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Cinefilia

Mi vida nunca ha sido una película, pero desde que tengo uso de razón han circulado en mi familia títulos de historias fantásticas como Rapsodia, Algo para recordar o La princesa que quería vivir. Todos clásicos románticos, con las más grandes estrellas de cine de todos los tiempos.

Mis tías y mi mamá crecieron en Querétaro, que tenía en su momento un par de salas de cine con horarios continuos de programación. Para ellas, acudir a las funciones era un entretenimiento que no se despreciaba nunca: podían gozar del cine gratuito gracias a un beneficio que tenían los trabajadores de ferrocarriles mexicanos y que mi abuelo y su familia disfrutaban. Se pasaban los días enteros en la permanencia voluntaria, viendo película tras película, sin importar la clasificación, el género o el idioma. (Es más, una de mis tías, aprendió a hablar inglés viendo películas en el cine.) Esa sed de filmes fue tan explotada en la familia que desarrolló un gusto por el cine tan profundo y no sólo como entretenimiento. Se convirtió en una actividad compartida y plática obligada en la sobremesa. Mi mamá y sus hermanas desarrollaron en su momento —porque ahora es diferente— una cinefilia natural, justo en el período cuando los clásicos aún no eran clásicos sino la única opción de diversión a mediados del siglo XX. También vivieron la plenitud y apogeo del cine de oro mexicano y se regocijaban con los estrenos multitudinarios que se convertían en el evento social más importante de la ciudad.

Todos sus hijos crecimos escuchando las historias del Cine Plaza o del Teatro de la Ciudad, de cuando mi mamá fue levantada por la multitud en el estreno de Marcelino, pan y vino o aquella ocasión en que las vecinas de mi abuela la cuestionaban porque permitía que sus hijas vieran una película clasificación Z como Por siempre Ámbar, en donde una mujerzuela trataba de robarle el marido a una señorita decente

Como no queriendo, ese fervor cinematográfico se heredó y —sin darnos cuenta— permeó hasta nuestra generación, una nueva camada de cinéfilos que presenciamos cambios trascendentales como la clausura de los cines del centro de la ciudad (el Reforma, el Plaza, el Premiere 70 o hasta los Alameda), la llegada del video BETA, el VHS, el DVD y el Blu-ray, pasando por la televisión por cable, el PPV, los Multicinemas y el streaming.

No obstante, todas estas posibilidades tecnológicas sólo han permitido dos cosas: (1) que tengamos al alcance muchos más títulos de películas de los que podríamos imaginar ver —¡vaya! más opciones que en el Videocentro— y (2) recordarnos que aún nos sigue encantando ir a una oscura sala de cine a desconectarnos del mundo por un par de horas.

Pero formar parte de una familia de cinéfilos genéticos no nos convierte a todos en apasionados del cine, ni en hipsters, estudiosos de la materia o puristas de la alta cinematografía. Al contrario, nos hace aún más humanos y nos recuerda la diversidad de nuestras personalidades; porque así como mi prima no puede vivir sin ir al cine una o dos veces por semana a ver los estrenos del momento —y comprar películas con el mismo fervor que hay memes en Facebook—, yo, por ejemplo, trato de ver veinte películas al mes y me receto churros contemporáneos, cine mexicano, documentales, palomeras; prácticamente, veo la cartelera completa sin discernir o despreciar el género, país, año o tema. Vemos mucho, pero observamos diferente y siempre desde lugares tan distintos.

Lo que heredamos no ha sido un gusto específico por un tipo de película. No. Nuestro patrimonio es poder disfrutar del acto cinematográfico de una forma tan única en la que hemos descubierto el impacto y la fuerza que tiene en nuestras vidas y el mundo entero. Hemos hallado una pausa ante la realidad, una válvula de escape, una posibilidad de reflexión, una proyección de nuestros propios problemas, un tema de conversación, una cita para el momento indicado, una anécdota vivida a través de la pantalla, una experiencia multisensorial, incluso unas buenas palomitas. Para nosotros, el cine es una cita perfecta, un martes por la noche, un montón de recuerdos, un pasatiempo y una colección; una forma de vida.

