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Treinta y seis años sin Chéjov

Por una de esas decisiones caprichosas que a veces tomo, no había leído a Chéjov. Dejé pasar el consejo leído en un libro que disfruto mucho: «lean a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo». La historia con Carver es para otro día, con el ruso tenemos bastante. Y sí, por momentos me cruzaba con antologías de cuento en donde de manera infaltable aparecían La dama del perrito, La Cigarra, La grosella, El pabellón número 6. Todos de nuestro escritor en cuestión, Anton Chéjov. Siempre dejé esos libros en los estantes hasta que hace unos meses por una cuestión un tanto fortuita me compré una antología con veinte relatos de Anton.

Empecé por leer el último del libro: La dama del perrito. Al terminarlo me di cuenta que había sido un error no haberlo conocido antes; sentí excitación, vértigo, vergüenza, admiración. El relato es sobre una historia de amor, difícil como deben ser las historias de amor. En ese lapso de tiempo, mientras conocemos a los enamorados con sus acercamientos y dudas, Chéjov aprovecha para hacer observaciones de la conducta humana: de las mentiras en nuestras relaciones, de las máscaras y el desprecio con que nos presentamos antes los demás, del juego de imposturas en donde todos salimos lastimados. En las últimas líneas el relato deja un final abierto, sin ninguna conclusión, con un montón de posibilidades dando vueltas y una serie de cuentos posibles destinada a quien decida escribirlos. Con esta pieza bastaría para estar completos, para decir que Chéjov es un grandísimo escritor, pero hay más: en los otros diecinueve textos da la posibilidad de una novela compuesta por trozos independientes, columnas que se sostienen por sí solas pero que al mismo tiempo levantan una estructura común que permite el diálogo entre ellas, enriqueciendo nuestra perspectiva de los personajes, iluminando las inquietudes que nos quiere lanzar a la cara.

Hay estampas en donde el único objetivo es ridiculizar a un gremio que conocía muy bien: el de los escritores. No tiembla ante la posibilidad de dar una lección y se mete con la incomodidad burguesa ante el triste espectáculo de la autocomplacencia, de las traiciones a todo eso que en algún momento de la vida nos prometemos como lo verdadero, de nuestros inocuos refugios en objetivos que nosotros mismos no valoramos. Chéjov sabe cómo se toman los discursos aleccionadores y da una representación del aburrimiento poniendo el fastidio en dos personajes que escuchan ese relato: un espejo empañado al fondo de una habitación reflejando nuestra silueta.

Otro detalle: mientras algunos escritores escriben novelas armadas con voces distintas, con puntos de vista encontrados para demostrar la subjetividad de la opinión, el derrocamiento de la verdad, a nuestro ruso le bastan pocas páginas para hacer transformaciones radicales, para contradecir la primera descripción del narrador o para disfrazar nuevamente la visión genérica de un personaje.

Me pregunto con qué empezaba a escribir, ¿con la intuición de que en una historia se podían plantear preguntas?, ¿o comenzaba a armar la historia hasta después de tener claro el tema? Me encantaría saberlo. Al final, entre tantos personajes que caminan en la nieve, que se enamoran de una ilusión, que tienen miedo de dar el paso hacia adelante y no hablan, de hijos que les reclaman a su padre la mezquindad, de esposas que menosprecian a sus maridos, de médicos que demuestran su capacidad de odio y su prolijidad para los consejos inútiles que ellos mismos no sabrían seguir; entre todos estos personajes, hay una representación del mundo íntimo que da terror.
 


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