SB 24
Octubre - noviembre 2014
SB 23
Agosto - septiembre 2014
SB 22
Junio - Julio 2014
SB 21
Abril - Mayo 2014
SB 20
Febrero - Marzo 2014

Cinefilia

Mi vida nunca ha sido una película, pero desde que tengo uso de razón han circulado en mi familia títulos de historias fantásticas como Rapsodia, Algo para recordar o La princesa que quería vivir. Todos clásicos románticos, con las más grandes estrellas de cine de todos los tiempos.

Mis tías y mi mamá crecieron en Querétaro, que tenía en su momento un par de salas de cine con horarios continuos de programación. Para ellas, acudir a las funciones era un entretenimiento que no se despreciaba nunca: podían gozar del cine gratuito gracias a un beneficio que tenían los trabajadores de ferrocarriles mexicanos y que mi abuelo y su familia disfrutaban. Se pasaban los días enteros en la permanencia voluntaria, viendo película tras película, sin importar la clasificación, el género o el idioma. (Es más, una de mis tías, aprendió a hablar inglés viendo películas en el cine.) Esa sed de filmes fue tan explotada en la familia que desarrolló un gusto por el cine tan profundo y no sólo como entretenimiento. Se convirtió en una actividad compartida y plática obligada en la sobremesa. Mi mamá y sus hermanas desarrollaron en su momento —porque ahora es diferente— una cinefilia natural, justo en el período cuando los clásicos aún no eran clásicos sino la única opción de diversión a mediados del siglo XX. También vivieron la plenitud y apogeo del cine de oro mexicano y se regocijaban con los estrenos multitudinarios que se convertían en el evento social más importante de la ciudad.

Todos sus hijos crecimos escuchando las historias del Cine Plaza o del Teatro de la Ciudad, de cuando mi mamá fue levantada por la multitud en el estreno de Marcelino, pan y vino o aquella ocasión en que las vecinas de mi abuela la cuestionaban porque permitía que sus hijas vieran una película clasificación Z como Por siempre Ámbar, en donde una mujerzuela trataba de robarle el marido a una señorita decente

Como no queriendo, ese fervor cinematográfico se heredó y —sin darnos cuenta— permeó hasta nuestra generación, una nueva camada de cinéfilos que presenciamos cambios trascendentales como la clausura de los cines del centro de la ciudad (el Reforma, el Plaza, el Premiere 70 o hasta los Alameda), la llegada del video BETA, el VHS, el DVD y el Blu-ray, pasando por la televisión por cable, el PPV, los Multicinemas y el streaming.

No obstante, todas estas posibilidades tecnológicas sólo han permitido dos cosas: (1) que tengamos al alcance muchos más títulos de películas de los que podríamos imaginar ver —¡vaya! más opciones que en el Videocentro— y (2) recordarnos que aún nos sigue encantando ir a una oscura sala de cine a desconectarnos del mundo por un par de horas.

Pero formar parte de una familia de cinéfilos genéticos no nos convierte a todos en apasionados del cine, ni en hipsters, estudiosos de la materia o puristas de la alta cinematografía. Al contrario, nos hace aún más humanos y nos recuerda la diversidad de nuestras personalidades; porque así como mi prima no puede vivir sin ir al cine una o dos veces por semana a ver los estrenos del momento —y comprar películas con el mismo fervor que hay memes en Facebook—, yo, por ejemplo, trato de ver veinte películas al mes y me receto churros contemporáneos, cine mexicano, documentales, palomeras; prácticamente, veo la cartelera completa sin discernir o despreciar el género, país, año o tema. Vemos mucho, pero observamos diferente y siempre desde lugares tan distintos.

Lo que heredamos no ha sido un gusto específico por un tipo de película. No. Nuestro patrimonio es poder disfrutar del acto cinematográfico de una forma tan única en la que hemos descubierto el impacto y la fuerza que tiene en nuestras vidas y el mundo entero. Hemos hallado una pausa ante la realidad, una válvula de escape, una posibilidad de reflexión, una proyección de nuestros propios problemas, un tema de conversación, una cita para el momento indicado, una anécdota vivida a través de la pantalla, una experiencia multisensorial, incluso unas buenas palomitas. Para nosotros, el cine es una cita perfecta, un martes por la noche, un montón de recuerdos, un pasatiempo y una colección; una forma de vida.

