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Asesor o rasuradora eléctrica, no importa, todo está conectado

Después de trabajar cinco años en festivales de cine, me he dado cuenta de algo: el cine es efímero por naturaleza y, por desgracia, esa inmaterialidad ha hecho que buena parte de la industria a su alrededor sea tan carente de sustancia como las imágenes que produce.

Tal vez me equivoque pero, de todas las personas que asisten a Cannes, más de la mitad jamás han pisado un set de filmación y, muy probablemente, nunca lo harán (yo mismo me incluiría en esta estadística si no fuera por algunos cortos en los que participé al terminar la universidad). Viendo las cosas con practicidad, la lógica del mercado impera como lo haría en cualquier otra industria: el que sobrevive y genera más con la menor cantidad de recursos, no es el que crea, produce, compra o vende, sino el que funge como intermediario; aquel que ayuda a unir los puntos y cobrar por ello, aquel cuyo principal capital es la agenda de contactos y su reputación.

A pesar de este mar de asesores, representantes, agentes, managers y cargos con nombres más sofisticados como «autoridad fílmica» o «liaison», puedo decir que la industria cinematográfica me ha regalado episodios en donde sus reglas se vuelven en contra de sí misma para generar momentos, oficios y, sobre todo, películas donde el arte existe por un breve instante sin fees, contratos o acuerdos. Tres ejemplos:
 
1. El proyeccionista de la Cineteca Nacional

Lo que más me gusta de este personaje es que jamás lo conocí, solo he oído hablar de él. Quizás hay más de un proyeccionista en la Cineteca, pero para mí no es una persona sino un símbolo que representa a todos los proyeccionistas del mundo; o al menos el que todos deberían aspirar a ser. Según lo que me contaron, al recibir la copia de una película en 35 mm, este proyeccionista se dedicaba a estudiarla minuciosamente, revisando cuándo se salía de foco, en qué momento el volumen subía demasiado o la imagen se volvía oscura. Lo hacía de tal manera que tenía bien cronometrada la cinta y podía ir corrigiendo esos pequeños detalles durante la proyección. Aunque fuera prácticamente imperceptible, él editaba la película sobre la marcha, generaba el último corte y le hacía la mayor justicia posible a todas las cintas que pasaron por sus manos.
 
2. La Playa D.C.

Esta película de Juan Andrés Arango retrata la vida de una pequeña comunidad afro-colombiana viviendo en un Bogotá donde los peinados de los personajes reflejan sus transformaciones y sirven de metáfora dentro de la trama. Mientras la historia avanza, el protagonista decide raparse por completo; y es que solo quien puede entender el potencial poético de una rasuradora eléctrica es capaz de iniciar una película con el siguiente diálogo: «Esta trenza es como un mapa, ella te lleva por buen camino, sin hacerte perder, te ataja de los peligros y te lleva a donde querés ir».
 
3. El topo

Se trataba de una clase magistral con Jodorowsky en el Museo de Arte y Diseño de Nueva York, precedida por su famosa película El topo. Logramos ser de los pocos que obtuvieron un boleto junto con un selecto grupo de sus seguidores más devotos. Durante la proyección, escuché a gente rezar y llorar —o al menos eso creo que hacían. Al terminar la película, Jodorowsky subió al escenario; junto a él estaba La traductora, una mujer sin nombre que, esa noche, quedó marcada por su profesión. Jodorowsky empezó a hablar y ella a traducir, en algún momento él se desesperó con el tono tan políticamente correcto con el que lo traducían y la invitó a que se liberará, a que tuviera una voz propia y se alejara de lo correcto. Luego él le pidió que dejara de traducir cuando ella se equivocó mientras narraba el suicidio de su abuelo, pero ella insistió en seguir. Se hizo un silencio incómodo, Jodorowsky le dijo algo al oído, ella empezó a llorar, lo abrazó y se quedó parada junto a él. La gente aplaudió, un amigo aprovechó para levantarse y darle un regalo que traía desde Colombia (jamás me dijo qué era), Jodorowsky lo aceptó con gusto, se despidió de la audiencia y dijo: «Sólo soy un farsante».

De esto se trata la industria cinematográfica. Pelear con ella no tiene sentido. Es mejor entender que, si hay que ser un farsante, debemos saber crear una película en cinco minutos a partir de una tarjeta de presentación; si hay que ser un artista, hay que saber serlo hasta en la sala de proyección y, si hay que contar una historia, se debe poder hacer con todos los recursos posibles, como una serie de peinados afro-colombianos hechos con una navaja.

 


Este artículo es parte del suplemento especial de otoño 2014, El cine.


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La más reciente película de Martin Scorsese, La invención de Hugo Cabret, es la justificación de por qué el cine se ha ganado el título de «fábrica de sueños», y la mejor manera que tiene Scorsese de demostrarlo es con una clase esencial sobre la historia del cine: Georges Méliès, el padre de la ficción cinematográfica y director pionero en efectos especiales. Por eso mismo –por los efectos visuales – es importante mencionar que esta es una película hecha para verse en formato 3D, así podemos sentirnos un poco como la gente de la época de Méliès, creyendo que el tren de una de las primeras películas de los Lumière saldrá de la pantalla para venir a estrellarse con nosotros. Georges Méliès era muy hábil en la construcción de artefactos para realizar trucos e ilusiones ópticas –fue mago antes que cineasta. Esto le sirvió cuando decidió abrir un estudio de filmación; en sus películas utilizó técnicas como la superposición de negativos y la colorización de éstos a mano (ya que las películas de ese entonces eran en blanco y negro); el recorte de fotogramas para crear efectos especiales provocó un incremento en la variedad de historias que mostrar. Méliès logró hacer más de 500 proyectos fílmicos. Aún si no conoces mucho acerca de la historia cinematográfica, es posible que en algún lado hayas visto la imagen de la Luna con una bala-cohete incrustada en el ojo. Esta bizarra y popularizada imagen es de El viaje a la Luna (1902), la película que, inspirada en obras de Julio Verne y H. G. Wells, mandó a Méliès a la historia del cine por ser considerada la primera película de ciencia ficción. La invención de Hugo Cabret también se basa en un libro, la novela homónima de Brian Selznick. Ambas, libro y película, narran las aventuras de un niño huérfano de 12 años que vive en la estación de trenes de París: Hugo. A través de Hugo vamos conociendo a Méliès, un anciano que comparte –o compartió– el talento de elaborar complicados esquemas para construir artefactos, hacer juguetes que se mueven solos y poder entender con facilidad el alma de una máquina. En la película seguimos a Hugo por las entrañas de los relojes de la estación de trenes, nos deleitamos con los personajes que ve todos los días trabajando ahí, sufrimos con su triste pasado y vamos siguiendo un camino de pistas que nos llevan a descubrir la magia del cine. Hugo, Méliès y Scorsese son los ilusionistas que nos hipnotizan, nos impactan y nos emocionan. Las técnicas del cine han cambiado, pero el propósito de entretener sigue vivo. Y esa característica del cine, la del entretenimiento, se la debemos a Georges Méliès. A cada generación parece tocarle una transformación en la forma de hacer películas; el sonido, el technicolor, los efectos generados en computadoras y, ahora, el 3D. Esto nos lleva a pensar: ¿qué se le podría haber ocurrido a Méliès con la tecnología que tenemos actualmente? El cohete-bala probablemente habría ido directo a incrustarse en nuestras pupilas.  ...

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