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Apuntes sobre las relaciones temporales y espaciales de un caminante

A los 22 años comencé a vivir en el DF y conocí lo que era un barrio –vivir, trabajar y realizar todas las actividades en un espacio delimitado– pero, sobre todo, lo que era caminar para realizar todas esas actividades: proclamar la independencia urbana, la independencia del automóvil. En esos años pude sentir cómo una necesidad se convirtió en un placer; uno de los recuerdos primordiales de esa época son las largas caminatas solitarias del cine a la casa después de las diez u once de la noche, entre los árboles de Horacio.

He vivido en otras casas y en otras ciudades, y siempre he buscado esa posibilidad de hacer todo caminando. Ahora, a los 36, puedo sentir cómo el placer de caminar ha regresado a ser otra vez una necesidad: la necesidad de obtener placer caminando, de convertir un trayecto en el más sencillo y noble lujo urbano.

Las primeras caminatas conscientes que recuerdo, a los trece o catorce años, me permitían pensar en voz alta, con mucha claridad. Las caminatas de hoy ya no son marginales como aquellas, pero me siguen dando preguntas y respuestas. Presento aquí los siguientes apuntes, apenas como abstractos de ideas no desarrolladas; como observaciones obsesivas de un obsesivo caminante.
 

Las velocidades del caminante

Las velocidades a las que una persona puede caminar van de 1 a 10 km/h. La primera velocidad es la del bebé que recién aprendió o la del enfermo, cautelosa y temerosa. La segunda, una de mis favoritas, es la de la observación pausada o la del perezoso (es también la que evita sudar cuando hace calor). La tercera es la del promedio de los caminantes en pareja o pequeños grupos: lenta, torpe, mediocre –aunque permite conversar. La cuarta es la velocidad de las ciudades medianas o del peatón solitario que rebasa a todos.

La quinta es la de la pasarela de moda, la de las grandes urbes o la de ejercicio; altera la respiración. La sexta es la de mucha prisa, casi corriendo (la que usamos en los aeropuertos cuando creemos que vamos tarde). La última, la séptima, es sólo para los profesionales: la caminata olímpica.
 

Caminar solo vs. Caminar acompañado

Caminar solo es una expresión individual; trasciende lo motriz y se convierte en un acto de personalidad. Alguien te observa caminar solo y puede decir «ahí va tal, deduzco que es así y así». Caminar con alguien –o en grupo– elimina esas características casi psicológicas que el acto de caminar puede comunicar: caminar con alguien te obliga, irremediablemente, a hacer concesiones respecto a tu velocidad y ritmo: dejas de ser un individuo y te conviertes en un promedio.
 

La suma de dos velocidades

Caminar de prisa sobre la banda automática de un aeropuerto puede ser muy divertido, pues se suma nuestra velocidad con la de la banda (es mi ocupación predilecta cuando me aburro entre un vuelo y otro): caminar así cambia totalmente nuestra percepción del espacio y de las otras personas; la visión lateral comienza a deformarse ligeramente. Si pudiéramos caminar a esa velocidad, la arquitectura y las ciudades serían muy distintas.
 

La resta de dos velocidades

Caminar de prisa sobre la banda de una caminadora de gimnasio es algo muy aburrido, pues la velocidad de la banda contrarresta nuestra velocidad (si fuera a un gimnasio, es el último aparato que usaría): caminar así cambia totalmente nuestra percepción del espacio y de las otras personas, pues logramos caminar, paradójicamente, sin movernos; deja de ser algo físico y trascendente y se convierte en una actividad sedentaria.
 

La relación entre las dimensiones de la ciudad y la velocidad del cuerpo

Las manzanas de las ciudades (en promedio, en teoría) miden 100 x 100 m: una hectárea. Si caminamos a 100 m/min, podemos calcular fácilmente nuestro tiempo de llegada: ¿dónde dices que vives? Ah, ya sé dónde, son unas ocho cuadras; nos vemos ahí en ocho minutos.
 

La relación entre la velocidad y la masa

En otoño e invierno, según mi peso (62) y la velocidad a la que camino (6 km/h), quemo 50 calorías por kilómetro recorrido. En esos meses camino al menos ocho kilómetros al día, o sea que quemo unas 400 o 500 calorías sólo por esa actividad cotidiana. En primavera y verano, cuando el calor es tremendo –y el apetito disminuye–, camino más despacio (5 km/h) y camino menos, apenas cuatro kilómetros en promedio, por lo que quemo solamente 200 calorías.
 

Algunas formas notables de caminar y sus velocidades

Las siguientes formas están subjetivamente ordenadas por velocidad, de menor a mayor. 1. Caminar verticalmente atado a cuerdas, con picos y ganchos: los profesionales que hacen montañismo. 2. Caminar en una procesión: dos pasos para adelante y uno para atrás –o variantes mucho peores–, cargando una plataforma con estatuas. 3. Caminar con las manos: también conocido como caminar de cabeza. 4. Caminar con una andadera: bebés o ancianos. 5. Caminar sobre una cuerda: los trapecistas o los que caminan entre dos edificios. 6. Caminar con muletas: cuando hay un impedimento físico temporal o permanente. 7. Caminar con bastón: después de ciertas intervenciones quirúrgicas o en edad avanzada para mantener el equilibrio. 8. Caminar de rodillas: sinónimo de humildad y sumisión. 9. Caminar sobre el agua: yo sólo lo he visto en Porto Galinhas. 10. Caminar con picos metálicos en las suelas de los zapatos: para caminar sobre un glaciar. 11. Caminar con esquís y bastones de esquí: para caminar sobre nieve. 12. Caminar con bastones de trekking: puede usarse sólo uno o el par; los viejos los usan en la caminata deportiva. 13. Caminar con zancos: la fábula insertada en la tragedia. 14. Caminar de la mano de alguien: niños pequeños, enamorados, ancianos o temerosos. 15. Caminar con tacones: la postura se estiliza inmediatamente. 16. Caminar normal: se usan los pies, como lo hace todo mundo, sin más. 17. Caminar dentro de un cilindro: eternamente, como un hamster. 18. Caminar sobre un vehículo en movimiento, por ejemplo, el pasillo de un avión en pleno vuelo: el sueño recurrente de Einstein.
 

