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Cinco escenas

Plano cerrado, Adéle sumergiéndose en el mar de Lille. La piel bronceada y el bañador completo bajo el cielo acuático. Es ella en el azul, en el calor ultramarino que es Emma; flotando con los ojos bien cerrados, reencontrándose con ella, meciéndose juntas por última vez. La sal en los labios y la marea en sus mechones castaños. Adéle en el azul, en Emma. Cuerpo contra agua, la carne que se inunda; dos entes traspasándose. Yo te sigo hasta las profundidades del océano. En mi cabeza Karen O cantando «Turn into / Hope I do / Turn into you».

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Durante los noventa, una parte de mi familia —acérrimos comerciantes— encontró una minita de oro en los videoclubs. Más de ocho sucursales del Video Compacto distribuidas en Xalapa (a.k.a. Estridentópolis), una ciudad donde la lluvia y la neblina hace del cine y el café una necesidad básica. El negocio fluyó junto con el cambio de formato: del VHS al DVD y la eventual decadencia de los videoclubs. La crisis del Blockbuster fue, también, una crisis familiar. Aún quedan las torres de películas amontonadas en bodegas, estudios, salas y cuartos. Una inmensa cineteca regada en casas, cajas, personas y sobremesas.

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Un plano secuencia: Edith (nunca Marion), yendo y viniendo por su departamento en París. Alucinando a Marcel, reviviéndolo del Atlántico. Los gritos que se ahogan: ¡Marcel!, ¡Marcel!, ¡Marcel! y la penumbra, el amor arrebatado. Y uno viendo la tragedia, fulminado por la teatralidad. El gorrión se levanta y avanza por el vestíbulo, envuelto en las tinieblas del escenario. Las manos contrayéndose, el llanto que se ahoga en trompetas y tambores; la gran actuación. Dieu réunit ceux qui s’aiment.

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Pablo murió hace seis años. Tres (o cuatro) años antes de eso —en plena pubertad—, su tía dirigió una película con Ana de la Reguera. Él anduvo en el set un verano y regresó contándonos cómo se hace una película y presumiéndonos su logro: salió en una escena. Hace unos días volví a ver la película y, sin acordarme de nada, me encontré con Pablo en la pantalla. Por cinco segundos aparece un primer plano de su cara. Pausé. Era extrañísimo, ahí estaba él, inmortalizado en una secuencia de fotogramas, encerrado en el 2006, resucitado en un cameo. Y yo del otro lado del vidrio, tan ficticio.

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La película que más he visto —arriesgándome a la cursilería— es Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Siempre me ha fascinado la idea de alguien viendo la misma película más de diez veces, repitiendo los diálogos hasta volverlos suyos. En mi caso: Jack y Clementine escondiéndose en el interior de sus memorias, la casa en la playa despedazándose con una despedida inventada, Montauk. This is it, Joel. It’s going to be gone soon. Hay guiones que te entumen los huesos. Tal vez eso es el cine: un temblor que va de la espalda al estómago, como un cosquilleo de luz y celuloide.

 


Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2014, El cine, dentro de la edición 24 de Sada y el bombón.


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