Dicen por ahí que —como en casi todo— un cinéfilo no nace, se hace; y no puede haber nada más cierto, la vida nos conduce por caminos. Sin embargo, en nuestro caso así nacimos; el celuloide corre por nuestro sistema nervioso y se convierte en pulsaciones, que se traducen en emociones y sentimientos ante el fenómeno óptico que sucede en ese cuarto oscuro con aroma a «cine nuevo».

Vamos por la vida dando recomendaciones a quien pregunta, leyendo libros de cine o revistas de chismes de los actores de Hollywood; vemos los premios de la Academia y estamos pendientes del simbólico cartel de la última edición del Festival de Cannes; hablamos, enseñamos y escribimos sobre cine porque, queremos compartirlo con tanto fervor, que buscamos la manera de enamorar al mundo entero con su magia.

 


Este artículo es parte del suplemento especial de otoño 2014, El cine.


Artículos Relacionados:

Méliès, Scorsese y Hugo Cabret: los ilusionistas

La más reciente película de Martin Scorsese, La invención de Hugo Cabret, es la justificación de por qué el cine se ha ganado el título de «fábrica de sueños», y la mejor manera que tiene Scorsese de demostrarlo es con una clase esencial sobre la historia del cine: Georges Méliès, el padre de la ficción cinematográfica y director pionero en efectos especiales. Por eso mismo –por los efectos visuales – es importante mencionar que esta es una película hecha para verse en formato 3D, así podemos sentirnos un poco como la gente de la época de Méliès, creyendo que el tren de una de las primeras películas de los Lumière saldrá de la pantalla para venir a estrellarse con nosotros. Georges Méliès era muy hábil en la construcción de artefactos para realizar trucos e ilusiones ópticas –fue mago antes que cineasta. Esto le sirvió cuando decidió abrir un estudio de filmación; en sus películas utilizó técnicas como la superposición de negativos y la colorización de éstos a mano (ya que las películas de ese entonces eran en blanco y negro); el recorte de fotogramas para crear efectos especiales provocó un incremento en la variedad de historias que mostrar. Méliès logró hacer más de 500 proyectos fílmicos. Aún si no conoces mucho acerca de la historia cinematográfica, es posible que en algún lado hayas visto la imagen de la Luna con una bala-cohete incrustada en el ojo. Esta bizarra y popularizada imagen es de El viaje a la Luna (1902), la película que, inspirada en obras de Julio Verne y H. G. Wells, mandó a Méliès a la historia del cine por ser considerada la primera película de ciencia ficción. La invención de Hugo Cabret también se basa en un libro, la novela homónima de Brian Selznick. Ambas, libro y película, narran las aventuras de un niño huérfano de 12 años que vive en la estación de trenes de París: Hugo. A través de Hugo vamos conociendo a Méliès, un anciano que comparte –o compartió– el talento de elaborar complicados esquemas para construir artefactos, hacer juguetes que se mueven solos y poder entender con facilidad el alma de una máquina. En la película seguimos a Hugo por las entrañas de los relojes de la estación de trenes, nos deleitamos con los personajes que ve todos los días trabajando ahí, sufrimos con su triste pasado y vamos siguiendo un camino de pistas que nos llevan a descubrir la magia del cine. Hugo, Méliès y Scorsese son los ilusionistas que nos hipnotizan, nos impactan y nos emocionan. Las técnicas del cine han cambiado, pero el propósito de entretener sigue vivo. Y esa característica del cine, la del entretenimiento, se la debemos a Georges Méliès. A cada generación parece tocarle una transformación en la forma de hacer películas; el sonido, el technicolor, los efectos generados en computadoras y, ahora, el 3D. Esto nos lleva a pensar: ¿qué se le podría haber ocurrido a Méliès con la tecnología que tenemos actualmente? El cohete-bala probablemente habría ido directo a incrustarse en nuestras pupilas.  ...

Leer más
© Grizzly Man - Sada y el bombón - La indiferencia de la naturaleza

La indiferencia de la naturaleza

Una reflexión en torno a Grizzly Man, el documental de Werner Herzog. Timothy Treadwell fue una persona cuya vida se cernía sobre los osos. Convivió con ello...

Leer más

Exit Through The Gift Shop –la película de Ba...

¿Un documental que al mismo tiempo es comedia? Hmm, no lo sé… me suena a los pseudo-documentales donde sale Sacha Baron Cohen… ¿Es serio? Sí, tot...

Leer más

Las bestias del museo o el hombre pesado

He intentado, sin éxito, rechazar las invitaciones al coctel del mes en turno: el «evento cultural» de la ciudad. Lo he tratado de hacer varias veces ...

Leer más

Publicidad