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Estar en medio: el sentir del provinciano

Alguien dijo que los mediocres eran vomitivos, que ser mediano no gustaba y que estar en medio no es de presumir.

La clase media es la que mantiene a las grandes economías; los que trabajan, gastan, se endeudan y vuelven a trabajar son los que realmente mantienen a flote este changarro. Son ellos los que pagan los impuestos sin descuentos, los que no pueden eludir las cuotas bancarias y los que no son ayudados por las asociaciones civiles porque les va «más o menos».

México es un país mediano. No es, definitivamente, el primer mundo. Aquí hay lugares en donde no hay luz y en donde las personas no hablan español. Pero, a pesar de la crisis y de las condiciones adversas, aquí la industria florece, el campo se reestructura y los servicios están a la alza. Los países ricos a veces mandan voluntarios a que nos salven de la miseria, pero no tienen ningún reparo en subir los aranceles o en aumentar las tasas de interés que afectan la Deuda Nacional.

Los mexicanos tenemos derecho a algunas miradas lastimosas: por el narcotráfico, por nuestra política desmedida, por la inestabilidad total; pero estas miradas pocas veces nos sirven de algo: estamos lo suficientemente jodidos como para que nos tengan lástima, pero también somos lo suficientemente medianos como para que estemos pidiendo ayuda externa. La medianía consiste justo en eso: estar mal pero teniendo las herramientas, o por lo menos la imaginación, para estar mejor.

El Bajío está en medio de México, a unas cuantas horas del DF y a cientos de kilómetros del mar. Desde aquí, ir de vacaciones a la playa un fin de semana es imposible. La playa más cercana se encuentra a seis horas en auto, y, si se pretende un mar claro y una arena fina, el avión es absolutamente necesario.

Hay quienes dicen que estar a la mitad no es tan malo, todo depende si se le ve tendiendo hacia arriba o hacia abajo. En todo caso, la medianía es un estado peculiar. Yo, por lo menos, experimento diario el sentimiento de medianía; no sólo es espiritual o metafísico, también es emocional, geográfico, físico (mido 1.5m) y económico.

La clase media tiene algunos privilegios: puede, con algo de trabajo, acceder a casas bonitas y a educaciones privilegiadas. Los clase-medieros mexicanos leemos, conocemos Europa y la mayoría tenemos una licenciatura de una universidad medianamente reconocida, lo cual nos da una perspectiva interesante del mundo y muchos deseos de superarnos.

México está en medio y, por ello, sus exportaciones son bien recibidas, incluyendo su mano de obra. Los turistas europeos y estadounidenses vienen gustosos porque, al convertir sus altísimas monedas en pesos, la pasan muy bien.

Ser mexicano en el extranjero cae bien. Compartimos con los grandes países y con los pequeños, sabemos bailar y, sobre todo, no hemos sometido terriblemente a ninguna nación como para tener mala fama en el exterior. Cuando las personas que revisan los pasaportes en el aeropuerto ven que mi pasaporte es mexicano, tienden a sonreír (espero que no sea por mi foto).

Vivir en el Bajío, la zona media de un país a todas luces mediano, permite conocer y experimentar muchos microclimas, disfrutar temperaturas muy agradables y ver de cerca paisajes impresionantes. Estar en medio me permite llegar al semidesierto en 45 minutos y sentir un poco de frío en montañas que quedan a un par de horas.

Nunca he sentido verdaderamente lo que es estar en algún extremo del espectro (geográfico, económico, social, racial), pero aún así, sin saber muy bien lo que digo y estando conciente de mi absoluta medianía, creo que puedo afirmar que estar en medio no está del todo mal. ¿O sí?
 


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