Hace unos días vi Gainsbourg (Vie héroïque), una cochinada de película que conmemora la vida de Serge Gainsbourg.
Hace mucho tiempo, estudié francés por dos o tres años en la Alianza. Mi maestra, francesa –delgada, alta y en drogas– nos contó un día que Serge Gainsbourg había muerto (nadie sabíamos quién era; yo tenía 13). Nos lo contó tan exaltada que fui inmediatamente a comprar el disco. Unos años después, ya había olvidado el francés y el disco. Después lo rescaté. A veces lo ponía en fiestas y funcionaba, daba un tono. Pero no sabía más de Gainsbourg que eso: su disco de grandes éxitos y sus generalidades (mujeres, vicios, escándalos).
Lo volví a olvidar por unos años, hasta que tú, Sada, lo retomaste hace unos meses –más bien, a sus mujeres.
Luego Pau, una amiga, me dijo que se están haciendo cosas en Francia para conmemorar el 20 aniversario de su muerte. Busqué por ahí y me encontré con la película. Aquí está el trailer. Como dudé que la vayan a poner en Cinemex, la bajé y la vi. Me pareció una basura. Sí, tiene detalles, pero la película es una cochinada. Sólo te diré algo para que te des una idea de lo mal que está: desde el principio hasta el final de la película, sale una caricatura (¡una caricatura!) al lado del personaje principal: supuestamente representa el lado intangible de SG. ¿En serio? ¿Fue la mejor solución que se les ocurrió?
He pensado en volver a verla este fin, a otra hora, para ver si ahora sí «la entiendo», pero corro el riesgo que me desagrade más que la primera vez y perder el tiempo doblemente. Así que no lo sé.
Hoy se cumplen 20 años de la muerte de Serge Gainsbourg.
Hoy debería de estrenarse en todo el mundo el documental llamado Love on the beat (que en español podría llamarse Amor intenso o Amor erótico), dirigido por James Marsh (director de Man on Wire). El guión sería de…, la edición de…, el actor principal… (Por cierto, la semana pasada, James Marsh presentó su nuevo documental en Sundance, aunque no se ve tan tentador como Man on Wire.)
Nicolás Sarkozy (o el Canal Plus o alguien) habría encomendado la película cinco años atrás. Si Francois Mitterrand dijo en el funeral (1991) «él fue nuestro Baudelaire, nuestro Apollinaire… Llevó la música al mismo nivel que el arte», Sarkozy, en su empeño por llevar a Francia al terreno informal de Clinton-Lewinsky, habría previsualizado la hazaña de usar al entonces censurado Gainsbourg como el portador de la marca francesa de la actualidad: escandalosa, sexy, hiper-liberal. (Por cierto, todo lo Clinton-Lewinsky fue un escándalo inventado para ascender a Hilary al spotlight.)
La película, por supuesto plagada de desnudos y escenas salvajemente sexuales, expondría los límites máximos de un hombre vivo: su poder como hombre, su poder mediático, su abrumadora influencia sobre otros hombres y mujeres: un hombre como la humanidad completa, un hombre con «poderes» que trascienden por mucho los límites políticos y sociales: el hombre (uno) como el opresor de las masas (todos), pasando por sobre todos los establecimientos y las convenciones históricas. Un hombre –su tiempo, su espacio, sus circunstancias– que es infinitamente mayor que su humanidad.
Amor intenso, reseñada en 2041 (en los 50 años de la muerte de SG), se recordaría como la primera película comercial que dejó de mostrar a la mujer como un símbolo sexual y pornográfico y le cedió, por primera vez, ese lugar a un hombre, rompiendo con un paradigma universal practicado desde la época de los egipcios. «La liberación de la mujer no se completó sino hasta 2011, con la interpretación de… como Serge Gainsbourg […] pues le quitó a la mujer ese estigma sexual histórico».
