La mirada, primero, se deslizaría por los cabellos todos negros, por los ojos todos ojos, por ella toda ella. Estaría llena de sí misma: no se podría.
Sería la mirada de casi todas las mañanas, sería el parpadeo común, el vistazo indiscreto, el reflejo consabido. Serían imposibles.
La quería. Y habría podido habérselo dicho. Ella lo habría escuchado, respondiéndole, por supuesto, con una inefable sonrisa, con su habitual coquetería, con su desfachatada ingenuidad.
Habría podido haber insistido. Habría podido convencerla. Huir con ella o, al menos, de ella. Librarse del desconsuelo, dejar de estar como estaban: próximos y lejanos, con la ternura y la tortura de una amistad infranqueable.
Habrían querido ser indecentes. Habrían podido serlo.
Hablar por el teléfono de casa. Tener una conversación de oras y diretes, reírse de su imperceptible acento ruso, decir cosas como me desajustas, me desarmas, me desarreglas, me descompones, incluso me desmiembras.
Verse de tarde en tarde, haciendo fáciles las miradas difíciles, dables las caricias insostenibles, reparables las indisposiciones normales.
Habrían podido disimularlo. Habrían podido salir con sed, con ansia, con toda la vehemencia de aquel impulso concentrado. Su palpitación habría sido ora grave, ora rápida, siempre exacta. Helados por el miedo, la llaga fría, la quemadura de los labios no besados, habrían podido saciarse.
Y habrían podido redimirse.
A la mañana siguiente, habrían tomado el café juntos. Habrían podido no decirse nada. Fingiendo timidez, habrían podido ser cada uno su propio secreto.
Advertencia: éste es un plagio. No pasa nada si no te gusta leer. Puedes entonces elegir ser un mejor espectador de telenovelas, un mejor corredor...
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