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El coleccionismo, sobre los objetos-tótem y el inventario personal

Formamos colecciones. Algunas son tangibles (postales, muñequitos de porcelana), otras no (viajes, experiencias). A veces lo hacemos a propósito, otras veces el proceso es más espontáneo: comprarse un reloj, luego otro y otro. Hay algo en la acción de conservar algo, de juntar un cúmulo de objetos que nos mantiene husmeando en el mercado de pulgas, pujando en Ebay y convirtiendo casas en museos. La plasticidad de los objetos que trasciende en un plano más abstracto.

¿Por qué coleccionamos? ¿De dónde nace la urgencia por adherirle emociones a un plato o una llave del siglo XX? A continuación exploramos la idea del coleccionismo y la tenencia de objetos en nuestras vidas. Desde la pomposa figura del millonario en Zona Maco hasta los boletos del cine o la biblioteca personal.

Coleccionar es acumular objetos similares, todo un entretenimiento de formas, texturas y acabados. Pero el placer no está en la admiración del plástico o los materiales, sino en la experiencia de poseer algo, de saberse coleccionista, poseedor de todos esos objetos.

A partir de 1600, en los Países Bajos se comienza a poner de moda el armario de curiosidades, un sofisticado antecedente del coleccionismo: un mueblote construido por maestros ebanistas con múltiples puertas que resguardaban cajones de distintos tamaños, depósitos y dobles fondos donde se almacenaban objetos de otros países, joyas, manuscritos, animales disecados, monedas, papeles, antigüedades y otras tantas piezas portadoras de significado.

Luego vino la llustración y estas barrocas colecciones privadas mutaron en el museo público. Aunque los primeros museos se construyeron durante los antiguos imperios mediterráneos, no fue hasta el siglo XIX que el colonialismo propagó por toda Europa la creación de grandes colecciones, siguiendo el modelo que Dominique Vivant impuso como primer director en el Museo de la República (más tarde el Louvre): un contenedor de botines de guerra, expediciones arqueológicas en el Nuevo Mundo y compra-venta de bienes privados que convirtieron al armario de curiosidades en una sala de exposición al alcance de toda la sociedad; el coleccionismo como institución.

Pero, ¿por qué coleccionamos objetos?, ¿para sentirnos dueños de algo?, ¿para llenar un vacío? Tal vez es eso, cosificar los huecos, rellenarlos. El placer de la conquista y la sensualidad de la posesión que se convierte en la suma de cuerpos, en un símbolo. Decía Walter Benjamin que, para el coleccionista, «el objeto poseído es la relación más íntima que se puede tener con las cosas». No es lo mismo una piedra cualquiera, abandonada en el camino, que la misma piedra colocada en una estantería y acompañada de una nota: «Oporto, 1985, hacía frío». La primera es una piedra, la segunda son los aires de Oporto, el viaje trasatlántico a Portugal, el paseo y las sensaciones marítimas; el principio de una novela.

Casi siempre comenzamos una colección por pura casualidad: a veces por mero sentimiento —«¡Mira, yo tenía uno igual cuando era niño!»— o por el souvenir exótico de algún viaje. Otras veces, la colección comienza por el irresistible impulso de comprar algo que se considera bello o interesante, luego aparece un segundo similar que causa el mismo efecto que el primero. En ese momento nace el impulso del coleccionista, motivado por otros factores como la antigüedad de la pieza, su procedencia, el tamaño, sus dueños anteriores, los materiales de elaboración, el autor y otras tantas cualidades reales o imaginarias.

Coleccionamos según nuestros gustos y posibilidades. Algunos caen en el cliché: timbres, imanes, monedas, tazas, muñecas, carritos de carrera. Otros se van por la hazaña de la compilación musical, literaria o audiovisual. También están los que coleccionan objetos de valor: pinturas, automóviles antiguos y, tirándole a lo más extravagante: un billonario en posesión de la mayor cantidad de huevos de Fabergé (porque sí existe). Diferentes objetos, mismo fin: recopilar en un solo tiempo y espacio cachitos de memoria —ya sea histórica o personal.

En su versión más contemporánea, las emociones del coleccionismo se traducen en los objetos de deseo. Por ejemplo, el art toy de edición limitada, firmado por el diseñador, seriado (05/30), jamás abierto para incrementar su valor. Toda una industria dedicada a crear cosas que solo están ahí decorando. Y sin embargo desprenden emociones. En esta era del consumismo y la industria de los artículos de deseo, todos somos coleccionistas, poseedores de objetos-tótem. «Lo quiero».

Pero más allá del deseo —o incluso de la autoridad curatorial que reside en la elección y el rechazo de nuevos ejemplares—, el coleccionismo aspira más hacia nuestros ¿delirios? de inmortalidad. Nuestra fugacidad temporal contra la estabilidad de una obra. La transitoriedad carnal versus la permanencia de los objetos. Reunir «chucherías» —Hot Wheels o esculturas de arte contemporáneo— para engañar al tiempo y el olvido. Tal vez a eso se reduce el placer del coleccionista: contraatacar la angustia de nuestra mortalidad con la materialidad del armario de curiosidades. Trascender.

