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Esto no se debe de dejar pasar

Las batallas en el desierto es una de esas apuestas seguras e infrecuentes en las clases de Literatura. Segura porque su grandeza la hace relativamente sencilla de analizar en el salón. No conocí un solo alumno a quien no le hubiese gustado. Y es infrecuente porque pocas veces la complejidad se viste de sencillez de esa manera.

Cuando daba clases de Literatura Mexicana siempre hacíamos una parada en Las batallas. No encontraba una mejor forma de ejemplificar las diferencias y los nexos que se entretejen en la famosa tríada de autor-enunciador-narrador. Dicho en términos de la obra, José Emilio-Carlitos-Carlos dan mucha tela de donde cortar para hacer análisis estructural del relato del modo que siempre me ha acomodado, pasando la mirada en el detalle y con el rigor de no confundir lo uno con lo otro. José Emilio no es Carlos. Mucho menos Carlos es Carlitos. Los que han llevado clase conmigo saben por qué.
 

Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual.

 
Durante un tiempo fue una de mis citas favoritas, por muchas razones. La melodía que produce la aliteración entre intacto-instante-existe cae de manera instantánea en los oídos. El juego de pausas que se arma entre las dos oraciones unidas causalmente. El juego sintáctico de unir ahora-mismo-nunca. Y sobre todo, guarda ese invaluable logro de apelar al inconsciente colectivo: «esta frase suena tan bien que parece como si se me hubiera ocurrido a mí; eso pensé yo exactamente el otro día».

Y no. Porque eso se le ocurrió a Pacheco y no a ninguno de nosotros.

Y ya no hay quien escriba otras Batallas.

Lamento que haya muerto un erudito porque nos sobran diletantes. Lamento que, otra vez, tenga que reiterarles a mis alumnos que lo que cuenta es la intención de la obra y no la del autor; porque no hay manera de sacarlos de la tumba para preguntarles en qué estaban pensando cuando escribieron lo que escribieron. Porque lo que hay que analizar está enfrente y son palabras y no personas.

Qué tristeza me da pensar que si vuelvo a dar clase sobre Las batallas tenga que decirles que José Emilio Pacheco ya no existe, que lo que tienen enfrente es negro sobre blanco; que se enfoquen en leer la novela y no en dilucidar al que fue el autor. Que lo que quedan de él son letras y, desde luego, el silencio. El que provoca el asombro de descubrir Las batallas una y otra vez.
 


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