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Reaccionarios

Somos en gran parte las ideas ante las que reaccionamos; nuestra personalidad se dibuja en la negación.

El famoso respondió al entrevistador: «Mi ateísmo es riguroso porque así me enseñaron los jesuitas a hacer las cosas». Por todos los canales y a todas horas, a partir de entonces se acusó al famoso de incinerador y reaccionario.

La Real Academia de la Lengua Española establece como reaccionario a todo aquel «opuesto a las innovaciones». Reaccionario es también quien desea «reestablecer lo abolido» (bajo esta luz imagino a un mexicano de filiación monárquica en pleno siglo XXI). Estas definiciones parecen cargadas de tendencia, como si reaccionario no pudiera ser también el sensato sino sólo quien se opone al avance, quien es conservador en lo político o, peor –pensarán los de avanzada–, en lo económico. Se entiende por reaccionario lo contrario a progresista, y ya puede verse en el contraste de estas palabras que nuestra contemporaneidad prefiere ser calificada de lo segundo que de lo primero. Si no me cree, mire cómo en la jerga periodística y pública la palabra reaccionario forma parte del catálogo de insultos.

Si calificar a uno de reaccionario por su apego a lo pasado representa un juicio de valor negativo, es fácil no caer en cuenta que al tiempo se denosta un término que en otro contexto no recibe sino vítores: el de la tradición. Reaccionario y tradicionalista parecen más o menos intercambiables, pero el término tradicionalista está cargado, las más de las veces, de atributos positivos; la alternancia en el uso de ambos términos depende, casi exclusivamente, del juicio de valor que queramos emitir sobre una forma de pensar o actuar.

Hay otra posible acepción más sencilla y quizá por eso más verdadera. Si reaccionario es quien reacciona, y si esto significa resistirse u oponerse a otra acción, queda claro que usado como insulto no es sino otra forma de señalar y deslegitimar a quien se nos opone, y por lo tanto dice más del que lo esgrime como argumento que de quien lo recibe como pretendida ofensa. Entendido así, el término pertenece a la familia de la palabrería maniquea, aquella que se encarga de dividir al mundo en gamas perfectamente claras de buenos y malos. Mírese como ejemplo a otro integrante de esta familia: la palabra Pueblo, con mayúscula. Uno siempre es el Pueblo, los enemigos nunca son Pueblo; el Pueblo goza de legitimidad absoluta, los no-Pueblo no; el Pueblo y su voluntad son la santa palabra, etcétera.

Aún si entendiéramos como reaccionario al «que resiste o se opone», a quien dice no, ello tampoco exime de su mala fama al término, pero sobre eso hay algo qué decir. Las reuniones de intelectuales católicos son un semillero de quienes dicen que los ateos (a, sin; teo, dios: sin dios) son un absurdo, pues se definen mediante la negación de algo que el lenguaje presupone como positivo o verdadero. En otras palabras: los ateos, para descreer de dios, deben negar a dios, lo que presupone existencia. Esto es, por un lado, una falacia semántica, y por el otro un absurdo: todos nos definimos en el enfrentamiento con el mundo, y de este choque surgen lealtades y discrepancias por el hecho simplísimo de que uno no puede estar en acuerdo o desacuerdo con todo. El no no sólo es posible, es inevitable y nos conforma.

El desarrollo de los niños –mis sobrinos– siempre me ha sorprendido, pues en ellos se ve claramente una evolución en cómo van apareciendo, sin demasiado desorden, las primeras palabras: dicen, primero, mamá y papá, y pan o más o popó luego, pero siempre se cuela, en algún estadio temprano, el no como forma de contraponerse a alguna de las facetas de su realidad. Casi podría asegurar que sólo en ese momento el crío abandona su estado larvario y comienza a desenvolverse una personalidad que con los años se irá volviendo nítida en sus preferencias y disgustos.

En estos tiempos prodemocráticos, tan afines a la corrección política y a la moda, tan apegados a la voluntad de la masa, decir no es casi un acto heroico que marca la diferencia entre pertenecer al rebaño o forjarse una personalidad, cosa que equivale a ser –o volverse– persona (alguien ya decía que no se nace humano, sino que se llega a serlo). La verdadera anomalía es no reaccionar: al mundo, a su estandarización apabullante, a las hordas de zombis incapaces de una opinión fuera de norma.

 


Jorge Degetau es un escritor reaccionario y un empresario progresista. Su trabajo ensayístico y narrativo se ha publicado en revistas como Letras Libres, Este País y, evidentemente, Sada y el bombón.

 


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