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Imagen © Novio a la vista

Hablar chiquito: la gracia del diminutivo

De bebé mi mamá siempre me hablaba en diminutivo; con su típica calidez me agarraba la mano, señalaba objetos al azar y producía unos sonidos agudos, casi chillidos. Sus pausas eran musicales, como un vaivén de respiraciones que señalaban aquí y allá. Esos murmullos fueron los que me enseñaron lo que era un «perrito» o un «arbolito».

Descubrimos las proximidades del mundo con diminutivos. Aprendemos a usar sufijos, nos enseñan a modificar los sustantivos, a ser cortés cuando no se quiere y a poder resumirnos; los niños como diminutivos andantes que se corretean en los salones de clase, en incontables patios y áreas infantiles de restaurantes. La afectiva abreviatura del nombre –decir «Luisito»– es el primer ejemplo de epítome con el que tenemos contacto. A partir de ahí comenzamos a condensarnos, a inventar términos y reducir oraciones. Hablar así –chiquito– es un ejercicio de síntesis.

El español magnifica al diminutivo, define los sufijos que se utilizan según la geografía. Niñito, pilluelo, cebollino, yerbuja, medicucho; terminaciones que van desde Mallorca hasta Buenos Aires. Otros idiomas (como el inglés) limitan al diminutivo. No es lo mismo querer «unos cariñitos» que buscar «a little affection». El primero denota una caricia más íntima e individual, más acorde a lo que se desea. De ahí surge la suave mutación del diminutivo: primero es apego maternal, luego lenguaje de enamorados.

Con los años extendemos el diminutivo al amor, a las caricias minúsculas. Abrimos la boca, pronunciamos cositas y las decimos al oído de alguien, las balbuceamos como bebés y andamos por las calles comunicándonos a susurros. Nos dicen «amorcito» y volvemos a ser un bebito. De ahí, de esa asociación infantil, los anglosajones crearon un término más digno: el baby talk. A eso se simplifica nuestro uso del diminutivo, una forma de discurso que ensayamos de pequeños y acabamos por privatizar en nuestras relaciones.

Creo que, cuando se acaba el cariño, el indicio más evidente es la pérdida del diminutivo y los apodos secretos. Se da por terminado el lenguaje mutuo, se dejan atrás las pequeñeces. Entre más distancia, menos diminutivo (tanto gramatical como en sentido figurado). Fiona Apple lo dice mucho mejor en una de sus canciones: No, not baby anymore. If I need you, I’ll just use your simple name. Basta con decir un nombre para crear barreras.

El diminutivo es un sufijo con múltiples connotaciones: método de enseñanza, verbalización de la intimidad, contrato lingüístico del amor. O algo así. Es esas ganas de querer dejar a un lado las formalidades y las reglas gramaticales, de romper lazos o crearlos, de poder decir no more baby talk for you y descubrir el placer de hablar chiquito. La gracia del diminutivo.
 


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