Life’s but a walking shadow, a poor player
That struts and frets his hour upon the stage
And then is heard no more. It is a tale
Told by an idiot, full of sound and fury
Signifying nothing~Macbeth
¿Las ciudades se ven o se escuchan? ¿La fotografía urbana o el Noise? ¿Qué unidad mide mejor una ciudad, los decibeles o los lúmenes? Si las ciudades se miden además por su vida nocturna, entonces la respuesta es clara, pero ruidosa: cuando se pone el sol, las ciudades resuenan, y una ciudad nunca está tan muerta como al amanecer. La luz congrega, pero es la palabra (la oral) la que crea comunidad.
Se piensa mejor en los extremos: reformulemos: ¿quién comprende mejor una ciudad, un ciego o un sordo? Muchos tipos de sordera generan desorientación espacial, mareo, vértigo. La sordera tiende al vacío. Deshabita. La ceguera es la nota opuesta: como murciélagos, los ciegos se orientan en medida que sus propios ruidos rebotan y hacen eco en los distintos recovecos de un espacio. Ecolocación. El ciego habita los espacios complejos, urbanos.
Algunas referencias: ¿quién fue primero, Eco o Narciso? Ray Charles compuso ciego, Blind Willie Johnson también. Pero Goya pintó sordo. ¿Cómo es el Moondog de las ciudades del Bajío?
Quienes hablan de los privilegios de la vista suelen ser poetas, expertos de la voz (Homero, Góngora, Borges, Paz). Y es que el oído ve mejor. En el oráculo de Delfos, Tiresias es ciego y andrógino, es decir, plenamente urbano. Tiresias ve más porque oye más. La plasticidad de su cerebro depende de los ruidos que escucha.
Hace un par de años este suplemento trató sobre las bibliotecas, esos telescopios incapaces de escuchar. Publicamos ahora –en las próximas nueve entradas– el reflejo de aquél: un radar que trata de percibir la vida urbana en el Bajío.
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