa más al campo que a la ciudad: se da solito, a pesar de nosotros.</p>
<p>Lo mero nuestro es el ficus y, cuando nos ponemos magnánimos, el ciprés y el laurel. Y bien podados, incluso formando animalitos, naves espaciales y curiosos figurines. La imagen que mejor describe el espíritu provincial es, quizá, la del ama de casa en bata asomándose entre las cortinas para ver cómo el fornido jardinero de la vecina va configurando un anoréxico elefante verde.</p>
<p>Normalmente la poda figurativa sucede en estas fechas, a media primavera. Sin embargo, cada año hemos visto cómo la flora urbana ha pasado de ser figurativa a abstracta. Quizá esa sea la diferencia entre un pueblote y una pequeña ciudad.</p>
<p>Celebremos, pues, nuestro «cambio de niña a mujer». Despidámonos –no sin una furtiva lágrima– del poni-ciprés y festejemos –aún con vértigo– nuestra ya certera e incuestionable era urbana.<br />
&nbsp;</p>
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		<title>El pudor, en peligro de extinción</title>
		<link>http://sadabombon.com/pudor/</link>
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		<pubDate>Mon, 01 Apr 2013 19:41:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo de la Garma]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 15]]></category>
		<category><![CDATA[En peligro de extinción]]></category>

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		<description><![CDATA[El pudor es el adorno más hermoso de la mujer. ~Flaubert, Diccionario de lugares comunes &#160; El pudor agoniza de vergüenza, se desvanece, se nos va. Y no sólo el pudor sexual o corporal, sino todos los pudores. El pudor gastronómico, por ejemplo. Hace poco, en Campeche, desayunamos unos huevos motuleños, almorzamos un elote pibinal, [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>El pudor es el adorno más hermoso de la mujer.</p>
<p>~Flaubert, <em>Diccionario de lugares comunes</em></p></blockquote>
<p>&nbsp;<br />
El pudor agoniza de vergüenza, se desvanece, se nos va. Y no sólo el pudor sexual o corporal, sino todos los pudores. El pudor gastronómico, por ejemplo. Hace poco, en Campeche, desayunamos unos huevos motuleños, almorzamos un elote pibinal, comimos unos panuchos de cazón y cenamos chilpachole. Y lo que es mejor: no sufrimos ningún tipo de bochorno o sofoco. Semos glotones: carecemos de pudor gastrointestinal.</p>
<p>Otro pudor en vías de extinción es el lingüístico. Ayer (jueves) escuchamos a una monja exclamar «Harlem Shake» frente a un anciano que la recibió con un «ola ke ase». Sabemos también de maestros que le explican a sus alumnos que «bizarro» no significa valiente y espléndido (como dice el diccionario), sino insólito y extravagante. Una cosa es que el lenguaje esté vivo y cambie y otra muy distinta que hablemos con simpleza e ingenuidad.</p>
<p>Porque ser impúdicos es ser eso: ingenuos, simplones, bobos. En pos de una liberación idiota, despatarrada e inocente, nos hemos quedado sin vergüenza, sin ese rasgo vaporoso, agudo y sutil que nos distingue de los animales.</p>
<p>Nos hemos vuelto incapaces de reservar cosas, ideas y sentimientos para nosotros mismos. Lo mostramos todo, nos exhibimos en Facebook, tuiteamos sin miramiento. Actuamos sin recato, hablamos sin decoro. Nos hemos vuelto infames.</p>
<p>O quizá estamos exagerando y el pudor sigue ahí, intacto. Pero si eso es cierto, ¿entonces cuál es la intimidad de, por ejemplo, una monja que organiza con un anciano un Harlem Shake? Si lo que exponemos es infame, ¿cómo será lo que guardamos?<br />
&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		</item>
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		<title>La extinción del olvido: la nostalgia de la imaginación</title>
		<link>http://sadabombon.com/olvido/</link>
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		<pubDate>Sat, 02 Feb 2013 00:10:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo de la Garma]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 14]]></category>
		<category><![CDATA[En peligro de extinción]]></category>

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		<description><![CDATA[Quieres escribir sobre el olvido. Entras a Google, tecleas «olvido» y… ¡pácatelas, 50 millones de resultados en un cuarto de segundo!: olvido, amnesia, memoria, mnemotecnia, Loci, Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, Funes, El olvido que seremos, gajo de santonina… ¿Por qué entras a Google? Porque ya no es el bastón de tu memoria, [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Quieres escribir sobre el olvido. Entras a Google, tecleas «olvido» y… ¡pácatelas, 50 millones de resultados en un cuarto de segundo!: olvido, amnesia, memoria, mnemotecnia, Loci, <em>Eterno resplandor de una mente sin recuerdos</em>, Funes, <em>El olvido que seremos</em>, gajo de santonina…</p>
