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Autoentrevista. Conócenos y descubre por qué bautizamos así a nuestra revista

En un afán de presentarnos, en este primer número Sada y el bombón se entrevista a sí misma.
 
¿Sada y el bombón?

Sí.
 
¿Por qué Sada y el bombón?

Es un nombre que suena gracioso, que sugiere una historia y que, por ello, puede llegar a ser un poco enigmático: «¿pues quién es el bombón
 
Y bien, ¿quién es?

No lo sabemos, el enigma es también para nosotros. No tendría caso hacer una revista que ya conocemos; la hacemos para descubrirla.
 
¿Por qué dicen que el nombre sugiere una historia? ¿Cuál historia?

El nombre Sada y el bombón está formado por dos sustantivos, un artículo y una conjunción copulativa, lo que sugiere una revista más narrativa que informativa. Nombres como Letras Libres, por ejemplo, sugieren pluralidad, diversidad de voces, multiplicidad. Sada y el bombón es, desde el título, una revista narrativa: reseñamos eventos, damos recomendaciones, presentamos novedades, emitimos opiniones, todo de forma narrativa, es decir, como si contáramos una historia.
 
¿Entonces es una revista de «historias urbanas» más que una revista de «cultura urbana»?

Pues sí, quizá tengas razón, quizá para nosotros la cultura sea la suma de historias.
 
¿Cultura urbana en provincia? ¿De verdad?

La revista se hace en Querétaro y se distribuye en algunos lugares del Bajío. Obviamente estos lugares no tienen el estilo de vida de grandes ciudades como el DF, pero sentimos que de todos modos la cultura de las ciudades de provincia no puede ser llamada como «cultura ranchera». Seremos pequeños, pero tenemos un estilo de vida urbano; no confundamos lo grandioso con lo grandote.
 
¿Dónde la distribuyen, quién es el lector?

La revista se reparte bimestralmente en Santiago de Querétaro, San Miguel de Allende, Guanajuato y Celaya. Y apenas con este primer número estamos en busca del lector, de alguien que siga la conversación que proponemos.
 


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Este año, el Cine Club del Museo de la Ciudad de Querétaro cumple 20 años. A propósito del aniversario, entrevistamos a Gabriel Hörner, director del museo y principal impulsor del proyecto desde 1994. Podríamos decir que el Cine Club es Gabriel: él ha sido el motor de la idea, ha puesto infinidad de veces el proyector, los DVDs, las relaciones con cinetecas y mucho más para proyectar cientos de películas que de otra manera no hubiéramos podido ver en Querétaro.   ¿Con qué película comenzó el Cine Club del Museo de la Ciudad? La primera proyección fue en el auditorio del Museo Regional, el 2 de febrero de 1994, una copia en 16 milímetros de Las noches de Cabiria de Fellini. Llegaron poco más de 400 espectadores.   ¿Cuál era el panorama cinéfilo de Querétaro en 1994? ¿Cómo ha cambiado? Ha cambiado mucho. Justamente en 1994 se privatizaron los cines de COTSA —la compañía estatal que manejaba casi todos los cines del país— y eso aceleró su decadencia: casi todos acabaron en cines porno. 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En términos estrictamente históricos toda película es importante, aunque sólo sea por el hecho de que retrata su época de una u otra forma —esa es un poco la idea detrás de las cinematecas y los archivos fílmicos. No se me ocurre qué películas definitivamente no programaría; si algún título «malo», digamos, fuera relevante al tema de un ciclo, no dudaría en ponerlo; o incluso un ciclo completo programado con criterios distintos a la calidad. Hace unos años programé un ciclo de comedias de los ochenta y, un poco para que no pensaran mal de mí, le puse «Cine de horror de los ochenta». Eran bastante malas casi todas, pero el valor nostálgico era muy alto. Fue un ciclo muy exitoso. Podría decir que no programaría películas aburridas, pero ese también sería un buen ciclo: «Las películas más aburridas de la historia» (y ahí lo divertido sería poner títulos muy prestigiosos). Otro factor es que no nos dirigimos a un público homogéneo sino a públicos muy diferentes. Desde hace un tiempo, procuro que el cine club tenga otros programadores para atender esta diversidad y ofrecer un servicio más amplio. Los lunes por la tarde, «Otro Cine Querétaro» programa películas de carácter social y político, y por la noche Manuel Oropeza ofrece un programa extraordinario de ópera en video. Los martes ponemos la programación, digamos, oficial, que en su mayoría es cine de autor. Los miércoles son para el «Freak Show», un grupo de jóvenes interesados en el cine de culto. Y también están los ciclos que se programan en el Cine-Teatro Rosalío Solano y otros que solicitan escuelas o instituciones.   ¿Cuál ha sido el ciclo más exitoso? Hemos tenido bastantes, veinte años son muchos años. Recuerdo uno de cine de horror extremo que tuvimos que mover a una sala más grande porque el público ya no cabía. La última película del ciclo era Ichi, el asesino en función de medianoche; había personas sentadas hasta en el suelo. Otro que funcionó muy bien era de clásicos excéntricos del cine norteamericano, que iban desde La emperatriz escarlata hasta Miedo y asco en Las Vegas, pasando por Pink Flamingos y Eraserhead.   ¿Cuántas películas se han proyectado sin absolutamente nadie en la audiencia? Tiene que llegar por lo menos una persona para que se proyecte la película; no recuerdo ni una sola función cancelada porque no llegó nadie. Uno o dos por lo menos sí llegan. A veces se suspende la función porque se van todos antes de que se acabe, eso sí. Me gusta cuando programo cosas que exigen mucho del espectador, en tiempo o complejidad. Hemos hecho varios maratones; el primero fue una función continua de Berlin Alexanderplatz, la serie de televisión de Fassbinder de 15 densas horas de duración. La proyectamos en el auditorio de Bellas Artes en una copia en 16 milímetros. Al principio estaba llena la sala, al final quedaban como veinticinco personas. En ese tiempo todavía había prostitutas en la Plaza Constitución, y como regalábamos café y empanadas, en los intermedios se juntaban en el vestíbulo y entraban a ver a las prostitutas alemanas de la República de Weimar... fue muy especial.   ¿Tiene el Cine Club alguna pretensión social; crecer la audiencia, motivar ciertas conversaciones, reunir distintos grupos de personas? Siempre ha cumplido una función social importante: el Cine Club amplía horizontes, crea conciencia, crea comunidad. Durante muchos años estuvimos exhibiendo películas y series de televisión en la cárcel de San José el Alto con frecuencia semanal. Les mandábamos cuestionarios encaminados a que reflexionaran sobre sus vidas a partir de la selección de películas que hacíamos. Nos daban una libertad increíble, podíamos programar lo que quisiéramos. 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