Al Bajío a veces no llegan las cosas. Parece que estamos demasiado cerca de la capital, del norte y del poniente como para en realidad hacernos sede de algo. Así fue este año Ambulante: gloria en el Distrito Federal, rumores en el oeste. Objeciones aparte, éste fue un festival de cine documental grande y jugoso, con sedes esparcidas por toda la ciudad y secciones variadísimas, imposibles de recapitular en una oración. WikiLeaks y el narco, Pussy Riot y el ciclismo, todo estaba ahí, en su mayoría con miradas frescas y profundas. Hay que decir también que un festival es bueno –inherentemente– porque logra que espectadores y directores converjan, reivindica el cine como actividad colectiva; por más tranquilo que sea ver Netflix en el sillón, la perspectiva siempre cambia cuando se está en una sala con otras cincuenta personas. Me es imposible reseñar un festival como totalidad, así que a continuación hablaré de las partes –unas cuantas, muy pocas– de Ambulante.
The Act of Killing, Joshua Oppenheimer y Christine Cynn, 2012
El documental sobre la violencia se ha hecho mil veces, pero en general se la retrata como algo ajeno, algo que pasó en algún lugar alguna vez y fue terrible. Rara vez se logra, como hacen Oppenheimer y Cynn, entrar a la naturaleza violenta del hombre y retratarla cruda. En The Act of Killing, los directores piden a los exlíderes de la Juventud Pancasila de Indonesia recrear los asesinatos que cometieron contra los comunistas en los años sesenta. El orgullo que los asesinatos representan para los gangsters y el glamour hollywoodense con el que insisten en representarlos dejan ver una violencia atroz y a la vez muy humana: es el asesinato como un logro, la existencia como guerra constante. The Act of Killing tuvo en mí un efecto tarantinesco: lo explícito de la violencia resquebraja años y años de educación occidental clasemediera sobre la contención de los instintos. Deja la naturaleza humana al descubierto.
The Square, Jehane Noujaim, 2013
La fuerza de The Square es indiscutible por lo frescos que están en nuestra memoria los días de la primavera árabe. 2011 fue el año en que todo el mundo volteó a ver a Egipto, y no podíamos saber a ciencia cierta lo que pasaba porque la información salía intervenida por el régimen militar. El documental expone las vidas de un puñado de revolucionarios, pero añade entrevistas con miembros del ejército, tomas de las protestas, los ataques y las reacciones del gobierno. Estos elementos, intercalados, duplican el impacto de la revolución sobre el espectador: no vemos sólo el ataque militar contra la población civil, sino a las autoridades que lo niegan, el policía que dice estar de acuerdo, la familia que sufre. El resultado es honesto y las tomas personales dan a la revolución egipcia una cara humana. Sé que ya critiqué a Netflix arriba pero este documental lo encuentran ahí porque la empresa compró los derechos.
Moon Rider, Daniel Denick, 2012
Este documental –el último del que hablaré– dista de los otros dos en tanto que se centra en una experiencia más personal que colectiva. Cuenta la historia de Rasmus Quaade, un ciclista danés profesional que se prepara para el campeonato mundial. La película es parte de la sección «El tiempo del cuerpo» del festival, pues muestra cómo Rasmus reacciona al entrenamiento y a la presión de un tour –con el primero como una tediosa expectativa para el segundo. Está filmado en formato Super 8 desde el casco de Rasmus y el coche de su entrenador, por minutos y minutos sólo se le ve conduciendo su bicicleta, con el camino delante y el resto de los competidores detrás. Si bien el documental llega a ponerse tan tedioso como los entrenamientos de ciclismo, es una exploración acertada a la volubilidad del tiempo desde la perspectiva individual y a la capacidad del deportista de llevar su cuerpo y mente al límite.
Ambulante ha recorrido el DF, Acapulco y Zacatecas. En los próximos días recorrerá Puebla y Veracruz. Para saber qué parte sí llegó al Bajío –específiacmente a Querétaro– consulta documentaqro.com.
