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Escribir es elegir

Las mejores experiencias del centro de México. Opto por cinco experiencias sensoriales. Todas íntimas. Ustedes me permitirán ese lujo.

  1. Una de mis experiencias visuales favoritas es una pequeña cañada que se encuentra en la salida rumbo a Amealco, saliendo de la Carretera 57. Su nombre es Barranca de Cocheros. Ahí me saqué la primera foto con Pedro en mi entraña. Cañadas, Querétaro tiene muchas; ésta se distingue por su austeridad y el mudo aposento de su calma. La encuentran a 30 minutos de la ciudad. Ideal para olvidar Zaragoza con tráfico o el calor que irradia la esquina asfaltosa de Bernardo Quintana con Pie de la Cuesta, por decir cualquier cosa.
  2. Una de olfato: les tiene que gustar caminar como medio de transporte, porque es el olor a pan cuando vas andando con el estómago vacío. Me siento Pepe Le Pú (no sé cómo se escribe) siguiendo el rastro del olor de su amada mapache cuando sigo la estela olorosa que despide La Vienesa, cuando vas temprano por Guerrero; o de la panadería de las monjas cuando vas camino a Santa Rosa de Viterbo. Otros olores de panes soberbios te caen de improviso en La Fábrica, también. Olor a pan, casi tan bueno como el olor a recién nacido.
  3. Auditiva es una no-brainer porque es El Moskar; ya sea con Ro.Ki.Dreams o cuando mezcla en El Central, usualmente los viernes y los sábados. Cuando se pone muy ochentero no me gusta tanto como cuando se pone triste. Como dice el protagonista de High Fidelity: no sé si escucho esa música porque estoy deprimida o si lo que me deprime es escuchar esa música. A veces mezcla los Black Keys con The Whitest Boy Alive seguidito de los Flaming Lips y sé que esas canciones están bien para entender el claroscuro de una espera incumplida.
  4. Táctil es complicada pero sé que pueden lograrlo. Hay una carretera que une Tolimán con Peñamiller o viceversa. Es poco transitada, ideal para andar con bicicleta, pero no cuenta con muchas señalizaciones. El tema requiere un poco de voluntad porque lo que tienen que tocar son las plantas, las piedras, la tierra, los cactos, los árboles; pero dejen que enfatice lo de que toquen las piedras. De geóloga no soy nada, pero esas rocas tienen algo inmanente que juro que objeto más rulfiano no hay. Voy a hacer la declaración cutre del texto, pero ni modo: la textura de esas piedras es una metáfora. Lo que dejo como tu tarea, estupendo lector, es que adivines de qué.
  5. Y cierro con el magnífico sentido del gusto. Y son tantas mis opciones que me resigno a enumerar como memorables el café de la plaza frente a Santa Rosa Viterbo, las enchiladas queretanas de La Mariposa, la rosca de vino tinto del Amadeus, el helado de cajeta por donde está el seminario, las gorditas de maíz quebrado de La Cruz, el pulpo a la vizcaína en Josecho, el mantecado de Galy, el camote que ya sólo venden en los carritos sonoros del centro.

Sí. Escribir es hablar de uno mismo todo el tiempo.
 


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