Enséñale lo que es una chica Almodóvar. Ábrele los ojos y comienza con Laberinto de pasiones, con todas las otras chicas del montón y los ataques de nervios. Enséñale que los desbalances emocionales, el placer y las persecuciones se ven mejor si se piensan para un encuadre cinematográfico. Que poco a poco aprenda a pintarse de rojo los labios, que las lágrimas de rímel se deslicen por sus mejillas en perfectas líneas curvas.
Desde muy joven habría que enseñarle a tener el temperamento de Carmen Maura y la absurda belleza de Penélope. Darle clases de coqueteo, instruirla en el arte de sufrir y de seducir. Que cambie de barniz cada vez que compre nueva lencería de encaje y, automáticamente, asuma que para gritar, reír o llorar también hay que posar.
Poco a poco entendería que el sexo te rompe, te ata y te desbarata a su antojo. Se aprovecharía de ti con un escote de lunares rojos y pendientes dorados. Con aires de musa, se creería la feminidad andante.
«Mira, esto es una chica Almodóvar», y le sacarías las fotos de chicas con saco, maletín y medias de red. La pondrías a escuchar una y otra vez a La Lupe y a Chavela Vargas. Cada tarde amaestrarla en las funciones de cabaret y el contoneo de Sophia Loren. Así, un día, por sí sola, eligirá el vestido rojo para los días arreglados; para los domingos, coleta y nariz respingada.
Ahí estará con su lenguaje corporal cargado de teatralidad; los arranques y desesperaciones con una justificación estética. Jugueteando entre la comedia y la tragedia, con el maquillaje sobrecargado y las pelucas de Marilyn Monroe. Agarrando con una fuerza de porcelana la bolsa de Gaultier o la pistola infestada de pólvora. Verla en tu apartamento con medias y tacones, haciendo ademanes de figura religiosa, flirteando con el movimiento de sus pantorillas oscuras, moviendo los labios al compás de un bolero; fumando y dejando en tu almohada un olor a laca y desenfreno mientras te susurra que ella también quiere ser una chica Almodóvar.
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