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Cuatro paseos

I.

En un agosto, un narrador de una novela emprende una caminata para «poder huir del vacío que se estaba propagando en mí», nos confiesa. Merodea un año exacto por el condado de Suffolk. Un año caminando. No lo dice, pero yo imagino que deambula por esas 79 millas de costa fría que unen Felixstowe con Lowestoft. Quizás ve estas ruinas que yo veo ahora, erigiéndose dignamente sobre el borde de esa costa imperiosa. El mar ya se comió el ala oeste de las ruinas. Hace unos años, el agua se tragó una de sus dos torres. Ya sólo quedan cinco arcos de esa iglesia abandonada hace cuatro siglos, tratando de rescatar la dignidad que pueden reunir en ladrillos. Algo así como el narrador de la novela. Camina para rescatar lo que queda de su persona. De su humanidad.
 

II.

Aquí es marzo. La lluvia ha concedido tregua sólo en cantidad, no en presencia. Hace frío. He llegado en tren a Nishikyo-ku para ver de cerca el palacio de retiro imperial Katsura y sus alrededores. Nunca he entendido cuando me dicen que algo se construyó en el s. XVII, yo lo traduzco a noches que nadie ha habitado y mi cabeza se obstruye por tanta soledad. Aquí, dice el narrador, el sendero no es un medio para llevar a alguna parte. Aquí es el hilo del discurso. Se camina para que el caminante acoja la idea de que él no es unidad sino multiplicidades que se van mostrando en puntos de vista desdoblados durante el recorrido. El movimiento causa una transformación en perpetua calma. De nuevo, el narrador advierte que «caminar presupone que a cada paso el mundo cambia en alguno de sus aspectos y también que algo cambia en nosotros». Si algo me queda claro es que en este paisaje yo soy el escenario.
 

III.

Aquí a todo el mundo le interesa el barrio rojo. Por eso tienes una ventaja incomparable. Por las tardes nadie camina por la posada en la que tienes una pensión tan barata que haces a un lado tus sospechas con los cubiertos. Te avecindaste sólo porque querías sentirte judío, adolescente, actor shakespeariano. Porque aquí nadie te conoce y montas una escena en la calle sin empacho. Aquí el narrador no le da voz al personaje, porque ya hemos dicho que es un actor. Ellos repiten lo que alguien más les ha escrito. Los canales circulares en torno al casco antiguo han formado calles y canales cuyas curvas esconden más de lo que revelan. Sofoca la humedad del verano y Jordaan, a pesar de no ser el sitio más turístico, se está llenado de riquitos que arrendan lofts en esta época del año. Caminas y reafirmas que eres judío pero hablas inglés. Que eres joven pero naciste viejo. Te has enamorado pero no sabes todavía por qué. Tú sigues caminando.
 

IV.

La leyenda dice que Pablo huyó de Iconio, rumbo a Laranda. Que pasó por Listra y Derbé. Ya no podía estar en esa ciudad por la asfixia entre los muros de adobe. Pero no es Pablo el que te interesa ahora. Es el poeta, más bien, que ha vivido once siglos después. Te embarcas a Turquía solamente para ver Iconio. El calor seco te marea un poco. Levantas la vista al minarete porque quieres pretender que eres un simurg que permanece en silencio: ese que piensa que «el resto es todo olor» y que huye de la trampa –sólida– de su amante. Que dice que tiene pies ligeros porque no sabe cómo ha llegado ahí. A ti te separan diez siglos del poeta y por eso los coches y los edificios se imponen al desierto; pero sigues siendo, esencialmente, el profeta que huye de los otros, el poeta que huye de ella, el hombre que huye de sí.

¿Es necesario decir que el lector ha caminado Suffolk, Kyoto, Ámsterdam y Konya?

 


I. Sebald, W.G. Los anillos de Saturno. Trad. Carmen Gómez y Georg Pichler. Madrid: Debate, 2000.

II. Calvino, Ítalo. Colección de arena. Trad. Aurora Bernárdez. Madrid: Siruela, 1990.

III. Yourcenar, Marguerite. «Una hermosa mañana». Como el agua que fluye. Trad. Emma Calatayud. Madrid: Alfaguara, 1994.

IV. Yalal al-Din Rumi. Poemas sufíes. Versión de Alberto Manzano. Madrid: Hiperión, 1997.

 

Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2012, El caminante, dentro de la edición 12 de Sada y el bombón.

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