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Ediciones Acapulco

Ediciones Acapulco es una pequeña casa editorial independiente en la calle Acapulco de la Colonia Roma, en el DF. Hacen libros artesanales e íntimos, con un repertorio inesperado.

Entrevistamos a su directora, Selva Hernández. Esto es lo que nos contó:

 
Hacer una revista o hacer libros o cualquier proceso de edición —incluso acomodar los cuadros de tu casa— es elegir, ordenar, tomar decisiones: qué entra, qué sale, qué va primero, cuáles son los ritmos de lectura que queremos.

La editorial funciona igualito que en la Edad Media: está el editor que dirige, el escritor, el que copia los textos, el que los ilumina, el que hace los márgenes, el que barre el taller, el que prende la chimenea. Aquí en Acapulco digo siempre algo que funciona muy bien con mis alumnos y con mi familia: somos un sistema, y la falla de uno es la falla de todos, así como el acierto de uno también es el acierto de todos.

 

El editor

Cuando ves todas las propuestas editoriales que hay, todas las convocatorias, te das cuenta que todos los editores existimos un poco por el apoyo que da el Estado a las publicaciones, porque en México nadie compra libros, nadie compra revistas, nadie lee, es una realidad. Creo que los editores somos un poco necios, que hacemos esto porque no queremos hacer otra cosa, nos aferramos, estamos un poco en el camino equivocado pero correcto al mismo tiempo.

Detrás de cada libro hay una decisión que toma una persona, un editor, que tiene sus propios criterios, y cuando lees que a grandes best sellers los rechazaron las mejores editoriales te das cuenta de que hay una persona que toma decisiones de acuerdo a lo que le dicta la empresa, porque las grandes editoriales tienen que reportar números (aunque las pequeñas deberíamos de tener ese compromiso), pues «o vendes tantos ejemplares o consigo un editor que venda más», pero siempre está el que toma la decisión –por gustos, experiencias y criterios personales.

En mi editorial —como creo que sucede en muchas otras— cada año nos preguntamos si vale la pena seguir un año más o poner mejor un restaurante o vender ensaladas orgánicas. Es muy difícil plantear decisiones porque el mercado es muy volátil y el negocio no es nunca negocio —hay que partir del principio que nunca va a ser un negocio, y finalmente vivimos en un mundo en el que hay que pagar muchas cosas. Entonces, a nivel editorial, hay decisiones que le convienen a la editorial a costa de los intereses del editor, que es lo que estoy viviendo yo, porque tengo ese vicio de hacer libros, que tengo ahora que reprimir, según mis terapeutas; así como «deja de comer chocolate», «deja de hacer libros», porque está teniendo una repercusión en mi economía, y estoy generando un stock que —a pesar de que vendemos bien— hay que tomar en cuenta en la planeación para que esto no se vaya a pique en dos años.

 

El lector y la lectura

Al editar un libro hay que asumir el papel del lector siempre: cómo lo va a leer una persona que no conoce el tema. Hay que ponerse en los pies del lector y sentir las oleadas a las que se va a enfrentar a través de la lectura. Es también concebir cada página no como un lugar en el que caben textos e imágenes sino como un diseño en el que todo dice, desde el color de fondo, las plecas, la tipografía, los papeles, la encuadernación; cómo recibo el objeto, cómo lo sopeso con las manos, cómo lo abro y lo hojeo antes de entrar en la lectura.

Para diseñar un libro y su portada hay que leer todo el libro primero. Yo comencé haciendo diseño editorial desde antes de terminar la carrera. Ahora que doy clases, con mis alumnos, la parte de leer y entender el texto es fundamental: no se puede ser un buen diseñador editorial si no se es un buen lector.