<p>¿Por qué entras a <a href="http://www.google.com" target="_blank">Google</a>? Porque ya no es el bastón de tu memoria, sino tu memoria misma. De la misma forma en que dejamos de sumar con los dedos cuando inventamos las calculadoras, ahora hacemos memoria con un googlazo.</p>
<p>El vertiginoso, lúcido e insensato Google. Es demasiada memoria. Demasiada luz. Puro ditirambo. Y, obviamente, insomnio, pues los sueños se suspenden cuando se concentra el mundo («<a href="https://www.google.com.mx/#hl=es&amp;tbo=d&amp;output=search&amp;sclient=psy-ab&amp;q=mundo&amp;oq=mundo&amp;gs_l=hp.3..0l4.994.1509.0.1741.5.5.0.0.0.0.224.1059.2-5.5.0...0.0...1c.1.2.hp.WPlHxjQULFI&amp;pbx=1&amp;bav=on.2,or.r_gc.r_pw.r_qf.&amp;bvm=bv.42080656,d.b2U&amp;fp=1b32bd8677153a76&amp;biw=1280&amp;bih=679" target="_blank">Mundo</a>»: un billón y medio de resultados en menos de un cuarto de segundo).</p>
<p>Nuestra memoria es infalible: lo recordamos todo, somos incapaces de olvidar. Estamos enfermos de memoria. Qué privilegio, qué bonito: «así conocemos el pasado y evitamos que las desgracias de la historia se repitan, así el futuro puede ser distinto». Ojalá sea distinto. Y ojalá sea futuro, pues tan obsesionados como estamos con la memoria y el pasado parece imposible avanzar. Estamos atolondrados, tanta memoria nos ha dejado pasmados. En Babia.</p>
<p>El recuerdo es una carga. El olvido es un aliento. Nos movemos en la oscuridad y la ignorancia, pues no somos lo que sumamos, sino lo que vamos perdiendo; lo que poco a poco logramos, ardientemente, olvidar.<br />
&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		<title>El molcajete se petateó cuando comenzó a exhibirse en los museos, esos panteones con caché</title>
		<link>http://sadabombon.com/molcajete/</link>
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		<pubDate>Sat, 01 Dec 2012 18:53:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo de la Garma]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 13]]></category>
		<category><![CDATA[En peligro de extinción]]></category>

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		<description><![CDATA[«Malo para el metate, pero bueno para el petate», nos dijo por acá una amiga. Y nos pareció un contrasentido, pues a fin de cuentas en el metate y en el petate se hace prácticamente lo mismo: machacar, salsear. El metate, el molcajete y en realidad cualquier tipo de mortero que dependa del impulso humano [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>«Malo para el metate, pero bueno para el petate», nos dijo por acá una amiga. Y nos pareció un contrasentido, pues a fin de cuentas en el metate y en el petate se hace prácticamente lo mismo: machacar, salsear.</p>
<p>El metate, el molcajete y en realidad cualquier tipo de mortero que dependa del impulso humano –incluyendo el petate, por supuesto– son, si no arcaísmos, sí instrumentos que producen salsas demasiado sutiles para el paladar contemporáneo.</p>
<p>Un paladar huero e insustancial no aprecia el tenue y vaporoso sabor de una salsa hecha en un molcajete. Prefiere la salsa enlatada o, en el mejor de los casos, la licuadora. En la era de la rapidez y la practicidad, se prefiere <em>el rapidín</em> al salseo lento, tardo y moroso.</p>
<p>Una lástima, pues no hay mejor salsa que la de molcajete. No sólo está el placer de hacer algo a mano –paradójicamente, el que machaca no se achaca–, sino que además con un molcajete se obtiene el mejor sabor de las materias primas. La salsa, una vez terminada, se deja ahí durante una hora, reposando y obteniendo todos los sabores de la piedra volcánica (como lo hace el vino con la barrica).</p>
<p>Así como ahora vamos al súper a comprar una licuadora, antes los viejitos se iban al monte a buscar piedras. Se llevaban sólo aquellas en las que podían ver un molcajete encerrado adentro, como si fueran escultores. Con mecanismos casi egipcios, subían las pesadísimas piedras a sus burros (<a href="http://sadabombon.com/los-burros/">también, por cierto, en extinción</a>) y se iban a sus casas a tallar. ¿Quién hará eso ahora, cuáles viejitos?</p>
<p>Habrá que rescatar el espíritu de esos viejitos, deshacerse de la licuadora y conseguirse un molcajete. Y un petate.<br />
&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>La calle, en extinción –perder la calle significa ignorar la convivencia, es decir, olvidar que vivimos en sociedad</title>
		<link>http://sadabombon.com/perder-la-calle/</link>