«Provocation is my oxygen», dijo Gainsbourg una vez. La diferencia de él y los otros grandes personajes de la música del siglo XX (Lennon, Dylan, Elvis…), además de tener a las mujeres que todos querían, fue que SG rompió todo, arrasó con todo, incluso con él mismo. El uso de la provocación como origen del proceso creativo fue superior a toda comparación o referencia.
Este año, el Cine Club del Museo de la Ciudad de Querétaro cumple 20 años. A propósito del aniversario, entrevistamos a Gabriel Hörner, director del museo y principal impulsor del proyecto desde 1994. Podríamos decir que el Cine Club es Gabriel: él ha sido el motor de la idea, ha puesto infinidad de veces el proyector, los DVDs, las relaciones con cinetecas y mucho más para proyectar cientos de películas que de otra manera no hubiéramos podido ver en Querétaro. ¿Con qué película comenzó el Cine Club del Museo de la Ciudad? La primera proyección fue en el auditorio del Museo Regional, el 2 de febrero de 1994, una copia en 16 milímetros de Las noches de Cabiria de Fellini. Llegaron poco más de 400 espectadores. ¿Cuál era el panorama cinéfilo de Querétaro en 1994? ¿Cómo ha cambiado? Ha cambiado mucho. Justamente en 1994 se privatizaron los cines de COTSA —la compañía estatal que manejaba casi todos los cines del país— y eso aceleró su decadencia: casi todos acabaron en cines porno. En Querétaro quedaban cuatro cines de COTSA en el centro y había tres Cinemas Gemelos de la Organización Ramírez (que luego se convirtió en Cinépolis). Incluso como cartelera comercial, el panorama era muy pobre. El único refugio del cinéfilo en esa época eran los video clubs, que para entonces ya no tenían un catálogo tan amplio como cuando empezaron, a mediados de los ochentas. Ahora es muy diferente, por un lado cada vez hay más pantallas comerciales y por otro puedes acceder a casi cualquier película desde tu computadora. ¿Cuál es la diferencia entre el «buen» y el «mal» cine? ¿Qué películas definitivamente no se proyectarían en el Cine Club? El propósito del Cine Club es ofrecer al público otras opciones a la cartelera comercial y promover películas con valor artístico o histórico o con algún otro tipo de interés. Me resultaría muy difícil establecer una diferencia entre el «buen» y el «mal» cine a la hora de programar. En términos estrictamente históricos toda película es importante, aunque sólo sea por el hecho de que retrata su época de una u otra forma —esa es un poco la idea detrás de las cinematecas y los archivos fílmicos. No se me ocurre qué películas definitivamente no programaría; si algún título «malo», digamos, fuera relevante al tema de un ciclo, no dudaría en ponerlo; o incluso un ciclo completo programado con criterios distintos a la calidad. Hace unos años programé un ciclo de comedias de los ochenta y, un poco para que no pensaran mal de mí, le puse «Cine de horror de los ochenta». Eran bastante malas casi todas, pero el valor nostálgico era muy alto. Fue un ciclo muy exitoso. Podría decir que no programaría películas aburridas, pero ese también sería un buen ciclo: «Las películas más aburridas de la historia» (y ahí lo divertido sería poner títulos muy prestigiosos). Otro factor es que no nos dirigimos a un público homogéneo sino a públicos muy diferentes. Desde hace un tiempo, procuro que el cine club tenga otros programadores para atender esta diversidad y ofrecer un servicio más amplio. Los lunes por la tarde, «Otro Cine Querétaro» programa películas de carácter social y político, y por la noche Manuel Oropeza ofrece un programa extraordinario de ópera en video. Los martes ponemos la programación, digamos, oficial, que en su mayoría es cine de autor. Los miércoles son para el «Freak Show», un grupo de jóvenes interesados en el cine de culto. Y también están los ciclos que se programan en el Cine-Teatro Rosalío Solano y otros que solicitan escuelas o instituciones. ¿Cuál ha sido el ciclo más exitoso? Hemos tenido bastantes, veinte años son muchos años. Recuerdo uno de cine de horror