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Her, de Spike Jonze, en Sada y el bombón, revista cultural del Bajío
Imagen © Hoyte Van Hoytema

Her (entiéndase Me)

Después de un Óscar a «Mejor guión» y lo que pareció una eternidad, Her llegó a las salas mexicanas. La fotografía impresiona, la música a cargo de Arcade Fire y Karen O de los Yeah Yeah Yeahs conmueve, pero lo verdaderamente worth-watching es una historia que concierne a todos los que habitamos el mundo futurístico del siglo XXI. Admito una verdad indecible: no tengo smartphone. Pero sí he sido testigo partícipe de las complejas relaciones que tenemos ahora con y a través de nuestras computadoras.

Puede decirse que la locura empezó en los noventa: chat rooms para conocer extraños que emocionaban, correspondencia electrónica con amigos, mensajes inmediatos. Conozco a más de uno que atravesaron el continente buscando a loveless69@yahoo.com (si ésta es su dirección, por favor no se sientan aludidos) y regresaron desilusionados porque la química virtual nunca se consolidó en lo físico. Pero eso era todavía la etapa uno. Hoy el amor virtual comprende posibilidades infinitas, opciones para todos los gustos y disponibilidades. No es lo mismo coquetear con favs en Twitter o vivir pegado a Skype que tener un one night stand en Tinder/Grindr. El punto es que, mientras nuestras redes de socialización reales se minimizan conforme nos volvemos individuos más ensimismados, las virtuales se maximizan, abriendo caminos emocionantes y, francamente, un poco bizarros.

En Her, Spike Jonze retrata a un escritor solitario y con el corazón roto que se enamora del sistema operativo más novedoso del mercado, uno que «no es sólo un sistema operativo, es una consciencia». Esta computadora puede aprender y desarrollar una personalidad como un humano. Con toda la información de la red a su disposición y capacidad de almacenamiento infinita, Samantha (Scarlett Johansson) es una de las personas más interesantes y carismáticas que Theodore (Joaquin Phoenix) conoce. El enamoramiento es inmediato. Pronto ya están teniendo algo parecido a sexo telefónico, paseos por la ciudad, viajes y citas dobles. Si Theodore carga la cámara de su teléfono celular en el bolsillo de su camisa, Sam puede ver. En este mundo, la gente entiende la simpatía por lo virtual, no la cuestiona e incluso quiere formar parte de ella. Al inicio de la película, Theodore termina su noche en un chat room donde una mujer le pide que le diga que la está «ahogando con un gato muerto» mientras ambos se masturban. La mujer cuelga justo después de alcanzar el orgasmo. Con este toque de comedia, Jonze ilustra bastante bien la soledad y el ensimismamiento que caracterizan a la sociedad contemporánea. Theodore tiene amigos, pero cada uno parece llevar su vida demasiado alejada del otro. La compaginación es difícil.

Sí, tal vez si mi teléfono me hablara con la voz de Scarlett Johansson yo también estaría enamorado. Sería como una gran relación a distancia. Todo iría perfecto, hasta que un día, de repente, (spoiler alert) ya no. Al inicio, Sam y Theodore están en el mismo lugar. Por un breve y maravilloso periodo son el uno para el otro. En algún momento, sin aviso previo, uno de los dos decide que la relación no le es suficiente. ¿Y es que esto no les suena familiar a todos? El ser humano (y su inteligencia artificial) es tan complejo que es casi imposible determinar que lo que siente en una etapa de su vida permanecerá igual en la próxima. Al final, la capacidad infinita de Sam le hace perder el vínculo con Theodore. Ella tiene que moverse al mundo post-verbal para seguir expandiéndose. Pero esto es una analogía de lo que habría pasado si ella fuera una persona. Cualquiera, al crecer, se aleja de aquellos con quienes se conectaba al principio. Porque, en esta época individualista, cada quien tiene que velar por sí mismo, rodearse de lo que sirve para las distintas etapas de su vida. Her lo explora todo. En ella vemos una proyección franca de las relaciones humanas. No es Hollywood y sus chick flicks y sus dates, es el ser humano que sufre por encontrar comprensión y refugio en algo o alguien. Lo que sea.
 


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Desde hace un tiempo, procuro que el cine club tenga otros programadores para atender esta diversidad y ofrecer un servicio más amplio. Los lunes por la tarde, «Otro Cine Querétaro» programa películas de carácter social y político, y por la noche Manuel Oropeza ofrece un programa extraordinario de ópera en video. Los martes ponemos la programación, digamos, oficial, que en su mayoría es cine de autor. Los miércoles son para el «Freak Show», un grupo de jóvenes interesados en el cine de culto. Y también están los ciclos que se programan en el Cine-Teatro Rosalío Solano y otros que solicitan escuelas o instituciones.   ¿Cuál ha sido el ciclo más exitoso? Hemos tenido bastantes, veinte años son muchos años. Recuerdo uno de cine de horror extremo que tuvimos que mover a una sala más grande porque el público ya no cabía. La última película del ciclo era Ichi, el asesino en función de medianoche; había personas sentadas hasta en el suelo. 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