Sugerir es el arte de sacrificar la literalidad en aras de que cierta sutileza hable. Alguien se lo tiene que decir, de Juan Manuel Villalobos (ciudad de México, 1972), explota bien esa estrategia. Evoca, nunca explica: son las pequeñeces las que nos murmuran algo.
No se trata de un libro de cuentos; es más bien una colección de estampas que comprueban la maleabilidad de las circunstancias, la fiereza del tiempo, y de cómo estamos obligados a optar por una vida u otra con cada golpe de timón que nos atisba el destino. La acción se finca en momentos clave de la vida de sus protagonistas, momentos destemplados, muchas veces crisis descomunales que se dan de puertas hacia dentro. Por ello los personajes aparecen desencajados de su normalidad, incómodos hasta el extremo: un aspirante a periodista es puesto a prueba por la mezquindad del oficio en su primera misión; dos remotos amigos se reencuentran justo antes de que desaparezca la hija del anfitrión; un heterosexual es cándidamente invitado por otro hombre a dejarse querer; dos amantes que no se atrevieron a llegar a más manejan hacia una ominosa consulta con el médico. Algunos amplían el área de lo que son al decidir algo que en otras condiciones les hubiera resultado ajeno. Otros caen en cuenta de que ya es demasiado tarde para recuperar la vida que hubieran querido tener. Alguien se lo tiene que decir descree de la identidad como algo inamovible, demuestra nuestra constante indefinición y la de nuestra vida.
Aunque la ejecución de estas estampas a veces queda corta a sus pretensiones, el libro se lee bien y trabaja temas atípicos en nuestra literatura. También reflexiona y observa, cosas que siempre se agradecen («Y yo me quedé con un gesto de impotencia en mis labios… como si fuera parte yo también de la estupidez del mundo, de su crueldad, como si fuera su cómplice»). Recomendado para curiosos de todo tipo, estudiosos de casos raros y gente que veranea en la playa con ganas de una lectura que no se interponga entre siesta y siesta.
En buena medida, conocer es traducir, dice Juan Villoro. Un buen traductor es, antes que nada, un buen lector; el gran conocedor de un texto. El traductor no sólo traduce las regiones explícitas de un libro, sino también, y sobre todo, el carácter implícito de las palabras, es decir, lo que está entre líneas: las ideas, el discurso, los sentimientos, el tono, el ritmo, el estilo, la espontaneidad del lenguaje; para decirlo de forma pomposa: el espíritu del texto. Traducir algo de forma literal es ir contra el sentido común. Por eso a veces es tan difícil encontrar una buena traducción, sobre todo de los textos que son de alguna forma poéticos. No existe problema alguno con el manual de la aspiradora; encontrar una buena traducción de Pessoa requiere un poquito más de tiempo. Al leer una traducción, hay que ser conscientes que siempre habrá una pérdida en el texto traducido. Por ejemplo, el español no tiene palabras para saudade, spleen o weltschmerz. Sin embargo, muy de vez en cuando, esa pérdida de la traducción puede llegar a ser paradójicamente una ganancia. Traducir del francés al español significa afrancesar el español, es decir, enriquecerlo. Una buena traducción enriquece el idioma. Breves recomendaciones: Elige editoriales que respeten la literatura. Algunos ejemplos de editoriales serias: Fondo de Cultura Económica, Cátedra, Alianza, Siruela, Nórdica, Acantilado, Pretextos, Sexto Piso y, casi siempre, Anagrama. Evita: Editores Mexicanos Unidos, Editorial Valdemar y Lectorum. Respeto editorial significa poner el nombre del traductor en algún lado. Googlea al traductor para ver qué tan reconocido es. Si en el libro no aparece ningún traductor, cómpralo para la chimenea. Invierte. Los libros con buenas traducciones suelen ser más costosos. El más caro no es el mejor traducido, pero el de $20 sí lo tradujo una máquina. Para poesía, conviene comprar una edición donde venga el poema original al lado del poema traducido. Así, por un lado, puedes sentir la oralidad y la plasticidad del alemán (aún sin entender palotada de lo que estás leyendo) y, por el otro, el significado del poema. Lecturas sobre la traducción: La tarea del traductor, de Walter Benjamin; El traductor, de Juan Villoro; Decir casi lo mismo, de Umberto Eco. ...
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