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Campeche, la ciudad abochornada: las murallas, las haciendas, la selva maya y el ánimo campechano

Hemingway describió a París como una fiesta portátil, incluso ese es el título de uno de sus –mejores– libros: París era una fiesta. Si Hemingway hubiera vivido o aunque sea pasado por Campeche, sin duda hubiera escrito: Campeche es una siesta. Y sí, tendría toda la razón. Es tal el calorón, que la actividad más sensata es tomarse, a todas horas, una siesta.

De unos meses para acá, la mamá del bombón le achaca todo a «los bochornos de la menopausia»; la Oficina de Turismo de Campeche bien podría lanzar una campaña de publicidad titulada: «¡Aquí hay menopausia para todos!». El problema es que se entendería mal; el bochorno campechano no sofoca, sosiega. En Campeche –nalga la siguiente redundancia– el bochorno es campechano, es decir, es una especie de modorra afable, de letargo simpático. Es un constante alivio, una delicia. Así como el mejor aderezo es el hambre y el mejor afrodisíaco es el celibato, la mejor michelada –el mejor fresco– es la que se toma en Campeche.

Del sureste mexicano, Campeche es el estado menos visitado. Turísticamente, es el estado más refrescante. Quizá por eso fuimos, para tener un viaje fresco, alivianado, despreocupado. En una palabra: campechano.
 

La ciudad amurallada y sus fuertes

El puerto de Campeche fue fundado en 1540. Desde entonces la ciudad no sólo fue puerto, sino que también fue base para que los colonizadores españoles se adentraran en la densa selva de los Petenes. Su importancia comercial y militar la convirtió en la segunda ciudad más grande e importante del Golfo de México, detrás de la ciudad de Mérida.

Asimismo, desde su fundación y durante todo el Virreinato, Campeche fue atacada por navíos piratas. Fue por eso que construyeron un sistema de fuertes y una impresionante muralla hexagonal que protegió y todavía rodea gran parte del centro histórico. San Francisco de Campeche es la única ciudad en México que conserva sus envolventes murallas, es decir, es la única que puede obsequiar «las llaves de la ciudad» con auténtica sinceridad (la ciudad histórica sigue conservando sus enormes puertas).

La muralla se extiende por dos kilómetros y medio, mide entre seis y ocho metros de alto y tiene un grosor de dos metros y medio. Se puede caminar sobre algunas partes de la muralla. Dentro de la hermética granada se conserva un ejemplo eminente de la arquitectura militar caribeña de los siglos XVII y XVIII. La paleta de color es pastel y las casas son de un piso con grandes alturas. Esto hace que el centro se vea majestuoso, sereno y fino. En 1999, la histórica ciudad fortificada de Campeche fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
 

La comida

La comida en Campeche es espectacular. A fe nuestra, la mejor de México. El viaje bien podría consistir en comer-dormir-comer-dormir-comer, y de vez en cuando caminar.

El sabor principal de la gastronomía campechana viene del mar, aunque también mucho viene de la selva, y otro tanto del reposo del puerto. No dejes de probar el elote pibinal, los tamales y los panuchos de cazón, el pámpano en escabeche, cualquier caldo con cangrejo y los calamares con achiote y chile habanero. Si quieres hacer sólo una comida al día, desayuna unos huevos motuleños. El aparato digestivo promedio tarda entre 24 y 32 horas en digerir esta bomba.
 

Las haciendas

Las haciendas campechanas ya sólo haciendan, si a caso, nostalgias. Es decir, se han vuelto museo, es decir, turismo. Algunas, como Uayamón, incluso se han convertido en hoteles. La más cercana a Campeche es la Hacienda Uayamón (está a 27 km). La Hacienda Blanca Flor está a 63 km. Nuestras favoritas están en el municipio de Champotón: la Hacienda San Luis Carpizo y la San José Carpizo. Todas estas antiguas haciendas henequeneras son visitables, mejor dicho: son imperdibles. Recomendamos rentar un auto para visitarlas.
 

La selva maya

290 km al sur de la ciudad de Campeche, más o menos a tres horas y media, se encuentra la Reserva de la Biosfera Calakmul. Ahí, en el núcleo de la selva tropical más grande de México, está una de las más impresionantes ciudades mayas que se han descubierto: Calakmul. En el 2002 fue declarada Patrimonio Mundial por la Unesco, pero parece que pocos se han dado por enterados; por Calakmul no desfilan todas esas hordas de turistas que frecuentan Palenque, Uxmal o Chichen Itza. A Calakmul recomendamos ir con guía.
 

Tips de viaje

  1. El calor es atroz. Hay que ir en los meses más «fríos» y de poca lluvia, es decir, éstos meros.
  2. Ve sólo a Campeche, no mezcles otros estados en el viaje. Es tentador, de un lado está Yucatán y del otro Chiapas, pero mantente firme en Campeche.
  3. Si vas a la selva, ve como Europeo: sin desodorante. Hay mucho bicho que se siente atraído por el olor a desodorante.
  4. Es un viaje cultural y gastronómico, no vayas con anorexia y sus flaquitas. ¡Y no vayas si estás a dieta!

 


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En buena medida, conocer es traducir, dice Juan Villoro. Un buen traductor es, antes que nada, un buen lector; el gran conocedor de un texto. El traductor no sólo traduce las regiones explícitas de un libro, sino también, y sobre todo, el carácter implícito de las palabras, es decir, lo que está entre líneas: las ideas, el discurso, los sentimientos, el tono, el ritmo, el estilo, la espontaneidad del lenguaje; para decirlo de forma pomposa: el espíritu del texto. Traducir algo de forma literal es ir contra el sentido común. Por eso a veces es tan difícil encontrar una buena traducción, sobre todo de los textos que son de alguna forma poéticos. No existe problema alguno con el manual de la aspiradora; encontrar una buena traducción de Pessoa requiere un poquito más de tiempo. Al leer una traducción, hay que ser conscientes que siempre habrá una pérdida en el texto traducido. Por ejemplo, el español no tiene palabras para saudade, spleen o weltschmerz. Sin embargo, muy de vez en cuando, esa pérdida de la traducción puede llegar a ser paradójicamente una ganancia. Traducir del francés al español significa afrancesar el español, es decir, enriquecerlo. Una buena traducción enriquece el idioma.   Breves recomendaciones: Elige editoriales que respeten la literatura. Algunos ejemplos de editoriales serias: Fondo de Cultura Económica, Cátedra, Alianza, Siruela, Nórdica, Acantilado, Pretextos, Sexto Piso y, casi siempre, Anagrama. Evita: Editores Mexicanos Unidos, Editorial Valdemar y Lectorum. Respeto editorial significa poner el nombre del traductor en algún lado. Googlea al traductor para ver qué tan reconocido es. Si en el libro no aparece ningún traductor, cómpralo para la chimenea. Invierte. Los libros con buenas traducciones suelen ser más costosos. El más caro no es el mejor traducido, pero el de $20 sí lo tradujo una máquina. Para poesía, conviene comprar una edición donde venga el poema original al lado del poema traducido. Así, por un lado, puedes sentir la oralidad y la plasticidad del alemán (aún sin entender palotada de lo que estás leyendo) y, por el otro, el significado del poema.   Lecturas sobre la traducción: La tarea del traductor, de Walter Benjamin; El traductor, de Juan Villoro; Decir casi lo mismo, de Umberto Eco.   ...

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