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		<pubDate>Mon, 01 Oct 2012 17:32:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo de la Garma]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 12]]></category>
		<category><![CDATA[En peligro de extinción]]></category>

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		<description><![CDATA[Todavía existen por ahí algunas colonias con letreros de «¡Cuidado, niños jugando!». Son colonias que llevan 10 años, por lo menos, sin renovar la señalética urbana, pues sus letreros anuncian lo inexistente: prometen niños jugando y te presentan, cuando mucho, a un par de señoras caminando con tenis extraños. ¿Dónde quedó el niño que salía [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Todavía existen por ahí algunas colonias con letreros de «¡Cuidado, niños jugando!». Son colonias que llevan 10 años, por lo menos, sin renovar la señalética urbana, pues sus letreros anuncian lo inexistente: prometen niños jugando y te presentan, cuando mucho, a un par de señoras caminando con tenis extraños.</p>
<p>¿Dónde quedó el niño que salía a la calle en busca de una pelota y unos vecinos? ¿Dónde quedaron los vecinos? ¿A dónde se fue el juego? Las cubetas que antes funcionaban como porterías siguen estando ahí, pero ahora sólo sirven para apartarle el lugar a <a href="http://sadabombon.com/contra-el-auto/" target="_blank">un auto.</a></p>
<p>El niño, la pelota, los vecinos y el juego, todo desapareció, o por lo menos todo cambió. Para empezar, el niño ya no es niño, es más bien <a href="http://sadabombon.com/ninos-diabolicos/">un señorcito</a>; se toma la vida tan en serio que, en lugar de ponerle tachuelas a los autos, prefiere ir a clases de mandarín o yoga. Asimismo, la pelota transmutó en iPad, los vecinos –virtuales– están en Londres o en Singapur y el juego, ese sí, se desvaneció por completo. Como la calle.</p>
<p>Y es que el juego –la espontánea y franca convivencia– depende enteramente de ese espacio completamente público llamado calle. Y cada vez hay menos calles públicas con niños jugando, pues vivimos en nuestras pequeñas concha-cuevas llamadas autos, computadoras y jardines privados. Despreciamos lo público, desairamos la calle. Vivimos pensando que estamos completamente solos. Y no.<br />
&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Los oficios, en peligro de extinción</title>
		<link>http://sadabombon.com/oficios/</link>
		<comments>http://sadabombon.com/oficios/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 01 Aug 2012 20:35:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo de la Garma]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 11]]></category>
		<category><![CDATA[En peligro de extinción]]></category>

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		<description><![CDATA[El zapatero, el camotero, el sastre y el afilador; el barbero, el cantinero, el vigilante y el sacristán, y el monaguillo y el merenguero y el ama de casa y hasta el merolico, todos en peligro de extinción. ¿Qué será ahora de la lotería, por ejemplo? ¿Qué les habrá pasado a los oficios, a aquellos [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El zapatero, el camotero, el sastre y el afilador; el barbero, el cantinero, el vigilante y el sacristán, y el monaguillo y el merenguero y el ama de casa y hasta el merolico, todos en peligro de extinción. ¿Qué será ahora de la lotería, por ejemplo?</p>
<p>¿Qué les habrá pasado a los oficios, a aquellos trabajos modestamente complejos?</p>
<p>La principal distinción entre un oficio y un trabajo, llamémoslo, contemporáneo, es que el oficio es común y corriente y el trabajo contemporáneo es exclusivo y pretencioso. El oficio del zapatero <a href="http://sadabombon.com/category/versus/">vs.</a> el mercadólogo de Nike, por ejemplo. O el merenguero <a href="http://sadabombon.com/category/versus/">vs.</a> la chica que atiende los helados-de-yogurt-súper-saludables-osea. Los trabajos de ahora suelen ser sosos y simplones, sólo que se disfrazan bajo un velo de complejidad y arrogancia. Los oficios, en cambio, eran trabajos sencillos, francos y supuestamente elementales. Ahora nos enteramos que no eran del todo elementales, que pueden desaparecer y no pasa prácticamente nada.</p>
<p>O quizá sí. Porque los oficios encarnaban, además, la forma más atenta, solícita y práctica de la cotidianidad. La desaparición de los oficios es, en cierta forma, la desaparición de lo ordinario. Y si un oficio es una ocupación habitual, la extinción de los oficios significa no la desaparición de las ocupaciones, sino la desaparición de lo habitual. Y eso, que desaparezca lo cotidiano, sí es grave, pues se nos olvidará que somos simples y ordinarios y entraremos, ahora sí y para siempre, en la era de la vanidad y la petulancia.<br />
