El Cácaro, el original, ya murió. Era el apodo de un proyeccionista un tanto cacarizo que trabajaba en uno de los primeros cines del país. En aquellos tiempos –en aquel país–, había que mover con ritmo certero una pequeña manivela para que el proyector hiciera lo propio. Cuentan que en aquel cine, el tal cacarizo, de tanto en tanto, se aburría, se quedaba dormido, dejaba de mover la manivela y recibía a modo de despertador un grito de su patrón: «¡Cácaro!». El grito-despertador se volvió famoso y todos los proyeccionistas de México se convirtieron en cácaros, inclusive los de cutis fino y suave.
El primer cácaro continuó viviendo con su apodo en todos los proyeccionistas mexicanos; ahora, están todos a punto de extinguirse.
Para empezar, parece que a los nuevos proyeccionistas no les gusta el sobrenombre que les dieron: desenfocando, desencuadrando y desarreglando absolutamente toda la proyección, se han obstinado en merecerse el apodo de «estúpidos».
Y para terminar, los cines son cada día más electrónicos: la manivela, los botones y las palancas se han automatizado ya casi al 100%.
Ya sea por la inutilidad de unos o la inteligencia robótica de otros, el obituario del cácaro está ya listo para mandarse al impresor del periódico –claro, si es que el impresor no se muere antes.
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