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Kings of Convenience –la crónica del concierto

Martes 1 de noviembre. Concierto de Kings of Convenience.

Para el presente concierto asistí con la gran duda de saber cómo sería escuchar a los Kings en vivo. Es la primera vez en la que estaría en un recital del tipo «acústico bohemio» (perdonen si la definición no los convence). La duda de saber si me gustaría escucharlos en vivo, dado que estoy acostumbrado a saltar de un lado para otro con apretujones y toda la cosa, y a los Kings los escucho más cuando estoy en casa descansando, o en mi lugar de trabajo buscando ideas, o simplemente para ponerme en modo reflexivo y/o nostálgico, no lo sé, simplemente no me cabía en la cabeza cómo sería estar ahí frente a un par de dudes con no más que sus guitarras (Rodrigo y Gabriela –mis amigos– no cuentan) y su melancolía para compartir.

Pero ahí estuvimos, puntuales a las 9:00 pm. La entrada, a diferencia de otros conciertos en el Vive Cuervo Salón, fue de lo más ágil; esta vez no tuve que hacer fila desde  la vuelta del recinto, sino que rápidamente me pude formar a la altura de la salida del estacionamiento. Ni siquiera me dio tiempo para terminarme mi cigarro cuando los tipos de la entrada ya estaban con su prepotencia típica: «apague su cigarro, joven». En fin, detalles más, detalles menos, la entrada fue rápida.

Con música de Bob Marley al fondo, buscaba abastecerme de cerveza. Adentro da sed; por lo menos uno que es rápidamente sugestionado siente el antojo cuando ve al resto de la concurrencia ya con chela en mano. Compré mi cerveza, una cerveza grande, ya que no pienso moverme tan pronto logre acomodarme. Cínicamente dejaron el disco Legend de Bob en lo que empezaba el chow, al menos hasta Exodus, (yo quería escuchar Jammin’ pero ya no alcanzó a pasar esa rola, la ultima del Legend).

Cuando salieron los Kings entre en un gran estruendo del público, mi duda estaba a punto de ser respondida. Ahí están: Erlend Øye y Eirik Glambek con su sencillez característica, saludando afectivamente y portando, sí, únicamente sus guitarras. ¿Qué pasará ahora? ¿Me convencerán? ¿Será lo mismo que cuando los escucho con audífonos y evito ser interrumpido? ¿Me entrará la melancolía y romperé en llanto a los primeros acordes y las primeras estrofas de ambos? La expectativa crecía en demasía.

Antes de continuar, quiero hacer un paréntesis para manifestar una molestia: los tipos que tenía a mi lado. No se si tendrían rato de no verse o si pensaban que era mandatorio desahogar sus mil temas de conversación justo en ese momento, pero, por Dios, algunos vamos con toda la intención de escuchar, escuchar música, no sus pinches platicas de ligues o de cómo lograron escapar del alcoholímetro. Pese a quedar detrás de una torresota humana que me limitaba la visión, me alejé de ellos. No veía tan bien, pero de menos dejaba de escuchar y visualizar las anécdotas que esos tipos platicaban con tanto alarde.

Mejor visualizar las atmosferas y los paisajes que Erlend y Eirik describían con sus canciones. Una verdadera delicia escuchar todas y cada una de sus piezas. En más de un par de ocasiones habo que repetir la rola, eso a la concurrencia no le importó en lo absoluto, y a la vez, rompían un paradigma que era mi principal duda y que (disculpen mi inexperiencia en esta clase de conciertos) jamás había visto: guardar silencio. Un simple gesto de Erlend llevándose el dedo a los labios, un solo ademán de «shhh», bastó para que todos los ahí presentes «guardáramos la compostura» y prestáramos atención a lo que ellos querían expresar. Comencé a escribir en mi celular los nombres de las canciones para mencionarlas en esta crónica, debí hacerlo desde el principio.

