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Sada y el bombón, una reflexión final

Imaginaba Sada y el bombón años antes de discutirla por primera vez, mucho antes de que tuviera nombre. No la imaginaba realmente… justo lo opuesto: la imaginaba como una ausencia. Durante varios meses, en 2010, entre todos inventamos sus partes y sus límites, un proceso emocionante: pasar del espacio negativo, inexistente, al espacio positivo, donde todo tiene medidas y leyes, tonos y expresiones, un universo dentro de otro, un microclima que permite vida nueva —aunque no toda.

Para saber exactamente qué era Sada y el bombón necesitábamos inventarla, poder tomarla físicamente y evaluarla. Inmediatamente después, declararla beta. Inventar durante un año los mecanismos para llevarla a la siguiente fase, modificarla, producirla, tomarla y evaluarla. Declararla beta de nuevo. Tener otros 365 días para pensar en los siguientes pasos, implementarlos, imprimirla, hojearla, declararla beta… y así exhaustivamente. Sada y el bombón es una revista que no estaría terminada nunca: evolucionaría de la misma manera que un ser vivo.

En diciembre 2013 la revista se hizo notablemente más grande —nuevo tamaño, más páginas y contenido. Un mes después, recibí la queja de un querido amigo por «verla tan grande y tan seria». Al final de mi respuesta, le escribí que «con este cambio de la revista estoy muy contento: cuando llegaron las cajas de la imprenta y pude sacar la primera y tomarla, pensé que era justo lo que esperaba y un poco más. En ese momento olvidé los 18 números anteriores y me puse a pensar en los 18 siguientes».

Veo la primera edición de Sada y el bombón y veo inocencia. Veo la última edición y distingo un gran camino andado; puedo imaginar sus siguientes cambios y su futuro lejano.
 

*

 
Podemos dividir a todas las revistas en dos grupos: las monolíticas y las experimentales. Las monolíticas evolucionan poco a poco, interiormente, la edición uno y la edición cien no son tan distintas en sus formas. Sada y el bombón es una revista experimental: nació de un deseo-incógnita-búsqueda y fue creciendo naturalmente; evolucionó hacia adentro y hacia afuera, se desbordó y ocupó otros recipientes, se hizo grande, se extendió en las personas y en las geografías, aunque siempre pautada y delimitada en el tiempo. Sada y el bombón experimentó siendo la revista de una persona, luego de dos, luego de ocho, luego de un grupo grande, luego de una ciudad y una región.

Cualquier creación estará siempre incompleta, en cualquier fase, incluso terminada. La parte complementaria está siempre en el futuro, en el deseo.
 

*

 
¿Cuál es el valor esencial de Sada y el bombón? Tal vez el cultural. No cultural como se traduce vulgarmente, sino cultural en su sentido de diccionario, antropológico: modo de vida y pensamiento local.

Sada y el bombón fue una gran red social porque era atractiva. Era atractiva porque estaba bien hecha. En las reuniones editoriales contábamos lo que nos había pasado en los últimos días o notábamos que algo cotidiano necesitaba una explicación o un análisis menos superficial, y lo convertíamos en artículo —después de una investigación y un debate con puntos de vista a veces opuestos. La edición fotográfica, la comisión de ilustraciones, el diseño editorial: todo se hacía de cero. Irónicamente, esta originalidad —que era lo que los lectores más apreciaban— no siempre le hacía sentido a los posibles anunciantes. Y ésta es la razón por la que ahora tenemos que despedirnos, pero buscaremos la manera de volver, probablemente con un esquema sustentable que esté directamente integrado —esta vez desde el principio— con el proceso de creación de contenidos. Mientras tanto, la echaré mucho de menos.
 


Jacobo Zanella participó en todos los procesos de la revista, desde el diseño de las portadas hasta la selección minuciosa de los puntos de distribución. Lee algunos de sus textos en sadabombon.com/author/jacobo

 


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Desde hace un tiempo, procuro que el cine club tenga otros programadores para atender esta diversidad y ofrecer un servicio más amplio. Los lunes por la tarde, «Otro Cine Querétaro» programa películas de carácter social y político, y por la noche Manuel Oropeza ofrece un programa extraordinario de ópera en video. Los martes ponemos la programación, digamos, oficial, que en su mayoría es cine de autor. Los miércoles son para el «Freak Show», un grupo de jóvenes interesados en el cine de culto. Y también están los ciclos que se programan en el Cine-Teatro Rosalío Solano y otros que solicitan escuelas o instituciones.   ¿Cuál ha sido el ciclo más exitoso? Hemos tenido bastantes, veinte años son muchos años. Recuerdo uno de cine de horror extremo que tuvimos que mover a una sala más grande porque el público ya no cabía. La última película del ciclo era Ichi, el asesino en función de medianoche; había personas sentadas hasta en el suelo. Otro que funcionó muy bien era de clásicos excéntricos del cine norteamericano, que iban desde La emperatriz escarlata hasta Miedo y asco en Las Vegas, pasando por Pink Flamingos y Eraserhead.   ¿Cuántas películas se han proyectado sin absolutamente nadie en la audiencia? Tiene que llegar por lo menos una persona para que se proyecte la película; no recuerdo ni una sola función cancelada porque no llegó nadie. Uno o dos por lo menos sí llegan. A veces se suspende la función porque se van todos antes de que se acabe, eso sí. Me gusta cuando programo cosas que exigen mucho del espectador, en tiempo o complejidad. Hemos hecho varios maratones; el primero fue una función continua de Berlin Alexanderplatz, la serie de televisión de Fassbinder de 15 densas horas de duración. La proyectamos en el auditorio de Bellas Artes en una copia en 16 milímetros. Al principio estaba llena la sala, al final quedaban como veinticinco personas. 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