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Austin (Powers) –un viaje por Austin, Houston y Dallas: Texas con mojo

En México vemos a Texas con recelo. Para empezar, ese territorio era nuestro; Texas es el hijo pródigo que nunca regresó al hogar porque encontró una casa más próspera (quizá la canción Tu cárcel de Los Bukis se trate justo de eso). Además de esta pena, digamos, nacional, a Texas lo asociamos no con los viajes, sino con las compras. El estado republicano por excelencia se reduce a un enorme centro comercial.

A simple vista, Texas no se antoja. Sobre todo si además uno se entera que de ahí son los Bush, que ahí mataron a Selena y que su comida típica es el chili con carne. Esta es la crónica de un viaje que va, sobre todo, contra el cliché texano.
 

Destino: Austin

A menos que uno sea norteño, el viaje a Texas se hace normalmente en avión. Nosotros nos fuimos en auto. Además de ahorrar, queríamos sentir una experiencia de veras texana: recorrer durante horas las state highways. En este sentido, viajar por Texas es como viajar por Guanajuato: no vale nada el viaje, el viaje no vale nada, si no se pasan por tantos pueblos, por los caminos texanos.

Tampoco nos quedamos en un hotel justo al lado del shopping mall. No. En lugar de hotel, rentamos una casa. En airbnb.com es facilísimo. Y sale más barato.

Las tres razones por las que fuimos a Austin son dos: es una ciudad demócrata. La inclinación política importa, y mucho, sobre todo en las ciudades. En Austin –un oasis liberal en medio de un estado conservador– hay parques, ciclovías, las personas tienden a ser delgadas y letradas, hay pocas camionetotas, muchísimos bares, buenos restaurantes.

La capital de Texas y sede de la Universidad Estatal era reconocida durante los 90s como un importante centro de desarrollo tecnológico: el Silicon Hills. Ahora su fama es musical: con festivales como el South by Southwest, el City Limits y conciertos en distintos auditorios y en casi todos los bares, Austin se presume como «la capital mundial de la música en vivo». Nosotros escuchamos a un par de tríos locales tocar jazz y fuimos a bailar country al Broken Spoke, the last of the true Texas dance halls: beer joint & honky tonk!

A falta de grandes festivales musicales, nos organizamos tremendas bacanales. Un día, por ejemplo, nos fuimos rumbo a Fredericksburg a recorrer la wine trail y al siguiente, para convencernos de que no estábamos en la campiña francesa, desayunamos donas, comimos hamburguesas y cenamos pizza. Merlots y gluten: las dos caras de la gastronomía texana.

Fue un viaje disímbolo. Viñedos en la tierra del petróleo, glocal chefs preparando hamburguesas de bisonte, personas con tatuajes y botas bailando country: juventud y estabilidad, riqueza y potencia. Austin no tiene desperdicio. Algo, por cierto, admirable en el país del despilfarro.

Por todo esto, en esta ciudad son irrelevantes las recomendaciones: casi todo está sobradamente bien. Aún así, estos son los lugares a los que regresaríamos –regresaremos:

La esquina de la calle 6 West y Lamar. En un radio de menos de 1km hay un Whole Foods enorme ideal para desayunar, una librería de varios pisos (BookPeople), una tienda infinita de discos y películas (Waterloo Records), dos o tres tiendas de ropa, una papelería, algunos restaurantes, una heladería y dos parques. Nota bene: el Whole Foods es un súper mercado avasallante, un lugar donde, para decir lo menos, hay diez tipos de quinoa. Si estás rentando una casa y te gusta cocinar, te recomendamos ir también al Central Market.

Baguette et Chocolat. Sandwiches, paninis, panes de calidat y outstanding tartas de chocolat. Todo es hecho from scratch. Está un poco alejado del centro, así que te recomendamos desayunar aquí en tu camino a la wine trail.