&nbsp;</p>
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		<title>Las estampillas postales, una de las expresiones más finas y puntillosas de una cultura</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Jun 2012 16:56:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo de la Garma]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 10]]></category>
		<category><![CDATA[En peligro de extinción]]></category>

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		<description><![CDATA[Lo que yo nunca querría es ser estatua: a las estatuas las cagan las palomas. En cambio una estampilla me gustaría más. Es bonito eso de la estampilla: sirves para la comunicación y, además, te están lamiendo todo el tiempo. ~Carlos Fuentes &#160; Las estampillas postales tenían tres funciones principales. La primera y más obvia [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<blockquote>
<p style="text-align:left;">Lo que yo nunca querría es ser estatua: a las estatuas las cagan las palomas. En cambio una estampilla me gustaría más. Es bonito eso de la estampilla: sirves para la comunicación y, además, te están lamiendo todo el tiempo.</p>
<p>~<a href="http://sadabombon.com/carlos-fuentes/"target="_blank"><span style="color: #808080;">Carlos Fuentes</span></a></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Las estampillas postales tenían tres funciones principales. La primera y más obvia era la de certificar las cartas cuyo envío había sido ya prepagado. Pegar una estampilla en un sobre era la forma oficial de decir «señor cartero, con esta rúbrica garantizo que no le estoy viendo la cara; he pagado ya sus honorarios, así que puede ir tranquilo a entregarle esta carta a mi bienamada».</p>
<p>La segunda función no era económica, sino, en cierta forma, diplomática. Ya que el cartero recorrería calles, pueblos, ríos, ciudades, mares y continentes para entregarle cientos de cartas a la misma bienamada (al <em>bombón</em>, por supuesto), a alguien se le ocurrió el gran detalle de incluir en la estampilla un guiño del lugar de origen: paisajes, monumentos, personajes. Los timbres postales fueron así los primeros embajadores.</p>
<p>Estas dos funciones resultan hoy irrelevantes: el correo electrónico es «gratuito» y a nadie le importa ya el lugar desde donde escribes tu mensaje. Si antes los timbres postales decían «he pagado cien viejos y devaluados pesos para escribirte desde la capital mundial de la cajeta», ahora el <em>email</em> va acompañado del insípido y mamón mensaje «sent from my iPhone». Hemos cambiado al cartero por el Gmail y a la geografía por los <em>gadgets</em>.</p>
<p>Todo esto está bien. El correo electrónico es más práctico, eficiente y rápido. Además, uno siempre puede incluir una foto del lugar desde donde está escribiendo el mensaje. El problema, lo verdaderamente grave, es la tercera y más importante función de las estampillas postales: aplacar nuestra profunda necesidad de relamer. Estamos hechos para el lengüetazo. Sin timbres postales –y sólo comunicándonos a través de una pantalla–, ¿qué o quién saciará el acaudalado ímpetu de nuestra lengua? ¡Quién!<br />
&nbsp;</p>
<hr noshade="noshade" size="1" />
&nbsp;<br />
• <span style="color:#008080;">Club Filatélico Querétaro</span><br />
Madero 185, Col. Centro. C.P. 76000</p>
<p>• <span style="color:#008080;">Club Filatélico Celaya</span><br />
Villa Escalante 409, Col. Villas del Romeral. C.P. 38090</p>
<p>• <span style="color:#008080;">Sociedad Filatélica de Guanajuato</span><br />
Tepetapa 76 y 74 altos, Col. Centro. C.P. 36000<br />
&nbsp;</p>
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		<title>El refresco de grosella</title>
		<link>http://sadabombon.com/grosella/</link>
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		<pubDate>Sun, 01 Apr 2012 19:25:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo de la Garma]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 9]]></category>
		<category><![CDATA[En peligro de extinción]]></category>