Este año, el Cine Club del Museo de la Ciudad de Querétaro cumple 20 años. A propósito del aniversario, entrevistamos a Gabriel Hörner, director del museo y principal impulsor del proyecto desde 1994. Podríamos decir que el Cine Club es Gabriel: él ha sido el motor de la idea, ha puesto infinidad de veces el proyector, los DVDs, las relaciones con cinetecas y mucho más para proyectar cientos de películas que de otra manera no hubiéramos podido ver en Querétaro. ¿Con qué película comenzó el Cine Club del Museo de la Ciudad? La primera proyección fue en el auditorio del Museo Regional, el 2 de febrero de 1994, una copia en 16 milímetros de Las noches de Cabiria de Fellini. Llegaron poco más de 400 espectadores. ¿Cuál era el panorama cinéfilo de Querétaro en 1994? ¿Cómo ha cambiado? Ha cambiado mucho. Justamente en 1994 se privatizaron los cines de COTSA —la compañía estatal que manejaba casi todos los cines del país— y eso aceleró su decadencia: casi todos acabaron en cines porno. En Querétaro quedaban cuatro cines de COTSA en el centro y había tres Cinemas Gemelos de la Organización Ramírez (que luego se convirtió en Cinépolis). Incluso como cartelera comercial, el panorama era muy pobre. El único refugio del cinéfilo en esa época eran los video clubs, que para entonces ya no tenían un catálogo tan amplio como cuando empezaron, a mediados de los ochentas. Ahora es muy diferente, por un lado cada vez hay más pantallas comerciales y por otro puedes acceder a casi cualquier película desde tu computadora. ¿Cuál es la diferencia entre el «buen» y el «mal» cine? ¿Qué películas definitivamente no se proyectarían en el Cine Club? El propósito del Cine Club es ofrecer al público otras opciones a la cartelera comercial y promover películas con valor artístico o histórico o con algún otro tipo de interés. Me resultaría muy difícil establecer una diferencia entre el «buen» y el «mal» cine a la hora de programar. En términos estrictamente históricos toda película es importante, aunque sólo sea por el hecho de que retrata su época de una u otra forma —esa es un poco la idea detrás de las cinematecas y los archivos fílmicos. No se me ocurre qué películas definitivamente no programaría; si algún título «malo», digamos, fuera relevante al tema de un ciclo, no dudaría en ponerlo; o incluso un ciclo completo programado con criterios distintos a la calidad. Hace unos años programé un ciclo de comedias de los ochenta y, un poco para que no pensaran mal de mí, le puse «Cine de horror de los ochenta». Eran bastante malas casi todas, pero el valor nostálgico era muy alto. Fue un ciclo muy exitoso. Podría decir que no programaría películas aburridas, pero ese también sería un buen ciclo: «Las películas más aburridas de la historia» (y ahí lo divertido sería poner títulos muy prestigiosos). Otro factor es que no nos dirigimos a un público homogéneo sino a públicos muy diferentes. Desde hace un tiempo, procuro que el cine club tenga otros programadores para atender esta diversidad y ofrecer un servicio más amplio. Los lunes por la tarde, «Otro Cine Querétaro» programa películas de carácter social y político, y por la noche Manuel Oropeza ofrece un programa extraordinario de ópera en video. Los martes ponemos la programación, digamos, oficial, que en su mayoría es cine de autor. Los miércoles son para el «Freak Show», un grupo de jóvenes interesados en el cine de culto. Y también están los ciclos que se programan en el Cine-Teatro Rosalío Solano y otros que solicitan escuelas o instituciones. ¿Cuál ha sido el ciclo más exitoso? Hemos tenido bastantes, veinte años son muchos años. Recuerdo uno de cine de horror extremo que tuvimos que mover a una sala más grande porque el público ya no cabía. La última película del ciclo era Ichi, el asesino en función de medianoche; había personas sentadas