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Low 5: estatuas y monumentos –las cinco peores esculturas públicas de las ciudades del Bajío

La Historia de una ciudad está registrada en sus documentos y monumentos. Eso somos como sociedad: las cosas que escribimos y las obras que edificamos. Eso son nuestros productos culturales que nos representan y que, ¡ay!, nos trascenderán. No hay que estar obsesionados con cómo nos recordarán (el futuro pasma y apabulla), pero sí conscientes de lo que estamos haciendo. No por el bien de nuestra supuesta trascendencia, sino por nuestra presente salud mental.

De entre todas las curiosas y hasta tiernas esculturas públicas, reunimos aquí a las cinco peores. Fue de verás difícil llegar a estas cinco; por ejemplo, tuvimos que dejar atrás el monumento al migrante en Huimilpan, la estatua de don Pedro Escobedo, los monitos saltarines de la UAQ y todos los triques voladores de Leonardo Nierman.
 

1 > La arpista en éxtasis

Andador Vergara, al lado del Jardín del Arte, en el bohemio centro queretano.

Una señora impúdica toca el fálico instrumento mientras, extasiada, tira la cabeza hacia atrás. Oh, la música. Oh, el arte. ¡Oh! La inspiración, la lira, la musa, el arrebato. Las cuerdas del arpa como gotas de agua. Oh, la metáfora. Oh, oh.

¡For pavor, qué cochinada! Querétaro tiene uno de los centros históricos más limpios del mundo, pero también, mírenlo, tiene uno de los más sucios. Arpista puerca: sólo tus semejantes, las palomas, comprenden tu armonía.

Si a ti sí te gusta esta escultura (como dice una amiga, «cada quien sus cochinadas»), entra entonces al Jardín del Arte. Huele la primorosa fragancia de este creativo y bohemio espacio y admira la estatua de la señora encuerada tendida en el piso. Gozoso, tira la cabeza hacia atrás y quédate encantado entre tanta hermosura. Oh, oh.

¡Oh!
 

2 > La siniestra Josefa Vergara

Reforma esquina con Vergara, en el centro de Querétaro.

Después de la Corregidora, Josefa Vergara es la mujer más reconocida de Querétaro. Tuvo una vida ejemplar: nació pobre en 1747, se casó con un rico, se quedó viuda y, con todas las propiedades y toda la fortuna de su marido, fundó el Monte de Piedad, organizó una casa de expósitos, patrocinó proyectos educativos y dejó una amplia fortuna –que continúa siendo administrada– para ayudar a los más desamparados.

La mujer, evidentemente, merece un reconocimiento público. Su nombre debe aparecer en escuelas, hospicios, calles y hasta parques. Su figura quizá también. En una de esas, una estatua no era una mala idea. Pero esta es una pésima estatua; Josefa Vergara parece una señora tétrica, y su empresa fue todo menos funesta.
 

3 > Monumento al centro geográfico del país

Centenario y 5 de Mayo, en Tequisquiapan.

En el Bajío somos fanáticos de los nombramientos grandilocuentes: la plaza comercial más grande de Latinoamérica, el pueblo con la enchilada minera más grande del mundo, la cuchara con cajeta más grande de Celaya, etc.

En 1916, Venustiano Carranza decretó a Tequisquiapan «Centro geográfico del país». Orgullosos de tal mérito (?), los tequisquiapanenses de entonces construyeron un monumento alusivo: tres palos que confluyen en un punto que, ¡oh!, es Tequisquiapan.

Lo peor de este monumento no es su estética o su forma, que también, sino la idea que hay detrás. Aunque el centro geográfico de lo que sea es algo irrelevante para cualquiera, Tequis no es siquiera eso; el centro del país está en el desierto de Zacatecas. Este es, pues, un monumento doblemente fallido y tríplemente desgraciado.
 

4 > Querubín de la Independencia

Pequeña glorieta al lado del Parque de las Ranas, en Guanajuato.

Supongamos que un turista va al DF. Recorre Reforma, ve el Ángel de la Independencia, le cuentan dos o tres mitos urbanos y queda fascinado: quiere un Ángel en miniuatura. Le recomiendan ir al centro, a una tienda de tiliches; va, encuentra su pequeño Ángel y, feliz, regresa a su natal Guanajuato a ponerlo en una glorieta provinciana «similar» a la de Reforma. Supongamos que ese turista es gobernante o empresario o alguien con cierto poder en Guanajuato. Poder, por lo menos, para hacer el (pequeño) ridículo.

Esta es más o menos la historia –por lo menos en potencia– del Querubín de la Independencia que, desde el Bicentenario, está en Guanajuato. Es muy simpático. Alguien debería seguir con esta lógica y construir una pequeña Torre Latinoamericana. Quizá así los guanajuatenses se convencen de que lo pequeño es mejor y se decidan a reducir el Goliat deforme que tienen a modo de Pípila.
 

5 > El Quijote 2000, de Sebastián

Pasaje del campanero, en el centro histórico y cervantino de Guanajuato.

Grande es el trauma que tenemos con Sebastián, el escultor chihuahuita que convirtió la escultura abstracta en arte popular y en máxima decoración urbana. Trauma en el sentido de choque emocional. Y choque en el sentido de que nos topamos por lo menos con unas 100 o 1,000 toneladas de escultura en casi todas las ciudades mexicanas. «La escultura como epidemia», dice Guillermo Sheridan sobre Sebastián.

Hace un par de años, en el centro de Guanajuato, fue inaugurado el corredor de esculturas del Quijote. En esta «galería al aire libre» resalta –¡cómo no!– los 4.62 metros del Quijote de Sebastián. Resultan igualmente fascinantes el librote de Lorenzo Rafael, la Giganta de José Luis Cuevas, el Ángel-Quijote de José Sacal y el otro Ángel de Leonardo Nierman. Literalmente, imperdibles.
 


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