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Imagen © Christopher Lundie

Los libros acumulados

Me cambié de casa hace poco y tuve que empacar mi biblioteca, guardarla en cajas y esperar con paciencia para volver a acomodarla. Ante la posibilidad de un nuevo orden, he pasado largas horas con las cajas a mis pies y los nuevos estantes frente a mí. Primero alineo lo que más me gusta y dejo en posiciones cómodas –arriba de mi cintura– los libros a los que quiero regresar con frecuencia. Eso es fácil. Después voy acomodando, en estantes inferiores, lecturas que ahora me emocionan menos, al menos en primera instancia. Invariablemente, después de un rato, tomo distancia e intercambio volúmenes de abajo con los que están en la parte de arriba. Esto ya crea un problema. A veces juzgo que sólo uno o dos libros de un autor merecen estar arriba de mi cintura, pero entonces los intentos de clasificación –por región, por época, por género literario– se derrumban y hay que empezar de nuevo: intercambiar filas de izquierda a derecha, de arriba a abajo, de atrás hacia adelante (esta es una modalidad que no había mencionado) y justo en ese momento surge una incomodidad. Cuando un libro se va a la parte de atrás en los libreros de fondo largo es porque tengo bronca con él; a veces ya no me gusta nada, en otras es de un autor del que ya leí algo y que no me ha enganchado, y a veces simplemente es una mala lectura. Entre este juego de direcciones en la que los libros se mueven, los que esperan en la caja para ser acomodados después de las primeras cribas y que sólo aspiran, en el mejor de los casos a los estantes inferiores, me dan ansia.

¿Cuántos libros buenos se pueden leer entre un universo de lecturas? Reviso lo que leí el año pasado: pocos destellos entre varias elecciones que ahora pienso se pudieron haber hecho en otra cosa. Una pausa. ¿Y por qué no acomodar todos los libros de una vez? La verdad es que no tengo suficiente espacio y me parece que si ahora lo tuviera me temblaría la mano en acomodar quince títulos seguidos que no me dicen nada y que ya no tengo ganas de ver. Viene entonces la duda de cómo deshacerse de ellos. Estoy escogiendo la más sencilla: ocultarlos y postergar una decisión definitiva. Así hay libros que me han acompañado por varias mudanzas, justificando el indulto que les he otorgado por la calidad de edición, por el prestigio del autor, por la falsa promesa que en el futuro tendré ojos distintos para ellos.

¿Qué queda? Regalarlos, ¿pero quién quiere libros que no podemos recomendar? Venderlos en una librería de viejo, aunque se sienta rabia recibir el 4% del valor original y soportar todavía la auscultación de un empleado que los sopesa para encontrar defectos que seguramente no influirán en los centavos que piensa ofrecer. El único estúpido alivio que he encontrado en esas librerías es pensar que de alguna manera estoy compensando los hallazgos que he tenido en las pilas llenas de polvo con las que ahora contribuyo. ¿Por qué decidieron llevar a vender la segunda novela de Mishima?, ¿o Benito Cereno de Melville?, ¿o Las afinidades electivas de Goethe? Tal vez una herencia mal entendida (eso me da miedo), o una necesidad de dinero, o un episodio de locura. La pregunta me ofusca y vuelvo al ansia de las lecturas que preferiría no haber hecho. Tal vez esos escalones de lecturas menores sean necesarios a manera de transición entre títulos poderosos. ¿Mi aprecio por la primera novela que conocí de Joseph Roth hubiera sido el mismo si antes hubiera terminado de leer El mundo alucinante? Probablemente no con esa fuerza. Además la apuesta por un escritor desconocido, por una obra olvidada en el catálogo de un autor me ha deparado sorpresas como Conversatorio de Yaxilán, El verano o El éxtasis de la transformación.

Ante la luz de estas ideas veo las hileras de lomos coloreados y pienso un nuevo reacomodo, la elección de las siguientes lecturas, nuevas postergaciones.
 


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