 

El coleccionista profesional

De todos los tipos de colecciones, la que más sobresale es la artística —y más si es privada. A simple vista: un círculo ostentoso regido por frases como «¡Este Picasso es impresionante!» o «Todas las piezas se venden en libras». En una segunda lectura: inversiones estratosféricas en la cultura y el patrimonio de la humanidad (a veces superiores al gasto gubernamental).
Gran parte de los hallazgos arqueológicos del pasado fueron gracias al espíritu aventurero de algunos millonarios —y la Iglesia. Lo mismo sucede ahora: las nuevas expresiones artísticas impulsadas por mecenas contemporáneos en una época donde las piezas de arte también son ingresos e inversiones. Lucrar con la tenencia: comprar un Miró para venderlo en el futuro a un precio triplicado (o más).

Partamos brevemente de una idea: el coleccionista profesional dedica su vida a los objetos, tal como el inversionista en bienes raíces lo hace con los departamentos, casas y terrenos. La colección profesional como una sala de exhibición permanente. Algunos recopilan bocetos inéditos de Andy Warhol, otros pinturas neoclásicas. Lo importante aquí es el mercado que se genera. Ya no solo se hacen colecciones para trascender sino para generar activos, mover dinero, ganar capital. Nada mal: el arte se mueve, los artistas generan ingresos, los museos multiplican sus acervos. Podríamos aventurarnos a decir que el coleccionista profesional es el inversionista menos comprendido, pero uno de los más importantes en un mundo donde nadie apuesta al gasto cultural y la preservación patrimonial (porque las colecciones requieren mantenimiento y procesos de restauración). Algunas son hasta importantes cápsulas del tiempo donde cada dueño atesora cuidadosamente las obras, los artistas y hasta las épocas que adquiere.

Más o menos las etapas de un coleccionista profesional se dividen en la búsqueda, el hallazgo, la recopilación y compra-venta. El coleccionista acude con regularidad a los lugares más inusuales: barrios sospechosos, locales donde venden cosas usadas, mercadillos, ferias y comercios especializados, anticuarios, la herencia material de la abuela, casas de subasta y empeño, sitios web y hasta colecciones ajenas. Luego está el hallazgo, el enamoramiento visual que antecede la revisión exhaustiva (verificar la autenticidad), el regateo, la puja y, finalmente, la adquisición de la obra. Mantenerla intacta para proseguir con la siguiente búsqueda y reiniciar el ciclo. Todo un extenuante proceso para saciar la posesión de objetos, el deseo.

Hace poco prendimos la tele y nos topamos con un comercial que buscaba opacar al coleccionista profesional: mejor usa tu dinero en un fondo de inversión. Lo que en Roma solía ser prestigio, ahora es un pasatiempo poco entendido, casi efímero. Al contrario: esas pocas personas que buscan constantemente aumentar su colección de piezas son, más que fetichistas de objetos, el eslabón comercial de la cultura y las artes, sus más acérrimos promotores. Ya sea a grande o pequeña escala, convertirse en un coleccionista profesional es recopilar y proteger nuestro patrimonio tangible. La colección que supera sus significados personales hacia un panorama más histórico y de relevancia pública.

 

El no coleccionismo

Hay quienes coleccionamos sin saber que estamos coleccionando. Compramos pares de zapatos, agregamos sellos aduanales en el pasaporte, acumulamos fiestas de cumpleaños sin buscar la posesión en serie. Son esas colecciones improvisadas —amores fallidos, cicatrices en la piel, fotografías de Instagram— las que construyen nuestra memoria, la extienden en otros planos fuera del cerebro. En algunos casos la cosifican.

Cada objeto, persona y experiencia es un pedazo de nosotros como colección, el resultado de las recopilaciones que jamás planeamos. Somos las credenciales olvidadas en el cajón, los boletos del metro, las cartas recibidas, los regalos que se multiplican en la habitación, las personas que agregamos a nuestro interior.

 

El próximo objeto

El coleccionismo establece siempre un paso hacia adelante, una ruta emocional: el objeto más importante de toda la colección es el próximo, el que no se posee todavía. La ansiedad del siguiente ejemplar que comparten por igual el coleccionista profesional o el propietario de tazas y llaveros.

Todo acto de coleccionismo se motoriza por la pieza futura, el pendiente constante; los proyectos interminables que crecen sus metas una tras otra. En el coleccionista está siempre una amenaza latente: toda colección advierte su final. Quizás por eso las colecciones son casi siempre inacabadas, postergadas. ¿Qué caso tiene completar algo? La pasión del coleccionista está en la siguiente pintura por comprar, en el figurín pendiente que hace tanta falta. Coleccionar es combatir el finito.
 


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