Hay algo que dice Ulises Carrión: que un texto no hace el libro, que un buen texto no hace un buen libro –diciéndolo con mis palabras, claro. Un libro no está hecho sólo por textos e imágenes, que es lo que vemos; un libro es una cosa muy integrada, desde el momento en que lo sientes, pasas las páginas, ves los colores… Y, en el proceso de diseño, la parte que más me gusta es estar sintiendo la transformación del texto: leer, releer, probar la tipografía, el espacio entre renglones, la puesta en página. Creo que ese proceso de diseño también se percibe cuando lo lees. Y los poetas lo saben: la forma transforma al texto. Hay un experimento de un alumno del MIT que manda sus ensayos en Comic Sans, en Arial y en Times New Roman, y en los de Times saca A, en los de Arial, B, y en los de Comic Sans, C. Y es mucho más evidente en un libro porque hay más factores que interactúan con el lector, como la encuadernación, etcétera.

 

Los libros de Acapulco

Tengo una definición que he desarrollado con los años: un libro es un objeto perfecto. Hay ideas del libro de artista, del libro objeto, del libro de editorial independiente –no sé cuántas categorías le ponen al libro–, pero un libro… ¡es un libro! Es un objeto preciso, una cosa muy definida. La Wikipedia dice que antes de 48 páginas no es un libro, después sí; yo tengo libros de 32.

El libro a veces está rodeado de tanto misticismo… toda esta cosa del misterio, toda la gente de libros es gente buena, no hay libro malo… y realmente es algo que no es misterioso ni místico –a pesar de que, hasta hace unas décadas, el libro contuvo el conocimiento de toda la humanidad.

Yo tenía un despacho de diseño que se llamaba Galera, y pensé que teníamos ya muchos años diseñando libros para varias editoriales, museos e instituciones, y se me ocurrió entonces que era buena idea hacer nuestros propios libros. Así saqué los dos primeros, Doce a doce, de Pedro Poitevin y Hechos diversos, de Mónica Nepote. Cuando fue la presentación de los libros, dije: ya llegó el momento, esta experiencia salió tan bien que sí podemos pensar en un sello para hacer libros.

Mi idea de hacer libros era más como un negocio que una editorial; que llegaran los autores, me pagaran y yo hiciera su libro –de hecho así funcionamos mucho todavía. Pero después empezaron, como siempre, a llegar los gustos y las ganas de hacer otro tipo de libros y otro tipo de cosas. La presentación de esos dos primeros libros fue en mayo de 2011. Me tardé casi un año en publicar el siguiente libro, que fue Siempre te amaré, de Alejandro Magallanes. Fue un año de experimentar, de plantear, de sentar las bases y comenzar a hacer muchos números –porque tampoco quería que todo mi trabajo se fuera por amor al arte, o una labor quijotesca; no quería que fuera algo iluso, y sí quería que fuera un modo de vida, que no he logrado todavía.

A mí me fascinaba leer blogs, sobre todo la interacción que podía tener el lector con el autor, decirle: «mira, me encontré tal dato de tal lugar». Entonces el mismo autor cambia el texto, diciendo: «agrego el dato que fulanito me dio sobre este tema». Esta forma que tienen los blogs de estarse transformando –a diferencia de textos en libros, que nadie los mueve–, esta cosa viva con los lectores: yo pensaba que eso era una virtud. Pensaba, con nuestros libros, hacer una mezcla entre la lectura virtual y el objeto, contrastándolo mucho, diciendo: hay esta posibilidad de tener y transformar los textos e interactuar con el autor, ¿cómo interactuamos con el objeto y hacemos con él algo valioso que valga la pena comprar aunque ya lo haya leído en internet? Esta comunión entre la lectura virtual y la lectura en papel era la premisa: estuve pensando mucho en eso y en la fórmula para que el porcentaje del 60% que se quedan entre librería y distribuidor mejor se aprovechara para la calidad del producto y pudiera hacerse venta directa. En 2012 y 2013 encontramos la fórmula, sí funcionó, empezamos a hacer libros, la gente nos empezó a conocer, querían hacer sus libros con nosotros, un libro tras otro. Mi terapeuta dice que exploté después de mucha implosión.