Creo que empecé a anotar en la cuarta canción –Cayman Isands, Love is not big true, 24-25, Me in You–. Para entonces ya tenían a la audiencia más que identificada con los Kings, y llegó un momento crucial para un servidor: I Don’t Know What I Can Save You From. La primera canción que escuché de ellos años atrás me hizo vibrar y de una vez por todas despejar mis dudas: estaba ahí viendo a Kings of Convenience tocando esas canciones que alguna vez he asociado a un momento particular de mi vida. Alegría, nostalgia, magia, reflexión, depresión, el soundtrack de todos esos sentimientos estaba ejecutándose en vivo, y todos y cada uno de los ahí presentes podíamos tomarlos sin más, hacerlos propios, un regalo invaluable que podías customizar a tu entero gusto, como si todos tuviéramos en ese momento audífonos y estuviéramos escuchando las canciones para nosotros mismos, en sintonía mutua y comunitaria. Empatía por donde quiera que miraras.

Siguió Know How, Homesick, The Girl From Back Then y Mrs Cold. mención especial se lleva Know How, ya que a todos nos salió «en verdad re bien» la parte interpretada originalmente por Feist, así como el último detalle donde todos le mandamos a ella un cordial saludo a todo pulmón. Para cuando interpretaron Colours ya estábamos en la sintonía adecuada para incluso «competir entre nosotros» haciendo los coros que a voluntad nos solicitaba Erlend, quien estaba por demás identificado con el público. Eso o Eirik es más reservado y se limitó sólo a agradecer al termino de las canciones.

No sé si los ademanes de Erlend con respecto al griterío eran por farol, o si en realidad la audiencia mexicana somos de lo más gritones y efusivos, sin embargo estas muestras de aceptación total no creo que estaban contempladas en las expectativas del dúo, quienes nos complacieron haciéndonos saber que dada la cantidad de boletos vendidos para verlos, México era prácticamente su segunda casa. Pudo haber sido un comentario complaciente, pero a mí me dio mucho gusto escucharlos decir eso.

El siguiente bloque comprendió Stay Out of Trouble, Boat Behind y mi máxima favorita: I’d Rather Dance With You. Para ello recibimos una sorpresa adicional: la inclusión de la banda de fondo, batería, bajo y –oh surprise– ¡un par de trompetas mariachiescas! Los cuales no desentonaron en lo absoluto y hasta un solo de trompeta nos hizo disfrutar de esa fusión México-Noruega (never seen before). En verdad, un momento extremadamente ameno y emocionante que nos puso a todos a corear e incluso a bailar al son de «Getting into the swing, getting into the swing». Con esta canción la banda se despidió. El público pedimos más.

¿Será que en los momentos más emotivos de nuestras vidas cantamos Cielito lindo? De ser así, este era uno de esos momentos. No sé si para demostrar nuestras raíces a manera de ofrenda ante unos Noruegos que ya tenían nuestro corazón en sus bolsas, o simplemente porque seguimos la corriente, pero ahí estábamos todos entonando el «…canta y no llores, porque cantando se alegran…» hasta que el dueto hizo nuevamente su aparición. Los recibimos una vez más con un griterío que posiblemente le dejó los tímpanos zumbando a Erlend por lo que queda de la noche. Ellos regresaron para deleitarnos con Little Kids y el remix del remix de Rule My World, dos últimas joyas que me hicieron pensar: «listo, no necesito nada más por esta noche». La misión estaba cumplida. Con banda de honor y medalla al mérito, entréguenles inmediatamente a estos sujetos las llaves de la ciudad y hagámoslos miembros distinguidos por saber explotar todas las emociones que sólo la música interpretada sin pretensiones y con un gran sentimiento puede lograr.

Y así salimos del recinto, satisfechos. Los Kings of Convenience son una banda que magnifica todas y cada una de sus canciones al interpretarlas en vivo, les da una nueva dimensión más allá de la expuesta en sus discos. Es la actitud que muestran en el escenario, es algo de improvisación, es escuchar sus guitarras vivas, es la gente que conoce, y corea, o por lo menos chascarrea sus canciones, es identificarte con la puesta en escena. Es seguirlos escuchando camino a casa. Es tener un grato sueño esa misma noche y que, en el fondo de ese sueño, sus voces y sus guitarras estén presentes. Unos dulces sueños.
 


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