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		<description><![CDATA[Ante los refrescos de cola y bebidas gaseosas sabor limón, manzana, naranja y uva, un muy creativo emprendedor se vio forzado a innovar: «necesitamos un producto único, algo no visto y nunca imaginado por el mercado». De todas las frutas que pudo haber escogido para darle sabor y sobre todo originalidad a su nuevo producto, [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Ante los refrescos de cola y bebidas gaseosas sabor limón, manzana, naranja y uva, un muy creativo emprendedor se vio forzado a innovar: «necesitamos un producto único, algo no visto y nunca imaginado por el mercado». De todas las frutas que pudo haber escogido para darle sabor y sobre todo originalidad a su nuevo producto, eligió la más distante y extraña: un fruto escandinavo, prácticamente desconocido en los trópicos: la grosella (<em>Ribes rubrum</em>).</p>
<p>En el norte de Europa la grosella suele utilizarse para hacer mermeladas y tartas. La tropicalización de estos dulces encarnó en un producto que parecía, si no radiactivo, sí por lo menos venido del futuro: el refresco de grosella.</p>
<p>Los primeros refrescos se vendían en las farmacias. El refresco de grosella fue una vuelta a los orígenes: sabía a medicina.</p>
<p>La competencia se quedó pasmada, sin habla. Esperaban un refresco de mandarina, de toronja, de pera, incluso de tuna, pero nunca de grosella. Ese color entre insólito y perverso fue un rotundo éxito entre las familias mexicanas que veían a los Jetsons y manejaban coches ridículamente aerodinámicos. ¿Cuántas botellas de refresco de grosella se habrán destapado mientras se televisaba el arribo a la Luna?</p>
<p>La saturación de color de los 80s y los gustos ridículos de los 90s no sólo mantuvieron el éxito del refresco de grosella, sino que lo aumentaron. Todo indicaba que iba a ser eterno; era un refresco que seducía incluso al infinito.</p>
<p>Alegremente no fue así. Todavía no ha desaparecido del todo: hay por ahí algunos <em>hipsters</em> nostálgicos que se regocijan en la infamia. El refresco de grosella sigue dando patadas de ahogado, pero, por fortuna, su extinción es ya inevitable. El refresco de grosella –esa bebida que recuerda al Dimetapp– fue arrojada ya al vacío; no tarda en terminar de caer y desaparecer de una vez por todas y para siempre y basta.<br />
&nbsp;</p>
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		<title>En peligro de extinción: los hobbies</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Feb 2012 20:23:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Eduardo de la Garma]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Edición 8]]></category>
		<category><![CDATA[En peligro de extinción]]></category>

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		<description><![CDATA[El doctor que escribía sonetos; el ingeniero que todas las noches se encerraba en su estudio –y en sí mismo– para «armar carritos»; el arquitecto que cuidaba su jardín y que se entusiasmaba implotando su bonsái; la señora –«la señora de la casa»– que se fascinaba estudiando la literatura del Siglo de Oro, incluso tenía [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>El doctor que escribía sonetos; el ingeniero que todas las noches se encerraba en su estudio –y en sí mismo– para «armar carritos»; el arquitecto que cuidaba su jardín y que se entusiasmaba implotando su bonsái; la señora –«la señora de la casa»– que se fascinaba estudiando la literatura del Siglo de Oro, incluso tenía por ahí un libro de ensayos guardado en el baúl; el contador que sentía alegría de veras con los vinos, que visitaba todos los viñedos, probaba nuevas cepas y abría y abría botellas; la alta ejecutiva de piernas patizambas que se desestresaba no haciendo yoga, sino montando, todos los domingos, religiosamente, su caballo…</p>
<p>Cualquier <em>hobby</em>, aunque se realice en compañía, es una actividad íntima, sincera, auténtica. Una ocupación completamente inútil y perfectamente absurda. Quizá por eso los <em>hobbies</em> están en peligro de extinción. En estos tiempos prácticos y productivos, fugaces y estériles no hay espacio para pasiones absurdas y extravagantes.</p>
<p>Hay espacio para el trabajo, cualquiera que éste sea: económico, social, familiar, deportivo. Ganar dinero, frecuentar a los amigos, apoyar a la familia, mantenerse saludable. Todo en regla, una vida correcta. Pero también una vida corta, pues un día te jubilas, tus hijos se van de la casa, tus amigos se mudan a los Jardines del Edén y te quedas con tu vida correcta y con tu muerte segura, que, por cierto, es lo más correcto en esos casos.</p>
<p>Un <em>hobby</em> no es un gusto –no es ir al cine, no es platicar con los amigos, no es correr, no es ir a conciertos–, un <em>hobby</em> es una pasión. Que desaparezcan los <em>hobbies</em> es sólo un <a href="http://sadabombon.com/eufemismos/">eufemismo</a> para decir que se extinguieron nuestras más íntimas y auténticas pasiones.<br />
&nbsp;</p>
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