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Pasear y hablar, a eso podría reducirse la naturaleza humana

Cuando el pitecántropo alzó la vista, observó el horizonte, dijo «allá» y comenzó más que erguido a caminar, fue cuando comenzó la humanidad. No vemos lo que está detrás del horizonte, pero lo imaginamos y, en lo que caminamos hacia allá, le ponemos nombre. Quizá todas las palabras sean sólo otra forma de decir «allá voy».

Estamos hechos de pasos y palabras. Pero no todos los pasos ni todas las palabras son iguales: los miopes suelen ver horizontes ilusos e ingeniosos, las personas con pie plano caminan con una torpeza certera, el tartamudo suelta a veces frases espléndidas. Cada quien articula el camino de forma distinta.

Para algunos el paseo es una actividad, para otros es un tono o un estado de ánimo. ¿De qué hablamos cuando hablamos de pasear? ¿Ir al parque a caminar con uno de esos tenis para enflacar es pasear? O mejor aún: ¿podría considerarse un paseo el estar un par de horas en una mecedora viendo la profunda superficialidad de una pared blanca?

¿Qué paseamos cuando paseamos? ¿Paseamos la vista, las piernas, la cintura o la cabeza? ¿Paseamos la vanidad, la ansiedad o el deseo? Quizá paseamos todo a la vez, quizá paseamos todo el tiempo. Funcionamos por capas; pasos palimpsestos.

 


Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2012, El caminante, dentro de la edición 12 de Sada y el bombón.

 


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