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Correr: el acto urbano por excelencia

El ser humano corre desde que se descubrió con piernas, pero corre como un acto romántico desde que se descubrió sedentario. Ser nómada significa ser pura circulación; significa estar constantemente en locomoción. Ser sedentario, en cambio, significa apreciar y apreciarse en la habitación. Circular y habitar, dos funciones contrarias que conviven y se solapan en el espacio más dinámico e híbrido que hemos concebido: la ciudad.

Correr es, entonces, el acto urbano por antonomasia. Salir de la habitación y correr por un camino que no tiene otro objetivo que el mismo punto de partida: la habitación. Correr en círculos; correr por correr. Las grandes ciudades –Nueva York, Hong Kong– han llevado este dinamismo al extremo: todos circulan, todos pasan por ahí, pero nadie realmente habita en ellas; caminos, avenidas, pistas donde el ser sedentario aplaca su naturaleza nómada. La ciudad es habitada por el movimiento.

En una ciudad no se corre ni para escapar de algo ni para alcanzar algo. No hay una causa, tampoco un fin. Y si hay causa o fin, si es un escape o un intento por alcanzar algo, no es un algo concreto, es en todo caso un sentimiento romántico. Se corre para pensar o para dejar de pensar, para sentir o para dejar de sentir; aunque parezca que se corre por moda, por ser parte de una popularidad, en realidad se corre por mero egoísmo. Correr es un acto del Yo. Quién corre no por moda, sino por gusto, lo sabe: existe cierto romanticismo en correr.

¿Se corre por salud? Si sí, ¿cuál es la meta de la salud? Uno trata de estar saludable sólo por estar saludable; la salud no es un objetivo, es un estado, igual como correr sólo por correr.

Tampoco se corre para competir. En una carrera cada uno corre contra sí mismo. Se trata de batir marcas personales, íntimas. No es una carrera con mil corredores, son diez mil carreras, cada una con un corredor. Ese conjunto de individualidades persiguiendo distintos objetivos en un mismo espacio es una de las mejores metáforas de la ciudad.

Por supuesto hay quien compite y, sobre todo, quien gana esas carreras. Normalmente son los africanos, pues son ellos los que están más lejos de su objetivo, de su habitación: África. Por eso los africanos suelen ganar los maratones americanos, mientras que los americanos o los europeos son los que ganan las carreras africanas. El extranjero correrá siempre más rápido.

Corremos porque el amigo nos incitó, por el doctor o el nutriólogo o el chamán nos lo recomendó, porque todos a nuestro alrededor hablan de ello; corremos porque es el deporte más primitivo que existe, porque sólo necesitamos unos tenis y un poco de voluntad para hacerlo; corremos para estar en soledad, para conocer nuestra respiración, para acechar nuestro propio límite, pero también –o sobre todo– corremos para sentirnos bien con nosotros mismos: correr es la forma de entender nuestra vida en ciudad. Correr es el acto urbano.
 


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