En Acapulco publicamos autores que nadie conoce, hacemos libros que pueden ser muy chocantes, nuestros best sellers son de 400 ejemplares. Ni siquiera es nuestra intención generar un catálogo mucho más pensando hacia el mercado de libros en México. Me encanta hacer un libro de alguien que nunca ha hecho un libro, una exposición, nada –y a quien nadie le haría un libro–, y que se divierte dibujando a sus perros.

Hicimos el balance del año pasado y nos dimos cuenta que nuestros libros se han vendido súper bien, que no está tan mal. Siempre digo: ay, no vendemos nada, qué sufrir. Pero la mayoría de nuestros libros ya se agotaron, o tenemos libros que, antes de salir, ya vendieron 150 ejemplares, que es muchísimo.

Ahora somos seis personas en Acapulco, y es mi equipo ideal; ya estamos muy divididos con las funciones. El año pasado hicimos 22 libros.

 

Productos culturales

Las cosas pasan porque hay estos impulsos imposibles de contener, o sea, sucede Sada y el bombón porque no podía pasar otra cosa; lo mismo aquí en Acapulco, porque hay personas que tienen estas ganas de hacer cosas. A mí lo que más me gusta de Sada y el bombón es que se ve una región como no pensabas que era –viéndolo desde el DF dices: ay, que increíble vida hay en Querétaro. Se ve esta vida que existe en todas partes, y las redes sociales como el Twitter han ayudado mucho a eso.

Creo que cada región de México tiene sus cosas admirables, sus peculiaridades, y hay gente siempre en todas partes que está haciendo cosas de un modo u otro, y se aferran a sus lugares, que me parece algo valiosísimo, y que deciden no mudarse al DF, porque ese es un camino, digamos, relativamente fácil, y deciden hacer cosas desde su lugar.

Está el caso notable de la editorial Almadía, que está en Oaxaca, y va bastante bien. Almadía es increíble, creo que es un gran ejemplo para todas las editoriales de México y del mundo, todos nos preguntamos cómo le hacen. Su editor, Memo Quijas, es una de las personas más inteligentes que conozco. Es una persona súper atenta a lo que hay que hacer, y hace lo que hay que hacer. Tiene una mentalidad empresarial.

Creo que hay más gente a la que le gusta hacer que a la que le gusta consumir productos culturales. Creo que nunca hay necesidad real de ellos –no a nivel masivo. Nadie dice: ay, yo quiero que haya unos juegos florales de poesía. Son cosas que surgen por las personas, muchas veces a través de las instituciones que tienen el financiamiento, y la gente lo ve y se sorprende. Me fascina ir a los festivales de poesía que hacen en voz alta: de repente están ahí 300 personas escuchando a un portugués hablando en portugués, y piensas: quién estará entendiendo esto. Pero es muy bonito, y todos están con la piel erizada y se dan cuenta que es algo muy emocionante y lo quieren volver a vivir; lo mismo pasa cuando sale una revista. O ves la poesía que se hace en el Norte, por ejemplo, la poesía joven, y dices: esto está increíble, de dónde sacaron tanta vida, tanto mundo, tanta idea.

 

La explicación del oficio editorial

Mi familia tiene muchas librerías de viejo en el centro. Yo era la típica niña que recibía primeras ediciones en vez de muñecos. Y sufría. Empecé a trabajar vendiendo libros a los doce años. Hubo una época en que íbamos a La Lagunilla y a mí me ponían mi puesto con los libros más baratos, y mis tíos me decían: ¡grita! –yo era una niña–, y gritaba: ¡de a diez, de a veinte! Me daba mucha vergüenza.

Mi tío Mercurio dice que compra mil libros al día, y tengo otro tío que dice que cada libro que vende pasa cuatro veces por sus manos; él tiene diez librerías.

 


Selva Hernández fundó la Asociación Mexicana de Ex Libris en el año 2000, y desde entonces la preside. Actualmente es profesora en Centro y directora de Ediciones Acapulco • Ediciones Acapulco, Acapulco 13-7, Roma Norte, México DF • (55) 5271 6265 • www.edicionesacapulco.mx

 


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