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Hongos en Querétaro - Sada y el bombón
Imagen © Takashi Murakami

Hongosto —crónica alucinógena

Cuando era niño me preocupaba que lloviera en mis cumpleaños; es más arriesgado que los invitados se lancen a la fiesta si está cayendo una tormenta. De cualquier manera, siempre llegaban —y siempre llovía. Por esta zona del Bajío, junio, julio y agosto suelen ser meses húmedos y de neblinas mañaneras. Esas nubes en los bosques de coníferas —desde el Cerro del Zamorano hasta Pinal de Amoles— convierten a la región en una granja de hongos alucinógenos refugiados en la mierda de caballo o reposando tranquilos en la corteza de algún árbol. Es la época del Hongosto queretano, cuando varios citadinos se ponen sus botas para el lodo y viajan en auto hacia una alocada expedición en búsqueda del milagro de la percepción. Por eso ya no me preocupa que llueva en mi cumpleaños. Ahora reconozco en el agua dulce el alimento de los equinos, el olor de los musgos jóvenes que empiezan a crecer en las caballerizas de Santo Domingo.

La recolección de hongos comenzó para mí hace apenas siete años. Había escuchado de los «champis» que crecían allá por Huimilpan y Amealco, donde algunos intrépidos iban y llenaban bolsas enteras. Mi amigo Berna fue el que me convenció de ir. Él ya tenía experiencia en la cacería fungi: sabía dónde crecían con mayor plenitud, conocía algunos potreros y era experto en remover el estiércol de caballo sin dañar los hongos —el año pasado había recolectado tantos que los usó hasta en las quesadillas.

Un sábado tomamos su auto y nos dirigimos a los montes. Pasó temprano por mí, cuando el sol apenas hurgaba en la punta del Cimatario. Nos detuvimos a comprar unas donitas Bimbo y café de máquina. La carretera se perdía en la niebla púrpura. Me sentía bien, confiaba en Berna, en su pose de micólogo. Pasamos Huimilpan y nos acercamos a los límites del Cerro de Brava, cerca de Amealco. Como el resto del camino era a pie, dejamos el auto en un vado de espigas cubierto por algunos cactus. Agarramos las mochilas vacías y las botas de plástico —Berna llevaba una navaja en su chamarra de mezclilla—, forjamos varios porros y nos introducimos en el bosque del Bajío como si fuera un portal hacia otra dimensión. La naturaleza de inmediato nos recordó que aquel santuario no era nuestro territorio. Llovía. Ambos seguíamos un pequeño camino de lodo donde el bosque se pronunciaba y algunos silencios parecían latidos. La miel de las plantas silvestres entraba por nuestros poros.

El primer hongo que encontramos brotaba del tronco de un encino. Berna tomó su navaja y lo quitó con delicadeza. Era grande y suave, tenía una línea azul claro que rodeaba a la perfección su circunferencia. Pensé en los pitufos. Luego Berna señaló un prado solitario donde pastaban algunas vacas y ovejas. Nos acercamos, removimos un poco de estiércol y aparecieron varias setas que comenzamos a guardar en las mochilas. A lo lejos del prado estaban las caballerizas. Un hombre salió a darnos los buenos días. Berna le dijo que éramos estudiantes de Botánica de la UAQ y pidió permiso para buscar hongos en su establo con fines investigacionales. El hombre aceptó y de inmediato nos invitó un pulque recién raspado. Cuando terminen de buscar, dijo el ranchero, les doy otro pulquito para llevar porque al rato hará bochorno.

En el estiércol se veían los cascos delirantes de cientos de hongos. Removimos la mierda suavemente y en cada excavada seguían apareciendo otros de distintos tamaños. ¡Acá hay varios derrumbes!, gritó Berna desde el cubículo rural de un hermoso caballo pinto. Eran fantásticos, casi llenamos las dos mochilas; reíamos como desquiciados. Le pregunté si estaba seguro que eran de los buenos y dijo que si no le creía que comiera algunos. Tomé un puño sin pensarlo, los remojé en agua y luego directo a mi boca. Sabían a tierra y alquitrán. Terminé por pasármelos con pulque, parecían enredaderas apretando mi garganta. Después agradecimos al hombre por dejarnos entrar a su establo. Nos regaló una botella de Coca-Cola de tres litros llena de pulque y dijo que tuviéramos cuidado porque a la policía no le gusta que los jóvenes anden recolectando hongos (aunque sean estudiantes).

