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Imagen © Darius Khondji

Midnight in Paris o la inmortalidad de Woody Allen

Si estás familiarizado con la obra de Hemingway y Gertrude Stein, si conoces la relación de Scott y Zelda Fitzgerald, si has leído a T.S. Eliott, si has visto más de una película de Buñuel, si has analizado los Picasso en persona y tienes tu Modigliani favorito, si reconoces la música de Cole Porter y si has estado en la capital francesa, podrás ver Midnight in Paris como una comedia, te reirás (a veces a carcajadas) con uno de los guiones más estupendos de ficción cinematográfica.

Si sólo has escuchado los nombres anteriores pero no conoces su obras —o no sabes si son pintores, escritores o qué—, entonces podrías ver la película como un fantasioso e ingenioso drama, reírte a veces, sí, pero entenderla más bien como un ensayo sobre el París de los veintes (y la belleza de Marion Cotillard).

Si no sabes quiénes son los personajes mencionados aquí arriba, si no reconoces la diferencia entre el París de la posguerra y el París de La Belle Époque, si no disfrutas de una ciudad lluviosa, si es la primera película que ves de este director, seguramente esta película podría parecerte una aburrición total. Esperarás a ver cuándo se sale el primero, te emocionarás cuando veas que ese grupo de adolescentes va desfilando agachado y te mezclarás con ellos para desaparecer en la oscuridad y sentir ese alivio que se siente cuando despiertas de una pesadilla y te das cuenta que ya terminó.

Mientras la clase media asciende en todo el mundo, Woody Allen, extremadamente lúcido y gracioso, nos ofrece una obra que exalta todas las virtudes del cine, que ignora a la clase media, pero que, inexplicablemente, se convierte en su éxito de taquilla más grande en los 50 años que lleva haciendo cine.

De Midnight in Paris recordaré vívidamente tres cosas: las conversaciones alucinantes (que, sin embargo, no pierden verosimilitud), la crítica de la nostalgia y la victoria del gran Woody Allen sobre la muerte y el olvido.
 


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La más reciente película de Martin Scorsese, La invención de Hugo Cabret, es la justificación de por qué el cine se ha ganado el título de «fábrica de sueños», y la mejor manera que tiene Scorsese de demostrarlo es con una clase esencial sobre la historia del cine: Georges Méliès, el padre de la ficción cinematográfica y director pionero en efectos especiales. Por eso mismo –por los efectos visuales – es importante mencionar que esta es una película hecha para verse en formato 3D, así podemos sentirnos un poco como la gente de la época de Méliès, creyendo que el tren de una de las primeras películas de los Lumière saldrá de la pantalla para venir a estrellarse con nosotros. Georges Méliès era muy hábil en la construcción de artefactos para realizar trucos e ilusiones ópticas –fue mago antes que cineasta. Esto le sirvió cuando decidió abrir un estudio de filmación; en sus películas utilizó técnicas como la superposición de negativos y la colorización de éstos a mano (ya que las películas de ese entonces eran en blanco y negro); el recorte de fotogramas para crear efectos especiales provocó un incremento en la variedad de historias que mostrar. Méliès logró hacer más de 500 proyectos fílmicos. Aún si no conoces mucho acerca de la historia cinematográfica, es posible que en algún lado hayas visto la imagen de la Luna con una bala-cohete incrustada en el ojo. Esta bizarra y popularizada imagen es de El viaje a la Luna (1902), la película que, inspirada en obras de Julio Verne y H. G. Wells, mandó a Méliès a la historia del cine por ser considerada la primera película de ciencia ficción. La invención de Hugo Cabret también se basa en un libro, la novela homónima de Brian Selznick. Ambas, libro y película, narran las aventuras de un niño huérfano de 12 años que vive en la estación de trenes de París: Hugo. A través de Hugo vamos conociendo a Méliès, un anciano que comparte –o compartió– el talento de elaborar complicados esquemas para construir artefactos, hacer juguetes que se mueven solos y poder entender con facilidad el alma de una máquina. En la película seguimos a Hugo por las entrañas de los relojes de la estación de trenes, nos deleitamos con los personajes que ve todos los días trabajando ahí, sufrimos con su triste pasado y vamos siguiendo un camino de pistas que nos llevan a descubrir la magia del cine. Hugo, Méliès y Scorsese son los ilusionistas que nos hipnotizan, nos impactan y nos emocionan. Las técnicas del cine han cambiado, pero el propósito de entretener sigue vivo. Y esa característica del cine, la del entretenimiento, se la debemos a Georges Méliès. A cada generación parece tocarle una transformación en la forma de hacer películas; el sonido, el technicolor, los efectos generados en computadoras y, ahora, el 3D. Esto nos lleva a pensar: ¿qué se le podría haber ocurrido a Méliès con la tecnología que tenemos actualmente? El cohete-bala probablemente habría ido directo a incrustarse en nuestras pupilas.  ...

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