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Sueño de un festival de verano

En la novena edición de la revista publicamos dos artículos musicales: uno con recomendaciones para disfrutar mejor un concierto y otro con nuestros festivales favoritos. Hoy, una querida lectora de Leicester nos envía esta crónica.

 
Fue una experiencia inolvidable llena de lluvia, algo de sol, mucho lodo, malos olores, comida chatarra y mucha alegría.

Inicié mi viaje con mi esposo y dos amigos un jueves por la mañana con una temperatura de 28 grados centígrados y sin una sola nube en el cielo. Llegamos al evento como a las 2 de la tarde y montamos nuestra tienda de campaña al lado de otras 135 mil personas. El festival no empezaba sino hasta el día siguiente a las 10 de la mañana, así que ese día nos dedicamos a tomar una que otra cerveza y nos sentamos sobre el pasto absorbiendo todo lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor. Ninguno de nosotros había estado nunca en un festival de este calibre y estábamos totalmente conmovidos por la magnitud del evento: la cantidad de gente, el gigantesco line-up, gente disfrazada, gente en zancos, magos, acróbatas, puestos de ropa, comida, bebidas, música, pósters, parafernalia musical, etcétera. Después de maravillarnos un buen rato con todo nuestro entorno, nos fuimos a tomar un café y cuál fue mi sorpresa que al momento de abrir mi bolsa para pagar me di cuenta de que había perdido mi cartera en la que no sólo traía mi dinero, sino también mi identificación y mi tarjeta de débito. Sin entrar en pánico para no arruinarme el fin de semana, decidí hacer las llamadas necesarias para cancelar la tarjeta, dar por perdido el dinero y la identificación e irme a dormir.

Al día siguiente nos despertamos todos (y cuando digo todos me refiero a las 135 mil personas que estaban ahí) como a las 6 de la mañana con los estruendos de rayos y centellas y con una lluvia torrencial que no paró hasta medio día. Llovió a cántaros casi seis horas seguidas. Había inundaciones, tiendas de campaña flotando, gente caminando cubierta de lodo de pies a cabeza, gente revolcándose en el lodo, gente sentada en el lodo comiéndose una hamburguesa como si fuera lo más normal del mundo, pero lo que más llamó mi atención fue que el ánimo de la gente nunca decayó. A nadie le importó en lo más mínimo el clima; los conciertos iniciaron y la gente disfrutó cada momento con una alegría que parecía haberse incrementado con la lluvia. Era como decirle al clima: «no me vas a vencer, yo me vine a divertir».

Esa noche a las 9:30 nos fuimos a ver a The Killers, quienes estuvieron fenomenales. Sólo tuvimos media hora para verlos, ya que a las 10 empezaban a tocar los Chemical Brothers y salimos de ahí tratando de caminar lo más rápido posible en el lodo para llegar a tiempo al Dance Village. Justo cuando hacíamos nuestra entrada triunfal a la carpa, se dejó escuchar Galvanize y la gente estaba más prendida que en un campo de futbol. La gente no sabía lo que estaba haciendo ni diciendo, todos bailaban como si su vida dependiera de ello. Los Brothers llegaron, hicieron su trabajo y se fueron. Discretos, directos y dejando el alma en las tornamesas.

Al día siguiente nos levantamos bastante más tarde que el día anterior y disfrutamos de Editors, Cold Play, Kasabian, The Subways y uno que otro DJ en el Dance Village. Por la tarde no quise quedarme con la duda y decidí acercarme al área de Lost Property para preguntar por mi cartera. No tenía muchas esperanzas de encontrarla. Un chico muy amable buscó en un cuarto donde había cientos de cosas perdidas, salió con mi cartera en la mano y me la entregó. Mi sorpresa fue enorme, pero mi alegría fue incontenible cuando la abrí y descubrí que adentro estaba el dinero intacto, la identificación y la tarjeta de débito. Increíble pero cierto.

El domingo nos levantamos listos para desarmar la tienda de campaña, desayunamos algo desagradable y caro y nos despedimos del festival por la tarde mientras el sol –que ahora brillaba tan intensamente como el día que llegamos– nos decía: no se vayan… se va a poner bien. Los conciertos siguieron hasta la media noche, pero nosotros teníamos que regresar a casa.

La gente está dispuesta a pagar una buena cantidad de dinero para vivir varios días en condiciones tan desagradables que no serían justas ni para los animales. A comer comida chatarra, a usar unos baños que apestan a 10 metros de distancia (y que adentro no les quiero ni platicar), a no dormir bien, a no bañarse, a caminar entre el lodo y la basura y a muchas otras cosas sólo por una razón: la música.

Ya lo dijo Louis Armstrong: What a wonderful world.
 


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