El South Congress (SoCo). Tiendas pequeñas, food trailers, bares, música en vivo, galerías de arte y restaurantes memorables. Nuestro estómago recuerda sobre todo dos comidas: la que hicimos en Home Slice Pizza (the best pizza joint in town) y las hamburguesas del Hopdoddy. El platillo gringo es la hamburguesa, la hamburguesa gringa es la texana y la hamburguesa texana es la de Austin. ¿Hopdoddy sirve la mejor hamburguesa del mundo? Of cors.

Barton Springs Pool. Una sección del río convertida en una gran «piscina natural» que va muy bien con la escala de la ciudad. La luz es cristalina y los colores brillan más de lo normal. Se puede ir sólo a ver y tomar fotos, pero es mejor meterse a nadar con los locales y, así, recordar las escenas de The Tree of Life, de Terrence Malick, quien vive ahí. Y a propósito del cine, el mejor theatre al que hemos ido, tanto por la programación como por las galletas que preparan: The Alamo Drafthouse.

Por último, cuatro recomendaciones gastronómicas más: los pulpos y el sake del Uchi, el pork belly del Ramen Tatsu-Ya, el brisket de Franklin Barbecue y los vinos texanos que nos tomamos en el Contigo. Seconda nota bene: varios viñedos entre Austin y Fredericksburg tienen más de 100 años. Sospechamos esa tradición cuando probamos los merlots locales.
 

Dos escapadas: Houston y Dallas

Durante años Houston aspiró a la Luna. Más de medio siglo después logró aterrizar en Nueva Orleans. Explicamos: lo más relevante de Houston ya no es la NASA, sino la gastronomía mestiza que ofrece. Houston compite con Tlacotalpan, Campeche y Mérida por la mejor cocina del Golfo. La prueba irrefutable de esta afirmación se llama Underbelly, un restaurante que, para asegurar la calidad de sus alimentos, compra los animales vivos; ellos mismos hacen la butchery. El Underbelly pone toda la atención donde debe estar: en la materia prima. Un refinamiento gastronómico sólido, vernáculo –sin espumas y betunes.

Por si fuera poco, Houston construye museos con la misma voracidad con la que cocina. Además del Fine Arts Museum (diseñado por Mies van der Rohe), fuimos a la Fundación Menil: cinco complejos museográficos alrededor de un parque. Todos gratuitos. La capilla de Rothko, la galería de Cy Twombly (diseñada por Renzo Piano) y la sala dedicada al Surrealismo de la colección principal ofrecen experiencias conmovedoras.

Dallas está también a dos o tres horas de Austin. La ciudad donde murió John F, nació Jackie O y donde bailan y brincan y jadean las vaqueritas de Dallas –yeah! – no tiene mucho chiste. En realidad no fuimos a Dallas, sino a la ciudad vecina: Fort Worth, que tampoco tendría mucho chiste de no ser por el dinero que se han gastado en museos. El Modern Art Museum (diseñado por Tadao Ando) está justo enfrente de uno de los iconos arquitectónicos del siglo XX: el museo Kimbell de Louis I. Kahn. El edificio –la forma en la que entra la luz– es más que suficiente para quedar fascinado. Sin embargo, el Kimbell no tiene llenadera: frente al edificio original, Renzo Piano acaba de construir dos salas y un auditorio. La fascinación exaltada: cuadros de Caravaggio, Velázquez, Rubens y Goya iluminados por Kahn y Piano. Ni Nueva York, ni Chicago, ni San Francisco pueden superar eso.

 


 

Comida carretera. Prepárate –y despídete– de los restaurantes de Austin y Houston con unas tortas de las Sevillanas en Matehuala y con un smoked brisket de Rudy’s.

Las distancias. De Laredo a Austin son 380 km (3 horas y media). De Austin a Houston son 260 km (2 horas y media). Y de Austin a Dallas 315 km (3 horas). A Fredericksburg es 1 hora y media, pero entre tanto viñedo in-between nadie llega hasta allá.

¿Zombie shopping? Si tus compañeros de viaje no pueden no ir a un enorme centro comercial, haz una escala en los outlets de San Marcos. O mejor: ve a The Domain, a las afueras de Austin: un suburbio comercial donde las compras se hacen al aire libre. thedomainaustin.com


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