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Pasear es disolverse

Me ha tocado vivir en un lugar en el que me encapsulo para trasladarme, y me muevo por rutas y caminos que exigen mi atención y demandan todos mis sentidos. Por si eso no fuera suficiente, me desplazo únicamente para ir a lugares determinados y voy siempre por el camino más eficiente; es cuestión de economía. En respuesta a esto, y en la medida de lo posible, he intentado viajar, y lo he hecho porque es ahí donde he podido situar el paseo.

El traslado a pie estuvo íntimamente ligado a las necesidades fundamentales del hombre. El hombre como cazador no podía llevarse las manos a la boca, emitir un sonido gutural y esperar a que un ave se desplomara del cielo a su plato. Si quería alimentarse, tenía que caminar; con arma en mano, atento a los peligros y a los alimentos potenciales. Yo nunca me he detenido a pasear mis ojos por el delicado bordado de las toallas o las exóticas flores que adornan el baño cuando lo que me apura es poder llevar a cabo alguna necesidad fisiológica. No sé si lo mismo le sucedía a los hombres primitivos; desplazándose por necesidad, se movían, pero prescindían del movimiento solaz o quizá incluso lo desconocían. El que iba por el camino perdiéndose, regodeándose y paseando, moría devorado o por inanición. Eran caminantes, nómadas; no paseantes. Si la caminata es algo tan antiguo y primitivo, ¿cuándo empezó entonces el paseo como tal? No lo sé, pero asumamos de una vez que si estuviéramos inmovilizados de las piernas por alguna discapacidad física, algún experimento absurdo, o incluso si decidiéramos deslizarnos como gusanos por el mundo, nos encontraríamos igualmente con la posibilidad de pasear. Por esa razón quisiera dejar de lado la idea de la caminata como la única posibilidad de paseo.

¿Pasear es una decisión? Y si lo es, ¿cuándo empieza el paseo y cuándo termina? Lin Yutang decía que podíamos ir a algún paraje descubierto con la intención de leer un libro excelente y en vez de ello terminar leyendo las nubes en el cielo. Corremos siempre el riesgo de pasear, pero también el riesgo de dejar de hacerlo. Miguel de Unamuno creía que es en el dolor cuando con mayor certeza cobramos consciencia de nosotros mismos. A muchos nos habrá pasado que diciendo que nos duele la cabeza alguien nos responde: «pero si hace cinco minutos no te dolía». Puede ser verdad, pero en algún momento tiene que empezar el dolor. En este caso, el inicio puede ser fijado en el primer atisbo consciente de la molestia. Cuando nos referimos al paseo sucede todo lo contrario: si podemos decir que estamos paseando, entonces se rompe en ese mismo instante el hechizo y dejamos de pasear. No importa que sigamos caminando, el paseo no es como el mecanismo de aquellos relojes que recargan su cuerda con el simple movimiento de quien lo porta.

Tengo la certeza de haber paseado un día en el que había caminado 300 metros para poder ver de cerca una torre, un minarete. Cuando llegué a la mencionada torre, me pareció ver a la distancia otra torre idéntica desde la cual un hombre se asomaba y me llamaba a mí, por lo que avancé hacia esa otra torre. Me consta que paseé no sólo porque caminé una larga distancia, sino porque nunca encontré la otra torre. No creo que se haya desmoronado y se haya metamorfoseado en hojas muertas, coches, ruidos, voces, olores, pájaros, flores y hombres diversos. Aunque posiblemente el hombre que me llamaba era imaginario, la torre tenía que estar algún lugar. Pondré así la primera torre como la salida y la segunda como la meta, el principio y el fin del paseo. Nunca encontré la segunda torre, pero en el momento en que me detuve a otear el horizonte y pensar en dónde estaría esa torre, había ya dejado de pasear. Había insertado ya el dardo en la cerbatana e iba a dispararle una foto a mi presa –quería poder llevarme algo sólido a la boca. Fue entonces que descubrí que el paseo no tenía nada que ver con lo aprehensible, lo sólido y lo permanente, sino con todo aquello que se disgrega, que ahora está y luego ya no estará. Por esa misma razón el paseo no puede ser medido, acotado o planeado.

Imagino un vaso y en su interior un líquido en el que todo lo accesible a los sentidos está disuelto y contenido. Pasear es caminar verticalmente por el costado del vaso e ir sumergiéndose en sus infinitas sustancias pasajeras. Poco a poco, sin notarlo, deslizarse y llegar al fondo del vaso y verse reflejado en él, y asustado volver corriendo a la superficie, de forma opuesta a la disolución, es decir, rumbo a la materialización. O, por contrario, permanecer absorto y maravillado ante la visión de uno mismo. Pasear es disolverse en lo intermitente.

Recientemente pensaba que cuando planeara un viaje o eligiera algún destino que quisiera recorrer, había que considerar no qué cosa quería conocer, ver o fotografiar, sino en dónde quería conocerme o verme 
a mí mismo. En el paseo uno se encuentra a sí mismo fuera de sí.

Hay veces en las que es conveniente levantar la vista y buscar torres, creer que en ellas habita un hombre que nos habla y dirigirnos a ellas con el firme propósito de que, en algún momento de lucidez, caigamos en cuenta de que no vamos nunca a encontrarlas.

 


Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2012, El caminante, dentro de la edición 12 de Sada y el bombón.

 


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