extremo que tuvimos que mover a una sala más grande porque el público ya no cabía. La última película del ciclo era Ichi, el asesino en función de medianoche; había personas sentadas hasta en el suelo. Otro que funcionó muy bien era de clásicos excéntricos del cine norteamericano, que iban desde La emperatriz escarlata hasta Miedo y asco en Las Vegas, pasando por Pink Flamingos y Eraserhead. ¿Cuántas películas se han proyectado sin absolutamente nadie en la audiencia? Tiene que llegar por lo menos una persona para que se proyecte la película; no recuerdo ni una sola función cancelada porque no llegó nadie. Uno o dos por lo menos sí llegan. A veces se suspende la función porque se van todos antes de que se acabe, eso sí. Me gusta cuando programo cosas que exigen mucho del espectador, en tiempo o complejidad. Hemos hecho varios maratones; el primero fue una función continua de Berlin Alexanderplatz, la serie de televisión de Fassbinder de 15 densas horas de duración. La proyectamos en el auditorio de Bellas Artes en una copia en 16 milímetros. Al principio estaba llena la sala, al final quedaban como veinticinco personas. En ese tiempo todavía había prostitutas en la Plaza Constitución, y como regalábamos café y empanadas, en los intermedios se juntaban en el vestíbulo y entraban a ver a las prostitutas alemanas de la República de Weimar... fue muy especial. ¿Tiene el Cine Club alguna pretensión social; crecer la audiencia, motivar ciertas conversaciones, reunir distintos grupos de personas? Siempre ha cumplido una función social importante: el Cine Club amplía horizontes, crea conciencia, crea comunidad. Durante muchos años estuvimos exhibiendo películas y series de televisión en la cárcel de San José el Alto con frecuencia semanal. Les mandábamos cuestionarios encaminados a que reflexionaran sobre sus vidas a partir de la selección de películas que hacíamos. Nos daban una libertad increíble, podíamos programar lo que quisiéramos. (Fue la época en que producían musicales adentro.)Ahora me gustaría trabajar en asilos de ancianos: aunque tienen televisiones y reproductores de DVD, es difícil que accedan a las películas que vieron en su juventud; creo que eso podría darles mucho placer. Recomiéndanos un ciclo de películas infalible. Lo que sea de Alfred Hitchcock. Godard dijo alguna vez que las películas que Hitchcock realizó para Universal Pictures eran tan importantes en la historia de la civilización como la Capilla Sixtina, con la diferencia de que aquéllas habían sido vistas por decenas de millones de personas y ésta por un número mucho más reducido. Es algo infalible, Hitchcock siempre te llenará la sala y no estás haciendo ninguna concesión. La última vez que lo programé llegó un público muy joven a verlo. Cuando pasamos Psicosis, no tenían ni idea de que asesinaban a la protagonista a los quince minutos de empezada la película. Fue muy emocionante ver su desconcierto y envidiarlos. ¿Qué no daríamos por recuperar esa sorpresa? Billy Wilder también es infalible pero el público novel no lo ubica tanto como a Hitchcock. ¿Cuál ha sido tu motivación a lo largo de estos años? Cuando era niño, y a pesar de que en mi casa se iba mucho al cine, siempre quería ver más películas pero el principal obstáculo era el costo de las entradas. Para el niño que fui, una función de cine gratis era la dicha absoluta; a lo mejor por eso me he pasado la vida organizando funciones gratuitas. Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2014, El cine, dentro de la edición 24 de Sada y el bombón....
Una crítica de Los insólitos peces gato, la ópera prima de la mexicana Claudia Sainte-Luce. Cuando uno sale del cine sintiendo bienestar y paz, se agradece. Este fenóm...
He intentado, sin éxito, rechazar las invitaciones al coctel del mes en turno: el «evento cultural» de la ciudad. Lo he tratado de hacer varias veces ...
Si estás familiarizado con la obra de Hemingway y Gertrude Stein, si conoces la relación de Scott y Zelda Fitzgerald, si has leído a T.S. Eliott, si h...