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La voluntad del amor

Una crítica de Los insólitos peces gato, la ópera prima de la mexicana Claudia Sainte-Luce.

Cuando uno sale del cine sintiendo bienestar y paz, se agradece. Este fenómeno catártico es invaluable y difícil de encontrar en la cinematografía nacional, dadas las producciones recientes, en las que las películas poseen una alta calidad fílmica, pero hablan sobre el violento contexto actual. A veces lo último que queremos es ver un film que nos refleje la cruda realidad a la que nos enfrentamos día a día; buscamos, por el contrario –y quizá sin saberlo– entretenimiento, no banalizando nuestras circunstancias, sino tratando de mirarlas desde una perspectiva diferente.

La ópera prima de la mexicana Claudia Sainte-Luce lleva por nombre Los insólitos peces gato y es justamente una comedia dramática del tipo feeling good que es capaz de conectar con nosotros de manera simple y natural y, mejor aún, de permitir adentrarnos en la vida de una familia que está pasando por un momento difícil, pero que supera las adversidades.

Claudia (Ximena Ayala) es una joven solitaria que trabaja en un supermercado. Tras un fuerte dolor abdominal tiene que ir al hospital donde conoce a Martha –una esquelética y convincente Lisa Owen– que es madre de familia con cuatro hijos y enferma de SIDA en etapa terminal. Las circunstancias acercan a ambos personajes y «obligan» a Claudia a convivir un poco más con todos en la familia.

Poco a poco Sainte-Luce va explorando a cada uno de los miembros de la casa: Alejandra, Wendy, Mariana y Armando, y por supuesto Martha y Claudia. De conocerlos de manera muy superficial vamos acercándonos y entablando una relación empática con cada uno de ellos, mientras acompañamos a la joven solitaria en la nueva dinámica familiar. Al mismo tiempo, ella va descubriendo sentimientos y emociones que seguramente no pensó jamás percibir en su interior. Su vacío se va llenando lentamente con el calor de un hogar que la recibe con desconfianza, pero que al mismo tiempo descubre que la necesita.

Las vivencias compartidas y las situaciones dolorosas van fortaleciendo los lazos entre los hermanos y Claudia, mientras desaparecen las fronteras de las diferencias y la desconfianza. Es la comunicación continua y la apertura –aunque lenta– de cada uno para con el otro, lo que permite que esto suceda. Es gracias a que cada uno accede a conocer sin juzgar a otro ser humano, que es posible que se establezca una relación como la que se gesta al interior de ese núcleo familiar. Claudia crece a través de la aceptación de los demás, y de entregar amor a todos ellos, mismo que manifiesta a través de pequeñas –pero sustanciales– acciones y gestos.

Pero si la familia fuera perfecta, como lo es en películas como Mientras dormías (Jon Turteltaub, 1995) o The Blind Side (John Lee Hancock, 2009), sería obvio comprender la fórmula de «familia redentora» y «personaje solitario a la deriva». No obstante, el núcleo retratado por Sainte-Luce es más bien realista y lleno de adversidad (sin ser fatal), así es más bien un modelo familiar del tipo Little Miss Sunshine (Jonathan Dayton, Valerie Faris 2006) con dudas, defectos, carácter y compuesta enteramente por seres humanos imperfectos. Por tal razón, la evolución de la relación entre todos no es fácil ni mágica, sino creada con paciencia y amor honesto.

Así, una de las principales virtudes de la película: el guión, realista y sincero, que se nota como un trabajo ya no sólo personal, sino íntimo de su guionista y directora. Sin ser una comedia hilarante, Los insólitos es una cinta que avanza como si pisara terreno desconocido, con un cadencioso y sutil ritmo; poco a poco desvela momentos frescos y sumamente graciosos que rompen con la tensión generada por la preocupación de la enfermedad, el letargo de la sociedad, la incertidumbre, la espera y la soledad.

Además, Sainte-Luce ha atinado a una estética mayormente realista pero salpicada de colores brillantes, que resaltan la esperanza y la belleza que se oculta en las cosas más simples de la vida: el encanto de un vocho amarillo, la sutileza de una pecera, la relevancia de una mochila o el desfile de tonos en los envases de una tienda de autoservicio.

Aunado a esto, una reflexión profunda ante la realidad inminente de las familias diferentes que cada vez son más comunes en nuestra sociedad, pero que no son sinónimo de malestar o deficiencia, sino que en medio de su prejuzgada disfuncionalidad, sus dinámicas sobrepasan los estándares sociales para consolidar lazos a través de algo más grande que no siempre se refiere a la sangre, sino al cariño y el respeto por el otro.

El amor es entonces la raíz vital de la familia representada en Los insólitos, pero también es el motivo para la unión de cada elemento; es el pretexto para acercarse al otro, es la razón para mantenerse con vida y luchar con las uñas por sobrevivir a una enfermedad terminal; es la venda para las heridas profundas y la única opción para conciliar las diferencias. La película misma es un acto de amor, es un homenaje a una mujer y a su familia que abrió las puertas de su casa y de su corazón.

Los insólitos peces gato es por mucho una de las mejores películas mexicanas de este 2013, que no sólo ha representado al cine nacional con una lección de cariño desinteresada, sino que además lo ha hecho sin exhibir pretensiones y sin encontrar el «hilo negro perdido» en la inmensidad del celuloide. Claudia Sainte-Luce se estrena en la taquilla nacional con una película completa que es capaz de desgarrarnos las venas, sacarnos una carcajada y dejarnos con un buen sabor de boca, una extraña –pero gratificante– sensación de paz interior, y una sonrisa dibujada.

 


Cristina Bringas es productora, crítica de cine y gestora de proyectos culturales. Actualmente dirige DocumentaQro, donde proyecta, todos los martes, de forma pública y gratuita, un documental. Puedes leer sus críticas de otras películas en elespectadorimaginario.com y en filmefilia.tumblr.com

 


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