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Callejiar en Medellín

Nací y crecí, y pocas veces he salido de Medellín, una ciudad que se armó en una grieta que algunos llaman valle, en la cordillera de los Andes. Promedia uno La Habana y Buenos Aires y ahí está. Es la misma ciudad donde cantó su último concierto El Zorzal, donde se chamuscó Gardel en el aeropuerto de las Playas. La ciudad donde murió en un tejado uno de los hombres y mafiosos más ricos del mundo. La misma ciudad donde vino a cantar cuatro veces Celia Cruz desde 1955 hasta 1996 cuando vino con la Fania All Stars. Tiene los mejores pasteles de Arequipe con Guayaba de Colombia, el Mejor Aguardiente y el único tren metropolitano que hay en el país. «La eterna primavera», le dicen. No tiene estaciones, el clima es amable todo el año, siempre hay parranda, siempre hay baile en algún lado, excepto los jueves y viernes santos.

Medellín no tiene música propia. Aquí crecimos con músicas prestadas. De abajo, de la Argentina, llegó el tango cuando Medellín quiso ser elegante y cosmopolita; y de arriba, del Caribe, la salsa.
Tango y salsa se bailan con el mismo zapato en Medellín.

De niño crecí en un barrio tranquilo donde en esa época se acababa la ciudad plana. Con menos de cuatro años ya había escapado un par de veces de la casa. Un día, mientras mi padre organizaba el jardín, dejó la puerta abierta y salí, enrollando en la mano un billete imaginario con el que planeaba comprar verduras en caso que fuera capturado en el camino, mientras iba en busca de la banda de guerra que celebraba a la Virgen del Carmen, la patrona del barrio. Fui capturado un par de veces en flagrancia a esa edad y en piyama. Mis escapes fueron en vano porque nunca logré llegar a donde estaban los tambores y las cornetas; me sacaban de casa porque no me cabía el corazón de la emoción.

De adulto conocí el significado de la mayoría de edad solamente cuando comencé a callejiar en Medellín, una ciudad que era peligrosa pero parrandera, siempre con música y baile. Comencé a callejiar seriamente cuando entré a la universidad. Salía a buscar los sitios memorables donde me dijeron que había música, donde sonaban tangos y salsa: la música que no se escuchaba en mi casa. Yo no crecí oyendo salsa, tampoco escuchando tangos, era música de barrios populares, de mecánicos que reparaban mulas y camiones, era música para tomar aguardiente y ron.

Empecé a andar la calle en busca del tiempo –y el baile– perdido. Empecé buscando en la Carrera 70. El Tíbiri-Tábara, ese sótano por el que pasé a diario durante 6 años mientras asistía al colegio católico más célebre de la ciudad. Un sitio sin aviso, sin luces afuera. En el Tíbiri-Tábara, a los 18 años, comencé a bailar salsa. Más adelante conocería otros sitios como El Son de la Loma, El Eslabón Prendido, Rumbantana y El Suave, donde compartí pista de baile con personajes que usaban los mismos zápatos brillantes de los años ochenta veinte años después. Comencé a callejiar buscando el familiar Salón Málaga, donde se escuchaban tangos, milongas y valses mezclados con porros, cumbias y gaitas del folclor colombiano. Buscando el Homero Manzi, donde aprendí a pedir canciones, a tomar aguardiente y a pasarlo con tango. Callejiando paré a tomarme una cerveza, un aguardiente parao, con los taxistas y los aguardienteros entrados en años en El Viejo Vapor de la Calle San Juan.

Varias veces llegué a caminar desde el centro buscando la Calle Carlos Gardel donde vivió mi abuela cuando llegó de su pueblo y donde supe que había una estatua que daba nombre a la avenida repleta de billares, cafés y panaderías. Años después, persiguiendo el mito de Aire de Tango, la novela costumbrista del colombiano Manuel Mejía Vallejo, fui a buscar, a esa calle trepada en media montaña, la Carrera 45, la Carlos Gardel, a Jairo, a verlo bailar Nochero Soy y otros tangos de Oswaldo Pugliese que después me habría de cantar, y a enamorarme de sus pasos de baile que parecía haber aprendido en sus pactos con el diablo.

Casi siempre caminaba, andaba a pie esta ciudad llena de negocios con música, una ciudad con tantos géneros de música de baile como colores de piel. Merengue, vallenato, salsa, porro, cumbia, tango, milonga, vals, bambuco, pasillo, guasca, carrilera. Música que en casa no me dejaban bailar y que me fui a buscar a algún lado del centro, a algún lado del Barrio Antioquia, la zona de tolerancia donde alguna vez hubo famosos burdeles de luz roja en la puerta, donde se mató Gardel y en su honor abrió el Gordo Aníbal el Patio del Tango, que vio acabarse la era de los burdeles y que vio florecer la venta de vicio. Aún hoy sobrevive el Patio del Tango, ya remodelado, en un barrio oscuro, aislado de los barrios «decentes».

En la época de la crisis económica, a finales de los noventa, caminaba muchísimo, tomaba metro o cogía bus. Me gustaba en particular coger uno de esos buses paisas, por fuera pintados a rallas amarillas, azules, rojas, verdes y blancas, que por dentro llevan un bar con luces rojas y moradas y sillas tapizadas rojo brillante, conducidas por un sujeto que muchas veces llevaba a alto volumen Latina Stereo, el Sonido de las Palmeras. Escuchaba los salsaludos que pasaban por radio, desde Manrique, Aranjuez, Castilla y otros barrios a media montaña, y también desde Boston, New Jersey y New York, intercalados a esa hora de la noche con las potentes voces de Willie Colón, Bobbie Cruz y timbales al son de Medellín que corre a toda velocidad.

Vos callejiás en Medellín como un ritual antiguo pero innombrado, como una excusa para llegar a un lugar al que llegarás, aparentemente con fingida indiferencia en el trayecto, y con disimulada sorpresa a cada cuadra, cada bar, café, heladería o casa de donde sale música, volteando la cabeza a cada escena para mirar, chismosear, quién y qué se baila, qué música suena. Callejiar buscando la música perfecta, como quien deslizaba las perillas de las radiolas antiguas, deteniéndose brevemente en cada emisora hasta llegar a la música que prendía la fiesta.

Salgo a callejiar por Medellín como quien pasaba esa radiola; hay días que salgo a callejiar buscando las conocidas melodías del FM, y hay días que salgo a buscar las melodías perdidas del extinto AM, aquellas desaparecidas o suspendidas en el tiempo. Alterno la sorpresa de la novedad con algo de la nostalgia de esa música que no sé si es ilusión del pasado, de antiguos bailes, de épocas guapachosas o elegantes, de novelas costumbristas y modernas, de crónicas o rasguños de historia patria a blanco y negro que hoy en día continúan sonando por ahí en alguna calle escondida de Medellín.

 


Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2012, El caminante, dentro de la edición 12 de Sada y el bombón.

 


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