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Sonata No. 1984

El 4 de enero de 1948, Birmania se declara independiente del Reino Unido después de tres años de negociación. El 30 de enero de 1948, Mahatma Gandhi es asesinado por un fanático hindú en Nueva Delhi. El 4 de abril de 1948, una azotada y devastada Europa entra al Plan Marshall. El 9 de septiembre de 1948, nace Corea del Norte tras el fin de la ocupación japonesa. El 10 de diciembre de 1948, se firma la Declaración de los Derechos Humanos en París. Seis días antes, el 4 de diciembre de ese mismo año, 1948, el autor inglés George Orwell entrega a su editor el manuscrito final de la que sería su novela cúspide en su carrera llamada, simplemente, 1984.

La contextualización de las obras y sus autores es fundamental cuando el fin último de la lectura es encontrar los cimientos que sostienen a la narrativa, la piedra angular dentro de la argumentación. Porque el mundo que vemos es el mundo que escribimos.

En el caso de la distópica obra del inglés George Orwell, encontramos que el retorcido origen de sus personajes y creaciones literarias yace en los 3 conflictos bélicos que afrontó –la ocupación británica en Birmania, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial– y la explosión ideológica que estos representaban –fascismo, comunismo y colonialismo. Al tener una piedra angular tan honesta, Orwell obtiene como resultado una ficción con corazón hiperrealista que retrata la mejilla más cruda de la sociedad del siglo XX, mejilla que comparten desde el capitalismo americano hasta comunismo soviético, pasando por el nazismo alemán o el fascismo italiano.

1984 sostiene una narrativa trágica y casi musical. Una obra orquestrada por Ludwig van Beethoven en tres movimientos, como la Sonata No. 14.

El primer movimiento es la teatral presentación de la obra, el contexto y los personajes. Winston Smith es un trabajador desalmado, un idealista reprimido y un alma gris, casi casi una sombra de persona. Smith vive en Oceanía, país maquiavélicamente gobernado por un órgano omnipotente conocido como el Partido. El Partido tiene una única arma para controlar a la sociedad llamado el Gran Hermano, un ser fantástico que está presente en todas partes y tiene conocimiento de todo lo que existe, existió y existirá. La novela comienza con un tempo pianissimo de tendencia mezzoforte pero con un mensaje mucho más fuerte: en el país de Winston Smith está prohibido pensar, está prohibido sentir, está prohibido ser.

El segundo movimiento es un breve minuetto inspirado en una musa y en un numen. Winston Smith sigue siendo un trabajador pero ya no está desalmado, comienza a brotar un idealista romántico capaz de inspirar esperanza a través de la única herramienta humana indestructible: el pensamiento. Smith convierte el amor en acto político y el soliloquio en ideología, nos demuestra que un hombre es un país y que un país es una idea. Al terminar el movimiento se vislumbra un mejor horizonte, el final del yugo del superhombre se ve cada vez más cerca.

En el tercer movimiento, Winston Smith se desvanece. Presenciamos un juego de preguntas y respuestas, de subidas y bajadas, que va desarmando al idealista romántico conforme el final de la sonata se acerca. Beethoven experimenta con las escalas y los arpeggios, Orwell con la atmósfera y la confusión. La tensión incrementa presto agitato hasta que todo explota, se revela una traición. La musa resulta ser una sirena y el numen un tritón, todo es mentira, reina la desesperanza.

En 1949, Aldous Huxley envió una carta a George Orwell después de recibir y leer una copia de 1984 en la que le expresaba su desacuerdo con la obra afirmando que «la oligarquía dominante» encontraría «formas menos arduas y derrochadoras de gobernar» y que estas serían más similares a las que él había plasmado en Brave New World 17 años antes. La importancia de 1984 en la narrativa contemporánea se encuentra, más que en haber creado una azarosa y paranoica predicción del futuro del mundo, en haber utilizado las atrocidades humanas del siglo XX como inspiración para narrar un mundo similarmente diferente a la realidad.

Al publicar su obra cúspide, el fin último de George Orwell no era predecir lo que futuras generaciones llegarían a ver en la sociedad, sino crear conciencia en sus contemporáneos acerca del mundo que tenían ante sus ojos, un mundo en el que apenas nacían los Derechos Humanos y los Imperios reinaban, un mundo en el que, al mismo tiempo, morían idealistas y villanos, un mundo en el que un continente entero agonizaba en la posguerra y la única mano que se extendía para ayudar era una mano mañosa, un mundo que despertaba y descubría la importancia de la memoria histórica.

El 4 de diciembre de 1948 cayó una bomba en Europa y en todo el mundo, una bomba que exigía a gritos no cometer los mismos errores una vez más.
 


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En buena medida, conocer es traducir, dice Juan Villoro. Un buen traductor es, antes que nada, un buen lector; el gran conocedor de un texto. El traductor no sólo traduce las regiones explícitas de un libro, sino también, y sobre todo, el carácter implícito de las palabras, es decir, lo que está entre líneas: las ideas, el discurso, los sentimientos, el tono, el ritmo, el estilo, la espontaneidad del lenguaje; para decirlo de forma pomposa: el espíritu del texto. Traducir algo de forma literal es ir contra el sentido común. Por eso a veces es tan difícil encontrar una buena traducción, sobre todo de los textos que son de alguna forma poéticos. No existe problema alguno con el manual de la aspiradora; encontrar una buena traducción de Pessoa requiere un poquito más de tiempo. Al leer una traducción, hay que ser conscientes que siempre habrá una pérdida en el texto traducido. Por ejemplo, el español no tiene palabras para saudade, spleen o weltschmerz. Sin embargo, muy de vez en cuando, esa pérdida de la traducción puede llegar a ser paradójicamente una ganancia. Traducir del francés al español significa afrancesar el español, es decir, enriquecerlo. Una buena traducción enriquece el idioma.   Breves recomendaciones: Elige editoriales que respeten la literatura. Algunos ejemplos de editoriales serias: Fondo de Cultura Económica, Cátedra, Alianza, Siruela, Nórdica, Acantilado, Pretextos, Sexto Piso y, casi siempre, Anagrama. Evita: Editores Mexicanos Unidos, Editorial Valdemar y Lectorum. Respeto editorial significa poner el nombre del traductor en algún lado. Googlea al traductor para ver qué tan reconocido es. Si en el libro no aparece ningún traductor, cómpralo para la chimenea. Invierte. Los libros con buenas traducciones suelen ser más costosos. El más caro no es el mejor traducido, pero el de $20 sí lo tradujo una máquina. Para poesía, conviene comprar una edición donde venga el poema original al lado del poema traducido. Así, por un lado, puedes sentir la oralidad y la plasticidad del alemán (aún sin entender palotada de lo que estás leyendo) y, por el otro, el significado del poema.   Lecturas sobre la traducción: La tarea del traductor, de Walter Benjamin; El traductor, de Juan Villoro; Decir casi lo mismo, de Umberto Eco.   ...

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