La mirada, primero, se deslizaría por los cabellos todos negros, por los ojos todos ojos, por ella toda ella. Estaría llena de sí misma: no se podría.
Sería la mirada de casi todas las mañanas, sería el parpadeo común, el vistazo indiscreto, el reflejo consabido. Serían imposibles.
La quería. Y habría podido habérselo dicho. Ella lo habría escuchado, respondiéndole, por supuesto, con una inefable sonrisa, con su habitual coquetería, con su desfachatada ingenuidad.
Habría podido haber insistido. Habría podido convencerla. Huir con ella o, al menos, de ella. Librarse del desconsuelo, dejar de estar como estaban: próximos y lejanos, con la ternura y la tortura de una amistad infranqueable.
Habrían querido ser indecentes. Habrían podido serlo.
Hablar por el teléfono de casa. Tener una conversación de oras y diretes, reírse de su imperceptible acento ruso, decir cosas como me desajustas, me desarmas, me desarreglas, me descompones, incluso me desmiembras.
Verse de tarde en tarde, haciendo fáciles las miradas difíciles, dables las caricias insostenibles, reparables las indisposiciones normales.
Habrían podido disimularlo. Habrían podido salir con sed, con ansia, con toda la vehemencia de aquel impulso concentrado. Su palpitación habría sido ora grave, ora rápida, siempre exacta. Helados por el miedo, la llaga fría, la quemadura de los labios no besados, habrían podido saciarse.
Y habrían podido redimirse.
A la mañana siguiente, habrían tomado el café juntos. Habrían podido no decirse nada. Fingiendo timidez, habrían podido ser cada uno su propio secreto.
En buena medida, conocer es traducir, dice Juan Villoro. Un buen traductor es, antes que nada, un buen lector; el gran conocedor de un texto. El traductor no sólo traduce las regiones explícitas de un libro, sino también, y sobre todo, el carácter implícito de las palabras, es decir, lo que está entre líneas: las ideas, el discurso, los sentimientos, el tono, el ritmo, el estilo, la espontaneidad del lenguaje; para decirlo de forma pomposa: el espíritu del texto. Traducir algo de forma literal es ir contra el sentido común. Por eso a veces es tan difícil encontrar una buena traducción, sobre todo de los textos que son de alguna forma poéticos. No existe problema alguno con el manual de la aspiradora; encontrar una buena traducción de Pessoa requiere un poquito más de tiempo. Al leer una traducción, hay que ser conscientes que siempre habrá una pérdida en el texto traducido. Por ejemplo, el español no tiene palabras para saudade, spleen o weltschmerz. Sin embargo, muy de vez en cuando, esa pérdida de la traducción puede llegar a ser paradójicamente una ganancia. Traducir del francés al español significa afrancesar el español, es decir, enriquecerlo. Una buena traducción enriquece el idioma. Breves recomendaciones: Elige editoriales que respeten la literatura. Algunos ejemplos de editoriales serias: Fondo de Cultura Económica, Cátedra, Alianza, Siruela, Nórdica, Acantilado, Pretextos, Sexto Piso y, casi siempre, Anagrama. Evita: Editores Mexicanos Unidos, Editorial Valdemar y Lectorum. Respeto editorial significa poner el nombre del traductor en algún lado. Googlea al traductor para ver qué tan reconocido es. Si en el libro no aparece ningún traductor, cómpralo para la chimenea. Invierte. Los libros con buenas traducciones suelen ser más costosos. El más caro no es el mejor traducido, pero el de $20 sí lo tradujo una máquina. Para poesía, conviene comprar una edición donde venga el poema original al lado del poema traducido. Así, por un lado, puedes sentir la oralidad y la plasticidad del alemán (aún sin entender palotada de lo que estás leyendo) y, por el otro, el significado del poema. Lecturas sobre la traducción: La tarea del traductor, de Walter Benjamin; El traductor, de Juan Villoro; Decir casi lo mismo, de Umberto Eco. ...
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Un lector, al parecer, se entusiasmó con nuestras recomendaciones de diccionarios y nos mandó esta celebración al diccionario: Más que l...