hasta en el suelo. Otro que funcionó muy bien era de clásicos excéntricos del cine norteamericano, que iban desde La emperatriz escarlata hasta Miedo y asco en Las Vegas, pasando por Pink Flamingos y Eraserhead. ¿Cuántas películas se han proyectado sin absolutamente nadie en la audiencia? Tiene que llegar por lo menos una persona para que se proyecte la película; no recuerdo ni una sola función cancelada porque no llegó nadie. Uno o dos por lo menos sí llegan. A veces se suspende la función porque se van todos antes de que se acabe, eso sí. Me gusta cuando programo cosas que exigen mucho del espectador, en tiempo o complejidad. Hemos hecho varios maratones; el primero fue una función continua de Berlin Alexanderplatz, la serie de televisión de Fassbinder de 15 densas horas de duración. La proyectamos en el auditorio de Bellas Artes en una copia en 16 milímetros. Al principio estaba llena la sala, al final quedaban como veinticinco personas. En ese tiempo todavía había prostitutas en la Plaza Constitución, y como regalábamos café y empanadas, en los intermedios se juntaban en el vestíbulo y entraban a ver a las prostitutas alemanas de la República de Weimar... fue muy especial. ¿Tiene el Cine Club alguna pretensión social; crecer la audiencia, motivar ciertas conversaciones, reunir distintos grupos de personas? Siempre ha cumplido una función social importante: el Cine Club amplía horizontes, crea conciencia, crea comunidad. Durante muchos años estuvimos exhibiendo películas y series de televisión en la cárcel de San José el Alto con frecuencia semanal. Les mandábamos cuestionarios encaminados a que reflexionaran sobre sus vidas a partir de la selección de películas que hacíamos. Nos daban una libertad increíble, podíamos programar lo que quisiéramos. (Fue la época en que producían musicales adentro.)Ahora me gustaría trabajar en asilos de ancianos: aunque tienen televisiones y reproductores de DVD, es difícil que accedan a las películas que vieron en su juventud; creo que eso podría darles mucho placer. Recomiéndanos un ciclo de películas infalible. Lo que sea de Alfred Hitchcock. Godard dijo alguna vez que las películas que Hitchcock realizó para Universal Pictures eran tan importantes en la historia de la civilización como la Capilla Sixtina, con la diferencia de que aquéllas habían sido vistas por decenas de millones de personas y ésta por un número mucho más reducido. Es algo infalible, Hitchcock siempre te llenará la sala y no estás haciendo ninguna concesión. La última vez que lo programé llegó un público muy joven a verlo. Cuando pasamos Psicosis, no tenían ni idea de que asesinaban a la protagonista a los quince minutos de empezada la película. Fue muy emocionante ver su desconcierto y envidiarlos. ¿Qué no daríamos por recuperar esa sorpresa? Billy Wilder también es infalible pero el público novel no lo ubica tanto como a Hitchcock. ¿Cuál ha sido tu motivación a lo largo de estos años? Cuando era niño, y a pesar de que en mi casa se iba mucho al cine, siempre quería ver más películas pero el principal obstáculo era el costo de las entradas. Para el niño que fui, una función de cine gratis era la dicha absoluta; a lo mejor por eso me he pasado la vida organizando funciones gratuitas. Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2014, El cine, dentro de la edición 24 de Sada y el bombón....
Después de trabajar cinco años en festivales de cine, me he dado cuenta de algo: el cine es efímero por naturaleza y, por desgracia, esa inmateri...
Allan Kaprow Ensayo sin título y otros happenings Colección Anómalos Tumbona Ediciones, 2013 112 pp. Me parece que la palabra pasó por la misma t...
La más reciente película de Martin Scorsese, La invención de Hugo Cabret, es la justificación de por qué el cine se ha ganado el título de «fábrica de sueños», ...