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Tres documentales de Ambulante 2014

Al Bajío a veces no llegan las cosas. Parece que estamos demasiado cerca de la capital, del norte y del poniente como para en realidad hacernos sede de algo. Así fue este año Ambulante: gloria en el Distrito Federal, rumores en el oeste. Objeciones aparte, éste fue un festival de cine documental grande y jugoso, con sedes esparcidas por toda la ciudad y secciones variadísimas, imposibles de recapitular en una oración. WikiLeaks y el narco, Pussy Riot y el ciclismo, todo estaba ahí, en su mayoría con miradas frescas y profundas. Hay que decir también que un festival es bueno –inherentemente– porque logra que espectadores y directores converjan, reivindica el cine como actividad colectiva; por más tranquilo que sea ver Netflix en el sillón, la perspectiva siempre cambia cuando se está en una sala con otras cincuenta personas. Me es imposible reseñar un festival como totalidad, así que a continuación hablaré de las partes –unas cuantas, muy pocas– de Ambulante.

 
The Act of Killing, Joshua Oppenheimer y Christine Cynn, 2012

El documental sobre la violencia se ha hecho mil veces, pero en general se la retrata como algo ajeno, algo que pasó en algún lugar alguna vez y fue terrible. Rara vez se logra, como hacen Oppenheimer y Cynn, entrar a la naturaleza violenta del hombre y retratarla cruda. En The Act of Killing, los directores piden a los exlíderes de la Juventud Pancasila de Indonesia recrear los asesinatos que cometieron contra los comunistas en los años sesenta. El orgullo que los asesinatos representan para los gangsters y el glamour hollywoodense con el que insisten en representarlos dejan ver una violencia atroz y a la vez muy humana: es el asesinato como un logro, la existencia como guerra constante. The Act of Killing tuvo en mí un efecto tarantinesco: lo explícito de la violencia resquebraja años y años de educación occidental clasemediera sobre la contención de los instintos. Deja la naturaleza humana al descubierto.

 
The Square, Jehane Noujaim, 2013

La fuerza de The Square es indiscutible por lo frescos que están en nuestra memoria los días de la primavera árabe. 2011 fue el año en que todo el mundo volteó a ver a Egipto, y no podíamos saber a ciencia cierta lo que pasaba porque la información salía intervenida por el régimen militar. El documental expone las vidas de un puñado de revolucionarios, pero añade entrevistas con miembros del ejército, tomas de las protestas, los ataques y las reacciones del gobierno. Estos elementos, intercalados, duplican el impacto de la revolución sobre el espectador: no vemos sólo el ataque militar contra la población civil, sino a las autoridades que lo niegan, el policía que dice estar de acuerdo, la familia que sufre. El resultado es honesto y las tomas personales dan a la revolución egipcia una cara humana. Sé que ya critiqué a Netflix arriba pero este documental lo encuentran ahí porque la empresa compró los derechos.

 
Moon Rider, Daniel Denick, 2012

Este documental –el último del que hablaré– dista de los otros dos en tanto que se centra en una experiencia más personal que colectiva. Cuenta la historia de Rasmus Quaade, un ciclista danés profesional que se prepara para el campeonato mundial. La película es parte de la sección «El tiempo del cuerpo» del festival, pues muestra cómo Rasmus reacciona al entrenamiento y a la presión de un tour –con el primero como una tediosa expectativa para el segundo. Está filmado en formato Super 8 desde el casco de Rasmus y el coche de su entrenador, por minutos y minutos sólo se le ve conduciendo su bicicleta, con el camino delante y el resto de los competidores detrás. Si bien el documental llega a ponerse tan tedioso como los entrenamientos de ciclismo, es una exploración acertada a la volubilidad del tiempo desde la perspectiva individual y a la capacidad del deportista de llevar su cuerpo y mente al límite.
 

Ambulante ha recorrido el DF, Acapulco y Zacatecas. En los próximos días recorrerá Puebla y Veracruz. Para saber qué parte sí llegó al Bajío –específiacmente a Querétaro– consulta documentaqro.com.
 


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Méliès, Scorsese y Hugo Cabret: los ilusionistas

La más reciente película de Martin Scorsese, La invención de Hugo Cabret, es la justificación de por qué el cine se ha ganado el título de «fábrica de sueños», y la mejor manera que tiene Scorsese de demostrarlo es con una clase esencial sobre la historia del cine: Georges Méliès, el padre de la ficción cinematográfica y director pionero en efectos especiales. Por eso mismo –por los efectos visuales – es importante mencionar que esta es una película hecha para verse en formato 3D, así podemos sentirnos un poco como la gente de la época de Méliès, creyendo que el tren de una de las primeras películas de los Lumière saldrá de la pantalla para venir a estrellarse con nosotros. Georges Méliès era muy hábil en la construcción de artefactos para realizar trucos e ilusiones ópticas –fue mago antes que cineasta. Esto le sirvió cuando decidió abrir un estudio de filmación; en sus películas utilizó técnicas como la superposición de negativos y la colorización de éstos a mano (ya que las películas de ese entonces eran en blanco y negro); el recorte de fotogramas para crear efectos especiales provocó un incremento en la variedad de historias que mostrar. Méliès logró hacer más de 500 proyectos fílmicos. Aún si no conoces mucho acerca de la historia cinematográfica, es posible que en algún lado hayas visto la imagen de la Luna con una bala-cohete incrustada en el ojo. Esta bizarra y popularizada imagen es de El viaje a la Luna (1902), la película que, inspirada en obras de Julio Verne y H. G. Wells, mandó a Méliès a la historia del cine por ser considerada la primera película de ciencia ficción. La invención de Hugo Cabret también se basa en un libro, la novela homónima de Brian Selznick. Ambas, libro y película, narran las aventuras de un niño huérfano de 12 años que vive en la estación de trenes de París: Hugo. A través de Hugo vamos conociendo a Méliès, un anciano que comparte –o compartió– el talento de elaborar complicados esquemas para construir artefactos, hacer juguetes que se mueven solos y poder entender con facilidad el alma de una máquina. En la película seguimos a Hugo por las entrañas de los relojes de la estación de trenes, nos deleitamos con los personajes que ve todos los días trabajando ahí, sufrimos con su triste pasado y vamos siguiendo un camino de pistas que nos llevan a descubrir la magia del cine. Hugo, Méliès y Scorsese son los ilusionistas que nos hipnotizan, nos impactan y nos emocionan. Las técnicas del cine han cambiado, pero el propósito de entretener sigue vivo. Y esa característica del cine, la del entretenimiento, se la debemos a Georges Méliès. A cada generación parece tocarle una transformación en la forma de hacer películas; el sonido, el technicolor, los efectos generados en computadoras y, ahora, el 3D. Esto nos lleva a pensar: ¿qué se le podría haber ocurrido a Méliès con la tecnología que tenemos actualmente? El cohete-bala probablemente habría ido directo a incrustarse en nuestras pupilas.  ...

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