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Imagen © Robby Müller

Reducidos por la ley (Down by Law)

Un pregunta: ¿qué hay en Reducidos por la ley? Algunos detalles que se han comentado: una fotografía impecable que utiliza tonos grises para cortar una arquitectura decadente, personajes extravagantes, una impresión honda; la música martillada con clavos gruesos que penetran hasta el otro lado del hueso; una película de encuentros y separaciones; más separaciones y escupitajos que encuentros. Entonces pienso algo: el personaje italiano de Roberto Benigni me cambia de sentido la película. En donde sólo hay necesidad fastidiosa, pero al fin necesidad de comunicarse, aparece un alma que parece buena. Lo pondré así de inicio.

Roberto (Benigni) aterriza en una celda donde ya hay dos presidiarios instalados. Después nos enteramos que es un lector de poesía; le gusta la poesía norteamericana y la dice en italiano. Hay que anotar que comienza con Walt Whitman y ya no habría que extenderse mucho más. Yo estoy seguro que le gustan muchos poetas, pero menciona a los norteamericanos para encontrar un punto de contacto con sus dos compañeros. Ninguno parece conocer la poesía, o rehúyen el lugar de encuentro. Hasta que llega el helado: en un avance a tropezones, Roberto va construyendo un idioma, adhiriendo una música familiar a una lengua que conoce a partes; el lector de poesía rescata una canción viejísima: I scream, you scream, we all scream for ice cream. Comienza como una frase hasta que lentamente se va convirtiendo en cántico, haciendo que por un momento las diferencias desaparezcan. Se canta en alto hasta que de las celdas contiguas se encuentra la repetición. Tam, el sonido endulzando a los hombres.

Ya antes había existido un encuentro, muy apretado pero al fin desanudado, cuando uno de los compañeros del italiano, el locutor y DJ, decide soltarse: inventar una ficción, esas ficciones que necesitamos para rescatarnos. Pero la fuerza no es mucha en este personaje, hay que esperar a que Roberto aparezca para encontrar, más que confianza, una voluntad completa de existir por medio del lenguaje.

¿Qué película nos están contando? ¿Es sobre el azar y el infortunio? ¿Una historia de fuga carcelaria? No, para mí es una plegaria sobre las palabras: cómo nos salvan, nos crean, nos representan. Más adelante, después de un truco de Jarmush, un salto inmenso a los obstáculos de la trama, el lenguaje adquiere nuevamente la calidad de bien preciado, de compañía del hombre solo, de bálsamo contra la verdadera locura: la de ser ajeno a los otros. Un conejo girando contra el fuego es testigo.

Del desenlace diría que para algunos está reservado un encuentro trascendental, aún después de oscuros infortunios; para otros, está el camino corto y sin pausas a la muerte.
 


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