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Imagen © Modern Classic

Pensar lectores, imaginar librerías

Hace poco me dijo un muchacho que, si pudiera, entre todas las cosas que hay por elegir, tendría una librería. Entonces le hice una pregunta que me pareció sagaz: y si eso es lo que más quieres, ¿por qué tienes barba y no una librería? Su respuesta fue quizá más astuta aún: «No lo sé, la barba va saliendo todo el tiempo, no me tengo que esforzar para que salga, y ni siquiera puedo detenerla. Las librerías no van saliendo así, de los folículos de la tierra. El comercio de libros no funciona así; no es como la barba». Aunque pareció tajante en su contestación –y mientras yo le miraba la barba– procedió a decirme:

Una vez pensé que si pusiera una librería la pondría toda rodeada con cristales; como una pecera. En vez de poner los libros en los estantes ordinarios, los colgaría del techo, de tal manera que el libro más alto quedara apenas por encima de la cabeza del usuario promedio. Suponiendo que la repisa más alta quedara muy arriba para alguien pequeño o no muy alto, habría un carrito en cada pasillo con una buena dotación de best-sellers insípidos; el usuario podría tomar unos cuantos de estos, apilarlos y elevarse para ver algunos libros que valieran más la pena. Los libros más bajos estarían cuando mucho a la altura de la parte media del fémur, a unos 80 centímetros del suelo. En las librerías comunes resulta bastante engorroso ver los libros que rozan el piso. Desde afuera de la tienda sólo podrías ver las piernas de los clientes paseándose, las cabezas y los torsos aparecerían ocultos detrás de una multitud de estantes y libros. Tal vez no necesito decirlo, pero la metáfora consiste en esconder las cabezas y los cuerpos detrás de los libros, de las historias y las ideas, y los pies en la tierra como único asidero a la realidad.

Como suelo leer acostado, y creo que la mayoría de la gente sentada, eso sería otra cosa que podría aprovechar: el reposo físico como aliado de la lectura. He conocido gente que camina mientras lee, pero igual que cuando al dar un paso se intenta tomar agua de un vaso –el líquido se tira, se escurre por el vaso, por la cara y hasta la camisa– así se les van chorreando primero las letras, luego las palabras, luego los párrafos, luego las hojas, y antes que todo esto las ideas, y luego mueren atropellados. Eso ya ha pasado, pero nunca nos enteramos, porque cuando atropellan a la gente por ir leyendo siempre llega un duende que se lleva el libro para que el libro no sea inculpado. Bueno, esto no tiene nada que ver con lo que quería decir.

La experiencia de esta librería tendría que ser de absoluto reposo, cómodamente acostado, con el torso más o menos a 30 grados. Las secciones de ficción, historia, filosofía y poesía tendrían por ahí algunas camas. Sobre el sujeto acostado habría una banda sin fin con los libros sujetados dando vueltas. Para acrecentar la experiencia, sobre cada cama habría un marco entornando los libros. En la sección de filosofía podría verse pasar los libros a través de la cabeza de Platón, Hegel o Schopenhauer. En la de historia los clientes verían los libros a través de un escudo romano, una bomba atómica o una rueda. En un pequeño buró contiguo, el lector tendría un vaso de agua y una libreta para anotar los títulos de su interés. Igualmente contaría con un botón para detener la banda, descolgar el libro y echarle un vistazo, siempre con la promesa de regresarlo después de que esta banda infatigable, cargada de ideas infinitas, hubiera dado un ciclo completo. Al final toda la experiencia sería como un sueño. El momento de pagar sería el retorno a la realidad: funcionaría como un pellizco en los huevos.

Bueno, también los que caminan mientras leen o leen mientras caminan han de merecer una librería, esperando que les caminen los ojos sobre las letras al menos de manera tan sólida y continuada como los pies sobre el piso. De otro modo, si lo suyo es caminar y no leer, que se inscriban a un gimnasio o que vayan al parque. Si lo suyo es aparentar, les propongo un libro con fondo de vidrio con el cual puedan ir viendo el camino mientras simulan leer. Es más, les ofrezco una librería con la condición de que si dejan de caminar, dejen de leer. ¿Por qué razón? Porque si han de ser acreedores de este esfuerzo, al menos debieran estar comprometidos en empeñarse en esta disciplina. O sea que si dejaran de caminar, sobrarían los espacios vacíos, que para eso son.

Para esta clase de lectores podría haber una librería dispersa en un edificio grande con caminos bien señalizados, sonidos de claxon, motores, pájaros y personas. Quizá este edificio podría ser como un campo de entrenamiento en el arte de la lectura andante. Las repisas con libros estarían a muchos metros de distancia una de otra y cuando menos dos estantes a modo de espejo, distantes uno de otro. Si el cliente toma un libro de cuentos del estante A y quiere otro del mismo autor, tiene que ir caminando hasta el estante B, que se encuentra en otro lugar de la librería. Durante el trayecto puede leer o releer la contraportada y hojear el interior. Una vez cubierta la distancia, estará obligado a depositar el libro en el mencionado estante B. Si quiere todavía otro libro del mismo autor, tendrá que hacer el recorrido en sentido contrario, siendo esta vez pertinente acelerar o disminuir la marcha de acuerdo a la necesidad. Desconocemos si existe alguna relación directa y proporcional entre la velocidad de la caminata y la de la lectura, sólo la experiencia y la intuición permitirán al lector adecuar sus lecturas a sus recorridos.

Cubierta esta fase de entrenamiento, la librería entonces podrá estar compuesta por no solo uno sino varios edificios, en no una sino varias ubicaciones. Como sería bastante complicado estar rentando edificios por toda la ciudad, una opción podría ser que se solicitaran voluntarios dispuestos a albergar alguna sección particular.

En este caso no se requerirían secciones espejo. Digamos que los libros de poesía están ubicados en Gutiérrez Nájera 70, entonces el lector se presentaría en dicha ubicación y se vería forzado a subirse en una banda eléctrica y caminar en ella para siquiera poder echar un vistazo a los títulos. Elegido algún libro, entonces podría caminar hasta la caja, que por cuestiones administrativas sería una para todas las secciones, y que estaría, digamos, en Altamirano 36. Habiendo tenido el tiempo suficiente para escudriñar el libro, tomaría uno de los dos caminos posibles: comprarlo o no comprarlo. En esta modalidad de librería dispersa el lector, asumiendo la responsabilidad de sus propios pasos, estaría siempre en riesgo de: pisar algún excreción canina, ser defecado por un ave, atropellado por un vehículo de combustión interna, ser despojado de sus pertenencias sin siquiera notarlo y, óptimamente, de toparse con otro distraído lector andante.

Cuando terminó su discurso, tuve la impresión de que la barba casi le salía de la boca, de la lengua y le llegaba, casi, al suelo.


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