SB 24
Octubre - noviembre 2014
SB 23
Agosto - septiembre 2014
SB 22
Junio - Julio 2014
SB 21
Abril - Mayo 2014
SB 20
Febrero - Marzo 2014

Los grandes actores

Hay algo que hace tiempo pensé sobre el cine, bueno, no sobre el cine, sino sobre los actores, esencialmente, sobre nosotros. Cuando miramos una película, ¿qué sabemos de un personaje cuando lo miramos por primera vez? Evidentemente, nada; los actores dan vida a los personajes que desconocemos, sin embargo, al final de la historia, el público (nosotros) juzgará si la interpretación ha sido buena o mala. No es solo que si nos gusta está bien y si no nos gusta está mal. No existe tal cosa como una epistemología de la actuación. No hay elementos objetivos que nos permitan determinar si una actuación es buena o mala.

Tomaré el siguiente ejemplo: veía una película en clase cuando el profesor, sin previo aviso, le puso pausa y dijo: «Esto es una mala actuación»; luego la volvió a dejar correr y, en el transcurso de la misma escena, puso de nuevo pausa y dijo: «Esto es una buena actuación». De aquí quiero partir, ¿qué es una buena actuación?, ¿qué es una mala actuación? Tenemos estándares, parámetros, expectativas de cómo las cosas deberían ser, de cómo las personas tienen que comportarse para creerles. Sabemos de convincentes charlatanes, pero no es hasta que cotejamos sus verdades y mentiras con la realidad que las interpretaciones nos deslumbran. En el caso de las dos pausas, no había modo de decir que aquel mal actor era un mal actor, ni que aquel buen actor era un buen actor, o todo lo contrario. Mi profesor esperaba que el buen actor se desenvolviera de una manera y el mal actor de otra. Pensemos en esto: ¿qué pasa si llorar de un modo poco convincente es el llanto genuino de alguien?, ¿nos resulta algo inconcebible?

Alguna vez en la escuela fui obligado a tomar un taller de Corporalidad, que bien pudo haberse llamado «Sobre cómo hacer que nuestras expresiones sean elocuentes con nuestras palabras». Tal vez lo sabíamos desde siempre, pero el propósito de quien lo impartía era enseñarnos a actuar para la vida diaria, aprender el dominio del lenguaje corporal en pos de algún propósito (algo razonable en un mundo de actores). Aristóteles dijo que el hombre es un animal político; antes de eso, creo yo, el hombre es un animal histriónico. Para hacer política, lo primero que hay que hacer es fingir un interés en los demás, actuar con algún propósito. Si las palabras están completamente desposeídas de verdad, tenemos que gesticular y representar algún papel para ser convincentes. Y si logramos convencer, o ser convencidos, es porque sabemos qué esperan ver los demás —y nosotros. Lo mismo pasa cuando miramos una película. Decía el instructor del curso: «Vamos al cine y pagamos para ser engañados»; y así asumía la naturaleza ficticia del cine, al tiempo que nos instruía para una realidad calculada y fingida. Toda expectativa es una maldad, una perversión, y, sin embargo, lo asumimos con total ingenuidad. Pagamos para ser engañados y pagamos, también, por ser engañados.