Subimos al auto y almorzamos en Amealco. Gorditas de maíz quebrado, sopes verdes, mole, jugo de naranja, verde, rojo, violeta, salsita para la quesadilla, señoras con las manos llenas de masa, sombrerudos bebiendo refresco, pulque y cerveza, dejando una línea de almíbar sobre sus bigotes. Apenas habían pasado unos cuarenta minutos y le dije a Berna que los hongos ya habían hecho efecto. Me tomó de los hombros y

dijo: te voy a llevar a nadar a la pileta del Diablo, ahí te vas a sumergir en el útero del bosque.

Berna condujo por carreteras de doble sentido, comíamos hongos sumergidos en pulque, enterrados en un Gansito o así como estaban, silvestres y maníacos. Nos detuvimos a vomitar, así estuvimos por horas, años, siglos. La cabeza de mi padre revoloteaba en el aire, como un murciélago atormentándome con su terrible estática. Al final, cuando el vómito y las alucinaciones paternales cesaron, el cielo se encendía y la rotación de la Tierra llegaba hasta las suelas de mis botas, como en las películas rusas. Somos terrícolas, le dije a Berna mientras lo abrazaba y seguíamos el camino hasta la pileta del Diablo: un salto de agua rodeado de enormes y ancestrales árboles; los guardias supremos del monte, reptiles de la noche. Entramos a la pileta como recién bautizados. Un fino vaho emanaba de nuestros pulmones y colapsaba con el agua cristalina. Los niños de la localidad llegaron aventándose clavados; párvulos de la tierra y el campo, niños-árbol. Nadamos, aullamos, caminamos entre las plantas y los insectos. Comimos elotes asados, tacos de canasta y más hongos. La luz del día comenzaba a desaparecer y emprendimos nuestro regreso. El punto más alto de nuestras alucinaciones ya había pasado y sólo nos quedaba la resaca de los cromatismos y sus refracciones metálicas. Dejamos el pueblo de Escolásticas con el agua mística escurriendo por nuestros cuerpos.

La carretera se deformaba como plastilina, las luces de los autos eran naves espaciales trasladándose en órbitas atómicas. Varios kilómetros antes de llegar a Querétaro, nos detuvimos en un atasco de autos; era un retén de la policía estatal. Berna se puso muy nervioso y sugirió que tiráramos los hongos que sobraban (casi la mitad de la mochila). En un acto desesperado devoramos los que pudimos y el resto fueron arrojados hacia el campo —ahora que lo pienso, sentí mucha tristeza. Habremos comido unos veinte cada uno, de todos los tamaños. Bebimos agua, encendimos cigarros, pusimos música e intentamos parecer normales. Me miré en el espejo retrovisor con las pupilas dilatadas. Parecía un extraterrestre, mi cuerpo era carne de otro plano. Las sirenas de las patrullas me deslumbraron con dolor y un par de oficiales armados pidieron que nos orilláramos; apuntaban con las armas cargadas mientras revisaban el auto y nos hacían preguntas. En el cateo exigieron que vaciáramos los bolsillos —Berna había olvidado que traía su navaja y algo de marihuana. Ya valieron madres, dijo el policía quitándole la bolsa de hierba y guardándose la navaja. Podía sentir a los policías como centauros deformes: las metrallas como cuernos, sus babas callendo sobre mis botas y un intenso olor a fermentado. Era el infierno. ¿Cómo le podemos hacer?, dijo Berna con su último ápice de lucidez. Nos amenazaron, especularon que traíamos más sustancias; uno de ellos, el más desagradable, alumbró mi cara con una lámpara y le dijo al otro: éste anda hasta la madre, a ver cómo le va en los separos. Al final, después de varias amenazas, nos quitaron las botas y celulares, una mochila, doscientos pesos y la medalla de San Francisco que colgaba del pecho de Berna. Tuvieron suerte cabrones, dijo el centauro uniformado antes de liberarnos.

La noche ya había caído en el Cimatario y sus antenas refulgían como electrodomésticos olvidados. Después de un silencio sepulcral —que duró mientras se nos pasaba el miedo—, comenzamos a reír a carcajadas, a burlarnos de los policías, a mentarles la madre a gritos. Antes de introducirnos en la ciudad, Berna paró el auto en un mirador de Centro Sur. La ciudad se deslizaba como una marea de luces. Buscamos nuestras casas. Encontramos satélites abandonados. El Estadio Corregidora se iluminaba como una estación espacial soviética y los dragones de la urbe vibraban desde la Cuesta China. Comenzó a llover. Nos purificamos.
 


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