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Los rosados del 14 de febrero

Encontrámonos en la época del año en la que surgen, casi por (de)generación espontánea, demasiados sujetos que te venden rosas en las vetustas calles del centro. Me refiero principalmente a Plaza de Armas, el Jardín Zenea, Plaza Constitución, el Andador Libertad y la Calle 5 de Mayo.

Llegó la época. Así que cuando estés caminando tranquilamente con una amiga en el centro, seguramente aquéllos rosados llegarán a ti y a todas las parejas que estén conformadas por un hombre y una mujer. Y tengo que aclarar que lo que los atrae, y lo único que su mente concibe, son las parejas tradicionales hombre-mujer, porque si les llegas a decir que la amiga con la que estás caminando no es tu novia, sino la de tu hermana, ellos entran en un conflicto existencial capaz de hacer explotar su cráneo. Es quizás la manera más fácil de ahuyentarlos cuando llegan y te dicen: «Una rosa para tu novia; un volado y, si pierdo, te la regalo». Así que hay que practicarlo: «¡Que no es mi novia, es la de mi hermana!», y después sólo queda ver cómo su cabeza explota.

No es que desprecie tanto aquélla plaga de molestos rosados. No. Quizá incluso alguna de esas rosas, en un día tan romántico pero cursi como lo es el 14 de febrero, pueda salvarte de que te juzguen de amargado. ¿Pero cómo es que algo tan sencillo de dar puede ser signo de profundo amor? (Y sí, qué cursilería, pero podría ser que de eso se trata esta fecha.)

Pensemos en una rosa un poco, ay, más profunda. ¿Cómo sería comprar una semilla, plantarla, regarla todos los días, podarla debidamente, fertilizarla y quererla lo suficiente como para que, justo en ese día tan desbordante de amor, tengas un gran rosal con doce rosas listas para ser cortadas con delicadeza? ¿Cómo sería eso a comparación de aquélla flor que apareció en dos segundos y que por alguna razón fue gratis porque le ganaste el volado a un rosado?

Y entonces, tras haber leído e interpretado el párrafo anterior como un instructivo, digamos, voltaireano, al año siguiente llegas al céntrico restaurante en el que te quedaste de ver con tu prospecto. Llegas con tus doce rosas recién cortadas, evadiendo a los rosados. La persona de la que estás enamorado recibe las flores, sonríe y se sienta. Después de algunas risas y quejas acerca del mesero, terminan de comer. Pagas, se levantan y se van caminando rozándose las manos. Todo marcha viento en popa, hasta que, luego de haber caminado una calle, otro sujeto llega ante ustedes con una caja llena de chocolates que huelen exquisito. El sujeto saluda a tu susodicha y, después de haber sido muy cariñoso con ella, le dice que él mismo hizo los chocolates. En ese momento te das cuenta que los ojos de ella brillan y que su rostro se ruboriza. Él se va, pero al instante la mirada de ella se torna pesada y casi despectiva hacia ti; estás segurísimo de que el triunfador es ése chocolatero. Y así es cómo te vas de ella, sin decir nada, pensando en que no sabes por qué hiciste todo eso de las rosas si sabías que a ella le gustan tanto los chocolates.
 


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