El caminante como el tiempo

La casa como un punto, la calle como una línea, la manzana como un polígono. La ciudad como el ejemplo esencial de la tridimensionalidad del espacio. El caminante como el tiempo, el cuarto elemento que hace que todo –la casa, la calle, la manzana– sea relativo.
 

La discreta mirada del caminante

El caminante es un morboso voyerista que sabe, después de años, en qué momento preciso –y desde qué ángulo– voltear a ver a alguien para, en menos de un segundo, apreciar perfectamente sus virtudes y defectos.
 

La velocidad como acto de edición

El incremento en el número de habitantes en una ciudad incrementa la cantidad de estímulos que ésta irradia. Para controlar este exceso de información –y adaptarse a ella–, los ciudadanos de las grandes metrópolis aceleran el paso. En las grandes ciudades, la persona promedio tarda 8.5 segundos en caminar 15 metros, mientras que en los pequeños pueblos tarda 22, casi tres veces más.
 

La relación entre el espacio y la individualidad

El ancho de las banquetas es un elemento importante en la interacción y en la democracia urbanas. La banqueta puede ser suficientemente ancha para que distintas personas o grupos caminen simultáneamente, cada quien a su ritmo, sin estorbarse. Contrasta con ella la banqueta muy angosta, en la que apenas cabe una persona; en ella es imposible la individualidad: hay que estar cediendo, calculado y adaptándose a los otros peatones todo el tiempo.
 

La deliberada distorsión de la percepción

Caminar solo y escuchar música a través de un par de audífonos es uno de los clichés de la vida urbana. También es una de las mejores definiciones de lo que es el tono: da una atmósfera, una actitud; propicia una cierta mirada, una tendencia. También distorsiona el tiempo, lo alarga, lo reduce, nos hace caminar más rápido o más despacio; nos obliga a sentarnos un momento o a cambiar radicalmente la ruta. Es también una gran experiencia posmoderna: la música pinta todo lo que vemos con cierto matiz, lo hace falso, lo transforma en lo que la música nos induce a creer que es. Mientras caminamos, la coincidencia inesperada de la mejor parte de una canción con una escena urbana inusual puede ser el mejor momento del día; puede incluso despertar una emoción superior a la que alcanzamos en un concierto.
 

El caminante y el equilibrio

¿Te has dado cuenta que caminar es estar parado en un pie el 99% del tiempo? Difícilmente ambos pies están en el piso simultáneamente. Caminar es, entonces, como ir brincando en cámara lenta.
 

Caminar como antecedente de la percepción

Ver, oír, gustar, tocar, oler. Caminar es una especie de sexto sentido: caminar otorga el sentido espacial y temporal: ¿cuál es la relación del cuerpo con el espacio, la luz, las formas o los volúmenes que lo rodean? ¿Cómo percibo el paso del tiempo si camino a gran velocidad o si apenas me muevo? Estas relaciones y percepciones son nuestro diálogo con el mundo físico. Son igual de importantes que las que generan los cinco sentidos tradicionales (¡de los cuáles ninguno es motriz!).
 

La psicología de la física

Caminar es una forma de ser y de sentir. Hagan este ejercicio para comprobarlo: en una banqueta cualquiera, caminen exactamente igual que el que va adelante de ustedes. Hagan todo idéntico: repitan su movimiento de cadera, el ancho y largo del paso, el sube y baja, la postura y, por supuesto, la velocidad. Todo. Muy pronto comenzarán a sentir lo que él siente y a pensar como él piensa.
 

Ver por dónde

El sistema de navegación de un barco antiguo dependía del firmamento. El sistema de navegación del cuerpo depende de los ojos, sobre todo en una multitud o en un espacio de circulación constante. Con la vista tensamos líneas entre los ojos y el lugar donde vamos a pisar, entre nuestro cuerpo y el espacio por donde se desplazará. Esas líneas invisibles son perfectamente notadas y respetadas por los otros peatones. Funciona incluso con gafas, aunque no perfectamente si son oscuras.
 

Mantenga su derecha

El sistema de metro en París es eficiente. Son los usuarios y los turistas quienes pudieran atascarlo. Es un sistema de transporte automático que, sin embargo, depende mucho de la eficiencia motriz de sus usuarios, del timing de sus micro desplazamientos dentro de los espacios que forman el sistema. Las autoridades lo han reducido todo a tres palabras: Tenez votre droit. Con ese imperativo intentan que la eficiencia de un sistema de transporte no disminuya por culpa de una idiosincrasia individual o grupal.
 

El caminante y el silencio

Venecia representa el cliché, la masa, la postal y la exageración, pero tiene algo bastante inusual: la presencia del caminante y del silencio. Cualquier día puede ser domingo, pues andar no produce ruidos ni emisiones. La experiencia urbana es atemporal.

 


Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2012, El caminante, dentro de la edición 12 de Sada y el bombón.

 


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