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Sobre la originalidad del hombre moderno

El hombre moderno carga con más de ocho décadas de evolución. Los zapatos que trae son una modificación de un diseño original de los ochentas, la música que escucha tiene percusiones de los cuarentas y cincuentas, el nuevo traje que se compró se parece más al de un hombre en 1925, sus lentes son una reedición de Ray-Ban, las películas que ve son tributos a Fellini o Kubrick, asegura que la mamá de las mujeres de la música indie es la Björk de los noventas, su manera de bailar se parece a la de una go-go dancer de las discos setenteras… la lista es interminable. Es de aplaudirse que, entre tanta cosa, la sociedad moderna no se haya descarriado por exceso de información.

A inicios de una nueva década, el hombre urbano nunca ha sido tanto espejo como ahora. ¿Cómo innovar? ¿Cómo ser original cuando todo es reflejo de todo? Esas son las nuevas preguntas existenciales que, si consiguen ser demasiado importantes, pueden ser agobiantes para el pensador urbano.

Señalamos al hipster de la Condesa, al intrépido trendsetter de provincia, pero esto va más allá. El animal citadino de hoy es todo y es nada. Un día es parte de la generación beat y al otro se pierde en los electrizantes ritmos ochenteros o predica el flower-power.

Haz un recuento musical y de vestimenta, por ejemplo. Meticulosamente observa la evolución que tuviste de tus gustos adolescentes a tus gustos como «adulto joven». Después, pon esa primera canción que escuchaste cuando fue tu primer beso en contraposición con esa última canción con la que te propusieron un trío en la fiesta del viernes pasado. Sorpresivamente, las canciones serán parecidas y diferentes a la vez. Todo como una progresión de gustos continua. En tu pubertad tardía, probablemente, era inconcebible pensar que escucharías la música que escuchas ahora. Al final todo es influencia de todo.

Entonces, ¿qué queda para el hombre urbano y su cultura? Quizás, dejar de buscar la originalidad y abrazar las influencias. Masticarlas y escupirlas en el pavimento hasta que parezcan nuevas y sean una trasgresión. Evitar romperse la cabeza con que si se es hipster o no, con que si se es un plagio andante o no. Seguir urbanamente descubriendo el pasado y el presente para que en 30 años tus hijos desempolven el viejo iPod y se pongan a escuchar a The National o a Ella Fitzgerald o a Queen.
 


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