Dicen por ahí que —como en casi todo— un cinéfilo no nace, se hace; y no puede haber nada más cierto, la vida nos conduce por caminos. Sin embargo, en nuestro caso así nacimos; el celuloide corre por nuestro sistema nervioso y se convierte en pulsaciones, que se traducen en emociones y sentimientos ante el fenómeno óptico que sucede en ese cuarto oscuro con aroma a «cine nuevo».

Vamos por la vida dando recomendaciones a quien pregunta, leyendo libros de cine o revistas de chismes de los actores de Hollywood; vemos los premios de la Academia y estamos pendientes del simbólico cartel de la última edición del Festival de Cannes; hablamos, enseñamos y escribimos sobre cine porque, queremos compartirlo con tanto fervor, que buscamos la manera de enamorar al mundo entero con su magia.

 


Este artículo es parte del suplemento especial de otoño 2014, El cine.


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Este año, el Cine Club del Museo de la Ciudad de Querétaro cumple 20 años. A propósito del aniversario, entrevistamos a Gabriel Hörner, director del museo y principal impulsor del proyecto desde 1994. Podríamos decir que el Cine Club es Gabriel: él ha sido el motor de la idea, ha puesto infinidad de veces el proyector, los DVDs, las relaciones con cinetecas y mucho más para proyectar cientos de películas que de otra manera no hubiéramos podido ver en Querétaro.   ¿Con qué película comenzó el Cine Club del Museo de la Ciudad? La primera proyección fue en el auditorio del Museo Regional, el 2 de febrero de 1994, una copia en 16 milímetros de Las noches de Cabiria de Fellini. Llegaron poco más de 400 espectadores.   ¿Cuál era el panorama cinéfilo de Querétaro en 1994? ¿Cómo ha cambiado? Ha cambiado mucho. Justamente en 1994 se privatizaron los cines de COTSA —la compañía estatal que manejaba casi todos los cines del país— y eso aceleró su decadencia: casi todos acabaron en cines porno. En Querétaro quedaban cuatro cines de COTSA en el centro y había tres Cinemas Gemelos de la Organización Ramírez (que luego se convirtió en Cinépolis). Incluso como cartelera comercial, el panorama era muy pobre. El único refugio del cinéfilo en esa época eran los video clubs, que para entonces ya no tenían un catálogo tan amplio como cuando empezaron, a mediados de los ochentas. Ahora es muy diferente, por un lado cada vez hay más pantallas comerciales y por otro puedes acceder a casi cualquier película desde tu computadora.   ¿Cuál es la diferencia entre el «buen» y el «mal» cine? ¿Qué películas definitivamente no se proyectarían en el Cine Club? El propósito del Cine Club es ofrecer al público otras opciones a la cartelera comercial y promover películas con valor artístico o histórico o con algún otro tipo de interés. Me resultaría muy difícil establecer una diferencia entre el «buen» y el «mal» cine a la hora de programar. En términos estrictamente históricos toda película es importante, aunque sólo sea por el hecho de que retrata su época de una u otra forma —esa es un poco la idea detrás de las cinematecas y los archivos fílmicos. No se me ocurre qué películas definitivamente no programaría; si algún título «malo», digamos, fuera relevante al tema de un ciclo, no dudaría en ponerlo; o incluso un ciclo completo programado con criterios distintos a la calidad. Hace unos años programé un ciclo de comedias de los ochenta y, un poco para que no pensaran mal de mí, le puse «Cine de horror de los ochenta». Eran bastante malas casi todas, pero el valor nostálgico era muy alto. Fue un ciclo muy exitoso. Podría decir que no programaría películas aburridas, pero ese también sería un buen ciclo: «Las películas más aburridas de la historia» (y ahí lo divertido sería poner títulos muy prestigiosos). Otro factor es que no nos dirigimos a un público homogéneo sino a públicos muy diferentes. Desde hace un tiempo, procuro que el cine club tenga otros programadores para atender esta diversidad y ofrecer un servicio más amplio. Los lunes por la tarde, «Otro Cine Querétaro» programa películas de carácter social y político, y por la noche Manuel Oropeza ofrece un programa extraordinario de ópera en video. Los martes ponemos la programación, digamos, oficial, que en su mayoría es cine de autor. Los miércoles son para el «Freak Show», un grupo de jóvenes interesados en el cine de culto. Y también están los ciclos que se programan en el Cine-Teatro Rosalío Solano y otros que solicitan escuelas o instituciones.   ¿Cuál ha sido el ciclo más exitoso? Hemos tenido bastantes, veinte años son muchos años. Recuerdo uno de cine de horror extremo que tuvimos que mover a una sala más grande porque el público ya no cabía. La última película del ciclo era Ichi, el asesino en función de medianoche; había personas sentadas hasta en el suelo. Otro que funcionó muy bien era de clásicos excéntricos del cine norteamericano, que iban desde La emperatriz escarlata hasta Miedo y asco en Las Vegas, pasando por Pink Flamingos y Eraserhead.   ¿Cuántas películas se han proyectado sin absolutamente nadie en la audiencia? Tiene que llegar por lo menos una persona para que se proyecte la película; no recuerdo ni una sola función cancelada porque no llegó nadie. Uno o dos por lo menos sí llegan. A veces se suspende la función porque se van todos antes de que se acabe, eso sí. Me gusta cuando programo cosas que exigen mucho del espectador, en tiempo o complejidad. Hemos hecho varios maratones; el primero fue una función continua de Berlin Alexanderplatz, la serie de televisión de Fassbinder de 15 densas horas de duración. La proyectamos en el auditorio de Bellas Artes en una copia en 16 milímetros. Al principio estaba llena la sala, al final quedaban como veinticinco personas. En ese tiempo todavía había prostitutas en la Plaza Constitución, y como regalábamos café y empanadas, en los intermedios se juntaban en el vestíbulo y entraban a ver a las prostitutas alemanas de la República de Weimar... fue muy especial.   ¿Tiene el Cine Club alguna pretensión social; crecer la audiencia, motivar ciertas conversaciones, reunir distintos grupos de personas? Siempre ha cumplido una función social importante: el Cine Club amplía horizontes, crea conciencia, crea comunidad. Durante muchos años estuvimos exhibiendo películas y series de televisión en la cárcel de San José el Alto con frecuencia semanal. Les mandábamos cuestionarios encaminados a que reflexionaran sobre sus vidas a partir de la selección de películas que hacíamos. Nos daban una libertad increíble, podíamos programar lo que quisiéramos. (Fue la época en que producían musicales adentro.)Ahora me gustaría trabajar en asilos de ancianos: aunque tienen televisiones y reproductores de DVD, es difícil que accedan a las películas que vieron en su juventud; creo que eso podría darles mucho placer.   Recomiéndanos un ciclo de películas infalible. Lo que sea de Alfred Hitchcock. Godard dijo alguna vez que las películas que Hitchcock realizó para Universal Pictures eran tan importantes en la historia de la civilización como la Capilla Sixtina, con la diferencia de que aquéllas habían sido vistas por decenas de millones de personas y ésta por un número mucho más reducido. Es algo infalible, Hitchcock siempre te llenará la sala y no estás haciendo ninguna concesión. La última vez que lo programé llegó un público muy joven a verlo. Cuando pasamos Psicosis, no tenían ni idea de que asesinaban a la protagonista a los quince minutos de empezada la película. Fue muy emocionante ver su desconcierto y envidiarlos. ¿Qué no daríamos por recuperar esa sorpresa? Billy Wilder también es infalible pero el público novel no lo ubica tanto como a Hitchcock.   ¿Cuál ha sido tu motivación a lo largo de estos años? Cuando era niño, y a pesar de que en mi casa se iba mucho al cine, siempre quería ver más películas pero el principal obstáculo era el costo de las entradas. Para el niño que fui, una función de cine gratis era la dicha absoluta; a lo mejor por eso me he pasado la vida organizando funciones gratuitas.   Este artículo apareció en el suplemento especial de otoño 2014, El cine, dentro de la edición 24 de Sada y el bombón....

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