Cuando mi mamá se inquieta o conmueve con el cine, le digo que es una película. Mientras ella sigue en la pantalla, pongo una pausa imaginaria y doy un paseo por el set, miro enfrente de los actores a un tipo con un micrófono, otro con una cámara, algunos más con luces. Seguramente, un tipo habrá repetido esa misma escena tres veces hasta identificarla como verosímil y convincente; hasta que, de acuerdo a sus estándares, crea que eso es lo que la gente va a creerse. En medio de esta película, de esta historia, hagamos una pausa. Somos buenos y malos actores, lo hemos aprendido; mentimos piadosa y despiadadamente, actuamos con algún propósito, escribimos con algunas palabras y modos particulares para presentarnos como buenos escritores, nos comportamos y vestimos de cierto modo para parecer respetables e importantes, decimos lo que otros quieren escuchar para no quedarnos solos, para salirnos con la nuestra y sentir que nos llevamos a la casa una estatuilla de oro. Somos artificiosos y, más triste aún, de vez en cuando el miedo y el pudor nos contienen y actuamos con esforzada indiferencia; porque también el recogimiento y la contención son una actuación, nos convertimos en personajes indispuestos a sufrir. Tal vez por eso nos sentamos con devoción a mirar dos horas de alguna película, pasando de largo toda la gente y todas las historias que se nos cruzan cada día. Aún en las tragedias fílmicas, podemos lidiar con la muerte del héroe o la historia de amor que termina en alguna distancia infranqueable o desengaño porque, a fin de cuentas, sabemos que al final pasarán los créditos y podremos decir que fue una buena película, un gran engaño.

A mí, que no me interesa el cine, me olvidaría de las grandes actuaciones y preferiría que nos bastaran las palabras; creo que nos sobran los actores y escasean los buenos personajes, los buenos hombres. Nos deslumbran tanto los grandes montajes que pasamos por alto las verdades más naturales, las más próximas y simples.

 


Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2014, El cine, dentro de la edición 24 de Sada y el bombón.


Artículos Relacionados:

Midnight in Paris o la inmortalidad de Woody Allen

Si estás familiarizado con la obra de Hemingway y Gertrude Stein, si conoces la relación de Scott y Zelda Fitzgerald, si has leído a T.S. Eliott, si has visto más de una película de Buñuel, si has analizado los Picasso en persona y tienes tu Modigliani favorito, si reconoces la música de Cole Porter y si has estado en la capital francesa, podrás ver Midnight in Paris como una comedia, te reirás (a veces a carcajadas) con uno de los guiones más estupendos de ficción cinematográfica. Si sólo has escuchado los nombres anteriores pero no conoces su obras —o no sabes si son pintores, escritores o qué—, entonces podrías ver la película como un fantasioso e ingenioso drama, reírte a veces, sí, pero entenderla más bien como un ensayo sobre el París de los veintes (y la belleza de Marion Cotillard). Si no sabes quiénes son los personajes mencionados aquí arriba, si no reconoces la diferencia entre el París de la posguerra y el París de La Belle Époque, si no disfrutas de una ciudad lluviosa, si es la primera película que ves de este director, seguramente esta película podría parecerte una aburrición total. Esperarás a ver cuándo se sale el primero, te emocionarás cuando veas que ese grupo de adolescentes va desfilando agachado y te mezclarás con ellos para desaparecer en la oscuridad y sentir ese alivio que se siente cuando despiertas de una pesadilla y te das cuenta que ya terminó. Mientras la clase media asciende en todo el mundo, Woody Allen, extremadamente lúcido y gracioso, nos ofrece una obra que exalta todas las virtudes del cine, que ignora a la clase media, pero que, inexplicablemente, se convierte en su éxito de taquilla más grande en los 50 años que lleva haciendo cine. De Midnight in Paris recordaré vívidamente tres cosas: las conversaciones alucinantes (que, sin embargo, no pierden verosimilitud), la crítica de la nostalgia y la victoria del gran Woody Allen sobre la muerte y el olvido.  ...

Leer más
FIL - Sada y el bombón

Feria del Libro de Guadalajara, la reunión ed...

De las cuatro veces que hemos ido a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara («la FIL»), tres han sido un fracaso, un fracaso bastante agr...

Leer más
FICM - Sada y el bombón

Funciones al aire libre, talleres, conferenci...

Del 15 al 23 de octubre de 2011 se celebrará la novena edición del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM). Aquí te presentamos ocho raz...

Leer más

Heli

Comencemos con el título: Heli. No es Jeli, pero tampoco es Eli. La H es muda, pero no sorda: está ahí, aunque no la escuchemos. Porque, pensándolo bien, la H no es muda,...

Leer más

Publicidad